La Villa de los Sueños Capítulo 19 1920 - La orden fatal
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Capítulo 19 1920 - La orden fatal

Se levantó del sofá y caminó hacia la ventana, observando los jardines oscuros de la villa.

En su estudio, Edmund yacía borracho atrapado en una pesadilla de la que quizás nunca despertaría.

Y Thomas… Thomas había muerto en aquellos acantilados hacía unos días, llevándose con él secretos de su hermano que Arthur desconocía.

Dos años. Edmund y Thomas habían mantenido aquella relación prohibida durante dos años en la villa, escondiéndose de todos, jugando a ser amigos inseparables mientras compartían algo que Arthur no conseguía comprender.

¿Cuánto tiempo más en Palestina? ¿Cuántas noches de guerra habían pasado juntos mientras él dormía en su tienda, ignorante de lo que sucedía?

La náusea le subió por la garganta. Se aferró al alféizar de la ventana.

Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba consejo, orientación, la certeza de que el mundo no se había vuelto completamente loco. Y solo había una persona en quien confiaba plenamente, un hombre que siempre había representado todo lo que Arthur aspiraba a ser.

Sir Reginald.

Encontró a su padre en el despacho, revisando documentos bajo la luz amarillenta de la lámpara de escritorio. Sir Reginald alzó la vista cuando Arthur llamó suavemente a la puerta.

—Arthur. Es tarde para seguir despierto.

—Necesito hablar con usted, padre.

Algo en el tono de su voz hizo que Sir Reginald dejara la pluma y se reclinara en su silla, estudiando a su hijo menor con atención renovada.

—Pasa. Cierra la puerta.

Arthur obedeció, moviéndose con la rigidez de un soldado hacia el tribunal. Se quedó de pie frente al escritorio, con las manos apretadas a los costados.

—¿Qué te perturba?

—Es sobre Edmund.

Sir Reginald suspiró, frotándose el puente de la nariz.

—Supongo que esto tiene que ver con sus arrebatos cada vez más frecuentes. Lo sé, Arthur. He observado cómo se destruye con la bebida desde que pasó el terrible accidente con vuestro amigo Thomas.

—Es más que eso, padre —Arthur titubeó, buscando las palabras correctas—. Es sobre… Thomas.

El nombre cayó entre ellos como una piedra arrojada a un pozo profundo. Sir Reginald se quedó inmóvil durante varios segundos.

—¿Qué pasa con Thomas?

—Edmund dijo que lo amaba —las palabras salieron atropelladas, desesperadas—. No como un hermano o un compañero de armas. Sé que suena absurdo, lo amaba de… de esa manera. La manera en que un hombre ama a una mujer.

Sir Reginald ni siquiera parpadeó. Su rostro se convirtió en una máscara impenetrable.

—¿Qué estás diciendo?

—Los vi. En una de las calas, días antes del siniestro —Arthur sintió cómo las palabras le quemaban la garganta—. Estaban… juntos. Besándose. Era asqueroso. Y luego Edmund me confesó que llevaban dos años así, escondiéndose en la villa, fingiendo delante de todos nosotros.

Sir Reginald se levantó de su silla y caminó hacia la ventana con las manos entrelazadas tras la espalda. No parecía muy sorprendido por esas noticias.

—¿Y qué hiciste cuando los descubriste?

—Les dije que eran unos enfermos. Que aquello era antinatural —Arthur tragó saliva—. Pero Edmund me suplicó que guardara el secreto por el bien de la familia. Así que acepté. Le dije que hablaría con Thomas, que todo estaría bien.

—¿Y fuiste a buscarlo?

—Sí. Estaba en los acantilados, mirando al mar. Yo solo quería… quería decirle que mantendría la boca cerrada, que no causaría problemas. Pero cuando llegué allí…

Arthur se detuvo, con la voz quebrada. Sir Reginald se volvió despacio, clavando en él esa mirada que tantas veces había usado para disciplinar a sus hijos.

—¿Qué pasó en los acantilados, Arthur?

—Creo que alguien lo empujó —susurró—. Lo vi caer. Gritó, y cayó, y…

—¿Viste quién lo empujó?

Arthur negó con la cabeza, sintiendo las lágrimas quemándole los ojos.

—Estaba lejos, todo fue muy rápido. Una sombra, nada más. Pero padre, no puedo dejar de pensar… no puedo dejar de preguntarme si Edmund tiene razón. Si no fue un accidente.

Sir Reginald regresó a su escritorio, sirviéndose un vaso de whisky con movimientos calculados. Le ofreció otro a Arthur, quien lo aceptó con manos temblorosas.

—Mi hijo —Sir Reginald bebió un sorbo largo—. ¿Sabes por qué los hombres como nosotros mantenemos el orden en este mundo?

Arthur negó, confundido por el cambio de tema.

—Porque entendemos que hay cosas que deben permanecer ocultas.

Verdades que destruirían el tejido mismo de la sociedad si salieran a la luz.

—Sir Reginald se acercó, colocando una mano firme sobre el hombro de Arthur—.

Lo que Edmund sentía por ese muchacho… eso era una enfermedad, Arthur.

Una debilidad que podría haber destruido el nombre de los Barrington para siempre.

—Pero Edmund sufre tanto, padre. Cada día se hunde más.

