Capítulo 1 #3
Una tarde de principios de marzo, Carla estaba sentada a la mesa de su propia cocina con la última caja de papeles y fotos de su madre para revisar.
Las cinco cajas anteriores habían sido poco estimulantes, pero esta contenía más fotografías que documentos, y Carla la había dejado para el final a propósito.
En el fondo, esperaba que las fotos le ofrecieran una visión silenciosa de la historia en gran medida desconocida de su familia materna francesa.
Fotografías en blanco y negro, desvaídas, de misteriosos parientes extranjeros, firmes, brazo con brazo, en alguna ladera montañosa; un mas provenzal; niños de ojos muy abiertos sujetos en enormes cochecitos con forma de ballena.
Dos niñas pequeñas riendo, cogidas de la mano en un campo de heno: «Amelia et Josette.
Juin 1950», escrito flojo a lápiz en el reverso.
Dos chicas algo mayores, chapoteando en la playa, sujetándose las faldas por encima de las rodillas: «Amelia et Josette, Juillet 1962».
Pruebas de que las gemelas habían estado unidas en otro tiempo.
Una fotografía de boda fechada en septiembre de 1964, tomada en las escalinatas de un imponente hôtel de ville , mostraba a su madre y a su padre sonriendo con una pose rígida y adulta.
Josette, a un lado, parecía feliz. ¿Qué discusión, años después, podía haber sido lo bastante grave como para separarlas para siempre?
Carla dio un respingo cuando David apareció a su lado con una copa de vino.
—¿Hay algo que merezca la pena conservar entre todo esto? ¿O lo quemamos todo? —preguntó, apartando algunas fotos.
—No voy a ponerme a quemar cosas —protestó Carla—. Es la historia de mi familia. Tengo que revisarla, a lo mejor puedo identificar a alguien, y luego la caja puede ir al armario del cuarto de invitados. A Maddy le interesa la genealogía; quizá algún día quiera hacer el árbol familiar.
David cogió un sobre cerrado en el que ponía «Josette. Privado y confidencial».
—Me pregunto qué será esto. ¿Lo abro?
Carla le quitó el sobre de la mano y lo examinó con curiosidad.
—Por tentador que sea, no creo que debamos abrirlo. Lo aparto y se lo mando a Josette cuando vaya a la oficina de correos. No creo que contenga nada trascendental para ella.
—Siempre podrías ir de visita. Entregárselo en mano —dijo David—. Te vendría bien un descanso después de los últimos meses.
Carla lo miró.
—Es verdad. Pero tú te quedarías solo ahora que los dos niños viven fuera.
—Por el amor de Dios, Carla, soy muy capaz de cuidarme solo, ¿sabes? Además, tampoco es que hayas estado tú muy pendiente de mí últimamente.
—No tenía elección. Había que ocuparse de la casa de mamá. Siento no haberte hecho más caso, pero tú también estabas ocupado. Muchas noches ni siquiera venías a cenar a casa.
No añadió: «Y por lo visto estabas demasiado ocupado como para ofrecerme ayuda».
—¿Para qué iba a venir a casa si tú no estabas? Era mejor trabajar hasta tarde y cenar en el club antes de volver.
La mirada de David la desafiaba a discutir, pero Carla no tenía fuerzas para hacerlo, así que la ignoró.
—No te preocupes por mí. Un descanso te vendría bien —dijo David—. Al menos piénsalo.
—Para ser sincera, no estoy segura de visitar a la tía Josette. No es que me haya invitado nunca. —Carla miró a David—. ¿Vas a estar muy liado en el trabajo las próximas semanas? ¿Podríamos ir juntos?
—Ni hablar —dijo David—. No tienes por qué quedarte con Josette. Le entregas el sobre y, si no quiere hablar, tú ya habrás cumplido. Busca un hotel y disfruta de unos días de vacaciones.
Carla negó con la cabeza.
—No quiero ir sola. Es mejor enviar el sobre por correo. Terminaré de revisar todo esto por si hay algo más marcado para ella.
David se encogió de hombros.
—Como quieras.
***
Un día después, la caja de fotos ya ordenada estaba lista para ir al armario del cuarto de invitados.
Al meterla en el estante inferior, Carla encontró resistencia y se arrodilló para ver qué lo impedía.
Una vieja caja de zapatos se había quedado encajada al fondo y, al sacarla, la tapa se movió y vio el estuche de terciopelo negro de una joyería.
La Navidad había pasado hacía meses y aún faltaba mucho para su cumpleaños.
¿Había planeado David darle una sorpresa?
¿Algo para aliviar el dolor de los últimos meses?
Con cuidado, sacó del estuche el collar con colgante de diamantes y se lo puso sobre el cuello.
Precioso. Al hacerlo, un papel cayó revoloteando desde la tapa hasta el suelo:
Querida Lisa, con todo mi amor, David
Carla sintió un punzante dolor al leer las palabras y las lágrimas le rodaron por las mejillas.
Tras el estrés de los últimos meses, no sabía si podría soportar que David tuviera otra aventura.
Le temblaban los dedos mientras devolvía el collar a su estuche.
Le había prometido tantas veces que cada una sería la última; que a quien amaba de verdad era a Carla, y le había suplicado perdón.
Sabía que, si lo enfrentaba por Lisa, haría lo mismo esta vez.
Al levantarse, sujetando la caja de terciopelo, enderezó mentalmente los hombros.
Esta vez no estaba de humor para perdonar.
Veinticuatro horas después, sin decir una palabra a nadie, Carla huyó a Francia, a ver a la tía Josette.