La Villa de los Sueños Capítulo 23 2025 - El rompecabezas completo #4
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Capítulo 23 2025 - El rompecabezas completo #4

Selene dispuso las velas formando un círculo perfecto en el suelo de mármol; luego esparció sal siguiendo el perímetro. Los invitó a sentarse: Todos menos ella formaron un anillo humano. Selene ocupó la posición norte, cerrando el círculo.

—Tomad las manos de vuestros vecinos. No rompáis esta vez el círculo bajo ninguna circunstancia —instruyó con voz grave—. Respirad profundamente. Concentraos en una energía fluyendo a través de vuestros cuerpos, conectándoos unos con otros.

Solo se escuchaba el viento silbando entre las ventanas.

Alessandro cerró los ojos, intentando no reírse de la absurdidad. Pero entonces sintió un cosquilleo extraño en las palmas, como electricidad estática. Una presión atmosférica cambió dentro del círculo.

Cuando abrió los ojos, Edmund estaba en el centro exacto del círculo de velas.

—Cazzo —masculló Alessandro, palideciendo.

Edmund observó todos los rostros que lo miraban fijamente, algunos con asombro, otros con curiosidad. Carraspeó, incómodo.

—Bueno —dijo con su acento aristocrático británico del siglo pasado—.

Jamás imaginé dar un discurso a semejante audiencia en condiciones como estas.

Especialmente considerando que parece que estoy muerto.

O medio muerto. O atrapado. Sinceramente, ni siquiera estoy seguro del término técnico apropiado para mi condición actual.

Lily rio.

—Tu humor negro del siglo pasado sigue intacto.

Edmund sonrió de medio lado, pero había tristeza en sus ojos grises.

—¿Qué más me queda sino reírme de mi propia tragedia?

Selene se inclinó hacia delante, su voz adquiriendo un tono ceremonial.

—Edmund Barrington, espíritu atrapado en esta villa. ¿Sabes por qué permaneces aquí?

Edmund pasó una mano espectral por su cabello oscuro.

—No estoy completamente seguro. Recuerdo fragmentos. La ira. La sangre en mis manos. El despacho de mi padre. Y luego… oscuridad. Vacío. Y después desperté aquí, como si hubiera estado en un sueño, solo que el tiempo había pasado. Décadas, aparentemente.

—¿Recuerdas tu muerte? —preguntó Lily con delicadeza.

Edmund frunció el ceño, concentrándose. Fragmentos de memoria flotaron como hojas al viento: el peso del arma, el frío del metal, el sonido ensordecedor.

—Yo… —vaciló—. Me disparé. En mi estudio. Con la pistola del armario.

Pronunció las palabras como si las descubriera por primera vez.

—Después de matarlo a él. Después de apuñalarlo repetidamente por haber asesinado a Thomas.

El horror de la comprensión atravesó su rostro espectral.

—Dios mío. Maté a mi propio padre. Y luego me quité la vida.

Giulia se santiguó, murmurando oraciones en italiano. Alessandro permanecía paralizado, incapaz de procesar lo que veía y escuchaba.

Lily apretó las manos de Chris y Chiara a ambos lados.

—Tu padre tiró a Thomas por el acantilado porque descubrió vuestra relación. Arthur lo presenció, pero guardó silencio durante diez años por miedo y porque no estaba seguro de si había sido un accidente o no. Cuando finalmente te lo contó, tú buscaste la verdad y venganza.

Edmund se hundió, sus rodillas espectrales tocando el suelo del círculo.

—Arthur —susurró—. Mi hermano pequeño. Pensé que era un traidor, que había permitido que Thomas muriera sin hacer nada. Pero él también fue víctima de nuestro padre, ¿verdad?

—Sí —confirmó Lily—. Al parecer, Arthur vivió con esa culpa toda su vida. Por eso escribió la carta a su hijo Henry.

Edmund levantó la vista, lágrimas espectrales brillando en sus ojos.

—Yo también elegí el amor prohibido y me destruyó. Arthur eligió a Violet y encontró la felicidad que yo nunca pude tener. No fue traidor. Fue superviviente.

Selene rozó el borde del círculo de sal con la punta de los dedos.

—Edmund, quizás para encontrar paz debas perdonar a tu hermano. Liberarlo del peso que ya no necesita cargar.

Edmund respiró profundamente, aunque no necesitaba aire.

—Lo perdono. Claro que lo perdono. Arthur hizo lo mejor que pudo en circunstancias imposibles. Mi padre fue el monstruo y yo no mejoré las cosas con mis actos desesperados. No Arthur. Nunca, Arthur.

El silencio que siguió a las palabras de Edmund vibró con algo sagrado. Las velas del círculo parpadearon como si una brisa invisible las tocara, aunque las ventanas permanecían cerradas.

