La villa del sol y los secretos Capítulo 6
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Capítulo 6

Después de su visita al museo Picasso, Carla bajó hasta el muelle y se quedó un rato mirando los barcos.

Cuando sonó el teléfono y vio el identificador de llamada, David, dudó antes de responder.

Sabía que no podía posponer esa conversación para siempre, pero no tenía pensado estar en un lugar público para hablar con él.

Se apartó hacia un lado de la acera, intentando no estorbar a la gente que se dirigía al muelle International, donde estaban amarrados los superyates.

—Pensé que ibas a ignorarme —dijo David—. Ya iba a colgar.

—¿Qué quieres?

—Respuestas a unas cuantas cosas. Por ejemplo: ¿dónde demonios estás?

¿Cuándo piensas volver a casa? El agente inmobiliario quiere saber si ya se ha completado la sucesión, porque tiene a un par de personas a las que podría interesarles la casa de Amelia.

Y quiero que me devuelvas el colgante de diamantes que robaste.

Carla respiró hondo. Así que nada de palabras conciliadoras. Ninguna disculpa sentida por haberle puesto los cuernos. Volvió a tomar aire.

—No tengo por qué decirte dónde estoy. Volveré cuando me convenga. Llamaré al abogado para comprobar cómo va lo de la sucesión y avisaré al agente. Y, en cuanto al colgante, creo que me lo quedaré… al menos una temporada.

Colgó con un dedo tembloroso y apagó el teléfono. Ni hablar: no iba a escuchar a David despotricar y vociferar.

¿Y de verdad había «robado» el colgante? Estaba casi segura de que el dinero para comprarlo habría salido de la cuenta conjunta, lo que, técnicamente, quizá significaba que la joya podía considerarse medio suya. No es que lo quisiera, desde luego, pero era una cuestión de principios.

Y, en cuanto a la pregunta de cuándo volvía a casa, no tenía respuesta.

Por inevitable que fuera verlo, todavía no se sentía lo bastante fuerte para plantarle cara y resistir sus tácticas de intimidación.

Había pensado quedarse con Josette quizá tres días, pero la inesperada cita con el notaire por lo de Villa Mimosa lo había retrasado todo, así que, como mínimo, pasarían un par de días más antes de que pudiera regresar al Reino Unido.

Y, cuando volviera, ¿adónde pensaba ir? ¿A la casa conyugal?

¿A casa de Maddy? ¿A la casa de su madre, ahora vacía?

¿Podía vivir allí en vez de venderla? No.

Si iba a empezar una nueva vida sola, no podía hacerlo en esa casa, con la presencia de Amelia flotando sobre ella para siempre.

Nunca podría ser más que un apaño provisional mientras decidía qué hacer, adónde ir y qué tipo de vida le esperaba.

Incluso podía usar el dinero para comprarse un refugio sencillo y gastarse el resto en viajar, si le apetecía.

Era hora de empezar a formular planes. Hacer una lista de las cosas que debía arreglar para seguir adelante. Antes de que pudiera arrepentirse, volvió a encender el teléfono, abrió la página de notas y, allí de pie en el muelle, empezó a organizar su futuro inmediato.

Había salido disparada y ni se le ocurrió comprar billete de vuelta, así que tenía que reservar un vuelo para después de la cita con el notaire . Una vez de regreso en el Reino Unido, tendría que:

(a) ver al abogado para saber cómo avanzaba la sucesión,

(b) pasarle la información al agente inmobiliario,

(c) asegurarse de que, de ahora en adelante, el agente se pusiera en contacto con ella y no con David, y

(d) preguntar por el coste e iniciar los trámites de divorcio en el despacho del abogado.

Esa última nota la dejó rígida de miedo, a decir verdad, y cerró el teléfono rápidamente para no pensar en las consecuencias de poner en marcha ese punto en concreto. No se podía creer que, después de tantos años, por fin estuviera pensando en eso.

Al volver por el centro, un bolso tipo tote de cuero escarlata, en el escaparate de una tienda de ropa de diseñador, le llamó la atención.

Carla lo quiso en el mismo instante en que lo vio colgado del brazo del maniquí.

Era un bolso que gritaba «la dueña de este bolso va en serio, no me toques las narices».

David diría que era excesivo y ostentoso.

Carla dudó un nanosegundo antes de entrar y comprarlo.

De vuelta en la casa, Carla tarareaba sentada a la mesa del patio mientras pasaba el contenido de su bolso funcional y anodino al nuevo, que para nada podía describirse como corriente. El cuero escarlata era precioso a la vista y muy suave y flexible al tacto…

—¿Una copa de rosado? —dijo Josette desde la cocina—. C’est un beau sac —añadió, uniéndose a Carla en el patio.

