Capítulo 20 1930 - Sangre por sangre #3
—No lo sabemos —Violet dio un paso hacia la escalera—. Los gritos se detuvieron hace unos minutos. Luego… silencio. Arthur subió corriendo y encontró la puerta cerrada con llave. Tu padre nunca cierra con llave.
Florence se limitó a cuadrar los hombros.
—El señor Arthur lleva casi diez minutos intentando entrar. No responden desde dentro.
Beatrice sintió que el estómago se le retorcía. Levantó las faldas y corrió escaleras arriba. Al llegar al descansillo, encontró a Arthur jadeando, apoyado contra la pared junto a la puerta del despacho. Tenía el rostro enrojecido y el chaleco desabrochado.
—Arthur, ¿qué ha pasado?
—No lo sé —respiraba con dificultad—. Discutían. Escuché el nombre de Thomas una y otra vez. Golpes y luego… nada.
Beatrice se acercó a la puerta y golpeó con los nudillos.
—¿Padre? ¿Edmund?
Ni el crujido de una silla. Nada.
Arthur la apartó suavemente y volvió a embestir la puerta con el hombro. La madera gimió, pero no cedió.
—Tenemos que entrar —gruñó—. Ahora.
El cerrojo giró desde dentro con un chasquido metálico.
Arthur retrocedió un paso, tensando los músculos. Beatrice contuvo la respiración.
La puerta se abrió despacio, arrastrándose sobre las bisagras como un gemido.
Edmund apareció en el umbral. Avanzaba con pasos lentos, casi mecánicos. Tenía la camisa empapada de sangre, el cuello y las mangas teñidos de carmesí. Sus manos colgaban a ambos lados del cuerpo, goteando sobre la alfombra persa.
—Edmund. —Arthur extendió una mano—. ¿Qué has hecho, por Dios?
Edmund pasó junto a él sin mirarlo. Sus ojos grises permanecían fijos en algún punto distante, la mandíbula tensa. No pronunció palabra. Ni siquiera parpadeó.
—¡Edmund, respóndeme! —Arthur intentó agarrarlo del brazo, pero Edmund se zafó con un movimiento brusco y continuó por el pasillo.
Beatrice dio un paso adelante, intentando detenerlo.
—Por favor, dime qué…
Pero Edmund ya había desaparecido por la esquina del pasillo, dejando tras de sí un rastro de gotas rojas sobre el mármol.
Beatrice giró hacia la puerta abierta del despacho. Desde el vestíbulo llegaron pasos apresurados. Violet subía corriendo la escalera, seguida por Florence y Roberts.
—¿Qué ha…? —La voz de Violet se quebró al ver la sangre en el suelo.
Beatrice cruzó el umbral del despacho. El aire apestaba a cobre y whisky derramado. Sir Reginald yacía bocarriba, formando un charco oscuro bajo su cuerpo. Los ojos abiertos miraban fijamente el techo.
El grito de Beatrice lo desgarró todo.
Arthur entró detrás de ella y la agarró por la cintura, girándola bruscamente hacia su pecho.
—No mires. No mires.
—¡Padre! —Beatrice intentó soltarse, pero Arthur la apretó con más fuerza.
Florence apareció en la puerta y chilló, llevándose ambas manos a la boca. Roberts la apartó de un empujón y corrió hacia el cuerpo. Se arrodilló junto a Sir Reginald, buscando el pulso en el cuello con dedos temblorosos.
—Señor… Señor, responda.
Nada. Roberts presionó el pecho del patriarca, intentando reanimar el corazón inmóvil. Una, dos, tres compresiones.
—Vamos, señor. Vamos.
Violet permanecía congelada en el umbral, observando la escena con expresión de horror absoluto.
El tiempo pareció congelarse en la villa. Florence seguía con las manos en la boca, los ojos fijos en el charco carmesí. Roberts permanecía arrodillado junto a Sir Reginald, las palmas ensangrentadas apoyadas sobre el pecho inmóvil del patriarca.
Arthur apretó a Beatrice contra su hombro mientras ella sollozaba, los dedos aferrando el chaleco de su hermano. Violet retrocedió hacia el pasillo, la espalda contra la pared, incapaz de apartar la mirada del cadáver.
De repente, un disparo rasgó el aire como un trueno seco.
Todos se sobresaltaron. Florence soltó un chillido ahogado. Roberts se incorporó de un salto, girando la cabeza hacia el pasillo.
—El estudio de Edmund —dijo Arthur.
Soltó a Beatrice y corrió hacia la puerta. Violet lo siguió, las faldas revoloteando tras ella. Beatrice tropezó, pero se recuperó, agarrándose al marco del despacho antes de lanzarse tras sus hermanos.
Arthur alcanzó el estudio primero y empujó la puerta, que cedió sin resistencia.
Edmund yacía desplomado en su sillón de cuero, la cabeza caída hacia atrás, los brazos colgando a ambos lados. La pistola había resbalado de su mano derecha y descansaba sobre la alfombra, aún humeante. Un reguero oscuro manchaba el respaldo del sillón y la pared tras él.
El armario de caza permanecía abierto de par en par, las correas vacías donde solía colgarse el revólver.