Lily sintió las lágrimas corriendo por sus mejillas antes de darse cuenta de que lloraba.

—En realidad, todos estamos aquí por aquella tragedia —dijo—. Henry nació porque Arthur y Violet encontraron la felicidad después del dolor. Chiara y Alessandro existen porque Giulia amó a Henry. Yo existo porque Eliza volvió a Londres y encontró a George, y tuvieron a mi madre Elsie.

Giulia apretó la mano de Alessandro, su voz temblando.

—Del sufrimiento más terrible surgió toda esta vida. Toda esta familia.

Edmund levantó la vista, y la comprensión transformó sus rasgos espectrales en algo más cercano a la paz.

—Entonces mi dolor no fue completamente en vano. De las cenizas de mi tragedia creció un árbol genealógico entero.

La temperatura del salón cambió súbitamente. El aire se espesó, cargándose con electricidad dulce. Las velas ardieron más brillantes.

Una neblina luminosa comenzó a materializarse junto a Edmund, dorada y plateada simultáneamente. Dos figuras emergieron de aquella luz imposible.

Caterina jadeó; sus mejillas infladas temblaban.

—Hay más personas ahora. Buenas, personas.

Edmund se giró lentamente. Su rostro atravesó cada emoción humana posible en cuestión de segundos: incredulidad, esperanza, reconocimiento, amor absoluto.

—¿Thomas? —susurró, su voz quebrándose—. ¿Madre?

Thomas Ashcombe apareció como lo recordaba: cabello ceniza, ojos azul claros llenos de compasión infinita, sonrisa que iluminaba mundos enteros.

Lady Constance Barrington se materializó junto a él, radiante de salud, libre de la enfermedad que consumió sus últimos años. Su melena rubia brillaba como cuando era joven, sus ojos azules rebosantes de amor maternal.

—Edmund, hijo mío —murmuró Lady Constance, extendiendo una mano translúcida—. Llevamos esperándote tanto tiempo.

Edmund colapsó, sollozando con una intensidad que partía el alma. Décadas de dolor, culpa, ira y soledad estallaron en lágrimas que nadie creía posibles para un espíritu.

—Lo siento mucho —gimió, arrastrándose hacia ellos—. Todo fue mi culpa. Thomas murió por amarme. Padre murió por mi venganza. Yo me suicidé por cobardía. Lo destruí todo.

Thomas se arrodilló, acortando la distancia. Su mano espectral tocó el rostro de Edmund con ternura infinita.

—Nada de esto fue tu culpa, amor mío. Fuimos víctimas de una época cruel que no permitía nuestro amor. Pero el amor nunca es un error. Nunca es pecado.

—Ven con nosotros, hijo mío —rogó Constance, su voz como campanas de cristal—. Ya sufriste suficiente. Es hora de descansar.

Edmund se volvió hacia el círculo de vivos que observaban la escena con lágrimas corriendo libremente. Primero miró a Lily.

—Gracias —le dijo, su voz estabilizándose—. Por no huir cuando me viste. Por escuchar mi historia cuando nadie más podía. Por traerlos a todos aquí. Y recuerda que tú no eres culpable de cómo era tu madre o lo que le ocurrió.

Luego dirigió su mirada a Giulia.

—Gracias a ti también. Mi sobrino Henry puede estar orgulloso de ti y de que hayas cumplido su promesa. Los hermanos Barrington finalmente encontramos la paz.

A Chiara y Alessandro.

—Vivid plenamente. Amad sin reservas. No dejéis que el miedo os robe ni un solo momento de felicidad. La vida es demasiado preciosa y breve.

A Caterina y Mattew.

—Gracias por verme cuando nadie más podía. Por hablar conmigo en mi soledad. Sois muy especiales.

Finalmente, a Chris.

—Cuida de Lily. Ella merece ser amada sin condiciones y no la defraudes.

Se incorporó, tomando las manos de Thomas y Constance. Los tres brillaron juntos, fundiéndose en luz pura.

—Adiós —susurró Edmund, sonriendo genuinamente por primera vez en casi cien años—. Y gracias de nuevo por todo.

La luz estalló, cegadora y hermosa, llenando cada rincón del salón. Cuando se desvaneció segundos después, Edmund había desaparecido.

Las velas del círculo se apagaron simultáneamente. El peso opresivo que había colgado sobre la Villa Barrington durante décadas se había disuelto, reemplazado por una ligereza celestial.

Lily colapsó contra Chris, sollozando. Giulia rezaba entre lágrimas. Chiara abrazaba a Alessandro, quien temblaba visiblemente. Caterina lloraba de alegría mientras Mattew la sostenía.

La villa respiraba profundamente por primera vez en noventa y cinco años.

Edmund finalmente estaba en casa.