La Villa de los Sueños Capítulo 23 2025 - El rompecabezas completo #2
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Capítulo 23 2025 - El rompecabezas completo #2

—Pero con los años comencé a ver que pese a la felicidad que en sus años mayores seguían teniendo juntos, a Arthur había algo que lo atormentaba. Un dolor. Una culpa que conforme se hacía más mayor no paraba de aumentar y yo por aquel entonces no entendía.

Chiara se tensó visiblemente.

—Henry me lo comentó más de una vez —explicó Giulia—. Era algo que tenía que ver con la vida pasada de su padre en Malta, pero nunca me dio detalles de ello. Nunca jamás. El pasado antes de Sicilia era para Violet y Arthur un tema que nunca se podía tratar.

El ambiente del salón restaurado se volvió denso como niebla marina.

—Nunca más hasta que Henry, hace unos años, estaba en el lecho de muerte —la voz de Giulia se quebró ligeramente—.

Violet y Arthur ya hacía tiempo que habían dejado este mundo.

Eso sí, los dos estuvieron muy sanos hasta el final y murieron prácticamente con unos días de diferencia, felices de vejez mientras dormían.

Juntos hasta el último suspiro, como siempre debieron estar y seguro que aún están en algún lugar.

Sus dedos temblaron sobre el bolso.

—Entonces Henry me dio esta carta —dijo mientras abría el cierre de cuero gastado—. Me dijo que, ya que él no iba a poder cumplir más la promesa que le había hecho a su padre, tendría que ser yo la que lo hiciera.

Extrajo un sobre amarillento del interior del bolso. La caligrafía en la superficie era firme pero temblorosa, como escrita por manos ancianas que luchaban contra el peso de décadas.

Lily reconoció inmediatamente una similitud con el tipo de caligrafía. Una parecida había empleado Edmund en ese diario que Mattew había encontrado.

La letra de Arthur Barrington.

Giulia sostuvo el sobre entre sus dedos nudosos como si fuera sagrado.

—Esto —susurró— es lo que Arthur nunca pudo decir en voz alta.

* * *

Palermo, 15 de marzo de 1978

La pluma tiembla entre mis dedos cuando trazo las primeras palabras en el papel.

Violet dormita en su sillón junto a la ventana, su cabello plateado brillando bajo el sol.

Casi cuarenta y ocho años de matrimonio, de felicidad robada al pasado, y aun así este peso me oprime el pecho como aquel día en los acantilados.

Querido Henry:

Cuando leas esta carta, probablemente yo ya no esté aquí para explicarte las sombras que han perseguido mi felicidad durante toda una vida.

Tu madre y tú habéis sido mi redención, la prueba viviente de que incluso un cobarde puede construir algo hermoso sobre las ruinas de su vergüenza.

Pero hay verdades que no pueden morir conmigo, secretos que se han podrido dentro de mi alma como madera húmeda durante décadas.

No hay manera suave de decir esto: soy culpable de la muerte de Edmund.

No directamente, quizás, pero ¿acaso la cobardía no mata tan certeramente como el puñal?

Durante años me he repetido que hice lo correcto guardando silencio, protegiendo a la familia, preservando el honor de nuestro nombre.

Mentiras. Todas mentiras que me conté para dormir por las noches.

Ese día en los acantilados, vi algo. Una sombra.

Un movimiento. Thomas cayó, y durante diez años juré que había sido un accidente porque mi padre —ese hombre que yo veneraba como un dios— me convenció de que Edmund necesitaba protección, matrimonio, control.

Creí cada palabra que salió de su boca porque era más fácil que aceptar lo que mis propios ojos habían presenciado.

Nuestro padre era un monstruo. No el patriarca honorable que yo adoraba, sino un depredador que arruinó a criadas, que orquestó la muerte de un joven inocente, que consideraba el amor de Edmund como una enfermedad que debía extirparse.

Y yo —Dios me perdone— fui su cómplice voluntario porque nunca tuve el coraje de cuestionar su autoridad.

Edmund amaba a Thomas con una pureza que yo no podía comprender hasta que conocí a Violet.

Ese amor les fue arrebatado, aplastado bajo el peso de las convenciones que yo defendía como un soldado obediente.

Durante una década, observé a mi hermano destruirse lentamente en el alcohol y la desesperación, y guardé mi secreto como un tesoro envenenado.

Cuando finalmente le conté la verdad diez años después, Edmund ya estaba muerto en vida.

Le arrebaté incluso el último vestigio de cordura que le quedaba al revelar que nuestro padre había asesinado a Thomas.

¿Qué esperaba? ¿Gratitud? ¿Absolución? Esa noche, Edmund mató a nuestro padre en su despacho y luego se quitó él la vida en el estudio.

Y yo, como siempre, me quedé paralizado, incapaz de actuar hasta que fue demasiado tarde.

He vivido cuarenta y ocho años con esta culpa royéndome las entrañas como un cáncer silencioso. Tu madre sabe todo esto —ella siempre supo ver a través de mis máscaras— y me ha amado a pesar de mi cobardía. Pero tú, hijo mío, mereces saber la verdad.

Ahora estoy demasiado débil para viajar, demasiado viejo para arrodillarme ante las tumbas que dejé atrás.

