La Villa de los Sueños Capítulo 24 2025 - La última despedida
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Capítulo 24 2025 - La última despedida

El jardín de la Villa Barrington había estallado en vida.

Cuatro semanas después de que Edmund encontrara su paz, las buganvillas trepaban ordenadamente de nuevo por las paredes de piedra caliza, sus flores fucsia y magenta vibrando contra el cielo azul mediterráneo.

Los limoneros doblaban sus ramas bajo el peso de frutos dorados y brillantes.

Jazmines trepadores envolvían la glorieta en una cascada de flores blancas que perfumaban el aire con dulzura embriagadora.

Los jardineros que Chiara había contratado juraban no haber visto nunca un crecimiento tan vigoroso en tan poco tiempo. La tierra misma parecía respirar diferente, como si décadas de opresión se hubieran evaporado de sus entrañas.

Lily caminaba por el sendero de grava recién rastrillado, revisando mentalmente cada detalle antes de que Chiara y Sofía llegaran para la inspección final.

Las persianas verde salvia recién pintadas contrastaban perfectamente con la piedra dorada.

Las ventanas brillaban limpias, reflejando el mar que centelleaba más allá de los acantilados.

El sonido de un motor interrumpió sus pensamientos. El coche de Chiara se detuvo frente a la entrada principal.

—¡Lily! —Chiara emergió del vehículo, radiante con un vestido de lino blanco—. Estoy nerviosa como una niña antes de Navidad.

Sofía salió del asiento del conductor, alta y elegante con pantalones palazzo y una blusa de seda color crema. Besó a Lily en ambas mejillas con calidez genuina.

—Chiara no ha dormido en toda la semana pensando en este momento.

Lily sonrió, abriendo la puerta principal con teatralidad.

—Entonces espero estar a la altura de las expectativas.

El vestíbulo las recibió transformado. Los suelos de mármol resplandecían bajo la luz que entraba por las ventanas ya restauradas. Lily había elegido una paleta de blancos cálidos, verdes suaves y azules mediterráneos que honraban la historia de la casa sin asfixiarla en nostalgia.

Chiara jadeó, llevándose una mano al pecho.

—Es exactamente como me la hubiera imaginado, pero mejor. Más luminosa.

Recorrieron el salón principal, donde Lily había recuperado los muebles originales del almacén, restaurándolos meticulosamente. Sofás tapizados en lino color marfil. Butacas de terciopelo verde salvia. Cortinas de gasa que flotaban con la brisa marina.

En la biblioteca, las estanterías de caoba brillaban recién barnizadas, esperando llenarse de libros. Lily había instalado iluminación suave y estratégica, creando rincones perfectos para la lectura.

—Aquí podríamos tomar el café por las mañanas —dijo Sofía, tocando el respaldo de una butaca junto a la ventana—. Imagínate despertar y bajar a leer las noticias aquí.

Chiara la abrazó por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.

—O podríamos saltarnos la lectura y quedarnos en la cama.

Lily carraspeó con diversión exagerada.

—Hay más habitaciones que mostrar, si podéis controlaros.

Subieron la escalera hacia el primer piso. Lily les mostró el dormitorio principal, transformado en un santuario de paz con paredes color crema, ropa de cama de lino blanco y puertas francesas que se abrían a un balcón con vistas al jardín.

Sofía giró lentamente, absorbiendo cada detalle.

—Es perfecto, Lily. Perfecto.

Chiara se apoyó contra la barandilla del balcón, cruzando los brazos, incapaz de disimular la satisfacción en su rostro.

—Cuéntale las noticias —Sofía la animó—. No puedes seguir guardándotelo.

—Ayer recibí un WhatsApp de alguien de la India —Chiara sacó su móvil del bolsillo, mostrando la pantalla a Lily—. Una mujer llamada Priya. Quería ponerse en contacto conmigo.

Lily se acercó, intrigada.

—¿Priya?

—Descendiente de Beatrice —Chiara abrió la conversación, donde decenas de mensajes se desplegaban—. Sin dudarlo la llamé. Estuvimos casi una hora al teléfono.

Sofía se sentó, observando a su pareja con ternura mientras relataba la historia.

—Beatrice y Raj se marcharon a la India en mil novecientos treinta y se casaron allí.

Fueron increíblemente felices, según Priya.

Tuvieron cuatro hijos. —Chiara pasó el dedo por las fotografías que Priya le había enviado—.

Esta mujer es hija a su vez de uno de ellos, historiadora apasionada por los árboles genealógicos.

Llevaba meses investigando la conexión maltesa de su abuela.

Lily sintió que algo cálido se expandía en su pecho.

—Entonces toda la rama de la familia vuelve a conectarse.

—Exactamente —Chiara guardó el teléfono—. Priya quiere venir en primavera con su madre, que es la hija directa de Beatrice. Quieren ver la villa restaurada.

—Será hermoso recibirlas aquí —dijo Sofía.

Lily se apoyó también contra la barandilla, procesando cómo las piezas dispersas de una familia destrozada volvían a unirse.

—Chiara, hay algo que nunca me aclaraste del todo. Dijiste que la casa se abandonó en los años cincuenta. ¿Qué pasó exactamente desde mil novecientos treinta hasta entonces?

Chiara se recostó en la silla, como si hubiera estado esperando esa pregunta.

