Capítulo 3
A la mañana siguiente, no había rastro de Josette cuando Carla bajó. Josette había acertado con lo de que Carla no dormiría más allá de las siete. Cuando el cercano reloj del ayuntamiento dio la hora con un estruendo, ella se despertó sobresaltada.
En la mesa de la cocina había una nota:
Croissants en la lata, sírvete. Café listo para hacer. Hasta luego.
J.
¿La estaba evitando a propósito?
Carla se llevó el desayuno al patio y pensó en el día que tenía por delante.
Lo primero era llamar a Maddy. Necesitaba hablar con ella antes de que apareciera por casa y descubriera su ausencia.
Edward estaría fuera al menos otros tres meses, así que no hacía falta molestarlo ahora.
Le había prometido intentar volver para su gran cumpleaños más adelante ese año.
Para entonces las cosas deberían estar resueltas. De una manera u otra.
Carla miró el móvil. Las ocho allí, las siete en el Reino Unido: Maddy estaría liada preparándose para ir a trabajar.
¿Cómo le dices a tu hija adulta que el matrimonio de sus padres ha sufrido un terremoto de los que parten el suelo en dos?
¿Arriesgarse con la verdad a bocajarro —«papá tiene otra aventura y necesitaba alejarme»— o suavizar la noticia —«tenemos algunos problemas y hemos decidido darnos un tiempo para aclararnos»—?
Hacer que suene a decisión conjunta, no solo de ella.
¿Existía la posibilidad de que esa separación no fuera definitiva; de que David lo dejara con su última amante, se arrastrara, pidiera perdón y prometiera portarse bien en adelante? ¿Eso era lo que quería que pasara?
Las campanadas del reloj del hôtel de ville , que volvía a dar la hora, se callaron mientras Carla marcaba el número de Maddy y escuchaba el tono.
Cuando saltó el contestador, colgó. Dejarle un mensaje a Maddy con la situación actual no era una opción.
Tenía que decírselo en llamada, si no cara a cara.
Un silencio en el sonido de pasos en la calle fue seguido de un golpe en la puerta principal.
Carla dudó. ¿Debía abrir? Su francés limitado estaba oxidado y le daba pánico quedarse atascada intentando hacerse entender con un desconocido.
Mientras permanecía allí indecisa, oyó los pasos alejarse.
Aliviada por no tener que hacer nada, Carla se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento.
***
Josette seguía sin volver cuando Carla salió a explorar la ciudad.
Sabía poco del lugar donde habían nacido su madre y su tía, aparte de que había sido, desde muy antiguo, un puerto comercial, con fortificaciones construidas por el ingeniero francés Sébastien Vauban.
El puerto deportivo moderno de la ciudad, Port Vauban, llevaba su nombre en su honor.
Una fuerte brisa de mar silbaba por las calles estrechas del casco antiguo cuando Carla se alejó de la zona del mercado. Un callejón angosto la llevó hasta las murallas y caminó por la carretera de la costa hasta llegar al pie del boulevard Albert Premier, cerca de una zona de parque.
Sin detenerse a pensar, Carla bajó de la acera mirando a la derecha en lugar de a la izquierda, y un hombre la apartó de un tirón de debajo de las ruedas de un coche, devolviéndola a la acera.
Un puño agitado con furia y un bocinazo airado del conductor subrayaron lo cerca que había estado el coche de atropellarla.
Conmocionada, Carla intentó dejar de temblar. Se dio cuenta, todavía aturdida, de que el hombre le había echado un brazo por encima de los hombros y la llevaba hacia una cafetería cercana.
— Deux cafés, s’il vous plaît —le pidió al camarero, mientras acomodaba a Carla con suavidad en una silla—. Prendre des respirations profondes —le indicó, sentándose frente a ella y observándola.
Carla cerró los ojos y trató de calmar el golpeteo del corazón. ¿Cómo podía haber sido tan idiota?
— Vous Anglaise ? —dijo el hombre.
Carla asintió.
—Sí.
—En ese caso… yo traduzco. Tienes que respirar hondo. —La miró durante unos segundos, asegurándose de que hacía lo que le decía—. Tu costumbre es mirar a la derecha. Aquí hay que mirar a la izquierda. Es un error que los ingleses cometen siempre.
