Capítulo 20 1930 - Sangre por sangre
—¿Qué haces?
—Sorprenderte —su aliento le rozó la oreja, enviando un escalofrío por su columna—. Cierra los ojos.
—Ya los tengo cerrados, tonto. Nos vamos a buscar un problema como nos descubran.
Arthur la guio por el pasillo, sus pasos sincronizados después de días de encuentros robados. El roce de su cuerpo contra la espalda de ella le provocaba un calor que ya le resultaba familiar, adictivo.
—Un paso más —murmuró él—. Y… ahora.
Retiró las manos. Violet parpadeó, ajustando la vista a la luz del salón. Su respiración se atascó.
La mesa relucía bajo el sol que entraba por las ventanas abiertas. Bandejas de plata desplegaban un festín: pastel de pescado, ensalada de tomate y alcaparras, aceitunas verdes, quesos cremosos, pan recién horneado que aún desprendía vapor. Una botella de vino blanco junto a dos copas de cristal.
—Arthur…
—Estamos prácticamente solos —él se apoyó contra la mesa, cruzando los brazos, con ese gesto suyo que le derretía las entrañas—.
Albert se ha llevado a mi padre a reunirse con unos conocidos para cerrar asuntos antes de marcharse definitivamente a Londres.
Le di la tarde libre a Florence y Roberts.
Beatrice está tomando el té en casa de unas amigas.
—¿Y Edmund?
Arthur se encogió de hombros.
—Edmund es como si no existiera. Como siempre.
Violet se acercó a la mesa, deslizando los dedos sobre el mantel de lino. El olor del pan mezclado con el del jardín que entraba por las ventanas le llenó los sentidos.
—¿Y Eliza?
—En la cocina. Muy ocupada. Muy lejos de nosotros —Arthur tomó la botella de vino, llenando ambas copas—. Tenemos al menos tres horas. Quizá cuatro.
Le extendió una copa. Violet la aceptó, sus dedos rozándose. Esa electricidad que nunca se apagaba entre ellos chisporroteó de nuevo.
—Eres incorregible.
—Soy un hombre enamorado —Arthur levantó su copa—. Por nosotros. Por estas horas robadas que me mantienen cuerdo.
Brindaron. El cristal tintineó, delicado y claro como una promesa. El vino era fresco, ácido, perfecto contra el calor que ya se anunciaba.
Se sentaron uno frente al otro. Arthur sirvió generosamente en ambos platos mientras ella lo observaba, memorizando cada gesto: la forma en que su cabello caía sobre su frente, la concentración en su rostro al cortar el pescado, la curva de su boca cuando la miraba y sonreía sin darse cuenta.
—Me estás poniendo nervioso —dijo él sin levantar la vista.
—Estoy disfrutando de la vista.
Arthur levantó los ojos, intensos y azules bajo las pestañas oscuras. Algo se movió en su expresión, algo profundo que le aceleró el pulso a Violet.
—Si alguien me arrebatara esto —murmuró él—, me tiraría yo mismo por un acantilado.
El tenedor de Violet se detuvo a medio camino de su boca.
—No digas eso.
—Es la verdad —Arthur se echó hacia atrás en la silla, la copa girando entre sus dedos—.
Ahora entiendo a Edmund. Entiendo por qué nunca ha levantado cabeza desde que Thomas murió.
Ese vacío que lo consume, esa desesperación…
—hizo una pausa, tragando con dificultad—.
Si te perdiera, Violet, no sé qué haría.
Ella extendió la mano sobre la mesa. Arthur la atrapó inmediatamente, entrelazando sus dedos con una urgencia que le oprimió el pecho.
—No vas a perderme.
—No puedo prometértelo —su pulgar acarició el dorso de su mano—. Esta situación… tu matrimonio con Edmund… todo es tan…
—Extraño —completó ella—. Lo sé. Pero Arthur, lo que siento por ti…
Se interrumpió, las palabras atascándose en la garganta.
Nunca había sido buena con las declaraciones grandilocuentes, con la poesía romántica que devoraba en novelas.
Pero esto, esto que ardía en su pecho cada vez que lo miraba, cada vez que sus manos se encontraban en pasillos oscuros, cada vez que sus bocas se buscaban con esa desesperación hambrienta… esto era real.
—Yo también —Arthur apretó su mano—. Dios, Violet, yo también.
Se levantaron al mismo tiempo, rodeando la mesa hasta encontrarse en el centro del salón.
Arthur la tomó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo mientras ella enredaba los brazos alrededor de su cuello.
El beso fue lento esta vez, profundo, saboreándose mutuamente como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Como si no fueran dos mentirosos robando felicidad en un lugar que no les pertenecía.
* * *
El jardín olía a limoneros y a mar cuando Arthur y Violet paseaban entre los rosales unas horas más tarde. Sus manos se rozaban cada pocos pasos, buscándose sin encontrarse del todo, conscientes de las ventanas que los observaban desde la villa.
—Deberíamos volver —dijo Violet, aunque no hizo ademán de detenerse.
—Cinco minutos más.
Los pasos de Eliza sobre la grava los interrumpieron.
—Señorito Arthur, necesito hablar con usted. Y con Edmund también.
La urgencia en su voz borró cualquier objeción. Arthur intercambió una mirada con Violet antes de asentir.
—Espérame aquí. Vuelvo enseguida.
Encontraron a Edmund en el estudio, rodeado de mapas y botellas vacías como siempre. Levantó la vista cuando entraron, entornando los ojos con desconfianza.
—¿Qué quieres?