—Gracias. No suelo comprar por capricho —admitió Carla—. Pero esto tenía que comprarlo. Espero que sea mi talismán de la suerte para el futuro —añadió en voz baja.

Josette le tendió una copa, alzó la suya y dijo:

— Santé … y por el poder del bolso rojo.

Carla chocó su copa con la de Josette.

—Por el bolso rojo —dijo, preguntándose si su tía se estaba burlando de ella con cariño—.

Sé que, en realidad, no va a cambiar ni un ápice lo que me pase en los próximos meses, pero el simple hecho de decidir comprarlo sin otro motivo que porque me encanta me hace sentir que soy yo la que manda.

Además, saber que a David no le gustará nada es un extra.

—Sonrió a Josette—. ¿Cenamos fuera esta noche?

Invito yo. Para darte las gracias por dejarme quedarme.

—Si quieres —respondió Josette, con indiferencia—. No iba a decirte que te dieras la vuelta, ¿no crees?

Volvió a entrar en la casa, dejando a Carla, intranquila, mirándola.

Carla dudó entre dos restaurantes para invitar a Josette esa noche.

Ambos tenían buena reputación. Ambos tenían una mesa libre para dos.

Al final eligió el que tenía vistas al mar, pensando que, si Josette seguía de mal humor, al menos podría mirar los yates mar adentro en vez de quedarse sentada mirando al tuntún a los demás comensales.

Para su sorpresa, Josette estaba de buen humor y aceptó con gusto un kir royale de aperitivo mientras elegían qué comer.

— Santé … y gracias por dejarme quedarme —dijo Carla, alzando la copa hacia Josette—.

He reservado un vuelo a última hora de la tarde para volver a casa el mismo día de nuestra cita con el notaire .

No puedo huir para siempre. Tengo que empezar a arreglar las cosas.

Imagino que te alegrará volver a tener tu casa para ti sola.

Josette se encogió de hombros.

—Una emergencia es una emergencia.

—¿Puedo volver y quedarme más adelante en verano? Para entonces espero tenerlo todo controlado en casa. Esta vez te llamaría antes.

Incluso mientras lo decía, Carla notó cierta tensión en Josette y se enfadó consigo misma por haberle pedido volver. Esa noche se suponía que era una celebración. No quería incomodar a su tía.

—Agradecería que llamaras primero —dijo Josette—. Por si no me viene bien.

—Claro.

Carla dio un sorbo a su bebida, obligándose a mantenerse tranquila y no soltar una réplica sarcástica. Aunque había intentado ser una buena invitada, estaba claro que había estorbado más de lo que se había dado cuenta.

Para su alivio, el camarero llegó a la mesa con el lápiz preparado para tomar nota, y, cuando terminó de apuntar la comanda, Josette pareció relajarse de nuevo. Las dos se quedaron allí, observando discretamente a la gente a su alrededor, mientras el restaurante empezaba a llenarse.

Carla dio un sorbo y suspiró al escuchar el murmullo de conversaciones, entendiendo poco.

—Cuántas veces quise que mamá me hablara en francés —dijo en voz baja—. Cuando entré en secundaria, una de las optativas era francés y me entusiasmó la idea de que mamá y yo charláramos en casa. Ni siquiera me dejó apuntarme a la asignatura. Parecía rechazar cualquier cosa francesa.

Carla miró a Josette con una sonrisa resignada.

—En casa se negaba a cocinar nada francés y a papá le encantaba el magret de canard .

Josette estaba a punto de responder cuando un hombre se detuvo junto a su mesa e inclinó la cabeza para besarla a modo de saludo.

—Carla, te presento a un amigo, Gordon —dijo Josette—. Gordon, mi sobrina, Carla.

— Enchanté —dijo Gordon, estrechándole la mano a Carla—. ¿Os apetece uniros a mi mesa? Sylvie y André llegarán en un momento —le dijo a Josette—. Podemos montar una fiesta.

—Gracias, pero no esta noche, Gordon. Ya hemos pedido.

Josette lanzó una mirada al camarero, que se acercaba a su mesa.

—Creo que nuestros entrantes están a punto de llegar.

Gordon pareció decepcionado, pero no discutió.

—Entonces otra noche. Bon appétit .

Se alejó justo cuando el camarero dejaba su primer plato sobre la mesa.

—Gordon parece simpático. Me encanta su acento escocés. ¿Es un amigo especial tuyo? —dijo Carla, mirando a Josette con una sonrisa.

—Cuando llegas a mi edad, todos los amigos son especiales: ya no quedan tantos —dijo Josette, cogiendo el tenedor para atacar la tarrina de gambas y salmón que había pedido—. Tu salade de chèvre chaud tiene muy buena pinta. Mejor cómetela mientras siga caliente.

