La Villa de los Sueños Capítulo 23 2025 - El rompecabezas completo #3
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Capítulo 23 2025 - El rompecabezas completo #3

—Mi madre Elsie tenía documentos de su madre y abuela, fotografías que no entendí hasta ahora.

Mattew encontró un medallón en la villa con la foto de Martha.

Caterina la identificó. Todo encaja. —Lily levantó la barbilla, desafiante—.

Vine a Malta huyendo de la muerte de mi madre, de mi sentimiento de culpa por no haber estado ahí cuando ella más me necesitaba.

Pensé que era casualidad que Chiara me contratara justo en ese momento.

Pero nada de esto es casualidad. Edmund, el destino o lo que sea me trajo aquí. La villa me trajo aquí.

Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas ahora, pero no las limpió.

—Estoy cansada de huir. De esconderme de la verdad. Edmund necesita paz. Yo necesito paz. Y ambos necesitamos que esta historia termine correctamente.

Giulia extendió su mano temblorosa hacia el bolso de cuero que descansaba a sus pies. Rebuscó entre cartas y fotografías con dedos ágiles pese a su edad, hasta extraer un sobre más pequeño, con caligrafía femenina en la parte frontal.

—Ahora entiendo —dijo la anciana—. Henry me dejó tantas cosas antes de morir. Cartas de Arthur, sí. Pero también algunas de Violet. Y otras… —Sostuvo el sobre en alto —de alguien llamada Eliza desde Londres.

La mirada de Lily se clavó en el papel envejecido como si fuera un salvavidas en medio del naufragio.

* * *

Queridísimos Violet y Arthur,

Palermo. Todavía me cuesta pronunciar ese nombre.

Han pasado veinticinco años desde aquella mañana en Malta cuando subí al Bentley, y aún recuerdo vuestros rostros en la entrada de la villa como si fuera ayer.

Florence lloraba sin disimulo, Roberts mantenía esa dignidad suya, y vosotros…

vosotros me mirabais como si fuera familia de verdad. Algo que nunca había conocido.

Tengo tantas cosas que contaros desde mi última carta que no sé por dónde empezar.

Supongo que lo más importante es esto: me he casado.

Sí, habéis leído bien. Yo, Eliza Jennings, que pensaba que el amor había pasado de largo, que creía que los cerca de cuarenta años eran demasiados para soñar con estas cosas.

Pero la vida tiene formas curiosas de sorprendernos, ¿verdad?

Se llama George Carter. Es mecánico de automóviles en un taller cerca de King’s Cross.

Lo conocí en la oficina donde trabajo ahora como mecanógrafa; un curso que hice con el dinero de Arthur me ha cambiado la vida por completo.

George llegó para que mecanografiaran unos documentos comerciales, y yo…

bueno, derramé té sobre sus papeles. Menudo comienzo.

Pero se rio, con esa risa profunda y sincera que tiene, y me dijo que el té mejoraba cualquier documento.

Nos casamos en abril en el registro civil de Islington.

Nada lujoso, solo nosotros dos, un par de testigos del taller y flores silvestres que compré en el mercado de Columbia Road.

Pero fue perfecto, Arthur. Perfecto, de la manera que las cosas sencillas lo son.

George me miraba como si yo fuera lo más valioso del mundo. Solo Eliza.

Y ahora incluso tenemos una hija. Elsie Carter.

Nació el 12 de febrero bajo una nevada terrible que dejó Londres blanco durante días.

George casi se desmaya en el hospital, el pobre.

Tiene vuestros ojos, Violet —esos que brillan cuando la luz les da de cierta manera.

Y el carácter decidido de su padre, porque llora con una fuerza que hace temblar las ventanas.

Pienso a veces en la villa y en aquellos días. Pero sobre todo en vosotros. Ojalá pudiera ahorrar más rápido. Ojalá Sicilia no estuviera tan lejos. Quiero que conozcáis a George, que carguéis a Elsie en brazos, que veáis que vuestra fe en mí no fue en vano.

Arthur, nunca podré pagarte lo que hiciste.

Ese sobre que me diste aquella mañana, la asignación mensual que siguió llegando incluso cuando insistí en que ya no la necesitaba…

Sin ti, habría acabado en la calle. Sin ti, jamás habría aprendido mecanografía, jamás habría conocido a George, jamás habría tenido a Elsie.

Os llevo en el corazón cada día. Sois la familia que elegí, no la que me impuso la sangre.

Con todo mi amor,

Eliza

* * *

Alessandro cruzó los brazos sobre el pecho, observando la escena como si presenciara una obra de teatro mal ensayada.

Edmund flotando en las escaleras. Lily traduciendo sus palabras mientras Caterina asentía con fervor religioso.

Todo aquello parecía sacado de una novela gótica de segunda categoría.

—Esto es absurdo —dijo, dirigiéndose a Chiara en italiano—. Un fantasma. ¿De verdad estamos aquí escuchando esto?

Chiara lo fulminó con la mirada.

—Yo sí lo creo.

