Capítulo 23 2025 - El rompecabezas completo
El Mercedes subió por el camino de grava hacia la Villa Barrington bajo el sol de media mañana. Alessandro conducía con su precisión habitual mientras Giulia, sentada en el asiento trasero, apretaba contra su pecho el bolso de cuero gastado que había guardado celosamente durante toda la noche.
Chiara les esperaba en la entrada, vestida con un traje pantalón color crema que contrastaba con la piedra dorada de la fachada.
—Mamma —la saludó mientras abría la puerta del automóvil.
Giulia descendió con la elegancia de quien nunca había necesitado apresurarse en la vida. Sus ojos recorrieron la villa restaurada, deteniéndose en cada detalle arquitectónico.
—Madonna mía —exclamó en voz baja—. Es hermosa, Chiara. Más hermosa de lo que tu abuelo Arthur describía en sus historias.
Alessandro rodeó el vehículo y ofreció el brazo a su madre. Ella lo tomó sin soltar el bolso.
—¿Entramos? —preguntó Chiara.
Cruzaron el umbral hacia el vestíbulo donde la luz se extendía en franjas suaves sobre el suelo. Giulia se detuvo en el centro, girando lentamente para absorber cada rincón.
—Aquí era seguro donde Florence o Roberts esperaban cuando Arthur y Violet llegaban de sus paseos —dijo suavemente—. Arthur nos contó a vuestro padre y a mi cómo Roberts numeraba los baúles cuando decidieron marcharse a Sicilia.
Alessandro observó las molduras del techo con apreciación profesional.
—El trabajo de restauración es excepcional. Has respetado la arquitectura original.
—Gracias, Alessandro —Chiara sonrió—. Lily Carter, la interiorista londinense, ha sido fundamental.
Giulia avanzó hacia el salón principal, donde ya había algunos sillones que habían sido tapizados con telas que evocaban la década de 1930 sin copiarla servilmente. Pasó sus dedos sobre el respaldo de un asiento de terciopelo verde musgo.
—En Sicilia tu nonno Arthur se sentaba en uno muy parecido —dijo—. Con Violet. Bebían té y fingían que el mundo exterior no existía.
El sonido de pasos en el vestíbulo los interrumpió. Chiara giró, sorprendida.
—No esperaba…
Lily apareció en el umbral con Chris a su lado. Llevaba vaqueros y una blusa blanca arrugada, el cabello recogido en una cola de caballo despeinada. Sus ojos parecían más grandes de lo habitual, como si hubiera dormido poco.
—Chiara —dijo—. Perdona que aparezcamos sin avisar.
Chris permanecía ligeramente detrás de Lily, con los brazos cruzados y expresión cautelosa.
Chiara recuperó la compostura rápidamente.
—Mamma, Alessandro, os presento a Lily Carter, la interiorista de la villa. Y Chris Bennett, el arquitecto y jefe de obra que supervisó las reparaciones estructurales.
Giulia avanzó hacia Lily con pasos lentos pero decididos. La estudió con esos ojos marrones que parecían ver demasiado.
—Piacere, Lily. Chiara habla maravillas de tu trabajo.
—El placer es mío, señora Moretti. —Lily extendió su mano, pero Giulia la ignoró y la besó en ambas mejillas.
—En nuestra familia, no damos la mano —declaró—. Somos italianos.
Alessandro saludó a ambos con una inclinación de cabeza cortés pero distante, su incomodidad social evidente en la rigidez de sus hombros.
Otro conjunto de pasos resonó desde la entrada. Selene apareció envuelta en su chal bordado con símbolos místicos, seguida por Mattew y Caterina. El joven sostenía el brazo de su hermana, quien miraba alrededor con esos ojos enormes que parecían ver más allá de lo visible.
Chiara parpadeó.
—Selene, qué sorpresa…
—Los llamé yo —admitió Lily—. Necesitamos hablar. Todos juntos.
Giulia observó a los recién llegados con interés renovado. Sus dedos apretaron el bolso de cuero contra su pecho.
—¿Quiénes son?
—Selene es… —Lily vaciló—. Una experta en asuntos espirituales. Mattew y Caterina son los vecinos de la otra villa y digamos que pueden sentir cosas que otros no sienten.
Caterina soltó el brazo de su hermano y caminó directamente hacia Giulia con esos pasos lentos y desiguales. Se detuvo frente a la anciana, inclinando la cabeza como un pájaro curioso.
—Usted sabe —dijo con esa voz infantil pero extrañamente sabia—. Sabe secretos de esta casa.
Giulia no retrocedió. En cambio, bajó la mirada hacia la niña especial con comprensión profunda.
—Sí, piccola.
Lily abrió la boca para hablar, pero las palabras se atascaron en su garganta como cristales rotos.
Había llegado tan decidida, con Chris a su lado como un ancla sólida, lista para soltar toda la verdad sobre Edmund, sobre Eliza, sobre la sangre Barrington que corría por sus venas.
Pero ahora, rodeada de extraños que de alguna manera se habían convertido en piezas fundamentales de este rompecabezas imposible, la valentía se le escurría entre los dedos.
Sus ojos recorrieron el salón restaurado buscando alguna señal de Edmund. Nada. Ninguna sombra oscura en las esquinas, ningún frío repentino, ninguna presencia invisible que la observara con esa mirada acusadora. La villa permanecía silenciosa, casi expectante.
