La Villa de los Sueños Capítulo 18 1930 - El nuevo pretendiente
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Capítulo 18 1930 - El nuevo pretendiente

Dos semanas después de aquel encuentro fortuito en los jardines de Upper Barrakka, un vehículo desconocido ascendía por el sendero serpenteante hacia la Villa Barrington.

Raj ocupaba el asiento trasero, impecablemente vestido con un traje de lino blanco que contrastaba elegantemente con su piel dorada.

Entre sus manos sostenía un ramo de peonias rosadas, las flores favoritas de Beatrice según había averiguado discretamente a través de sus contactos en La Valeta.

El chófer detuvo el vehículo frente a la entrada principal, donde Roberts aguardaba con la postura erguida que reservaba para las ocasiones más formales. El mayordomo había pulido cada detalle del vestíbulo hasta conseguir que los mármoles reflejaran la luz como espejos líquidos.

Sir Reginald, que aún no se había trasladado definitivamente a Londres, recibió al joven diplomático en su despacho, rodeado de mapas militares y retratos familiares que narraban siglos de prestigio aristocrático.

La conversación fluyó con la facilidad de dos hombres educados en las mismas tradiciones de cortesía imperial.

Raj habló de su formación en Oxford, de sus responsabilidades como representante cultural del Raj británico, y de su profundo respeto por las familias que habían forjado el imperio desde tierras tan lejanas como Malta.

—Mi padre gobierna el estado de Marawar desde hace tres décadas —explicó Raj, con la dignidad contenida que caracterizaba cada uno de sus gestos—.

Nuestra familia ha mantenido alianzas sólidas con la Corona británica durante generaciones.

Considero que el entendimiento cultural entre nuestros pueblos representa el futuro más prometedor para el imperio.

Sir Reginald asintió con aprobación creciente.

Aquel joven no solo poseía una educación impecable y una posición social respetable, sino que además comprendía perfectamente las complejidades políticas que definían su época.

Para un padre con ambiciones, Raj representaba una alianza ventajosa que fortalecería los vínculos de los Barrington con las colonias más prósperas del imperio.

—Su perspectiva resulta verdaderamente refrescante, señor Rathore —declaró Sir Reginald, sirviéndose un whisky mientras evaluaba al que ya veía como pretendiente—. Beatrice siempre ha mostrado un interés genuino por las culturas orientales desde muy joven.

El té vespertino se sirvió en la terraza principal, donde Beatrice apareció radiante con un vestido de seda azul cielo que realzaba el brillo dorado de su cabello recién peinado.

Violet la acompañaba, observando con curiosidad mal disimulada cada intercambio entre su cuñada y el elegante diplomático.

Durante dos horas, Raj desplegó todo su encanto aristocrático.

Recitó versos de Rumi en persa antes de traducirlos al inglés, describió las tradiciones musicales de Rajastán con una pasión que iluminaba sus ojos color miel, y compartió anécdotas de sus viajes por Europa que mantenían a Beatrice completamente cautivada.

Cuando el sol comenzó a declinar sobre el horizonte mediterráneo, Raj se despidió con las reverencias apropiadas. Sir Reginald lo acompañó hasta el coche, estrechándole la mano con calidez genuina.

—Espero que nos honre con su presencia nuevamente muy pronto —declaró el patriarca—. He decidido trasladarme definitivamente a Londres en unos días, pero supongo que ya tendremos oportunidad de coincidir de nuevo. Será un placer continuar nuestras conversaciones sobre el futuro del imperio.

Esa noche, después de que Sir Reginald se retirara a sus aposentos, Beatrice irrumpió en la biblioteca donde Arthur y Violet compartían una partida de ajedrez junto a la chimenea. Su rostro irradiaba una felicidad tan intensa que parecía iluminar toda la estancia.

—No puedo fingir compostura ni un segundo más —susurró, dejándose caer en el sofá de terciopelo verde—. Estoy perdidamente enamorada de él. Irremediablemente enamorada.

Arthur alzó la vista del tablero, sonriendo ante la efusividad de su hermana.

—¿Tanto impacto ha causado el señor Rathore en una sola tarde?