Carla suspiró. La amistad de Josette con Gordon era, claramente, otro tema del que no se hablaba.

***

Un par de horas más tarde, mientras regresaban a casa por las murallas, Carla suspiró, feliz.

—Me ha encantado esta noche. Espero que tú también la hayas disfrutado —dijo, mirando de reojo a Josette.

—Sí, gracias. La comida allí siempre está muy buena —respondió Josette, tajante. Entonces sorprendió a Carla diciendo—: Peut-être nos tomamos una copita para rematar la noche. Tengo una botella de licor de Saint-Honorat que está muy bien.

Diez minutos después, sentadas en el patio bañado por la luz de la luna y dando sorbos a la copa, Carla dijo:

—Al final no miraste las fotos familiares que traje. ¿Te las dejo aquí y quizá la próxima vez…?

—Podemos echarles un vistazo rápido ahora —dijo Josette—. No puedo prometer que sepa quién es todo el mundo, pero quizá reconozca a unos cuantos.

Sorprendida por la oferta inesperada, Carla se levantó de un salto y fue a por el paquete a su habitación. Minutos después, Josette pasaba las fotos en blanco y negro.

Josette sonrió y fue bromeando mientras aparecían grupos familiares, bebés en cochecitos enormes, imágenes de mujeres paseando del brazo por la Promenade des Anglais de Niza; incluso puso nombre a un par de primos —«todos muertos ya, claro»—, antes de suspirar.

— Il y a si longtemps … Me siento tan vieja mirando esto. Es un poco como… ¿cómo es eso que dicen? ¿Un pliegue temporal?

Carla tuvo que darle la razón.

—¿Esta es una foto de ti y de mamá? Las dos vais muy elegantes, con esos vestidos largos. ¿Cuántos años teníais?

—A ver… Esa la hicieron en un baile en Cannes, el año que Amelia conoció y se casó con Robert, tu padre, así que tendríamos dieciocho. —Josette suspiró—. Entonces éramos muy amigas. No podíamos estar más unidas. Siempre sabíamos lo que estaba pensando la otra..

—En esta foto os parecéis muchísimo —dijo Carla—. Cuesta saber quién es quién. ¿Alguna vez os hicisteis pasar la una por la otra?

—Oh, sí, c’était très amusant . Pero se nos pasó con el tiempo. Cuando se hizo esta foto ya no tomábamos tanto el pelo a la gente, pero en el colegio siempre fingíamos ser la otra.

—Entonces, ¿qué pasó para que dejarais de importaros durante tantos años y para que tú acabaras siendo la oveja negra de la familia? —dijo Carla en voz baja, sorprendida de que Josette hablara de Amelia y sin atreverse a mirarle la cara mientras se arriesgaba con una pregunta tan personal.

Hubo un silencio de un par de segundos antes de que Josette se encogiera de hombros.

—Hubo una pelea familiar, cuyos detalles es mejor dejar enterrados en el pasado.

Empezó a recoger las fotos y a devolverlas al sobre.

Entendiendo que el tema se había cerrado, Carla le fue pasando algunas fotos sueltas para meterlas.

—Esta de mamá y papá parece hecha en el jardín de Villa Mimosa —dijo—. Se les ve tan jóvenes… y tan felices. La abuela está al lado de un cochecito al fondo, así que supongo que sería del año en que nací.

Josette alargó la mano, miró la foto un par de segundos y asintió brevemente.

—En todas las fotos que tengo en casa cuesta encontrar una sonrisa. Después de que yo me fuera, parece que se distanciaron aún más. [o bien, restaurar el inciso omitido: aún más —dijo Carla.]

Carla miró a Josette.

—¿Crees que fueron felices?

Josette alzó los hombros con un gesto muy francés.

—Ni idea. Los matrimonios ajenos siempre me han parecido un misterio absoluto.

Carla suspiró mientras recogía las fotos restantes, consciente de que era poco probable que Josette le diera más información.

—Vale, la última… Ah, no sé cuál de vosotras es, pero es una foto con un hombre, hecha en Cannes. Reconozco la torre de Le Suquet ahí arriba, en la colina. Es preciosa.

Josette extendió la mano para cogerla y el color se le fue de la cara.

—No sabía que Amelia tenía esto. —Se quedó mirando la foto en silencio—. Soy yo… hace una vida. —Dejó la foto encima de las demás—. Bien, creo que ya hemos recordado suficiente. Me voy a la cama. De momento las dejaré en el secreter, ¿te parece?

Carla vio cómo Josette, sin esperar respuesta, cogía el paquete y entraba en casa despidiéndose:

— Bonne nuit.

Desde luego, la última foto la había espantado. Pero ¿por qué? ¿Y quién era el tipo de la foto, con el brazo sobre los hombros de ella?