Capítulo 22 1930 - El exilio dorado
Los rosales del jardín que estaba más orientado al mar se marchitaban bajo el sol maltés de octubre como recuerdos que nadie deseaba regar.
Sus pétalos, otrora carmesí intenso, yacían esparcidos sobre la tierra seca—fragmentos de belleza que Albert había cultivado durante décadas y que ahora morían sin que nadie moviera un dedo por salvarlos.
Así también se marchitaba la vida dentro de la Villa Barrington, donde el silencio se había instalado como huésped permanente desde aquella tarde terrible de hacía tres semanas, cuando la sangre había manchado dos habitaciones y la muerte se había llevado dos vidas en cuestión de minutos.
Albert trabajaba cerca de los establos como quien busca redención imposible.
Sus manos callosas arrancaban malas hierbas con violencia innecesaria, como si pudiera desarraigar también los secretos que había guardado durante una década y que habían provocado tanto daño.
Los recuerdos oscuros lo perseguían entre los limoneros—Thomas cayendo, Edmund gritando, Thomas y Edmund muriendo porque Albert había aceptado dinero manchado de sangre y silencio.
Cada noche bebía solo en su habitación, whisky barato que le quemaba la garganta, pero nunca lo suficiente para borrar la culpa que le carcomía las entrañas.
Florence limpiaba obsesivamente habitaciones que ya brillaban, restregando superficies hasta que sus nudillos sangraban.
El despacho donde Sir Reginald había muerto permanecía cerrado con llave, pero ella lo abría cada madrugada para eliminar manchas que solo ella veía en el suelo de mármol.
Sus manos temblaban mientras fregaba, murmurando oraciones que no traían consuelo, porque, ¿cómo rezar por un monstruo?
¿Cómo llorar a un patriarca que había destruido tantas vidas?
La villa que había sido su hogar durante treinta años se había convertido en mausoleo de tragedias acumuladas.
Roberts cumplía sus deberes con eficiencia mecánica, sirviendo comidas que nadie comía, abriendo cortinas que nadie deseaba abiertas.
Su rostro permanecía impenetrable como siempre, pero sus ojos reflejaban el peso de décadas de secretos guardados.
Había sido testigo de todo—cada mentira, cada hipocresía, cada crimen silencioso—y ahora la casa que había servido fielmente se desmoronaba desde adentro como un castillo de naipes bajo una lluvia torrencial.
Eliza deambulaba por los pasillos como sombra sin ancla, atrapada entre mundos.
No era criada ni señorita, no era Jennings ni Barrington.
Su padre la había intentado forzar y después había muerto a manos de su hermanastro antes de que pudiera siquiera procesar la magnitud del hecho.
Pasaba horas ayudando en cualquier tarea que fuera necesaria, aunque muchas veces pensaba en su madre Martha.
No podía entender cómo había defendido a Sir Reginald incluso cuando la echó de casa preñada y tuvo que volver a Londres sin nada.
Violet se sentía protagonista involuntaria de una ópera trágica sin ninguna gracia.
Casada por obligación tras la ruina de sus padres con un alcohólico sumido en una terrible crisis existencial por la muerte de su amor platónico, Thomas.
Ahora su esposo tampoco estaba y, pese a no haber compartido con él ni un solo día en el mismo lecho, era oficialmente viuda a los veintidós años.
Arthur intentaba animarla; y a veces, lo conseguía, pero ella percibía la tristeza que él mismo ocultaba tras sonrisas forzadas.
Compartían silencios en la terraza, mirando el horizonte como si esperaran que la respuesta llegara navegando desde algún puerto lejano.
Arthur era el que más destrozado estaba, solo que se esforzaba por disimularlo.
La culpa lo devoraba por dentro—diez años guardando el secreto sobre la muerte de Thomas, diez años de cobardía que culminaron en un asesinato y un suicidio.
Intentaba mantener apariencias de normalidad, bromeaba durante las cenas silenciosas, pero sus ojos habían perdido el brillo optimista que siempre los había caracterizado.
Se sentía culpable por todo, por haber tenido a su padre en un pedestal, por no haber confiado en Edmund, por no haber aceptado el amor entre Thomas y su hermano.
Beatrice pasaba el tiempo con lecturas interminables, intentando no pensar en nada. Novelas románticas, tratados filosóficos, cualquier cosa que llenara su mente y bloqueara los recuerdos de aquella tarde.
La salita de estar permanecía sumida en una quietud artificial que dolía más que cualquier grito.
Violet bordaba rosas blancas sobre lino color marfil—un proyecto que había comenzado semanas atrás con la ingenua esperanza de que algún día adornaría un hogar feliz.
Ahora cada puntada se sentía como una sutura sobre herida que nunca cerraría del todo.
Sus dedos se movían con una precisión mecánica mientras observaba de reojo a Beatrice, quien sostenía un ejemplar de Jane Eyre con las páginas sin pasar desde hacía media hora.