—Arthur, ese hombre es extraordinario —declaró Beatrice, con los ojos brillando como estrellas—. Inteligente, culto, sensible… Cuando recita poesía, siento que mi corazón se detiene. Y cuando me mira… Dios mío, cuando me mira siento que podría conquistar el mundo entero.

Violet abandonó la partida para sentarse junto a Beatrice, tomando sus manos entre las suyas.

—¿Estás completamente segura de estos sentimientos, querida?

—Violet, jamás había experimentado nada igual —confesó Beatrice—. Es como si hubiera estado esperándolo toda mi vida sin saberlo. Incluso padre ha estado encantado con él. Sé que suena ridículo después de conocerlo apenas unos días, pero estoy absolutamente convencida de que él es mi destino.

En ese momento, Edmund pasó por el pasillo arrastrando los pies, con una botella de brandy bajo el brazo. Ni siquiera se molestó en asomarse a la biblioteca, ajeno a los asuntos románticos que mantenían despierta a su hermana.

Beatrice suspiró, sabiendo que el sueño no visitaría sus ojos en toda la noche.

* * *

Arthur salió del club St. George tambaleándose ligeramente, con el whisky aún calentándole la garganta y los pensamientos turbios por las conversaciones vacías con conocidos que apenas recordaría al amanecer.

La noche había caído sobre La Valeta como un velo de terciopelo oscuro, y las farolas del puerto proyectaban reflejos dorados sobre las aguas quietas del Mediterráneo.

Caminó sin rumbo fijo, dejando que sus pies lo guiaran hacia los bastiones que miraban al mar. Necesitaba aire fresco, espacio para respirar lejos de la villa y de todo lo que representaba.

Fue entonces cuando lo vio.

Raj permanecía de pie junto a la muralla, perfectamente erguido, contemplando el horizonte con esa quietud característica que Arthur había notado durante el té vespertino unos días antes.

La brisa nocturna agitaba levemente su cabello negro, y en sus manos sostenía lo que parecía ser un libro de poesía encuadernado en cuero.

—Señorito Barrington —saludó Raj al notar su presencia, cerrando el volumen con delicadeza—. No esperaba encontrar compañía a estas horas.

—Ni yo —respondió Arthur, acercándose hasta la muralla—. Aunque debo confesar que la soledad me resulta especialmente pesada esta noche.

Raj lo estudió un momento, esos ojos color miel evaluando con la precisión de alguien entrenado para leer más allá de las palabras.

—Conozco un lugar cercano bastante distinguido —propuso, guardando el libro en el bolsillo interior de su chaqueta—. Sirven excelente coñac francés y tienen una selección de puros cubanos que rivalizan con los mejores de Londres. Permítame invitarlo a una última copa.

El establecimiento resultó ser exactamente lo que Raj había prometido: discreto, elegante, frecuentado por diplomáticos y oficiales de alto rango que buscaban conversaciones profundas lejos de miradas indiscretas.

Se acomodaron en butacas de cuero junto a una ventana que daba al puerto, mientras un camarero silencioso les servía Rémy Martin en copas de cristal tallado y les ofrecía una caja de puros Cohíba.

Durante varios minutos, ambos fumaron dejando que el tabaco fragante y el alcohol crearan esa complicidad tácita que solo existe entre hombres que comprenden el peso de cargar con demasiadas expectativas.

—¿Su padre, Sir Reginald, sospecha algo de mis intenciones hacia su hija? —preguntó Raj finalmente, con la cautela de quien camina sobre hielo delgado.

Arthur exhaló una larga columna de humo antes de responder.

—Mi padre lo respeta enormemente, señor Rathore. Lo considera un pretendiente apropiado. Pero debo advertirle algo.

Raj esperó, sosteniendo su copa sin beber.

—Estar ligado a la familia Barrington significa aceptar dolor, secretos y sacrificio —continuó Arthur, mirándolo directamente—. No somos la familia perfecta que aparentamos durante los tés vespertinos. Arrastramos dramas que envenenan todo lo que tocamos.

El diplomático cabeceó despacio, como si esas palabras confirmaran algo que ya intuía.

—Comprendo más de lo que imagina —dijo Raj—. Yo también enfrento una encrucijada. Hay presiones familiares que me empujan en direcciones opuestas a lo que mi corazón desea.