—No. —Arthur se tambaleó hacia delante—. No, Edmund. No. ¿Qué has hecho?
Violet se cubrió la boca con ambas manos, ahogando un sollozo. Beatrice entró detrás de ella y se detuvo en seco, el rostro pálido como el mármol.
Florence apareció en el umbral, jadeando. Al ver el cuerpo de Edmund, sus piernas fallaron y cayó de rodillas.
Roberts llegó el último, aferrando el marco de la puerta con dedos temblorosos. Observó la escena con los labios apretados en una línea fina.
Arthur se acercó despacio al sillón. Extendió una mano hacia el rostro de Edmund, pero la retiró antes de tocarlo, los dedos temblando en el aire.
—Edmund —dijo—. Hermano.
El reloj de bolsillo de Thomas yacía abierto sobre el escritorio, la tapa manchada de sangre. Las manecillas marcaban las diez y cuarto de la noche.
* * *
El tiempo parecía haberse detenido. Edmund flotaba en un vacío sin forma ni sustancia, suspendido en la nada.
No había suelo bajo sus pies ni cielo sobre su cabeza.
Ningún sonido penetraba el silencio absoluto que lo envolvía como un sudario.
Intentó moverse, pero sus extremidades no respondían.
Intentó gritar, pero ningún sonido brotó de su garganta.
¿Dónde estoy?
La pregunta resonó en su mente sin encontrar respuesta. Buscó recuerdos, algo que anclara su consciencia a la realidad, pero todo permanecía fragmentado. Thomas. El despacho. La sangre en sus manos.
Thomas.
El nombre atravesó la oscuridad como un cuchillo. Edmund se aferró a él, repetido una y otra vez hasta que se convirtió en un latido constante contra el vacío. Thomas, Thomas, Thomas.
Entonces apareció la luz.
Una grieta delgada rasgó la negrura, revelando colores borrosos al otro lado. Edmund se acercó, o quizás la luz vino hacia él —ya no distinguía movimiento de quietud— y la escena se materializó ante sus ojos.
La Villa Barrington. Los jardines bajo el sol de mediodía, los rosales floreciendo en tonos carmesí. Pero algo estaba mal. Las flores lucían diferentes, los muros más blancos, el embarcadero reconstruido donde antes solo había madera podrida.
Beatrice caminaba por el sendero de grava, pero no era Beatrice. Su cabello era más oscuro, su vestido de un corte que Edmund nunca había visto. Junto a ella caminaba un hombre alto de piel morena. Hablaban en voz baja y se tomaban de las manos.
¿Qué es esto?
Edmund intentó llamarlos, pero su voz no existía. Extendió la mano hacia ellos y sus dedos atravesaron el aire como si fueran humo. La escena se desvaneció, reemplazada nuevamente por oscuridad.
El tiempo dejó de tener significado. A veces Edmund percibía fragmentos de conversaciones lejanas, risas que no reconocía, voces que pronunciaban nombres extraños. Otras veces solo silencio, tan profundo que lo consumía hasta que olvidaba que alguna vez había existido algo más.
Luego vio el salón principal de la villa.
Pero los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas, y el polvo flotaba en columnas de luz que atravesaban ventanas sin cortinas.
Un hombre con un extraño sombrero amarillo golpeaba la pared con un martillo, arrancando yeso viejo.
Música estruendosa surgía de una caja negra que Edmund no comprendía.
—¡Chris, ven a ver esto! —gritó una mujer rubia desde la escalera.
Un hombre alto con camisa ajustada subió los escalones de dos en dos, herramientas colgando de su cinturón. Edmund los observó pasar junto a él sin verlo, sin sentir su presencia.
¿Quiénes son estas personas? ¿Por qué están en mi casa?
Pero incluso mientras formulaba la pregunta, la certeza se deshacía. ¿Era su casa? ¿Había tenido alguna vez una casa? Los recuerdos se escurrían entre sus dedos como arena.
La mujer rubia apareció en el estudio. Su estudio.
Tocó el escritorio con reverencia, pasando los dedos sobre la madera tallada.
Sus labios se movieron, pero Edmund no escuchó las palabras.
Ella giró lentamente, examinando las paredes desnudas, y por un instante sus ojos parecieron posarse directamente sobre él.
Edmund intentó hablar, mover la mano, hacer algo para que lo viera.
Nada.
La oscuridad regresó, tragándose la escena como una ola.
Edmund flotaba nuevamente en el vacío. Ya no recordaba su nombre. Ya no recordaba por qué la culpa lo oprimía como hierro candente contra el pecho. Solo quedaba una sensación difusa de pérdida, de algo precioso arrebatado demasiado pronto.
Thomas.
El nombre surgió desde lo más profundo de su ser, un ancla en medio del caos. Pero ya no sabía quién era Thomas. Solo que su ausencia dolía más que cualquier herida física.
Entonces vio a la mujer rubia nuevamente, sentada en el suelo del estudio con papeles desperdigados a su alrededor. Sostenía algo pequeño y dorado entre sus manos.
Edmund se acercó. Reconoció el objeto.
El reloj de bolsillo de Thomas.