Capítulo 4
Aquella tarde, unos minutos antes de las ocho, Carla encendió el portátil para una videollamada con Maddy.
Josette la había sorprendido antes dándole la contraseña y diciéndole que usara la conexión de internet de la casa.
Carla no se esperaba que su tía navegara por la red.
Además, no se veía ningún portátil, ni siquiera un iPad, por la casa.
Josette se encogió de hombros, despreocupada, ante la sorpresa de Carla.
— C’est difficile no estar en línea hoy en día. El Gobierno francés cierra oficinas, crea páginas web y espera que todo el mundo se vuelva competente con los ordenadores de la noche a la mañana. Yo guardo la tableta en el dormitorio para jugar al póquer en línea por la noche cuando no puedo dormir.
Que Josette jugara al póquer sorprendió a Carla menos que el hecho de que lo hiciera en línea.
Carla anotó en un papel un par de cosas que quería decirle a Maddy para no olvidarlas, abrió Skype, pulsó el nombre de Maddy y, mientras esperaba a que contestara, luchó por ordenar sus pensamientos de forma lógica y sensata.
No quería que Maddy supiera, ni siquiera sospechara, el pánico que le daba el futuro.
Si lograba mantener la compostura y hacer que su hija creyera que se estaba apañando y que no estaba a punto de deshacerse en un mar de lágrimas, había una posibilidad de que también ella se lo creyera, de que las cosas acabaran enderezándose.
La sonrisa con la que saludó a Maddy era auténtica, aunque las primeras palabras que pronunció su hija tenían todas las garantías de hacer que se le resbalara la máscara.
—Llamé a papá después de hablar contigo y hemos tenido una bronca monumental por su aventura. Me dijo que madurara y dejara de comportarme como una cría. Que estas cosas pasan. Y que tú y yo, por lo visto, tenemos que aprender a vivir con ello.
El apelativo con el que se refirió a su padre después hizo que Carla se estremeciera..
—Maddy, no. Esa es una palabra horrible. Pero él tiene razón en una cosa: yo tengo que aceptar que ha pasado y me temo que tú también.
—Ni hablar. Incluso ha sugerido que conozca a esa Lisa. Cree que me caerá bien y que haremos buenas migas. Delira, el muy… —Maddy se mordió la lengua antes de repetir la palabra—. ¿Se lo has contado a Ed? Le he llamado, pero no he conseguido hablar con él.
—Iba a esperar a que volviera dentro de unos meses —dijo Carla, tragando saliva. Lo de que David quisiera presentarle a Maddy a esa mujer era algo que no había previsto. Estaba claro que iba en serio—. Ed está lejísimos, no quería preocuparlo. Además, no hay nada que él, ni nadie, pueda hacer.
—¿Estás en un hotel, mamá? —preguntó Maddy—. Papá pensó que te habías ido a casa de la abuela, pero dijo que no había señales de ti cuando se pasó por allí.
—No, no estoy en un hotel. Estoy…, estoy quedándome con una amiga.
—¿Con qué amiga? ¿Mavis?
—Con alguien que no conoces.
—¿Por qué no me dices dónde estás?
—Porque, con toda probabilidad, papá te exigirá que se lo digas y no quiero que lo sepa todavía.
—Pero no es justo no decírmelo. Estoy de tu lado. Dímelo.
Carla suspiró, mirando los ojos enrojecidos de su hija.
—Lo siento, no puedo. Todavía no. Te prometo que te lo diré pronto. Solo quiero estar un tiempo lejos de todo para pensar, calmarme y hacer planes.
—Si deja a esa fresca, ¿volverás a casa? Tiene que ser solo una crisis de los cincuenta. No es como si lo hubiera hecho antes, ¿no? —dijo Maddy, frotándose la nariz, una manía nerviosa que tenía desde pequeña.
Cuando se dio cuenta de que Carla no respondía, se quedó perpleja.
—Lo ha hecho, ¿verdad?
Carla asintió.
—Varias veces. Aunque no creo que él sepa que yo me he enterado de la mayoría.
—Entonces seguro que esto no será distinto: volverá con el rabo entre las piernas en un par de meses…, quizá incluso en semanas.
Carla guardó silencio, intentando entender qué era lo que hacía que, esta vez, todo fuera diferente.
¿Era solo que ella era mucho mayor? ¿Que ya no tenía que quedarse «por los niños»?
¿O era que estaba cansada de estar casada con David y de consentirle las aventuras?
Había pasado suficientes años en un matrimonio sin amor; ¿no se merecía una vida propia?
Además, ¿tenía siquiera la opción, esta vez, de perdonar y olvidar?
—Que papá te hable de esa Lisa me dice que esta aventura podría ser diferente.
No es clandestina como las otras. Da la impresión de que a él le parece bien que salga a la luz para que todo el mundo la vea.
Decir que le gustaría que la conocieras es una señal clara de que quiere liberarse de mí.
Pasar página. —Carla respiró hondo, intentando forzar una nota de optimismo en la voz—.
Yo no habría elegido terminar mi matrimonio así, pero entrar en el grupo de las divorciadas a mi edad no significa que se haya acabado mi vida.
Lo veré como una oportunidad para probar cosas nuevas, ir a lugares distintos, disfrutar de un rumbo diferente.
El pensamiento «Y tratar de recuperar a la mujer que yo era» se lo guardó. ¿Era siquiera posible?
—¿Pero dónde vas a vivir? ¿Qué vas a hacer? No puedes dejar que te pase por encima. Tienes derechos y papá tendrá que cumplirlos legalmente.
—No te preocupes, estoy segura de que los dos somos lo bastante mayores como para tratarnos de manera civilizada. Solo tengo que decidir cómo quiero gestionar esto —dijo Carla—. Volveré pronto. Para entonces tendré una idea más clara de lo que voy a hacer.
Cuando Carla terminó la llamada, estaba agotada por el esfuerzo de sostener ante Maddy la pretensión de un ánimo alegre cuando, por dentro, se sentía desolada, vacía y al borde de las lágrimas. Ni siquiera había empezado a pensar en cómo responder a las preguntas que Maddy le había hecho.
Abajo, Josette estaba sentada en el patio, con una botella de rosado sobre la mesa. Le tendió una copa a Carla.
—Gracias —dijo Carla.
Se bebió un buen trago del vino frío antes de dejarse caer en la silla libre.
—¿Maddy bien? —preguntó Josette.
Carla asintió.
—Salvo por estar triste por mí y enfadada con su padre.
Josette la miró fijamente.
—Se le pasará. Es probable que antes que a ti.
—Creo que le costará aceptar las cosas; siempre ha sido muy de su padre. Y el hecho de que ya no vayamos a hacer de familia feliz de cara al mundo la va a afectar. En vez de eso estaremos ocupados intentando vivir nuestras vidas separadas, con la familia desgarrada.
—Nada nuevo. Las familias han sido disfuncionales a lo largo de la historia. La gente sobrevive y sigue adelante como puede. No hay otra opción —dijo Josette—. Eso se llama vivir. Bien sûr. Lo sé por experiencia.
Carla la miró, esperando que desarrollara la frase. En vez de eso, Josette cogió la botella y se rellenó la copa, mientras que Carla negó con la cabeza y tapó con la mano la suya, aún medio llena, preguntándose qué vida habría llevado aquella tía suya tan enigmática. ¿Se la contaría alguna vez?