Capítulo 2
El reloj del hôtel de ville dio la hora cuando el taxista sacó la maleta de Carla del maletero y señaló:
— Vingt mètres à gauche .
Ni se molestó en preguntarle si podría con ello: cobró y se marchó.
Carla arrastró la maleta los veinte metros en la dirección indicada y miró a su alrededor.
La casa adosada en la que vivía Josette estaba escondida en el casco antiguo de Antibes, al final de una calle estrecha por la que pocos coches se atrevían a meterse.
El mar quedaba a treinta metros de distancia para las gaviotas, a tres minutos a pie cruzando las murallas para los demás.
Un viejo collie , dormido en el umbral de un edificio ruinoso, abrió un ojo y, al decidir que ella no era lo bastante interesante como para interrumpir su siesta, lo cerró de nuevo.
Altas casas medievales se encaraban a ambos lados de la calle empedrada.
Dos de ellas, cerca de la pequeña plaza con la glicinia antiquísima y la fuente aún más vieja, estaban unidas por un arco con una ventana que se asomaba a la calle estrecha; de sus contraventanas abiertas colgaban macetas con geranios.
En una de las casas habían montado andamios y, sobre las tablas, los obreros silbaban mientras rellenaban grietas y agujeros con mortero gris.
La casa de Josette, cuando por fin Carla se plantó frente a ella, era tan desvencijada como las vecinas, pero la puerta principal estaba pintada de un rojo escarlata desafiante. No había timbre ni aldaba, así que Carla golpeó con el puño.
Encima de su cabeza, se abrió una ventana.
—Si eres tú, Gordon, la puerta está abierta. Empuja. Si es cualquier otro, espera fuera. Bajo en un momento.
La ventana se cerró de golpe. Carla se quedó donde estaba. Dentro, una sombra cruzó por delante de la ventanita a la derecha. Segundos después, la puerta se abrió.
— Bonjour, tía Josette —dijo Carla—. ¿Puedo pasar, por favor? Es una emergencia. Más o menos —añadió.
Los ojos azules de Josette la miraron como si intentaran calibrar el alcance de aquella «emergencia» y, luego, ella se encogió de hombros y se dio la vuelta.
—No veo por qué no. Tengo una botella de rosado en la nevera.
Carla cruzó el umbral, cerró la puerta tras de sí y siguió a Josette hasta la estancia diáfana, con vigas vistas y una estufa de leña apagada.
Desde la zona de cocina se abrían unas puertas acristaladas hacia un patio lleno de macetas de lavanda y geranios chillones, donde el jazmín y la madreselva se enredaban, cubriendo las paredes.
Una pareja de palomas se acaramelaba en un hueco del rincón y, cuando Josette les gritó, alzaron el vuelo con las plumas revueltas.
En una esquina había una mesa verde de hierro forjado con sus sillas a juego, más cómodas gracias a unos cojines forrados con la inevitable tela provenzal azul y amarilla.
Una sombrilla blanca grande y cuadrada ofrecía refugio del sol cenital.
Josette sirvió dos copas generosas y le dio una a Carla.
— Santé.
Chocaron las copas y Josette preguntó:
—¿Por qué estás aquí?
—Ya te lo he dicho. Tenía una emergencia. —Carla dudó antes de añadir—: No viniste al funeral. Pensé que vendrías.
—Envié una corona. ¿Has venido a echarme la bronca?
—No. Tengo varios motivos para venir. Uno es conocer la parte francesa de la familia.
Mamá nunca me contó gran cosa… y tú eres la última que puede hacerlo.
También quería pasar algo de tiempo contigo, un poco de relación tía–sobrina, si quieres llamarlo así.
El último motivo es… —Carla se detuvo y apuró la copa—.
El último motivo puede esperar. ¿Queda vino en esa botella?
***
Josette llamó a Gordon cuando estuvo segura de que Carla estaba ocupada haciendo la cama en el cuarto de invitados.
—Vamos a tener que olvidar nuestra excursión a la isla durante un tiempo —dijo—. Mi sobrina ha venido de visita.
—Puede que quiera venir con nosotros —sugirió Gordon.
— Peut-être, pero esta semana no. Tiene cosas en la cabeza.
—¿Voy a conocer a esa sobrina tuya?
—Puede que te invite a cenar más adelante en la semana. Si aún está aquí.
Colgó, metió otra botella en la nevera y volvió al patio para sentarse a la mesa, cerró los ojos y pensó en las palabras de Carla.
Merde . No estaba preparada mentalmente para ese encuentro.
Relación tía–sobrina. Conocer la familia francesa.
Dos ideas ridículas. Era demasiado tarde para algo más que un repaso superficial de la historia familiar.
Josette rezó para que Carla no apretara demasiado con su búsqueda de información.
La verdad no podía servir de nada a estas alturas.
Treinta, veinte, incluso diez años atrás, cuando…
Josette negó con la cabeza. Lo había decidido en la catedral la mañana del funeral: lo mejor era que la verdad quedara enterrada con ella cuando muriera.
Tampoco dejaría una de esas cartas de «que se sepa todo cuando yo ya no esté».