Por eso te pido algo que no tengo derecho a pedir: cuando puedas, regresa a la Villa Barrington en Malta.

Encuentra el estudio donde Edmund murió.

Y pide perdón en mi nombre por la cobardía que destruyó a mi familia.

No te pido que me perdones. Solo que rompas el ciclo de silencio que ha envenenado nuestro linaje. Que hables en voz alta las verdades que yo enterré. Que honres el amor de Edmund y Thomas de la manera que yo nunca tuve el valor de hacer.

He sido feliz contigo y con tu madre. Pero mi felicidad se construyó sobre cenizas y secretos.

Perdóname, hijo mío.

Tu padre,

Arthur Barrington

* * *

La voz de Alessandro se apagó. El sobre amarillento descansaba ahora sobre su regazo mientras la carta temblaba ligeramente entre sus dedos.

Desde lo alto de la escalera, Edmund permanecía inmóvil contra la baranda, con los nudillos blancos sobre la madera recién pulida.

Las palabras de Arthur habían atravesado décadas de olvido forzado, desgarrando el velo que mantenía sus recuerdos fragmentados.

La confesión de su hermano menor—presencié cómo nuestro padre empujaba a Thomas—lo golpeó con la fuerza de una ola contra los acantilados.

Todo volvió en cascada brutal. Thomas cayendo. La sangre en sus manos. El peso del abrecartas. El reloj de bolsillo ensangrentado sobre el escritorio.

Un sollozo se escapó de su garganta, grave y desgarrador. Luego otro. Edmund se derrumbó contra los barrotes, hundiéndose hasta quedar de rodillas mientras las lágrimas corrían por su rostro. No podía detenerlas. No quería.

—El señor serio está llorando.

La voz de Caterina cortó el silencio como cristal rompiéndose. Su dedo señalaba directamente hacia la escalera, hacia el espacio donde Edmund sollozaba sin control.

Todos giraron las cabezas hacia arriba, sorprendidos. Chiara entrecerró los ojos. Alessandro frunció el ceño. Chris se inclinó hacia delante.

Solo Lily lo vio claramente: arrodillado, quebrado, finalmente completo en su dolor.

—Es Edmund —dijo con voz firme.

Las miradas se volvieron hacia ella como si hubiera pronunciado una blasfemia. Chiara abrió la boca, incapaz de articular palabra.

Chris le apretó la mano. Un gesto pequeño pero decidido.

—Cuéntales.

Lily respiró profundo. El impulso de huir tiró de ella como siempre lo había hecho —desde Londres, desde su madre, desde cada verdad incómoda que la vida le arrojaba. Pero Chris estaba ahí. La villa estaba ahí. Edmund estaba ahí, llorando por un amor asesinado hacía casi un siglo.

No más huidas.

—Lo he estado viendo durante semanas —comenzó, y su voz tembló solo al principio—. Al principio creí que eran pesadillas. Sueños provocados por el estrés del proyecto, dormir mal. Pero eran demasiado reales, demasiado específicos. Edmund me hablaba. Me mostraba cosas que no podía saber.

Chiara se puso de pie, tambaleándose ligeramente.

—Lily, suena todo un poco raro, ¿por qué no has dicho nada hasta ahora?

—Es verdad —interrumpió Selene con calma—. Realizamos una sesión de espiritismo hace unas semanas. Caterina actuó como médium. Edmund se manifestó brevemente antes de que Mattew rompiera el círculo para proteger a su hermana.

Mattew levantó el pulgar, sus movimientos torpes pero decididos.

—Edmund… estaba… confundido. Enojado.

—Porque no recordaba —continuó Lily, encontrando fuerza en cada palabra—.

Sé que todo suena increíble. Yo misma he pensado varias veces que pierdo la cabeza.

Está como atrapado entre mundos, fragmentado.

Pero ahora… —Miró hacia la escalera, donde Edmund seguía sollozando—.

Ahora parece que lo recuerda todo de nuevo.

Chris se levantó junto a ella, su presencia sólida a su espalda.

—Yo también he visto cosas que no puedo explicar.

Objetos moviéndose solos. Conversaciones que Lily mantenía con el aire.

Un incendio que nunca ocurrió, pero que dejó a Lily con el tobillo torcido.

Los chicos a veces también han comentado algo durante las obras.

Yo siempre he pensado que eran supersticiones.

Giulia observaba a Lily con intensidad inusual, sus ojos oscuros brillando con algo entre fascinación y reconocimiento.

—Sigue, bambina.

Lily tragó saliva.

—Edmund me dijo algo más. Algo sobre mí. —Sus manos se cerraron en puños—. Según él, yo soy descendiente de su padre. El hombre que mató a Thomas.

Chiara dejó escapar un sonido estrangulado.

—¿Cómo es posible…?

—Sir Reginald dejó embarazada a una criada llamada Martha Jennings —explicó Lily, cada palabra más firme que la anterior—.

La expulsó de la casa cuando ella le confesó su embarazo.

Martha dio a luz a Eliza en Londres, criándola sola hasta su muerte.

Eliza… —Su voz se quebró brevemente—. Eliza es teóricamente mi abuela.

El silencio cayó como una lápida.