—Por favor, Chiara. Eres una mujer inteligente, con una carrera brillante…

—He visto hacer cosas a Selene —cortó su hermana, bajando la voz—. Predicciones que se cumplieron con exactitud aterradora. Eventos que nadie podía conocer. Hay cosas en este mundo que no se pueden explicar con lógica, Alessandro. No todo cabe en tus viñedos ordenados.

Alessandro resopló, pero Giulia levantó una mano desde su sillón, silenciándolos con la autoridad de una matriarca que había vivido ochenta y nueve años.

—Claro que existen los espíritus —declaró con voz firme, sus ojos marrones brillando con convicción—. ¿Acaso no habéis leído la Biblia? Está llena de referencias. Ángeles, demonios, almas que no encuentran descanso. La Iglesia misma tiene exorcistas, por el amor de Dios.

Se santiguó con un gesto rápido, besando el rosario que colgaba de su cuello.

—Cuando era niña en Sicilia, en mi pueblo había una sanadora. Todas las vecinas la visitaban. Vi cosas que ninguna ciencia podría explicar.

Alessandro abrió la boca para protestar, pero Chris se adelantó.

—Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía —citó con una media sonrisa—. Shakespeare tenía razón. No todo lo puede explicar la ciencia.

En ese momento, Edmund descendió lentamente por la escalera, sus pasos espectrales sin producir sonido alguno contra el mármol pulido.

Se detuvo junto a Giulia, que ahora había sacado fotografías antiguas: sepia y blanco y negro, bordes gastados por el tiempo.

Arthur joven con su uniforme militar. Violet con su vestido de novia siciliano.

Una pareja en Londres con una niña pequeña en brazos.

—Arthur lo guardaba todo —dijo Edmund, su voz atravesando el velo invisible que lo separaba de los vivos—. Siempre fue un sentimental, aunque se esforzaba por ocultarlo a todo el mundo y hacerse el duro. Era el que recordaba los cumpleaños, el que escribía cartas interminables.

Lily observó las fotografías junto a él, escuchando cada palabra.

—¿Esa es Violet con treinta años más? —preguntó Edmund, señalando una imagen donde una mujer de cabello plateado sonreía radiante junto a un hombre de rostro curtido, pero ojos amables.

—Sí —respondió Lily suavemente—. Con Arthur. Parecen felices.

Edmund contempló la imagen durante largos segundos, con una expresión donde el reconocimiento y la pena se mezclaban.

—Me alegro. Arthur merecía ser feliz. Violet también. Fueron víctimas de mi padre tanto como yo.

Lily repitió sus palabras para los demás. Alessandro negó con la cabeza, soltando una risa seca.

—Esto es ridículo. Estamos aquí haciendo de intérprete de un fantasma…

—Alessandro, calla la boca —lo cortó Chiara con firmeza—. Por una vez en tu vida, deja de racionalizar todo y simplemente escucha.

Selene se incorporó desde su asiento en la escalera, sus múltiples brazaletes tintineando como campanas diminutas. Todos los presentes giraron hacia ella.

—Basta de conversaciones fragmentadas —declaró con autoridad serena—. Es hora de que todos puedan hablar directamente con Edmund. Podemos retomar la sesión que terminó tan abruptamente la última vez.

Chiara aplaudió entusiasmada.

—¡Perfecto! Así podremos comunicarnos todos sin que Lily tenga que hacer de intérprete constantemente.

Caterina dio saltitos, sus mejillas redondas inflándose de emoción.

—¡Sí, sí! El señor serio podrá hablar con todos.

Mattew apretó el borde de su chaqueta demasiado grande entre los dedos.

—Edmund… necesita… ser escuchado.

Alessandro soltó una carcajada incrédula.

—No podéis estar hablando en serio. ¿Una sesión de espiritismo? ¿Aquí? ¿Ahora? Esto es completamente ridículo.

Giulia se santiguó, apretando el rosario contra el pecho.

—No sé, hija. Estas cosas dan mucho miedo. Los espíritus, los rituales… la Iglesia advierte contra…

—Mamma —Chiara se arrodilló junto a la silla de su madre, tomando sus manos arrugadas—. Es seguro. Selene sabe lo que hace. Edmund necesita paz, y nosotros necesitamos respuestas. Arthur nos pidió esto en su carta. Quizás no así exactamente, pero para algo quería que vinieras a la villa.

Lily intercambió una mirada con Chris, quien se encogió de hombros.

—He visto cosas más raras —admitió él—. Una de esas sesiones no me va a matar.

—Entonces estamos de acuerdo —concluyó Selene.

Salió hacia su coche mientras los demás despejaban el centro del salón.

Regresó cargada con una bolsa de terciopelo morado que contenía velas blancas, un juego de cartas del tarot gastadas, sal marina y un termo lleno con una extraña bebida caliente y hojas, que flotaban dentro y desprendían un aroma amargo.

—Primero, todos deben beber esto —anunció, pasando el termo.

El té de hierbas humeaba con un color verdoso inquietante. Alessandro lo olió y arrugó la nariz.

—Esto huele a pantano.

—Bebedlo —ordenó Selene sin miramientos—. Abre la mente y adelgaza el velo entre mundos.

Uno por uno, todos bebieron. Giulia tosió ligeramente. Mattew hizo una mueca, pero también se lo tragó. Caterina rio como si fuera un juego.