Capítulo 21 2025 - El regreso de la matriarca
El coche de Chris se detuvo frente a la Villa Barrington, con el calor de media mañana ondulando sobre la carretera. Lily permaneció inmóvil en el asiento del pasajero, las manos aferradas al regazo mientras observaba la fachada de piedra dorada.
—¿Vas a quedarte ahí sentada todo el día? —Chris rodeó el coche y abrió su puerta, extendiendo la mano—. Vamos. Solo quiero verificar el trabajo de ayer en la galería superior. Con lo motivada que estabas antes, no has querido venir a la villa desde el accidente.
Lily aceptó su mano y descendió con cuidado, apoyando el peso en su pierna buena. La bota ortopédica apretaba bajo sus vaqueros, recordándole constantemente aquella caída. Aquella pesadilla que todos insistían en llamar accidente.
—No hacía falta que viniéramos hoy —dijo mientras Chris le pasaba las muletas—. Tu equipo se las arregla solo y yo no puedo hacer nada práctico en este estado.
—¿Y perderte la oportunidad de ver el resultado de mi brillante trabajo antes que nadie?
—Chris sonrió de lado, esa expresión arrogante que normalmente la irritaba, pero que ahora encontraba curiosamente reconfortante—.
Además, tú eres la que necesita aprobar todo antes de que Chiara firme la siguiente fase.
Cruzaron el umbral y Lily contuvo el aliento.
El vestíbulo lucía transformado: paredes recién enyesadas esperando pintura, suelos de mármol restaurados brillando bajo la luz natural que entraba por ventanas limpias.
El olor a pintura fresca y yeso húmedo reemplazaba el antiguo aroma a polvo y decadencia.
Pero la villa permanecía demasiado quieta.
—Giuseppe terminó las molduras del techo ayer —Chris señaló hacia arriba mientras avanzaba por el pasillo—. Quedaron exactamente como en las fotografías originales que encontraste.
Lily lo siguió despacio, las muletas golpeando contra el mármol con eco hueco. Sus ojos recorrían cada sombra, cada rincón. Buscaba la silueta familiar de chaqueta militar, los ojos grises penetrantes, la botella de whisky siempre presente.
Nada.
—¿Lily? —Chris se volvió desde el pie de la escalera—. ¿Estás bien? Pareces un poco nerviosa.
—Estoy bien —mintió, alcanzándolo—. Solo cansada.
Chris frunció el ceño, pero no insistió. Comenzó a subir los escalones, verificando la barandilla restaurada con manos expertas.
Lily permaneció abajo, observando las habitaciones vacías. La ausencia de Edmund debería tranquilizarla. En cambio, la inquietaba más que cualquier aparición.
Chris gesticulaba con entusiasmo mientras guiaba a Lily por la galería superior, sus botas de trabajo resonando contra el suelo de madera del salón recién barnizado.
—El cableado eléctrico quedó instalado ayer —señaló hacia las molduras del techo donde habían ocultado discretamente los nuevos conductos—.
Respeté cada ángulo original. Solo quedan cuatro cosas: terminar el enlucido en la biblioteca, restaurar las persianas del salón principal, reparar esas dos ventanas de los cuartos de invitados y sellar la terraza trasera. Dos días, máximo tres.
Lily asentía mecánicamente, apoyada en las muletas mientras observaba la transformación. Las paredes desnudas esperaban su toque final; los espacios vacíos anticipaban muebles y cortinas que ella seleccionaría. Pero su mente vagaba hacia otras preocupaciones.
—Espera, bajo un segundo a revisar los azulejos de la cocina y seguimos el recorrido —anunció Chris—. Ayer justo terminaron de rellenar las juntas.
Sus pasos descendieron por la escalera, dejando a Lily sola en una de las habitaciones superiores.
El aire cambió instantáneamente. Frío, denso, cargado.
—Finalmente decide honrarme con su presencia de nuevo.
Lily giró sobre las muletas. Edmund permanecía recostado contra el marco de la puerta del antiguo cuarto, brazos cruzados sobre el pecho, una ceja arqueada con aristocrática desaprobación. Vestía su uniforme militar impecable, pero algo en su postura emanaba petulancia herida.
El grito brotó instintivo, estrangulado en su garganta. Las muletas temblaron bajo sus manos.
—No. No, no, no. Esto no puede estar pasando otra vez.
Edmund ladeó la cabeza, estudiándola con curiosidad clínica.
—¿Acostumbra a comportarse así en presencia de la nobleza? Qué modales tan deplorables.
—Tú no eres real —Lily cerró los ojos con fuerza—. Es el estrés. O los analgésicos que me dieron en el hospital. O ambas cosas.
—Le aseguro que soy sumamente real, señorita Carter. Aunque considero ofensiva su insistencia en lo contrario.
Lily abrió un ojo. Edmund seguía allí, ahora examinando sus uñas con aburrimiento aristocrático.
—Los fantasmas no existen.
—Qué argumento tan original. ¿Lo aprendió en algún internado de señoritas, de esos donde les enseñan más a opinar y a olvidar su lugar que a comportarse en sociedad?
—Mi lugar… —Lily respiró profundo, buscando paciencia—. Mire, señor sabelotodo, si va a aparecer en mi vida como un fantasma, al menos tenga la decencia de no comportarse como un misógino del siglo pasado.
—¿Del siglo pasado? —Edmund entrecerró los ojos—. Tiene usted un sentido del tiempo bastante peculiar. Aún estamos en 1930.
