Capítulo 19 1920 - La orden fatal #2
La humedad de la tarde se pegaba a los muros de piedra de la Villa Barrington cuando Arthur se deslizó desde la biblioteca con una botella de whisky escondida bajo la chaqueta, caminando con rapidez hacia los jardines.
No quería convertirse en Edmund, ese espectro que vagaba por la casa con la mirada vacía y el aliento apestando a alcohol, pero necesitaba algo que amortiguara el ruido en su cabeza y necesitaba un tiempo a solas.
Los acontecimientos de los últimos días le habían dejado un sabor amargo en la boca. La muerte de Thomas, los gritos de Edmund en el estudio, la frialdad calculada de su padre.
Se instaló en el banco de piedra junto a los establos, donde los rosales trepadores formaban una muralla verde que lo ocultaba del resto de la propiedad. Desenroscó el tapón y bebió directamente del cristal, sintiendo cómo el líquido quemaba su garganta y le calentaba el pecho.
El crujido de pasos sobre la grava lo sacó de sus pensamientos. Albert apareció con un cesto de herramientas colgado del brazo, el cabello rojizo despeinado y las manos manchadas de tierra. Se detuvo al verlo, sorpresa y cautela cruzando su rostro.
—Señorito Arthur.
—Albert —Arthur levantó la botella—. Únete a mí un momento, ¿quieres?
El irlandés frunció el ceño.
—Los señoritos no suelen beber de la botella —comentó con ese acento que se hacía más marcado cuando estaba cansado—. Eso es cosa de gente como yo.
—Pues hoy me siento más como gente como tú —Arthur palmeó el banco junto a él—. Siéntate. Nadie nos verá aquí.
Albert dudó, sus ojos verdes escaneando los alrededores. Finalmente, dejó el cesto en el suelo y se sentó en el extremo del banco, manteniendo una distancia respetuosa. Arthur le extendió la botella.
—No debería, señor.
—No seas idiota, Albert. Toma. Y no me llames señor ni señorito.
El jardinero aceptó y bebió un trago largo, sus hombros relajándose visiblemente. Devolvió la botella y ambos se quedaron mirando cómo las sombras se alargaban sobre el jardín recién podado.
—Has terminado la poda —dijo Arthur.
—Sí. Todo el perímetro. Ya tocaba este año.
—Solía ayudarte a recoger los restos cuando era niño, ¿lo recuerdas?
Algo se ablandó en el rostro curtido de Albert.
—Claro que sí. Era un crío escuálido que se pinchaba con cada espina de los rosales, pero insistía en cargar el cesto más pesado.
Arthur rio, un sonido hueco que se perdió entre las hojas.
—Quería impresionarte a ti y a mi padre. Eras otro de mis héroes entonces —bebió otro trago—. Tú y tu acento extraño, tus historias sobre Irlanda. Todo parecía más interesante cuando tú estabas cerca.
—Eso fue hace mucho tiempo, señor.
—Arthur. Llámame Arthur cuando estamos solos.
Albert tomó la botella otra vez. El whisky desaparecía rápidamente entre ambos.
—¿Qué pasó, Albert? —preguntó Arthur, su voz más suave—. Éramos como amigos. Luego crecí, me enviaron a estudiar, vino la guerra…
—Palestina —Albert completó, su mirada perdida en algún punto lejano—. La maldita Palestina.
—La maldita Palestina —repitió Arthur.
Los caballos se movían inquietos en los establos, sus cascos golpeando contra la madera. Entre los dos hombres no hubo más palabras. El aire olía a tierra húmeda y rosas.
—Todo cambió allí —dijo Arthur—. Edmund, Thomas… yo mismo. Nada volvió a ser igual.
Albert le dio otro trago a la botella antes de pasársela.
—Las guerras tienen esa costumbre, muchacho. Te arrancan pedazos que nunca recuperas.
Arthur apoyó la cabeza contra la pared de piedra, cerrando los ojos. El alcohol comenzaba a hacer efecto, difuminando los bordes afilados de sus recuerdos. Pero por primera vez en días, no se sentía completamente solo.
Arthur bebió otro trago largo, dejando que el whisky anestesiara las imágenes que lo perseguían cada noche.
—Aunque yo no sintiera lo mismo que Edmund por Thomas —dijo en voz alta, las palabras saliendo con dificultad—, también lo echo de menos. Era un buen amigo. Uno de los mejores.
