La Villa de los Sueños Capítulo 20 1930 - Sangre por sangre #2
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Capítulo 20 1930 - Sangre por sangre #2

—¡Cállate! —Edmund se giró violentamente—. No quiero escucharte. No quiero tus excusas ni tus justificaciones. Todo este tiempo… todo este maldito tiempo…

Lanzó la botella contra la pared. El cristal explotó, salpicando whisky sobre los mapas militares.

Arthur no se movió.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé —Edmund caminó hacia la ventana, mirando hacia el mar oscuro—. Déjame solo. Necesito pensar.

—Edmund, por favor…

—¡Que te vayas! —gritó sin darse vuelta—. Vete de mi vista antes de que haga algo de lo que ambos nos arrepintamos.

Arthur dio un paso hacia la puerta, luego se detuvo.

—Padre estará al regresar.

Edmund permaneció inmóvil, la espalda rígida como una estatua.

—Lo sé.

—¿Vas a…?

—Cuando vuelva, hablaré con él —la voz de Edmund sonó peligrosamente calmada—. Lo enfrentaré directamente. Quiero escuchar qué tiene que decir sobre el tema.

—¿Y si lo confirma?

Edmund se giró con la parsimonia de quien ya ha tomado una decisión. Sus ojos grises brillaban con una intensidad que Arthur nunca había visto.

—No lo sé, entonces sabré la verdad.

La última palabra cayó entre ellos como una piedra pesada.

—Necesito saber —continuó Edmund—. No por mí. Por Thomas. Merece que alguien sepa qué le pasó realmente. Merece justicia, aunque llegue diez años tarde.

Arthur tragó sin responder, la culpa apretándole la garganta.

—Lo siento.

—Vete —Edmund giró hacia la ventana—. Solo… vete.

Arthur salió del estudio cerrando la puerta tras de sí. En el pasillo, Roberts, que ya había regresado a la villa, lo esperaba con expresión preocupada.

—¿El señor Edmund…?

—Déjalo solo esta noche —Arthur se alejó hacia las escaleras—. Y asegúrate de que tenga whisky suficiente.

* * *

El Bentley negro se detuvo frente a la entrada principal de la Villa Barrington bajo la luz mortecina del atardecer. Albert apenas había apagado el motor cuando Sir Reginald abrió la puerta trasera, descendiendo con su bastón de marfil y el maletín de cuero bajo el brazo.

Roberts bajó los escalones para recibirlo, extendiendo las manos hacia el abrigo.

—¡Padre!

El grito atravesó el vestíbulo como un disparo. Sir Reginald alzó la vista hacia la escalera donde Edmund lo esperaba, aferrado a la barandilla, el rostro demacrado pero los ojos ardiendo con una intensidad febril.

—Sube —ordenó Edmund—. Ahora. Tenemos que discutir un asunto de vida o muerte.

Roberts congeló sus movimientos, el abrigo de Sir Reginald todavía colgando del brazo de su amo. Albert permaneció junto al automóvil, observando la escena con expresión sombría.

Sir Reginald entrecerró los ojos, estudiando a su hijo mayor. La voz, el porte, la firmeza en cada palabra… no reconocía a este hombre que lo desafiaba abiertamente.

—¿Edmund?

—Tu despacho. Ya.

Sin esperar respuesta, Edmund desapareció por el pasillo del primer piso. Sir Reginald entregó su abrigo y sombrero a Roberts con un gesto brusco y subió la escalera con pasos medidos, el bastón golpeando cada peldaño.

Encontró a Edmund de pie junto a la ventana, los brazos cruzados. En cuanto Sir Reginald entró, Edmund cerró la puerta con llave.

—¿Qué significa esto?

—Nadie sale de aquí hasta que me digas la verdad completa —Edmund se giró—. Toda la verdad sobre Thomas.

Sir Reginald dejó el maletín sobre una silla y caminó hacia el escritorio con deliberada calma.

—No tengo tiempo para tus melodramas, Edmund. He estado ocupado todo el día y…

—¿Le pagaste a Albert para espiarnos?.

Las palabras cayeron como piedras. Sir Reginald se detuvo, pero no se volvió.

—¿Eso te dijo ese irlandés? No me sorprende. Los de su clase siempre buscan causar problemas.

—¿Es cierto?

—Sí —Sir Reginald se giró lentamente—. Le pagué.

Ninguno de los dos se movió.

—Necesitaba saber qué clase de depravación ocurría bajo mi propio techo —continuó Sir Reginald, cada palabra afilada como un cuchillo—. Qué clase de perversión había infectado a mi hijo.

Edmund apretó los puños.

—Lo amaba.

—¿Amor? —Sir Reginald soltó una carcajada cruel—. ¿Llamas amor a esa enfermedad repugnante? ¿A ese… acto antinatural que practicabas con ese violinista mediocre que se hacía pasar por soldado?

—No hables de él así.

—Hablaré como me plazca —Sir Reginald dio un paso adelante—.

Ese muchacho era basura, Edmund. Basura que se aprovechó de tu debilidad, de tu naturaleza enferma.

Lo único bueno que hizo en su patética vida fue caerse de ese acantilado.

Y pensar que yo acepté mantenerlo bajo mi techo como un invitado casi dos años.

Edmund avanzó hacia su padre, temblando.

—No creo que se cayera. Ahora estoy más seguro que nunca.

—¿No?

La pregunta flotó en el aire como veneno. Sir Reginald sonrió, una expresión desprovista de cualquier calidez humana.

