La villa del sol y los secretos Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Durante dos horas estuvieron sentadas charlando en una cafetería de la orilla izquierda del Sena.

Josette se interesaba por la vida de Carla y desviaba las preguntas sobre la suya.

Cuando Carla le preguntó si podían mantener el contacto con regularidad, Josette le respondió que era mejor dejar las cosas como estaban, pero que, ante cualquier emergencia, estaría allí para ayudar si podía.

Le dijo que no olvidara que viajaba mucho por su trabajo de fotógrafa autónoma y que no podía prometer estar siempre disponible.

A lo largo de los años, Carla se había puesto en contacto con ella en distintos momentos, con la esperanza de tener una charla, pero Josette siempre se había mantenido impasible.

—No es una emergencia, ¿verdad? —preguntaba, y la conversación se atascaba.

Pues bien: ahora tenía una crisis y, por suerte, Josette la había acogido, aunque hay que admitir que Carla le había dejado pocas opciones.

—Hoy cenaremos fuera —dijo Josette, volviendo al patio y poniéndose una chaqueta de lino antiquísima—. Nada del otro mundo —añadió—. En el mercado hay un sitio que hace buena pasta.

Cuando llegaron al mercado, los restaurantes que bordeaban el lateral peatonal habían sacado mesas y sillas donde, unas horas antes, se apilaban sobre caballetes frutas y verduras.

Josette pasó de largo los locales sin manteles y con sillas de plástico barato, y se dirigió sin dudar a un restaurante con manteles de cuadros rosas y blancos y sillas de caña trenzada, cómodas.

— Bonsoir, Josette —dijo el dueño, besándole la mejilla, y luego le estrechó la mano a Carla con una bienvenida cálida cuando Josette la presentó—. Ça va?

En la mesa apareció una jarra de tinto de la casa mientras Josette echaba un vistazo a la carta y pedía una carbonara. Carla pidió una ensalada niçoise .

—¿No te gusta la pasta? —preguntó Josette.

—Es que hoy no me apetece —dijo Carla—. Con una ensalada me vale. No tengo mucha hambre. —Cogió la copa, ya servida por un camarero atento, y miró a Josette—. David tiene una amante —dijo—. Otra vez.

—Pues búscate un amante tú —respondió Josette.

Carla se quedó de piedra y soltó una carcajada.

—Ojalá fuera tan fácil.

—Lo es.

Carla negó con la cabeza.

—No tengo energía para una guerra de ojo por ojo. Y además me parece una pérdida de tiempo.

—Tener buen sexo nunca es una pérdida de tiempo —dijo Josette—.

Eso sí, tiene que ser buen sexo. Merci —le dijo al camarero joven que les dejaba los cubiertos y el cestillo del pan—.

Pim, pam, pum y gracias no es buen sexo, por muy desesperada que estés.

Eso lo aprendí hace mucho. —Cogió un trozo de baguette antes de añadir—: A lo mejor te encontramos un amante francés mientras estés aquí.

—No me puedo creer que estemos teniendo esta conversación —dijo Carla—. No he venido a pedir consejo sobre mi vida sexual.

—¿Y a qué has venido?

Carla hizo girar el vino en la copa una y otra vez durante varios minutos, antes de alzar la vista hacia Josette.

—Ya te lo dije, para conocer a la familia francesa. Y necesitaba salir de allí. Venir aquí me pareció tan buena opción como cualquier otra. Pero, si es un problema, mañana busco un hotel.

Josette se encogió de hombros.

—Tú verás. Solo no esperes que me comporte como la típica tía repartiendo buenos consejos. Nunca fue lo mío y ya soy demasiado mayor para cambiar. Plus de vin ? —preguntó, alzando la jarra.

***

Carla estaba tumbada en la cama del pequeño cuarto de invitados, al fondo de la casa, mirando el techo. El cuerpo estaba cansado, pero era incapaz de imponerse a una mente activa y dormirse. ¿Qué hacía allí? Su problema quizá estuviera a mil kilómetros, pero seguía existiendo.

