Capítulo 22 1930 - El exilio dorado #2
—Esta casa está plagada de malos momentos.
De secretos que envenenaron a Edmund, que destruyeron a nuestro padre, que nos han convertido en cómplices de tragedias que nunca debieron ocurrir —caminó hacia el escritorio y apoyó las manos sobre su superficie—.
Siempre quise esto. Ser el cabeza de familia, tomar las decisiones importantes, impresionar a mi padre lo suficiente como para que me viera como algo más que al hijo menor.
—Arthur…
—Pero no así. Nunca así —su voz se quebró levemente—. Y ahora que lo tengo, descubro que no lo quiero. No aquí, no construido todo sobre sangre y mentiras. Madre tenía razón, sobre todo en su lecho de muerte.
Violet se puso de pie, acercándose a él con pasos cautelosos.
—¿Qué estás diciendo exactamente?
—Me voy a Sicilia —declaró Arthur, mirándola directamente a los ojos—. Voy a comprar tierras allí, a empezar algo nuevo. Viñedos quizás, u olivares. Algo que sea mío, que sea limpio.
Beatrice se levantó también, su expresión oscilando entre sorpresa y comprensión.
—¿Y nosotras?
Arthur dio un paso hacia Violet, tomando sus manos entre las suyas. El corazón de ella latía tan fuerte que temió que todos en la habitación pudieran escucharlo.
—Quiero que vengas conmigo —dijo con voz ronca—. Como mi esposa. Sé que es una locura, que apenas han pasado semanas desde todo, pero legalmente eres viuda, Violet. Puedes volver a casarte. Y yo… yo no puedo imaginar un futuro que no te incluya.
Lo que quedó entre ellos contenía posibilidad en lugar de muerte.
—¿Me estás pidiendo que me case contigo? —susurró Violet, sus ojos verdes brillando con lágrimas no derramadas.
—Sí.
La respuesta simple cortó a través de todas las complicaciones, todas las convenciones sociales, todo el peso muerto del pasado.
Violet cerró los ojos brevemente, respirando profundo. Cuando los abrió, había tomado su decisión.
—Acepto.
—Violet… —Beatrice dio un paso adelante, su voz temblorosa—. ¿Estás segura?
Violet se giró hacia ella sin soltar las manos de Arthur.
—Nunca me ha unido nada a esta casa o a esta isla aparte de vosotros dos.
Mis padres me obligaron a venir, a casarme con un hombre que no podía amarme porque ellos necesitaban salvar su fortuna —su voz se fortaleció—.
Pero con vosotros si he creado una unión.
A ti Arthur te quiero con toda mi alma y no he estado de nada más segura en toda mi vida.
Y tú Beatrice, eres mi mejor amiga. Sois la única luz verdadera que he encontrado en mi vida.
Beatrice tragó saliva, parpadeando rápidamente.
—Entonces os acompaño —declaró con súbita determinación—. No me quedo aquí sola ni loca.
Por primera vez en semanas, algo genuino cruzó el rostro de Arthur.
—¿Y Raj?
El rubor coloreó las mejillas de Beatrice.
—Le escribiré desde Sicilia. Si de verdad me ama como dice, encontrará el camino hasta mí.
* * *
Los meses que siguieron convirtieron la Villa Barrington en un espacio de transición.
Las habitaciones se vaciaron gradualmente mientras baúles de cuero acumulaban pertenencias seleccionadas con cuidado: libros favoritos de Violet, uniformes militares de Arthur que no podía abandonar, vestidos de Beatrice que Florence empaquetó entre papel de seda.
Lo demás permanecería bajo sábanas blancas, esperando un futuro incierto.
La mañana de la partida amaneció con ese cielo maltés peculiar, azul intenso, que prometía calor a pesar del calendario invernal.
En el vestíbulo principal, los baúles formaban una pequeña muralla junto a la puerta de entrada.
Roberts los había numerado meticulosamente, su última tarea antes de que la familia se dispersara.
Florence emergió de la cocina con una cesta de mimbre.
—Bocadillos para el viaje —anunció con voz firme que no engañaba a nadie—. Pan recién horneado, queso de cabra, aceitunas.
Violet tomó la cesta, apretando brevemente la mano de Florence.
—Gracias. Por todo.
El ama de llaves se limpió los ojos con el filo del delantal y no dijo nada.
En el descansillo de la escalera, Eliza bajaba con su propio equipaje modesto.
Vestía un abrigo gris que Beatrice le había regalado, demasiado elegante para su vida anterior, pero perfecto para enfrentar Londres nuevamente.
Sus ojos grises —esos ojos Barrington que delataban su linaje— recorrieron el vestíbulo como memorizando cada detalle.
Arthur se acercó y tomó su maleta.
—Eliza.
—Arthur —respondió ella, con la voz a punto de quebrarse—. No sé cómo agradecerte…
—No tienes que agradecer nada —interrumpió él con firmeza—. Eres nuestra hermana. Padre se ocupó de negarte todo lo que te correspondía por derecho, pero yo no cometeré el mismo error.
Eliza bajó la mirada hacia sus zapatos gastados.
—He decidido estudiar. Quizás enfermería, o quizás algo relacionado con los niños. Siempre me gustaron los niños.
—Perfecto —Arthur sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Aquí hay fondos para establecerte en Londres. Busca un lugar decente, nada de pensiones de mala muerte. Y cada mes recibirás una asignación hasta que encuentres tu camino.
—Arthur, es demasiado…
—No. —Beatrice se unió a ellos, tomando las manos de Eliza entre las suyas—. Es apenas lo que nuestra madre hubiera querido para ti si hubiera sabido de tu existencia.