—Tienes razón. Ya es hora de que lo sepas. No se cayó —pronunció cada palabra con deliberada crueldad—. Le pagué a Albert para que os vigilara, sí. Pero cuando me contó lo que vio… cuando me confirmó vuestros besos, vuestras… aberraciones…

Se detuvo, el disgusto retorciéndole el rostro.

—Me repugnó tanto que no tuve otra opción. Estuve días buscando la ocasión perfecta. Cuando descubrí que estaba solo, fui personalmente a esos acantilados. Lo encontré mirando solo al mar, como el idiota sentimental que era.

Edmund retrocedió como si le hubieran golpeado.

—No…

—Estaba cerca del borde —Sir Reginald continuó, implacable—. Era un parásito, como una cucaracha. Vi el miedo en sus ojos cuando comprendió.

—Padre, por favor, no siga…

—Y entonces lo empujé —Sir Reginald extendió las manos—. Con estas mismas manos que te criaron, Edmund. Lo tiré como se tira la basura al mar. Observé cómo caía, cómo gritaba antes de estrellarse contra las rocas.

Edmund se tambaleó, buscando apoyo en el respaldo de una silla.

—Lo hice por ti —concluyó Sir Reginald—. Para salvarte de ti mismo. Para limpiar la mancha que ese engendro dejó en esta familia.

—¡No!

El grito desgarró la garganta de Edmund mientras se abalanzaba sobre su padre. Su puño impactó contra la mandíbula de Sir Reginald con un crujido satisfactorio que reverberó por todo su brazo. El viejo retrocedió, pero no cayó. La sangre brotó de su labio partido mientras reía.

—¡Así me gusta! —rugió Sir Reginald, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Eso hacen los hombres de verdad, Edmund. Resuelven sus problemas a puñetazos, no revolcándose como perros en celo con otros desviados.

Edmund volvió a golpearlo, esta vez en el estómago. Sir Reginald se dobló, pero la desafió desde el suelo con los ojos.

—Ese violinista patético lloraba cuando lo empujé. Como una niña. ¿Sabes lo que gritó? Tu nombre. Te llamó mientras caía, rogándote que lo salvaras. Un idiota.

Edmund sintió algo romperse dentro de su pecho. Sus manos buscaron el cuello de su padre, apretando, pero Sir Reginald lo apartó de un empujón.

—¿Qué clase de hombre se acuesta con otro hombre? —escupió Sir Reginald—. ¿Qué clase de hijo criado en esta casa se rebaja de esa manera?

Los dedos de Edmund rozaron el escritorio, tanteando ciegamente hasta encontrar el abrecartas de plata. Lo aferró con fuerza, sintiendo el peso frío del metal.

—No tienes agallas. —Sir Reginald se irguió, orgulloso incluso con sangre manchándole la camisa—. Mírate. Temblando como una doncella. No eres hombre para hacer nada. Eres exactamente lo que siempre pensé: un cobarde pervertido que…

La hoja se hundió en su abdomen.

Sir Reginald ahogó las palabras, los ojos abriéndose con sorpresa genuina. Edmund sacó el abrecartas y volvió a hundirlo, esta vez más arriba, buscando el corazón.

—Esto es por Thomas.

Otra puñalada. La sangre brotó caliente sobre sus manos.

—Esto es por cada noche que lloré su muerte.

Otra más. Sir Reginald cayó de rodillas, aferrándose al borde del escritorio.

—Esto es por cada mentira que me hiciste creer.

El viejo se desplomó sobre la alfombra persa, manchándola. Edmund se arrodilló a su lado, elevando el abrecartas una y otra vez. El metal atravesaba la carne con resistencia cada vez menor. La rabia le nublaba la vista; los sollozos entrecortaban su respiración.

—Llevo muerto desde hace diez años. Ya no me importa nada —susurró Edmund, hundiendo el artefacto por última vez en el pecho inmóvil—. Cuando mataste a Thomas, me mataste a mí. Esto es solo… justicia.

Sir Reginald ya no respiraba. Sus ojos azules miraban el techo sin ver nada, la boca abierta en un último gesto de incredulidad.

Edmund permaneció arrodillado junto al cadáver de su padre, el abrecartas todavía en su mano temblorosa, mientras la sangre formaba un charco oscuro que se extendía lentamente por el suelo.

* * *

Beatrice entró por la entrada principal con paso apresurado, ajustándose el sombrero mientras Roberts tomaba su sombrilla.

—Siento la tardanza, Roberts. Una de mis amigas no paraba de hablar y…

—No se preocupe, señorita Beatrice.

La voz del mayordomo sonaba tensa. Beatrice cruzó el umbral y se detuvo en seco. Florence y Violet permanecían inmóviles en el vestíbulo, mirando fijamente hacia la escalera. Violet se retorcía las manos, los nudillos blancos. Florence apretaba contra su pecho las llaves de la casa.

Desde el primer piso llegó un golpe seco. Arthur gritando y embistiendo algo con todo su peso.

—¿Qué demonios ocurre aquí? —Beatrice soltó el bolso sobre la consola—. ¿Por qué Arthur intenta tirar una puerta abajo?

Violet se volvió hacia ella. Tenía los ojos enrojecidos.

—Escuchamos gritos. Del despacho de Sir Reginald. Edmund y él estaban discutiendo. Muy fuerte.

—Palabras terribles, señorita —añadió Florence, la voz apenas un susurro—. Nunca había oído al señor Edmund gritar así.

Otro golpe retumbó desde arriba. Beatrice levantó la vista hacia el descansillo. Arthur volvía a lanzarse contra la puerta del despacho, el hombro por delante.

—¿Y dónde está Edmund ahora?