Dejaron dos cafés sobre la mesa, con un sobrecito de azúcar y una galletita en cada platillo. Mientras el hombre abría el suyo y lo echaba en el café, Carla apartó el suyo por inercia: hacía mucho que había dejado el azúcar.
—¿Puedo sugerirte que esta vez te tomes el café con azúcar? Para el susto, creo que va bien.
Carla suspiró, pero obedeció: vació el azúcar en el café, removió y dio un par de sorbos. Puso una mueca. Asqueroso. Miró al hombre.
—Gracias por lo que has hecho. Tuve suerte de que estuvieras ahí, si no… —Se estremeció.
—Creo que ya no te vas a olvidar de mirar a los dos lados —dijo él—. Bien, ya has dejado de temblar y vuelves a tener color en la cara.
Carla cogió la galleta, abrió el plástico y dio un mordisco pequeño.
—¿Acabas de llegar de vacances ? — preguntó el hombre, levantando su taza de café de tamaño pequeño.
Carla asintió.
—Sí. Estoy visitando a mi tía unos días.
Era más fácil asentir que confesarle a un desconocido que había huido.
—Espero que disfrutes la estancia —respondió—. Ahora debo irme. Llego tarde a una reunión.
Se levantó y dejó unas monedas en el platillo donde habían traído la cuenta a la vez que traían los cafés.
—Por favor, deja que pague los cafés —dijo Carla—. Al menos eso te lo debo.
El hombre le quitó importancia con un gesto.
— Non. Es un placer; pero, por favor, recuerda mirar a la izquierda de ahora en adelante.
—Desde luego —prometió Carla.
— Ciao —dijo y se fue.
Carla se terminó la galleta y, cuando el camarero vino a retirar la mesa, pidió otro café, que se tomó sin azúcar. Ya más tranquila, estaba a punto de levantarse cuando sonó el móvil. Maddy.
—¿Mamá? Te oigo raro. ¿Estás bien? ¿Qué pasa? He tenido a papá al teléfono diciendo que lo has dejado.
Carla contuvo el aliento. Maldita sea. David se había adelantado y había llamado a Maddy antes que ella. Tomó aire.
—Estoy bien. Esperaba hablar contigo antes de que papá lo hiciera. Solo necesito un tiempo fuera para pensar en el futuro.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Carla respiró hondo. Estaba claro que David no había explicado su parte en la decisión de Carla. Era hora de que Maddy supiera la verdad.
—Papá tiene una aventura.
El «¿Qué?» de Maddy, conmocionada, apenas se oyó. La pregunta siguiente, «¿Cómo lo sabes?», sonó un poco más fuerte.
Consciente de las miradas interesadas de una pareja en una mesa cercana, que entendía inglés sin problema, Carla mantuvo la voz baja.
—Maddy, te llamo luego. Estoy en una cafetería ahora mismo. No hay mucha intimidad.
—Y eso aparte: ¿dónde estás? Papá pensó que quizá estabas conmigo. Creo que por eso me llamó.
—Te llamo esta tarde y te lo explico todo —dijo Carla—. ¿A las siete te viene bien?
—Sí. ¿Mamá?
—Te quiero.
Carla colgó. Vaya mañana.
***
Josette le había dicho la verdad cuando aseguró que dormía mal y que se levantaba pronto casi todas las mañanas, pero salir de casa y caminar junto a la carretera de la costa no formaba parte de su rutina habitual.
Por lo general, se iba a una de las cafeterías del mercado a tomar un café.
Hoy, sin embargo, necesitaba salir y caminar junto al mar para ordenar los pensamientos antes de que Carla empezara a hacerle las inevitables preguntas sobre la familia.
Mientras avanzaba a paso vivo pensó en Carla.
Era la última persona a la que esperaba ver al abrir la puerta el día anterior.
¿De qué tamaño era la crisis en su matrimonio?
¿Cuánto pensaba quedarse? Qué poco la conocía.
¿Cuánta historia familiar podía contar sin destrozarle el mundo?
¿Necesitaba saber la verdad? ¿Cómo reaccionaría?
¿Aceptaría una versión edulcorada de la historia familiar?
¿O querría profundizar, hacer más preguntas?