Las lágrimas desbordaron los ojos de Eliza. Florence apareció con un pañuelo limpio, discretamente ofrecido.
—En cuanto tengas una dirección fija, escríbenos a la Villa Barrington —dijo Violet, acercándose también—. Florence se encargará de reenviar las cartas a Sicilia.
Eliza era incapaz de articular palabras. Abrazó a cada uno: primero a Beatrice, luego a Violet, luego a Arthur, quien la sostuvo con la ternura protectora de un hermano mayor.
—No eres responsable de nada de lo que ocurrió aquí —susurró Arthur contra su cabello—. Recuerda eso siempre.
Roberts carraspeó desde la puerta.
—El automóvil para La Valeta está listo, señorita Eliza.
Albert esperaba junto al Bentley, su expresión seria pero no hostil. Los meses transcurridos habían suavizado algo en él, como si confesar sus secretos lo hubiera liberado parcialmente de su peso.
Eliza subió al asiento trasero, bajando la ventanilla inmediatamente.
—Gracias de verdad —dijo con voz clara—. A todos. Por acogerme, por creerme, por tratarme como familia.
—Siempre serás familia —respondió Arthur.
El Bentley arrancó, levantando polvo dorado en el camino de grava. Los cuatro permanecieron en la entrada hasta que el automóvil desapareció tras los cipreses.
—Bueno —dijo Beatrice, limpiándose las mejillas—. Supongo que ahora nos toca a nosotros.
Roberts apareció a su lado sin hacer ruido.
—Albert estará aquí de vuelta en una hora aproximadamente, señor.
Una hora. Sesenta minutos antes de que la Villa Barrington se convirtiera en pasado.
* * *
Unos minutos más tarde, el rugido de un motor diferente al de Albert resonó en el camino de grava. Un Rolls-Royce plateado emergió entre los cipreses, demasiado lujoso para ser un automóvil de alquiler, demasiado imponente para ser casual.
Florence frunció el ceño desde la entrada.
—¿Esperaban visitas?
El automóvil se detuvo frente a los escalones principales. El conductor —un sij con turbante impecablemente atado— descendió y abrió la puerta trasera con precisión militar.
Raj Kumar Arjun Singh Rathore emergió con su elegancia característica, vestido con un traje gris marengo que contrastaba con el lino blanco de su camisa.
Sus ojos miel recorrieron el grupo reunido en la entrada antes de posarse en Beatrice con una intensidad que hizo que la joven contuviera la respiración.
—Raj —susurró ella.
Él avanzó hacia los escalones con pasos medidos, como si cada uno requiriera convicción absoluta. Se detuvo frente a Arthur, ignorando deliberadamente las convenciones que sugerían dirigirse primero a Violet como la viuda de mayor rango.
—Mayor Barrington —dijo con voz firme—. Pido disculpas por presentarme sin previo aviso.
Arthur intercambió una mirada con Violet antes de responder.
—Príncipe Rathore. Es… inesperado.
—Las noticias de la tragedia familiar llegaron a mi conocimiento hace tres semanas —Raj mantuvo su postura erguida, pero sus manos se apretaron brevemente a los costados—. Habría venido antes, pero consideré inapropiado inmiscuirme durante el luto oficial.
—Es comprensible. —Arthur observó al hombre frente a él con nueva atención.
Raj giró ligeramente hacia Beatrice, cuyo rostro había perdido todo color.
—También me llegó información de que la familia Barrington planea abandonar Malta. Trasladarse a Sicilia.
—Así es —confirmó Arthur—. Partimos esta tarde.
Florence dio un paso atrás discretamente, arrastrando a Roberts consigo. Violet tomó la mano de Beatrice, apretándola.
—No puedo permitir que Beatrice se marche sin honrar la palabra que le di —Raj volvió su atención completamente hacia Arthur—.
Hace semanas le pedí que se casara conmigo.
Ella aceptó. Vengo ahora a hacer lo que debí hacer entonces: solicitar formalmente su bendición, Mayor Barrington, para convertir a su hermana en mi esposa.
Beatrice emitió un sonido ahogado, los ojos brillando entre lágrimas y alivio.
Raj continuó con determinación inquebrantable.
Arthur parpadeó, procesando las palabras. A su lado, Violet sonrió ampliamente.
—¿Está pidiendo la mano de Beatrice?
—Con todo el respeto y la seriedad que tal compromiso merece —Raj se irguió aún más—.
Entiendo las circunstancias difíciles. Comprendo que mi origen y el suyo provienen de mundos diferentes.
Pero también sé que Beatrice es extraordinaria, y que desperdiciar la posibilidad de construir una vida juntos sería el mayor error que podría cometer.
Arthur giró hacia su hermana, aunque ya conocía la respuesta.
Ella soltó la mano de Violet y cruzó el espacio que la separaba de Raj en tres zancadas. Se detuvo frente a él, tomó su mano entre las suyas y lo miró con esa determinación que no necesitaba palabras.
Un grito de alegría escapó de su garganta mientras saltaba literalmente, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de Violet cuando regresó corriendo hacia ella.
—¡Violet! ¡Me quedo! ¡Me quedo en Malta!
Violet la sostuvo, riendo y llorando simultáneamente.
—Lo sé, cariño. Lo sé.
Arthur extendió su mano hacia Raj, quien la estrechó firmemente.
—Cuide de ella —dijo Arthur con voz ronca—. Es todo lo bueno que quedó en esta familia.
—La cuidaré como si fuera el tesoro más preciado —prometió Raj.
Roberts carraspeó desde la puerta.
—Supongo que habrá que reorganizar el equipaje.