Capítulo 5
A la mañana siguiente, Carla estaba en el patio comiéndose el cruasán del desayuno cuando Josette volvió de su habitual café de primera hora en el mercado.
—Tenemos un rendez-vous con el notaire a finales de semana por lo de Villa Mimosa —dijo Josette, sirviéndose un café de la cafetière —. Luego daremos un paseo por el bord de mer para que, al menos, veas el exterior.
—Gracias —dijo Carla—. Era tan pequeña cuando murió la abuela que, la verdad, no recuerdo visitas a la villa. Sí que recuerdo vagamente que me dijeron que dejara de hacer tantas preguntas cuando vinimos al funeral. Ni idea de qué me daba curiosidad.
Una hora más tarde, después de ir esquivando turistas por la carretera de la costa, estaban en lo alto del corto camino de entrada que llevaba a la Villa Mimosa.
Las altas verjas metálicas estaban entornadas, dejando ver con claridad la típica maison provenzal con contraventanas verde oliva y tejas de terracota.
A un lado del camino, una sola mimosa alta hacía guardia; de sus ramas colgaban vainas de semillas, ahora que la floración había terminado.
—Al principio había una hilera de mimosas por aquí, de ahí el nombre de la villa —dijo Josette—. El olor en primavera era maravilloso. Por desgracia, esta es la última.
Había una furgonetita aparcada a un lado de la puerta principal, pero no se veía a nadie.
—¿Podemos subir por el camino? —preguntó Carla—. ¿Ver el jardín?
—Por qué no —respondió Josette—. Al fin y al cabo es nuestra.
La furgoneta es del jardinero, al que le pago para que lo mantenga presentable.
Siempre puedo decir que necesitaba hablar con él si aparece el inquilino.
Obviamente no podemos entrar en la casa sin haberlo acordado antes, pero el jardín…
—Se encogió de hombros—. Además, ya han dado el aviso.
La gravilla crujía bajo sus pies mientras subían por el camino, flanqueado por setos bajos de romero.
Delante de la puerta había una pequeña escalinata de cuatro peldaños curvos y poco profundos, con una mezcla de macetas de colores: unas con geranios blancos y rosas en cascada, otras con lavanda perfumada, como un comité de bienvenida.
Carla giró a la izquierda y siguió a Josette por el sendero lateral hasta el jardín trasero, donde el agua de una gran piscina brillaba al sol.
—Oh, no me esperaba una piscina —dijo Carla—. Desde luego no estaba cuando vine la última vez. Me habría acordado. Me habría metido a todas horas.
—Aquí es de rigueur que una villa de este tamaño tenga piscina.
La pusimos hace unos treinta años. Amelia estaba totalmente en contra, pero…
—Josette dejó la frase en el aire—. La gente que alquila por un año o dos siempre exige piscina.
Joel, aquí, es el encargado de la piscina además de jardinero.
Bonjour , Joel —llamó, dirigiéndose a un hombre que estaba sacando hojas y otros restos del agua con un recogehojas—.
Je montre juste la villa à ma nièce Carla —añadió.
Joel, un hombre moreno, en forma, de unos cincuenta años, con el pelo gris muy corto y barba de varios días, les dedicó una mirada rápida y un escueto «Bonjour», pero siguió concentrado en lo suyo.
Carla lo observó mientras él maniobraba con cuidado la manguera de limpieza alrededor de uno de los elefantes de piedra pintada que custodiaban, a ambos lados, el extremo opuesto de la piscina.
Mientras Josette rodeaba la piscina para hablar con Joel, Carla se quedó donde estaba, empapándose de los detalles del jardín.
El pequeño sofá de caña con cojines de colores bajo el cobijo de un gran cerezo en la esquina del fondo, el lugar ideal para descansar y acurrucarse con un libro después de nadar.
Parterres cuidados a lo largo del lado izquierdo, delante del seto de adelfas que separaba Villa Mimosa de la vecina; limoneros en macetas; rosales trepando por un arco metálico viejo; una pagoda alta; un comedero para pájaros.
Cuatro pares de puertas acristaladas, a lo largo de toda la fachada, daban a la terraza, donde una mesa larga de teca y sus sillas estaban bajo la logia, perfectas para comidas al aire libre y cenas románticas a la luz de las estrellas.
Carla se quedó allí, intentando encajar ese jardín con el que, en teoría, debía de existir en algún lugar profundo de su memoria de la visita infantil.
Le empezó a doler la cabeza por el esfuerzo de obligar al cerebro a entregarle recuerdos.
Al fin y al cabo había sido muy pequeña: ¿cómo iba a esperar que su mente le devolviera imágenes del pasado?
Había sido una visita corta. Dos días, como mucho.
Nada le resultaba familiar. ¿Qué habría donde ahora estaba la piscina?
¿Arbustos crecidos? ¿Un césped? ¿Un árbol grande?
¿Un cobertizo derrumbado? ¿Un columpio? Algo que no lograba atrapar le empezó a roer por dentro.
Dio un respingo cuando Josette volvió a su lado.
—¿Qué había donde ahora está la piscina? —preguntó Carla.