—¡Estamos en 2025!
—¿Lily? —la voz de Chris resonó desde el pie de la escalera—. ¿Con quién estás hablando ahí arriba?
Edmund se irguió, mirando hacia la escalera con desdén.
—¿De nuevo ese trabajador vulgar? ¿Y con qué autoridad se permite tratarla con tanta confianza?
—Es mi… —Lily se interrumpió cuando Chris apareció en el descansillo, mirándola con preocupación creciente—. Nadie. Estaba… pensando en voz alta.
Chris entró en la habitación lentamente.
—¿Pensando en voz alta? Te escuché discutir con alguien.
—Oh, magnífico. —Edmund rodeó a Chris con pasos medidos, estudiándolo—. Ahora caigo, es australiano, a juzgar por su acento. Y vestido con semejante falta de refinamiento. ¿Qué ha sucedido con los estándares de vestimenta?
—¡Cállate! —gritó Lily—. Deja de criticarnos.
—Lily, me estás asustando —Chris extendió la mano hacia ella—. ¿Estás teniendo otra crisis como la del día del incendio?
—¿Crisis? —Edmund se detuvo frente a Chris, tan cerca que sus narices casi se tocaban—. Qué impertinente. Lárgate antes de que llame a Arthur y te saquemos a palos de mi casa, obrero.
—¿Podrías retroceder, por favor? —espetó Lily.
Chris parpadeó.
—¿Retroceder? Estoy a dos metros de ti.
—No me refería a ti.
—¿A quién entonces?
—A Edmund. El insoportable al lado tuyo que no para de insultar.
Edmund resopló.
—¿Insoportable? Yo soy el heredero por ley de los Barrington. Usted es apenas una descendiente bastarda de mi padre.
—¡Basta! —Lily alzó la voz—. Esto es ridículo.
Chris dio un paso atrás.
—¿Qué es ridículo? ¿Lily, qué demonios está pasando?
—¿Le importaría dejar de interrumpir? —Edmund cruzó los brazos—. Estoy intentando mantener una conversación civilizada con la dama.
—Civilizada no es la palabra que yo usaría —dijo Lily.
—¿Con quién hablas? —Chris elevó la voz, frustrado—. ¡No hay nadie más aquí!
—Oh, por el amor de… —Edmund movió la mano con irritación y una lata vacía de pintura en el alféizar de la ventana se tambaleó antes de estrellarse contra el suelo.
Lily soltó un grito ahogado. Chris palideció.
—¿Qué fue eso?
—Eso —Edmund sonrió con satisfacción—. Fui yo.
—¿Viste eso? —Lily señaló la lata caída—. ¿La viste caer?
Chris retrocedió hasta topar con la pared, sus ojos saltando entre Lily y la lata caída.
—Las corrientes de aire. O vibraciones estructurales. O…
Un caballete con una tabla encima y varias herramientas se volcó de pronto y golpeó el suelo con estrépito.
—¿Vibraciones estructurales? —Edmund arqueó una ceja—. Patético.
—¡Cállate y deja de tirar cosas! —Lily gritó, su voz rebotando contra las paredes—. ¡Los dos! ¡Callaos!
Edmund y Chris la observaron, uno con curiosidad, el otro con alarma creciente.
Lily se desplomó contra la pared, dejando caer las muletas al piso.
No aguantaba más. Las palabras salieron en cascada mientras le narraba a Chris la totalidad de los hechos: Las pesadillas recurrentes protagonizadas por Edmund, el ritual espiritista que Selene había conducido, el círculo interrumpido y el murciélago que irrumpió atravesando el cristal, quedando sin vida en medio del salón. Absolutamente todo.
Chris escuchaba, inmóvil, con expresión entre horror e incredulidad.
—Lily, eso suena…
—¿A una locura? —ella soltó una risa histérica—. Lo sé. Créeme, lo sé.
Otra corriente invisible agitó las sábanas que cubrían un aparador. Chris se sobresaltó violentamente.
—Está bien —tragó saliva—. Digamos… hipotéticamente… que creo que tal vez no estés completamente loca.
Chris respiró profundo, clavando la mirada en el espacio vacío donde supuestamente Edmund debería encontrarse.
—¿Lo estás viendo ahora? ¿Está aquí en este momento?
Edmund se acercó de nuevo hasta quedar a centímetros del rostro de Chris, sacudiendo la mano frente a sus ojos.
—¡Hola! ¿Hay algo ahí dentro?
Nada. Chris parpadeó sin reaccionar.
Edmund retrocedió con una mueca de fastidio, luego comenzó a saltar exageradamente sobre un pie, agitando los brazos como un niño caprichoso.
—¡Observa mi gracia y atletismo! ¡Soy el fantasma más ágil de toda Malta!
—¡Edmund, para! —Lily se llevó las manos a la cara—. ¡Deja de hacer el idiota!
Chris se giró bruscamente hacia ella.
—¿Qué está haciendo?
—Saltando como un maldito bufón —Lily soltó entre dientes—. Y gesticulando salvajemente para llamar tu atención.
Edmund se detuvo, ofendido.
—No soy ningún bufón. Simplemente estoy demostrando que este australiano carece de la sensibilidad necesaria para percibir mi presencia.
Chris tomó las muletas del suelo y se las entregó a Lily con manos temblorosas.
—Vámonos. Anda. Ahora.
Le ofreció el brazo para ayudarla a incorporarse. Lily lo aceptó, agradecida por el contacto sólido y real.