—El sufrimiento purifica. Edmund debe aprender a ser fuerte, a controlar esos impulsos antinaturales que casi lo arruinan —Sir Reginald apretó su hombro—. Hiciste bien manteniéndolo en secreto. Demostraste lealtad familiar, que es lo único que importa.

Arthur sintió cómo algo se aflojaba en su pecho. Las palabras de su padre eran el ancla que necesitaba, la confirmación de que había actuado correctamente.

—¿Cree que Edmund superará esto algún día?

—Los hombres fuertes siempre lo hacen. Solo necesita tiempo y disciplina. —Sir Reginald regresó a su silla—. Y necesita una esposa. Alguien que lo ate a la realidad, que lo obligue a cumplir con su deber.

—¿Una esposa?

—He estado considerando varias opciones. Necesita una muchacha hermosa con buen origen y bien educada —Sir Reginald bebió otro sorbo—. Un matrimonio así sería beneficioso para ambas familias.

Arthur se aferró a la lógica fría de su padre como un náufrago a un madero.

—Gracias, padre. Por escucharme. Por ayudarme a entender.

Sir Reginald compuso un gesto que pretendía ser cordial y no engañaba a nadie.

—Para eso estoy aquí, hijo mío. Para guiarte cuando el mundo te confunda.

Arthur abandonó el despacho sintiéndose más ligero, más seguro. Su padre tenía razón. Siempre la tenía.

Detrás de la puerta cerrada, Sir Reginald permaneció inmóvil durante largos minutos, con los dedos tamborileando sobre el escritorio.

* * *

El sol esa tarde convertía los jardines de la Villa Barrington en un mosaico de sombras verdes y doradas. Albert trabajaba entre los rosales, podando las ramas muertas con movimientos precisos que revelaban años de práctica. El sudor le corría por la frente, manchando su camisa de lino desgastada.

Los pasos sobre la grava lo alertaron antes de escuchar la voz.

—Rigby.

Albert se enderezó, limpiándose las manos en el pantalón. Sir Reginald caminaba hacia él con ese porte militar que nunca abandonaba, el bastón de marfil repiqueteando contra las piedras del sendero.

—Sir Reginald —saludó, quitándose el sombrero de paja.

—Necesito que me lleves a Mdina esta tarde. Tengo una reunión con ciertos hombres de negocios a las cuatro.

—Por supuesto, señor. Prepararé el Bentley.

Sir Reginald se detuvo junto a él, observando los rosales con esa mirada evaluadora que usaba para todo. Sacó un sobre grueso del bolsillo interior de su chaqueta y lo extendió hacia Albert.

—Esto es para ti.

Albert lo aceptó con cautela, sintiendo el peso inusual. Dentro había más billetes de los que había visto juntos en toda su vida.

—Señor, yo no…

—Es lo justo. Tómalo como un agradecimiento —Sir Reginald clavó sus ojos en él—. Por aquel servicio que te pedí hace unas semanas.

El estómago de Albert se contrajo. Recordaba perfectamente aquella conversación en este mismo jardín, cuando Sir Reginald le había ordenado vigilar a Edmund y a Thomas. Mantente atento a dónde van, qué hacen cuando creen que nadie los observa. Y me informas directamente, sin pasar por Roberts.

—Señor, lo que vi…

—Lo que viste permanecerá entre nosotros —la voz de Sir Reginald era de acero envuelto en terciopelo—. Nunca hablarás de ello con nadie. Ni con Edmund, ni con Arthur, ni siquiera con los otros sirvientes. ¿Entendido?

Albert sintió cómo el peso del sobre se convertía en plomo entre sus manos. Había visto a Edmund y Thomas besándose en los jardines, sus cuerpos entrelazados bajo la sombra de los setos. Se había sentido sucio espiándolos, como si hubiera profanado algo sagrado.

—Entendido, señor.

—Bien. Ya está solucionado.

Algo en el tono hizo que Albert levantara la mirada bruscamente. En el rostro de Sir Reginald había esa expresión de quien acaba de conseguir exactamente lo que quería.

—¿Señor?

—El joven Ashcombe ya no representa una amenaza para el honor de esta familia —Sir Reginald se volvió hacia la villa, contemplándola como un general observa su fortaleza—. Un accidente desafortunado.

Las palabras cayeron como piedras en el agua tranquila de un estanque. Albert sintió cómo se le helaba la sangre.

—Thomas cayó de los acantilados, señor. Fue un accidente.

—Por supuesto que lo fue —Sir Reginald lo miró de reojo—. Los acantilados son peligrosos, especialmente para jóvenes distraídos que pasean demasiado cerca del borde. Una tragedia. Pero la vida continúa.

Albert apretó el sobre entre sus dedos, deseando poder arrojárselo a la cara. Pero tenía familia en Irlanda que dependía de ese dinero, y refugiados políticos como él no podían darse el lujo de tener principios cuando Sir Reginald Barrington era su única protección contra la deportación.

—¿Nos entendemos, Rigby?

—Sí, señor.

—Excelente. —Sir Reginald dio media vuelta, dirigiéndose hacia la villa—. Recuerda. A las cuatro en punto. No llegues tarde.

Albert lo observó alejarse, sintiendo cómo el peso de lo no dicho le aplastaba el pecho. Guardó el sobre en su bolsillo y regresó a los rosales, pero las tijeras temblaban tanto entre sus manos que tuvo que dejarlas.

* * *