Chris le apretó la mano.
Lily respiró hondo, preparándose para empezar por algún lado, cualquier lado.
—Yo…
—Aspetta —la interrumpió Giulia levantando una mano pequeña pero autoritaria—. Déjame a mí.
La anciana caminó hacia uno de los sillones recién tapizados y se acomodó con la elegancia natural de quien nunca había necesitado pedir permiso para ocupar un espacio. El bolso de cuero descansaba sobre su regazo como un tesoro guardado durante demasiado tiempo.
—Da igual que haya más gente —declaró mirando a Selene, Mattew y Caterina—. Así ya lo sabrán todos. Al parecer, todos habéis tenido algo que ver con esta villa en la última temporada.
Chiara intercambió una mirada confusa con Alessandro. Ambos permanecieron de pie, expectantes.
El resto se distribuyó alrededor de Giulia como podía.
Lily se dejó caer en el suelo junto a Chris, que se apoyó contra la pared con las piernas extendidas.
Selene eligió los escalones de la escalera con su chal extendido alrededor como alas de pájaro exótico.
Mattew y Caterina se sentaron juntos cerca de la puerta, ella con la cabeza recostada en el hombro de su hermano.
Giulia comenzó con voz firme pese a su edad.
—Hace muchos años, cuando yo aún no había nacido, Violet y Arthur llegaron a Sicilia para empezar una nueva vida. Enamorados hasta los huesos. Eso me lo contaron años después, cuando yo ya formaba parte de la familia.
Sus dedos acariciaron el cuero gastado del bolso.
—Allí se casaron en una ceremonia pequeña pero hermosa en una iglesia de Palermo. Compraron una casa grande con jardines que daban al mar, la misma casa donde Henry y yo vivimos después, antes de que el pobre muriera y yo decidiera que era mejor estar en la residencia Santa Lucia.
Chiara se sentó en el brazo de un sofá cubierto con sábanas blancas, atenta.
—Sé que tuvieron años muy felices —continuó Giulia con nostalgia tiñendo sus palabras—. Violet se quedó embarazada al poco tiempo. De Henry, mi marido. Su único hijo.
La tensión abandonó su rostro arrugado.
—A Henry lo conocí por casualidad en unas clases de costura a las que mi madre me obligó a ir años después.
Decía que una chica como yo no podía dedicarse a llevar los viñedos, que eso era trabajo de hombres.
Porca miseria, cómo odiaba esas clases. Todas esas señoritas pijas con sus bordados perfectos y sus conversaciones sobre vestidos y…
—Mamma —la interrumpió Alessandro con tono paciente pero firme—. Vaya al grano. No se ande por las ramas.
Giulia lo fulminó con la mirada.
—Scusa, hijo mío, pero esta es mi historia y la cuento como me place.
—Conocemos esa historia ya de memoria —insistió Alessandro—. Cómo conociste a Henry, las clases de costura, la maestra mandona. Todos los detalles.
Giulia resopló con indignación italiana.
—Está bien, está bien. Los jóvenes de hoy no tienen paciencia para nada.
Giulia sacudió la cabeza con ese gesto mediterráneo que desestimaba las interrupciones de Alessandro como moscas molestas.
—Como iba diciendo antes de que mi hijo me cortara —continuó con énfasis deliberado—, Henry reparaba por aquel entonces las máquinas de coser. Se le daban bien todas las máquinas, ¿capito? Tenía manos mágicas para arreglar cualquier cosa mecánica.
Sus ojos se iluminaron con el recuerdo.
—Sus padres lo ocupaban con encargos de conocidos para que aprendiera lo que es ganarse la vida, aunque por la fortuna de los Barrington ya tenía la vida resuelta. Pero Arthur insistía en que su hijo debía conocer el valor del trabajo honesto.
Lily se inclinó hacia delante, captando cada palabra. Chris le pasó un brazo por los hombros.
—Me enamoré perdidamente de él —confesó Giulia con una sonrisa que la rejuvenecía décadas—. Ese chico inglés tan guapo que aparecía en las clases para arreglar las máquinas donde trabajábamos con sus herramientas y sus manos manchadas de grasa. Madonna, qué manos tenía.
Alessandro abrió la boca para interrumpir, pero Chiara lo detuvo con un gesto.
—Déjala —dijo—. Nunca nos ha contado todo con tanto detalle.
Giulia tomó la mano de su hija y la apretó.
—Bueno, resumiendo para que mi hijo impaciente no me regañe otra vez, nos hicimos novios.
Luego nos prometimos. Un tiempo después nos casamos en una ceremonia preciosa y yo entré a formar parte de la familia Barrington.
A mis padres les encantó que uniéramos nuestros viñedos de los Moretti a la fortuna de los Barrington, claro está.
Mattew se removió junto a Caterina, quien permanecía inmóvil escuchando con esa atención especial que caracterizaba todo lo que hacía.
—Me hice muy buena amiga de mis suegros —continuó Giulia, su voz suavizándose—. Violet era tan elegante, tan culta. Me enseñó a pintar; yo le enseñaba a hacer pasta fresca. Y Arthur… Arthur era el hombre mejor que he conocido en mi vida después de Henry.
Una sombra cruzó su rostro arrugado.