Epílogo
El sol de julio caía generoso sobre el jardín de la Villa Barrington. Un año había pasado desde que Lily y Chris empacaron sus vidas maltesas en cajas de cartón y tomaron un vuelo hacia Londres, dejando atrás los fantasmas que finalmente descansaban en paz.
Ahora volvían con algo más que maletas para pasar unos días de vacaciones en la isla.
—Cuidado con el escalón —advirtió Chris, maniobrando el carrito donde dormía su hija de tres meses, Isabella Rose, envuelta en muselina blanca a pesar del calor.
Lily sonrió, observando cómo Chris verificaba obsesivamente que la capota del carrito bloqueara el sol.
El tiempo de Londres había suavizado algo en él, pulido sus bordes ásperos hasta revelar la ternura que siempre estuvo allí, escondida bajo capas de arrogancia australiana y comentarios sarcásticos.
—Aún respira, ¿verdad? —bromeó Lily, acercándose.
—Muy graciosa.
Chiara apareció desde la cocina cargando una bandeja de aceitunas y queso típico, su cabello recogido en una cola alta que mostraba más canas que el año anterior.
—¡Ya están aquí! Sofía, deja la carne un momento y ven a conocer a la pequeña.
Sofía emergió de detrás de la parrilla donde los pimientos se asaban lentamente, limpiándose las manos en el delantal que proclamaba “Kiss the Cook” en letras rojas descaradas.
—Déjame ver a esta cosita —dijo, inclinándose sobre el carrito—. Dios mío, tiene tu boca, Lily. Pobre niña.
—Oye —protestó Lily sin convicción.
En el jardín, una mesa larga ocupaba el centro del patio entre algunos árboles, cubierta con un mantel blanco y coronada con jarras de agua con rodajas de limón flotando perezosamente.
—¡Hola! ¡Hola!
La voz alegre de Caterina precedió su aparición. Atravesó el jardín con pasos desiguales pero felices, seguida por Mattew, quien cargaba una cesta cubierta con un paño a cuadros.
—Galletas —anunció Mattew con su habitual economía verbal—. Para… la pequeña.
—Isabella —corrigió Lily suavemente—. Se llama Isabella y aún es muy pequeña para dulces, pero no os preocupéis, que las probaremos nosotros.
Caterina se asomó al carrito con reverencia, sus mejillas redondas brillando de felicidad.
—Es… bonita. Muy bonita. No veo… fantasmas cerca de ella. Buena señal.
Chris enarcó una ceja hacia Lily, quien simplemente se encogió de hombros. Algunas cosas era mejor no cuestionarlas.
Selene llegó veinte minutos después, flotando entre los jazmines como si formara parte del paisaje. Llevaba su chal bordado habitual y traía una bolsita de terciopelo que depositó en las manos de Lily.
—Amuleto de protección. Para la niña.
—Selene, no es necesario—
—Acepta el regalo —interrumpió Selene con firmeza—. Esta casa ha visto suficiente dolor. Un poco de magia preventiva no hace daño a nadie.
El último en llegar fue Alessandro, bajando de un taxi con una caja de botellas de vino de sus viñedos. Su rostro melancólico se iluminó levemente al ver a su hermana.
—Chiara.
Se abrazaron con el afecto contenido típico de los hermanos que se quieren, pero raramente lo expresan. Alessandro entregó las botellas a Sofía, quien las inspeccionó con aprobación profesional.
—Nerello Mascalese. Buen año.
—El mejor —confirmó Alessandro, permitiéndose una sonrisa pequeña.
Cuando todos se sentaron alrededor de la mesa cargada de comida—cordero asado, ensalada de tomate y alcaparras, pan recién horneado que Caterina insistía en partir con sus propias manos—Chiara levantó su copa de vino.
—Antes de empezar… quiero brindar.
Los demás alzaron sus copas, el cristal capturando la luz del sol poniente.
—Por mamá —dijo Chiara, su voz apenas temblando—. Todos sabéis que murió en abril, durmiendo. Simplemente… no despertó. Llevaba meses esperando su momento. Decía que ya había cumplido la promesa que le hizo a mi padre. Que podía descansar.
Alessandro giró el pie de su copa.
—Murió feliz. Es más, de lo que muchos consiguen.
—Por Giulia —dijeron todos al unísono.
—Y por Edmund, Thomas, Arthur, Violet —añadió Lily, pensando en los fantasmas que finalmente dormían—. Por todos los que nos precedieron y nos dieron esta historia.
—Por los buenos años que seguirán —terminó Chris, su mano encontrando la de Lily bajo la mesa.
Las copas chocaron con tintineo musical.
Caterina masticaba un trozo de pan con aceite cuando su mirada vagó hacia las ventanas del segundo piso. Allí, en el cristal que reflejaba el cielo soleado, dos figuras se recortaban con nitidez imposible.
Edmund y Thomas.
Uno apoyaba la cabeza en el hombro del otro mientras observaban la reunión abajo. Sus rostros brillaban con algo que Caterina no había visto nunca en Edmund durante todas sus apariciones anteriores: paz absoluta. Thomas sostenía su violín bajo el brazo, riendo de algo que Edmund acababa de decir.
Caterina sintió el impulso de señalar, de gritar que estaban ahí, de compartir la visión con los demás. Pero algo la detuvo: la intimidad del momento, la felicidad que irradiaban aquellas figuras translúcidas.
En cambio, levantó su vaso de limonada despacio hacia ellos. Edmund la vio, sonrió con esa sonrisa aristocrática que ya no llevaba peso alguno, y le devolvió el gesto. Thomas inclinó la cabeza en agradecimiento silencioso.
Luego ambos se desvanecieron como humo en brisa marina.
Caterina bajó su vaso, mordió otro trozo de pan.
—¿Estás bien? —preguntó Mattew, notando su expresión.
—Sí. Muy bien. Todo… muy bien.
Y era verdad.
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