Albert giró la cabeza bruscamente, sus ojos verdes clavándose en Arthur. Algo se movió detrás de su expresión, algo oscuro y turbulento que luchaba por salir a la superficie.
—Señorito, digo Arthur…
—Tocaba el violín por las noches —continuó Arthur, ignorando la tensión en la voz del irlandés—. En el campamento, cuando los demás no podían dormir por los bombardeos. Thomas tocaba y todos nos calmábamos. Incluso yo.
Albert apretó los puños sobre sus rodillas, las venas marcándose bajo la piel curtida. Ninguno de los dos habló. La tensión entre ellos era palpable como una cuerda a punto de romperse.
—No puedo más —exhaló Albert finalmente, su acento irlandés afilándose—. No puedo seguir callado, muchacho.
Arthur abrió los ojos.
—¿De qué hablas?
—Su padre —Albert se pasó una mano por el rostro—. Dios me perdone, pero su padre sabía lo que pasaba entre Edmund y Thomas mucho antes de que cayera de ese acantilado.
El pecho de Arthur se apretó.
—¿Qué estás diciendo?
—Me pidió que los espiara —las palabras salieron atropelladas, desesperadas—. Hace semanas. Me ordenó vigilarlos, informarle de sus movimientos. Y yo… yo lo hice. Los vi hacer cosas juntos en los jardines una noche, que no me atrevo a decir en voz alta. Se lo conté.
Arthur se levantó del banco, la botella cayendo sobre la grava. El whisky se derramó formando un charco oscuro.
—Estás borracho.
—Ojalá estuviera lo suficientemente borracho para olvidarlo —Albert se puso de pie también, acortando la distancia entre ellos—. Pero no lo estoy. Y Sir Reginald me pagó por mi silencio. Una cantidad que ningún jardinero vería en toda su vida. Justo hace unos días después de que Thomas muriera.
Las manos de Arthur temblaron.
—Eso no significa…
—Sé lo que significa —interrumpió Albert, su voz quebrándose—. No soy tonto. Thomas cae al mar días después de que le cuento a Sir Reginald lo que vi. Y de repente hay dinero en mi bolsillo y una advertencia en mis oídos de que nunca hable de esto. ¿Qué más necesito para entender?
—Mi padre no…
—Yo vi a alguien —soltó Arthur de pronto, las palabras escapando antes de que pudiera detenerlas—. En los acantilados. Vi a alguien empujando a Thomas, pero desapareció demasiado rápido. No pude ver quién era.
Albert retrocedió un paso, el color abandonando su rostro.
—Dios santo.
—Pero eso no significa que fuera mi padre —Arthur se aferró a esa posibilidad como un náufrago a un pedazo de madera—. Podría haber sido cualquiera. Una sombra. Mi imaginación.
—¿Su imaginación? —la voz de Albert se endureció—. Señorito Arthur, escúcheme. Sabe la verdad igual que yo.
—No sé nada —Arthur se apartó, caminando en círculos sobre la grava—. No puedo creerlo. Mi padre es… es severo, sí. Inflexible. Pero esto… esto sería…
—Asesinato —completó Albert—. Una cosa horrible.
Los caballos relincharon inquietos en los establos. El viento arrastraba el olor dulzón del whisky derramado mezclado con el de las rosas.
—Edmund está destrozado —dijo Arthur—. Si supiera esto… si creyera que nuestro padre tuvo algo que ver…
—Por eso se lo digo —Albert se acercó, bajando la voz—. Porque usted es el único que puede hacer algo. El único en quien confío desde que era un crío.
Arthur se llevó las manos a la cabeza, presionando contra las sienes. Todo giraba: el alcohol, la información, el horror de las implicaciones.
—Es una coincidencia —dijo finalmente, aunque su voz sonaba hueca incluso para sus propios oídos—. Una coincidencia horrenda del destino. Thomas cayó por accidente. Lo que vi fue una sombra, nada más.
Albert lo observó con una mezcla de compasión y decepción.
—Puede que sea así, pero necesitaba contárselo a alguien, son demasiadas casualidades…
—Es lo que voy a creer —Arthur endureció la mandíbula—. Por Edmund. Por esta familia. No diremos nada de esto, ¿entiendes? Nunca.
El irlandés bajó la cabeza, derrotado.
—Como quiera, señorito Arthur.