—Tras mirar todos los papeles antiguos, facturas, registros de pagos…

Florence, Roberts y Albert, que eran las personas de mayor confianza en aquella época, se mantuvieron contratados durante décadas.

Arthur les envió dinero religiosamente desde Sicilia para que cuidaran la villa, aunque nadie la habitara.

—Se acercó a Lily—. Nunca les faltó de nada.

Cuando finalmente se jubilaron o decidieron volver a sus países de origen, Arthur les aseguró pensiones generosas hasta el final de sus vidas.

—Lealtad recompensada —dijo Lily.

—Mi abuelo cargaba con mucha culpa —Chiara miró hacia el jardín—. Pero jamás olvidó a quienes habían sido fieles a su familia.

En la terraza trasera, Lily había instalado muebles de mimbre blanco con cojines azul pálido. Una mesa de hierro forjado esperaba cenas bajo las estrellas.

Las tres se sentaron, y Chiara sirvió Prosecco de una botella que había traído.

—Por la Villa Barrington —brindó, levantando su copa—. Y por los nuevos comienzos.

Lily chocó su copa, pensando en la ironía deliciosa de todo aquello.

Sir Reginald Barrington, patriarca tiránico obsesionado con las apariencias y el honor familiar, estaría revolviéndose furiosamente en su tumba si pudiera ver esta escena: dos mujeres enamoradas preparándose para mudarse juntas a su preciada villa, celebrando abiertamente su amor sin una pizca de vergüenza.

La justicia poética resultaba deliciosa.

—¿En qué piensas? —preguntó Chiara, notando la sonrisa enigmática de Lily.

—En que a veces la vida tiene un sentido del humor maravilloso —respondió Lily, bebiendo su Prosecco—. Esta casa finalmente será un hogar feliz.

Mientras pronunciaba estas palabras, un movimiento en el jardín vecino capturó su atención. Mattew y Caterina correteaban entre los limoneros, sus risas flotando en el aire como campanas mientras escapaban de Clara, quien los perseguía con una toalla en la mano y amenazas cariñosas.

Las tres mujeres agitaron las manos. Caterina respondió con entusiasmo desbordante, prácticamente saltando, mientras Mattew levantaba el brazo en un saludo más contenido, pero igualmente afectuoso.

—Son adorables —dijo Chiara, observándolos con ternura—. Tienen algo especial, ¿verdad?

—Ya viste, por ejemplo a Caterina en acción el día que Edmund abandonó por fin la casa. Puede ver cosas que el resto de nosotros no vemos —confirmó Lily—. O tal vez simplemente está más abierta a recibirlas.

Sofía rellenó las copas.

—Hablando de especial… ese australiano fuerte y guapo que aún no he tenido el honor de conocer. ¿Cómo se llama? ¿Chris? ¿Cómo va la cosa entre vosotros?

Lily sintió el calor subiéndole al rostro.

—Está ocupado con otro proyecto ahora. En… Mosta, creo. No, espera. Algo parecido. Aún no me quedo con todos los nombres de los pueblos aquí.

—Mdina —corrigió Chiara con una sonrisa—. ¿Y tú? ¿Qué harás ahora que la villa está terminada?

Lily giró la copa entre sus dedos, observando cómo el sol arrancaba destellos dorados al líquido burbujeante.

—Chris y yo hemos estado hablando. Vamos a mudarnos juntos a Londres.

Sofía enarcó una ceja con interés.

—¿En serio? Eso es rápido.

—Lo sé —admitió Lily—. Pero quiero ver cómo se desarrolla esto sin el telón de fondo con espectros de los años treinta. Y además… —hizo una pausa, eligiendo las palabras con cuidado—. También tengo que enfrentar a mis propios fantasmas allí. Los que dejé sin resolver cuando huí.

Sofía le apretó la mano.

—A veces la valentía consiste en volver.

—Luego ya veremos —añadió Lily, encogiéndose de hombros—. El tiempo dirá.

Se hizo un silencio cómodo, interrumpido solo por el canto de las cigarras y el susurro del viento entre los jazmines.

—Y vosotras —preguntó Lily, con tono travieso—, ¿habéis pensado en casaros? ¿Adoptar niños?

Chiara casi escupe su Prosecco.

—¿Niños? Sofía ronca. Imagínate añadir llantos nocturnos a la mezcla.

—Yo no ronco —protestó Sofía, dándole un codazo—. Simplemente respiro con entusiasmo.

—Como un oso hibernando.

—Como una mujer que trabaja demasiado y merece dormir profundamente.

Las tres estallaron en carcajadas que resonaron contra las paredes de piedra de la villa, mezclándose con el eco de risas que estas habitaciones habían esperado durante casi un siglo.

El sol comenzaba a descender hacia el horizonte, tiñendo el cielo de rosas y naranjas que se reflejaban en el mar. Chiara, Sofía y Lily permanecieron en la terraza, bebiendo su copa y compartiendo historias mientras las sombras se alargaban sobre el jardín florecido.

Y en algún lugar más allá del velo que separa un mundo del otro, Edmund Barrington descansaba finalmente en los brazos de Thomas Ashcombe, liberado de su prisión por el amor que generaciones futuras habían tenido el coraje de vivir abiertamente—el mismo amor que a él le había sido arrancado, pero que su sacrificio había ayudado a hacer posible.

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