Miró el reloj. Las diez en el Reino Unido. ¿Habría leído David la nota críptica que ella dejó apoyada junto a la cafetera, diciéndole que se iba unos días a pensar? ¿O estaría con su amante?

Quizá debía haberse quedado, aguantar el temporal con paciencia y aceptarlo cuando la aventura terminase, como terminaría, no le cabía duda, en unos seis meses. Dios mío, el año que viene era su veinticinco aniversario. ¿Cómo no iban a celebrarlo juntos?

En cambio, había huido en menos de veinticuatro horas desde que supo lo de la infidelidad, sin decirle a nadie adónde iba.

Mientras el avión sobrevolaba Francia en dirección sur, aquella inesperada sensación de libertad deliciosa que la había invadido al conseguir el último asiento disponible se había evaporado, y en su lugar había quedado una sensación de desesperación, como si se ahogara.

Cerró los ojos. ¿Qué esperaba conseguir al venir? Con esa huida conveniente, sin querer le había dado a David la libertad de organizar más encuentros adúlteros con esa Lisa, quienquiera que fuese. Más tiempo para ver a un abogado. Para dejarlo todo preparado a su favor.

Maldita sea, no era una mujer engañada y boba, aferrada a su hombre hiciera lo que hiciera.

Pero, de entre todas las cosas que creía que podían ocurrirle el resto de su vida, dejar a David no era una de ellas.

Eso no era lo que había anticipado. No sabía si sería lo bastante fuerte para salir adelante sola, por mucho que las revistas no pararan de decirle que había llegado la hora.

Ya había lidiado antes con sus aventuras, y solo una vez al principio había montado una escena, cuando nacieron los gemelos y él se quejó de sentirse desatendido.

Dolida y humillada, decidió quedarse para darles a los niños una infancia segura.

Más tarde, el despido de David y la puesta en marcha de su propia agencia de publicidad tensaron su economía, y el divorcio se convirtió en una opción demasiado cara: no habría nada que repartir.

La casa, hipotecada a más no poder y firmada como garantía del negocio, desde luego no habría sacado el dinero suficiente para darles a ella y a los niños un hogar.

Sospechaba que David ni siquiera sabía que ella se había enterado de las demás.

Elaine, la dentista, y Fiona, su directora de banco…

, eran dos nombres que recordaba de todos esos años.

Y ahora esta Lisa desconocida. ¿Trabajaba con David?

¿Una secretaria nueva a la que había contratado?

Tal vez fuera una de las nuevas asistentes que había pensado contratar para aliviar la carga de trabajo.

Carla se revolvió al recordar que, cuando Maddy y Edward se fueron a la universidad, había jugueteado con la idea de marcharse, pero para entonces su vida con David se había transformado en una costumbre. Era más fácil quedarse que irse.

Un gorgoteo de agua recorrió una tubería sobre su cabeza: Josette se estaba lavando los dientes en el diminuto baño de enfrente, al otro lado del rellano.

Carla suspiró, imaginándose a su tía preparándose para dormir.

No la había recibido precisamente con los brazos abiertos, pero al menos la dejaba quedarse.

Con un poco de suerte, se ablandaría a medida que se conocieran, aunque desde luego estaba a la altura de la fama de solitaria que tenía entre la familia.

Autosuficiente e inexpresiva: así había descrito Amelia una vez a su hermana gemela ante Carla.

Estaba claro que, con la edad, no había cambiado.

La puerta del baño se abrió y se cerró. Un golpecito en la puerta del dormitorio; Josette la empujó y asomó. Carla giró la cabeza y miró a su tía.

—Últimamente duermo bastante mal —dijo Josette—. A las cinco y media suelo estar ya abajo. No te sientas obligada a madrugar, aunque dudo que pases de las siete de todas formas. Bonne nuit.

La puerta se cerró antes de que Carla pudiera contestar.