Mientras estaba sentada en un banco frente a la playa de La Salis y miraba el Mediterráneo en busca de inspiración, las preguntas siguieron dando vueltas y vueltas en la cabeza de Josette.
Las respuestas, en cambio, se le escapaban.
Al observar dos gaviotas peleándose por los restos desechados de una hamburguesa para llevar, una Josette atribulada tomó una decisión.
Una promesa era una promesa, aunque se hubiera hecho bajo presión hacía décadas.
Seguiría cumpliéndola. A cualquier pregunta de Carla que pudiera responder con honestidad —y para Josette esa era la palabra clave—, lo haría.
Las demás, se limitaría a encogerse de hombros y no decir nada; cruzaría los dedos para que Carla se enterara de suficientes cosas como para quedarse satisfecha y no forzara más información.
Mientras tanto, intentaría disfrutar de Carla como invitada y enseñarle algunos lugares de la Costa Azul.
A veces la vida podía ser solitaria; tener compañía un tiempo le vendría bien.
Quizá incluso fuera posible cierto vínculo, aunque llegara tarde, si esquivaba las preguntas problemáticas y bordeaba otras con cuidado.
De camino a casa, se detuvo en el mercado y compró ensalada y unas sardinas, una baguette y dos tartes citron individuales en el puesto de una boulangerie artesana: el almuerzo quedaba resuelto. Le haría la comida a Carla en la minúscula barbacoa del patio.
Llevaba en casa diez minutos cuando Carla aporreó la puerta. Al dejarla pasar, Josette cogió una llave del gancho de al lado.
—Será mejor que tengas esto mientras estés aquí —dijo dándole la llave—. No la pierdas. Es la última de repuesto. La comida estará lista en unos diez minutos. El vino está en la nevera.
Carla puso la mesa y preparó la ensalada antes de servir dos copas y sacarlas al patio mientras Josette hacía las sardinas a la parrilla.
— Santé —dijo Josette, alzando la copa—. ¿Qué tal la mañana explorando?
Carla soltó una carcajada.
—Bien, gracias… salvo cuando casi me meto debajo de un coche.
—Ah, el viejo error de derecha e izquierda.
Carla asintió.
—Por suerte un hombre me agarró y, literalmente, me echó a un lado. Tardé siglos en dejar de temblar. Luego me lo pasé bien explorando. Un par de sitios que recordaba vagamente de cuando vinimos al funeral de la abuela: el mercado, por ejemplo, y el museo Picasso.
—¿Viste la antigua casa familiar?
—No. La verdad, no creo que la reconociera aunque la viera.
—Algún día damos un paseo y te la enseño. Ahora está alquilada, pero los inquilinos actuales se van pronto —dijo Josette—. Eso significa semanas de lío intentando encontrar otros. Hoy en día hay tantos estafadores…
—Creía que la villa se habría vendido hace años —dijo Carla—. Cuando murió el abuelo.
—Según la ley francesa, Amelia y yo la heredamos a medias.
Yo quería vender, pero Amelia se negó a aceptar.
No quería saber nada del sitio, pero estaba decidida a impedir que yo sacara beneficio.
Insistió en que cualquier dinero fuera a un fondo especial que ninguna de las dos pudiera tocar.
Dijo que la siguiente generación ya se pelearía por ello cuando llegara el momento.
El notaire intentaba todos los años que firmara una renuncia, mais … siempre se negó.
La voz de Josette se apagó mientras miraba a Carla, con una expresión de consternación. ¿Cómo podía haber olvidado Villa Mimosa?
—¿Has sabido algo de los abogados franceses sobre el testamento de Amelia?
—No. Su testamento era inglés y, básicamente, me lo dejaba todo a mí, con legados pequeños para Maddy y Edward. Unos miles para cada uno. Cuando se venda la casa.
—¿Y no mencionaba Villa Mimosa?
Carla negó con la cabeza.
Josette cogió la botella y, pese a la protesta de Carla, les llenó las copas.
—Entonces tenemos que pedir cita con el notaire para arreglarlo legalmente.
—¿Arreglar el qué?—preguntó Carla, perpleja.
—Sobre todo, que tú, como heredera legítima de Amelia, ahora eres propietaria junto conmigo de Villa Mimosa. Santé .