—Escúchala. —Arthur cerró la puerta tras de sí.
Eliza se quedó de pie junto a la ventana, retorciendo las manos. Respiró hondo antes de hablar.
—Sir Reginald… la otra noche intentó agarrarme en el pasillo.
Edmund se tensó.
—Continúa.
Las palabras salieron atropelladas, mezcladas con vergüenza y rabia. Sir Reginald golpeando su puerta pasada la medianoche. Su aliento a whisky. Las mismas palabras que debió susurrar a Martha años atrás, promesas vacías envueltas en lujuria.
—Conseguí escaparme y encerrarme en mi cuarto —Eliza tembló—. Dijo que mi madre había sido suya, que yo también lo sería. Que era mi deber agradecer que me permitiera quedarme en esta casa.
Arthur sintió cómo la bilis le subía por la garganta.
—¿Te hizo…?
—No —Eliza negó con la cabeza—. Logré zafarme. Cerré la puerta con llave. Pero tengo miedo, si vuelve…
Edmund se levantó, la silla raspando el suelo de madera con un chirrido. Caminó hasta el mueble bar y sirvió whisky en un vaso, bebiéndolo de un trago.
—Es capaz de todo —dijo al fin, la voz ronca—. Siempre lo ha sido.
Eliza lo miró con ojos brillantes.
—¿Me cree?
—Sí —Edmund llenó el vaso—. Claro que te creo. Nuestro padre es un monstruo. Solo que algunos aún no nos hemos dado cuenta.
Arthur permanecía inmóvil junto a la puerta, procesando las palabras de Eliza y los comentarios de Edmund. Los recuerdos de Albert en los jardines años atrás regresaron como un puñetazo: Sir Reginald me ordenó espiarlos. Me pagó después de que Thomas muriera.
—Nos encargaremos de esto —prometió Arthur finalmente—. No volverá a tocarte.
Eliza se secó los ojos con el dorso de la mano. Salió del estudio sin decir nada más, dejando a los hermanos solos.
Edmund se giró hacia Arthur.
—¿Ves? ¿Ves quién es realmente?
Pero Arthur ya no lo escuchaba. Salió del estudio buscando a Violet, encontrándola exactamente donde la había dejado, entre los rosales blancos que Albert cuidaba con tanto esmero.
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella inmediatamente.
Arthur le contó todo. Las manos de Violet volaron a su boca mientras escuchaba, el horror pintándose en su rostro.
—Dios mío…
—Violet, hay algo más —Arthur tomó aire—. Algo que me contó Albert hace años y que me ha vuelto a venir a la cabeza hoy. Sobre Thomas.
Le narró la conversación en los jardines, el dinero que Sir Reginald le dio a Albert, las órdenes de espiar a Edmund y a Thomas. La caída de Thomas desde los acantilados que nunca había cuadrado del todo.
Violet palideció.
—¿Crees que tu padre…?
—No sé qué creer —Arthur se pasó las manos por el cabello—. Pero Edmund merece saberlo. Merece saber la verdad sobre lo que le pasó a Thomas.
—Entonces tienes que decírselo —Violet tomó su rostro entre las manos—. Arthur, tienes que contarle todo lo que sabes. Tiene que saber toda la información.
—Podría destruirlo.
—Seguir mintiéndole lo está destruyendo de todas formas —sus ojos verdes lo atravesaron—. Dale la verdad. Dale algo con que pelear.
Arthur cerró los ojos, sintiendo el peso de los secretos aplastándole el pecho. Inclinó la cabeza.
—Esta noche. Se lo diré esta noche.
* * *
El estudio, como era habitual, olía a whisky derramado y humo de tabaco. Arthur permanecía de pie frente al escritorio mientras Edmund lo miraba desde su silla, el vaso vacío colgando de sus dedos.
—Albert me lo contó hace años —las palabras salieron con dificultad—. Después del funeral de Thomas. Me dijo que padre le había pagado para espiaros. Que le dio dinero justo después de que Thomas…
Edmund dejó el vaso sobre el escritorio con un golpe seco.
—¿Hace años? ¿Hace cuántos años exactamente?
—Diez —Arthur tragó saliva—. Fue poco después del entierro.
La furia deformó el rostro de Edmund. Se levantó bruscamente, derribando la silla.
—¿Diez años? —su voz subió una octava—. ¿Has sabido esto durante diez años y nunca dijiste nada?
—No estaba seguro, Edmund. Podía haber sido…
—¿Qué? —Edmund caminó hacia él—. ¿Una coincidencia? ¿El destino jugando una broma cruel?
Arthur retrocedió un paso.
—Yo estaba allí cuando cayó. Vi una sombra. Alguien lo empujó, pero la luz era mala, no pude…
—No pudiste —Edmund escupió las palabras—. Claro que no pudiste. Porque admitirlo habría significado enfrentar al gran Sir Reginald Barrington.
La acusación cortó como un cuchillo.
—No sabía qué hacer —Arthur alzó las manos—. Era mi palabra contra la suya. Era…
—¿Tu hermano? —Edmund golpeó el escritorio con ambas manos—. ¿Tu familia? Thomas era mi familia, Arthur. Era todo lo que tenía.
Edmund respiraba agitadamente, las manos temblándole mientras buscaba la botella de whisky. Bebió del cristal, el líquido derramándose por las comisuras de sus labios.
—Diez años —repitió, más para sí mismo que para Arthur—. Diez años creyendo que había sido un accidente. Que el mar se lo había llevado. Que Dios me castigaba por amarlo.
—Edmund…