El reloj de péndulo marcaba los segundos con implacable persistencia. Violet dejó la aguja sobre la tela.
—¿Has sabido algo de Raj?
Beatrice levantó la vista del libro como si despertara de un trance profundo. Sus ojos—una vez tan parecidos a los de Arthur, pero carentes ahora de cualquier chispa—se encontraron con los verdes de Violet.
—No desde… —Su voz se quebró levemente—. No desde antes de que todo pasara.
—Deberías escribirle —sugirió Violet con suavidad que no encajaba con la tensión que oprimía sus hombros—. Dejó tan buena impresión aquella tarde. Las peonías que trajo eran preciosas.
Por un instante algo se iluminó en el rostro de Beatrice, efímero como rayo de sol entre nubes de tormenta.
—Me citó a Rumi mientras tomábamos el té. Arthur casi se atraganta con su galleta.
El nombre de Arthur flotó entre ellas, cargado de todo lo que no podían decir en voz alta. Violet bajó la mirada hacia sus manos.
—Raj es un buen hombre —continuó—. Cualquier padre habría estado orgulloso de…
—Mi padre era un monstruo.
Las palabras cayeron como piedras arrojadas a pozo sin fondo. Beatrice cerró el libro de golpe y lo dejó sobre la mesa auxiliar con más fuerza de la necesaria.
—Un monstruo que pagó a Albert para espiar a Edmund y Thomas. Un monstruo que empujó a Thomas desde los acantilados porque no soportaba que su hijo primogénito amara a otro hombre. Un monstruo que intentó forzar a Eliza porque ya lo había hecho con su madre años atrás.
Violet abandonó su bordado y se acercó al sofá donde Beatrice permanecía rígida como estatua de mármol.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? —Beatrice giró bruscamente hacia ella—. ¿Arthur te lo contó todo?
—Sí —admitió Violet mientras se sentaba junto a su cuñada—. Me contó sobre Albert, sobre los acantilados, sobre Thomas. Todo.
Beatrice respiró profundamente, sus manos aferrando el borde del cojín con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
—Yo también lo sabía.
Lo que quedó entre ellos fue diferente a todo lo anterior: más denso, más oscuro.
—Tenía nueve años cuando Thomas murió —continuó Beatrice con voz apenas audible—.
Estaba jugando en el jardín aquella tarde.
Primero vi a Thomas salir por el sendero a los acantilados y luego vi a mi padre subir por el mismo sitio poco antes de que ocurriera todo. En aquel momento no le di importancia.
—Beatrice…
—Te mentí cuando dijiste que Edmund no te tocaba.
Yo sabía que había confesado su amor por Thomas —las palabras brotaban ahora como agua contenida demasiado tiempo—.
Te dije que no sabía qué había pasado realmente después de Palestina, pero sí lo sabía.
Siempre lo supe. Y guardé silencio durante diez años mientras Edmund se destruía con alcohol y culpa.
Violet rodeó con sus brazos los hombros temblorosos de Beatrice, atrayéndola hacia ella.
—No fuiste tú quien empujó a Thomas por ese acantilado —murmuró contra su cabello rubio—. No fuiste tú quien mantuvo secretos mortales ni quien ordenó vigilancias. Eras una niña en una casa gobernada por un tirano.
—Podría haberle dicho a Edmund…
—Quizás no hubiera cambiado nada, solo lo hubiera precipitado antes, quien sabe —interrumpió Violet con firmeza inesperada—. Todo da igual ya.
Beatrice se derrumbó entonces, llorando contra el hombro de Violet como no había llorado desde aquella tarde terrible. Sus sollozos llenaron la salita de estar, rompiendo la coraza que los había asfixiado durante semanas.
* * *
Unos días más tarde la biblioteca parecía más pequeña que antes, como si las paredes se hubieran cerrado sobre sí mismas.
Arthur permanecía de pie junto a la ventana que daba a los jardines, observando cómo Albert arrancaba los rosales secos con movimientos mecánicos.
El jardinero tampoco había levantado la mirada desde que todo había ocurrido.
—¿Por qué nos has hecho venir aquí? —preguntó Beatrice desde el sofá de terciopelo verde. Sus dedos jugueteaban con el dobladillo de su vestido—. Si es para hablar de los asuntos legales otra vez, encárgate tú, a mi me da todo igual.
—No es sobre papeles —respondió Arthur sin apartar la vista del jardín—. Es sobre nuestro futuro.
Violet, sentada junto a Beatrice, enderezó la espalda. Algo en el tono de Arthur le aceleró el pulso.
Arthur finalmente se giró hacia ellas. Las ojeras bajo sus ojos azules contaban historias de noches sin dormir, de decisiones que pesaban como piedras.
—No podemos quedarnos aquí.
Las palabras flotaron en el aire polvoriento de la biblioteca. Beatrice abrió la boca, pero Arthur alzó la mano.