—Un césped penoso y un roble grande. Y eso sí que nos dio guerra: sacar las raíces.
Nos llevó días. La verdad, me dio pena verlo desaparecer.
A Amelia y a mí nos encantaba ese árbol.
Lo trepábamos y nos escondíamos de papá —dijo Josette—.
Amelia se cayó una vez y se rompió la muñeca.
Después de eso, dejamos de trepar tanto.
—Suspiró y miró a Carla de reojo—. Me acuerdo de que tú te metiste en un lío por el columpio de neumático que colgaba de una de las ramas bajas cuando viniste.
A Carla le vino a la mente la imagen de una cuerda gruesa y un neumático grande, y ella balanceándose adelante y atrás. Sonrió. Por fin, un recuerdo.
—Me acuerdo del neumático. Me dejó negra. Mamá se puso furiosa conmigo. No me dejó acercarme otra vez en todo el tiempo que estuvimos aquí.
—Me acuerdo de tus lágrimas —dijo Josette—. Llorabas desconsolada. ¿Ya has visto suficiente?
Al emprender el camino de vuelta hacia la entrada, Carla miró a Josette.
—¿Tienes buenos recuerdos de crecer aquí?
Casi habían llegado a la verja al final del camino cuando Josette suspiró y respondió:
—De crecer, sí, pero al final estaba deseando irme. Todo se había torcido tanto que no podía soportar quedarme.
—Recuerdo que, de vez en cuando, llegaban postales de distintos sitios con los años. Aprendí a ir con pies de plomo con mamá cuando llegaba una nueva. Siempre la alteraban.
—No sabía eso —dijo Josette.
Carla asintió.
—Cuando me hice mayor, me di cuenta de que probablemente era porque tenía celos de tu vida.
¿Te acuerdas de aquel año que te vi en París?
Hablamos y hablamos. Yo esperaba que, después, tú y yo mantuviéramos más el contacto, pero…
—Carla se encogió de hombros—. Mamá se puso hecha una furia cuando se enteró de que había quedado contigo.
Como Josette no dijo nada, Carla continuó.
—Cuando te fuiste de aquí la primera vez, ¿adónde fuiste?
Josette sonrió.
—París…, un sitio al que siempre volvía. Al principio pensé en ir a Italia, pero París era la elección evidente para perderme y encontrar trabajo.
—Nunca te casaste. ¿Alguna vez quisiste hacerlo? ¿Tener una familia propia? —preguntó Carla, sabiendo que probablemente estaba tensando demasiado la cuerda.
Hubo un silencio breve antes de que Josette se echara a reír.
—Me gustó demasiado la época de finales de los sesenta como para atarme. En aquellos años era un poco hippy .
—Mamá siempre decía que eras una rebelde. Que te juntabas con mala gente. ¿Era verdad?
—¿Rebelde? Nunca me he visto así. Simplemente reaccionábamos de manera distinta a las circunstancias. Y sobre la mala o buena gente…, ¿según el criterio de quién?
***
De vuelta en la ciudad, Josette rechazó acompañar a Carla al museo Picasso y, en su lugar, se acercó a la plaza de Correos y pidió un café en una terraza.
Mientras veía jugar a los niños en el pequeño parque al lado de la plaza, Josette ahogó un suspiro.
Ayer, después de negarse a ampliar su comentario sobre que la vida no te daba más opción que seguir adelante, se había sorprendido a sí misma intentando ignorar el sentimiento de culpa que la inundaba.
¿Había sido poco diplomática, incluso dura, al despachar las preocupaciones de Carla sobre Maddy?
Hoy, mientras ella y Carla caminaban de vuelta por el bord de mer , la conversación le había removido más culpa, haciéndola pensar en cosas que llevaba años escondidas en los recovecos de la mente.
Habiendo dado su palabra, hacía tantos años, de que jamás hablaría de la ruptura familiar, se había construido una vida que, al final, resultó más feliz de lo que jamás habría esperado después de la devastación de verse arrancada de raíz y obligada a encontrar un camino distinto al que había imaginado.
La presencia física de Carla en su vida, aunque solo fuera cuestión de unos días, le había demostrado lo fácil que sería que unas ondas empezaran a agitar su pasado oculto.
Un pasado que podía romperse en mil pedazos si esas ondas crecían, empujando tristeza, resentimiento y reproches hacia el presente.
Un presente con el que se había permitido estar satisfecha, sin dejar que creciera en su cabeza ni la sospecha más mínima de que la vida que le habían negado habría sido la que de verdad la habría hecho feliz.
Lo malo de la familia había permanecido latente tanto tiempo que ella cometió el error de pensar que se quedaría así para siempre.
Debería haber previsto que un día volvería a aflorar y haber tomado medidas para…
¿Para qué? ¿Minimizar el efecto? ¿Negar que pasó?
Una cosa quedaba cada vez más clara: era momento de dar un paso atrás.
Restablecer aquella regla de «solo contáctame en caso de emergencia» que había impuesto a Carla hacía años.
La intimidad o el vínculo tía–sobrina era un camino demasiado peligroso.
Tenía que poner límites a la relación antes de que destruyera la ficción sobre la que había basado su vida.