—He traído unas fotos —dijo Carla, sentándose con ella a la mesa, con dos sobres grandes en la mano..
Josette abrió los ojos y volvió al presente, sobresaltada.
Carla se había cambiado y llevaba un vestido largo de flores; iba descalza y se había recogido el pelo de cualquier manera.
Su sobrina se había convertido en una mujer atractiva en los treinta años transcurridos desde la última vez que la vio.
—No me creo que este año cumplas cincuenta. Desde luego tienes buenos genes —dijo Josette.
—No eres la única a la que le cuesta creerlo —dijo Carla—. La idea me aterra, sobre todo ahora.
Josette la miró, aguardó, pero Carla negó con la cabeza.
—Luego. —Abrió uno de los sobres y empezó a sacar cosas—. Fotos de Maddy y Edward —dijo, tendiéndole las fotografías.
Josette las cogió. Gemelos, como ella y Amelia. Un sobrino nieto y una sobrina nieta a quienes nunca había conocido. Solo sabía de ellos los datos más básicos y poco más.
—¿A qué se dedican?
—Edward está haciendo sustituciones de veterinario en Sudáfrica. Maddy está empezando su propio negocio de relaciones públicas. Aquí tienes una foto de Navidad del año pasado.
Josette miró las fotos de su sobrino nieto y su sobrina nieta, lamentando por dentro los años de separación forzada.
—Esta es una de las últimas fotos de mamá —dijo Carla en voz baja, entregándole otra.
Josette se quedó mirando la imagen de Amelia, su difunta hermana. El parecido familiar con su madre se había acentuado con los años. Las dos tenían esos labios finos que, al envejecer, se habían encogido hasta volverse líneas duras, y la amargura se les notaba.
—Cuesta creer que fuerais gemelas —dijo Carla—. Mamá cambió muchísimo con la edad. En cambio tú… —se encogió de hombros—, tú siempre me has parecido igual, las pocas veces que te he visto.
—¿Fue muy difícil al final?— preguntó Josette, ignorando lo último.
—No más de lo habitual —dijo Carla, sin más—. Cuando perdió la cabeza sí se volvió más agresiva, sobre todo conmigo. Nada de lo que hacía estaba bien.
Josette asintió, pensativa, y permaneció en silencio varios segundos antes de preguntar:
—¿Qué hay en el otro paquete?
—Fotos de bebés y de gente que supongo que son parientes franceses.
Espero que puedas decirme quiénes son y contarme algo de la historia familiar —dijo Carla, cogiéndolo, y sacó otro sobre—.
Y encontré esto entre las cosas de mamá.
Pone «privado y confidencial», con tu nombre.
Iba a enviarlo por correo, pero… —se encogió de hombros— pasaron cosas y me pareció buena idea traerlo en persona.
—Gracias. —Josette le dio la vuelta al sobre abultado y cerrado entre las manos, luego miró a Carla—. ¿Lo abriste?
—No. David quería, pero no me habría hecho gracia abrir algo tan claramente destinado a otra persona. ¿Vas a abrirlo?
Josette negó con la cabeza.
—No. Esta noche no.
Se levantó, entró en la casa y metió el sobre en el cajón de abajo del aparador de la cocina, el que usaba para tirar cosas variadas que quizá algún día le hicieran falta.
No necesitaba abrirlo: sabía, sin mirar dentro, lo que contenía. Podía quedarse ahí hasta la próxima vez que encendiera la estufa de leña. Entonces lo quemaría. Destruiría las pruebas para siempre.
***
Carla observó desde la puerta abierta cómo Josette cerraba el cajón con un empujón impaciente.
A sus setenta y tres años, seguía siendo delgada.
El pelo blanco lo llevaba recogido en un pulcro moño francés; las uñas, cuidadas y redondeadas, pintadas de un coral suave.
No como las de los pies, con destellos de rojo escarlata asomando por sus sandalias de tiras.
De adolescente, Carla se había sentido fascinada por aquella tía enigmática y había deseado conocerla mejor. Décadas atrás, le había preguntado a su madre por qué no veían más a Josette —o a cualquier pariente francés, en realidad— y había recibido una respuesta seca:
—Ruptura familiar.
Nunca le dio más detalles.
Amelia había cedido una vez, cuando Carla tenía unos nueve años.
Los tres —Carla y sus padres— habían viajado a Antibes para el funeral de su abuela.
Pese a ser tan pequeña, Carla había percibido la tensión entre su madre, Josette y su abuelo tanto en la iglesia como después, en la villa, durante el velatorio.
Fue la única vez en su infancia que vio a su tía.
Cuando su abuelo murió un año después, Amelia fue a Francia sola y dejó a Carla en casa con su padre cinco días.
—Se junta con mala gente y viaja mucho —había sido la excusa de su madre cuando una Carla adolescente preguntó por qué no veían a Josette.
Pero el año en que Carla iba a viajar a París con la universidad, llegó una tarjeta de Navidad con una dirección parisina, un número de teléfono y un mensaje garabateado: «Viviendo en la Ciudad de la Luz por un tiempo».
En secreto, Carla copió los datos. Y, con un atrevimiento impropio de ella, llamó a su tía.