No ofreció más detalles, pero Arthur percibió el conflicto genuino en su voz.

—Algunos hombres nacen libres, Raj —declaró Arthur, usando su nombre de pila por primera vez—. Otros deben luchar por serlo. ¿Cuál es usted?

Raj bebió un sorbo largo de coñac, sosteniendo el líquido ámbar contra la luz de la lámpara antes de responder.

—Estoy a punto de descubrirlo.

* * *

Unas noches después, el cielo parecía un espejo líquido que reflejaba las estrellas.

Raj Kumar Arjun Singh Rathore permanecía inmóvil junto al extremo del muelle, con la carta a su padre doblada dentro del bolsillo interior de su chaqueta.

Las palabras que había escrito le quemaban contra el pecho como brasas: Padre, he encontrado mi propio camino.

Perdóname por decepcionar tus expectativas, pero no puedo vivir la vida que has diseñado para mí.

Aún no la había enviado. Quizás nunca lo haría.

El crujido de pasos sobre la madera del embarcadero rompió el silencio.

Violet apareció primero, con Beatrice unos pasos detrás, ambas envueltas en chales de seda que la brisa nocturna agitaba como alas.

Arthur había cumplido su palabra, preparando ese encuentro clandestino con la precisión de una operación militar.

—Señor Rathore —saludó Violet, con ese brillo particular en los ojos reservado para él—. Qué coincidencia encontrarlo aquí.

—Lady Violet —respondió Raj con una reverencia—. La noche es demasiado hermosa para desperdiciarla en interiores.

Beatrice permaneció callada, pero sus ojos azules brillaban con la luz reflejada del mar. Llevaba un vestido de gasa color marfil que la hacía parecer una aparición etérea bajo la luna.

—Creo que el aire nocturno me ha sentado mejor de lo esperado —anunció Violet, retrocediendo hacia la villa—. Regresaré a mis aposentos. Beatrice, no tardes demasiado.

La dejó sola con Raj, desapareciendo entre las sombras del jardín como una conspiradora satisfecha.

Raj extendió su mano sin decir nada más, y Beatrice la tomó sin dudarlo. Caminaron juntos hacia el final del embarcadero, donde el Mediterráneo se extendía infinito bajo las estrellas, y el mundo parecía reducirse únicamente a ese punto suspendido entre tierra y agua.

—Hay algo que debo confesarle —comenzó Raj, sin soltar su mano—. Mi familia me presiona para contraer matrimonio con una princesa de una casa aliada. Es una alianza política que fortalecería el estado de Marawar.

Beatrice apretó sus dedos, pero no habló.

—Debo tomar una decisión pronto —continuó, mirándola directamente—. Mi padre espera mi regreso a India en menos de dos semanas.

—Entonces no vuelva —declaró Beatrice con esa impetuosidad característica que desafiaba toda convención—. La vida es demasiado corta para vivir una mentira, Raj. Demasiado preciosa para desperdiciarla cumpliendo expectativas ajenas.

Raj le tomó ambas manos, sosteniéndolas contra su pecho donde latía su corazón desbocado.

—Nunca imaginé que podría sentir algo así —confesó, con la voz quebrándose apenas—. He vivido toda mi existencia interpretando un papel diseñado por otros. Pero usted… usted me ha cambiado. Me ha mostrado que existe otra forma de vivir.

—Entonces vívala —susurró Beatrice, acercándose hasta que sus rostros quedaron separados por apenas un aliento—. Vívala conmigo.

Raj la besó bajo la luna, con la urgencia de quien sabe que está cruzando un punto sin retorno.

El beso fue profundo, cargado con el peso de todas las decisiones que implicaba, con la certeza de que ese momento los marcaría para siempre.

Cuando finalmente se separaron, Raj apoyó su frente contra la de ella, respirando entrecortadamente.

—Cásese conmigo, Beatrice —pidió, con la solemnidad de quien pronuncia un voto sagrado—. Aunque eso signifique enfrentar el rechazo de mi familia. Aunque signifique perderlo todo.

—Sí —respondió ella sin dudarlo, sin calcular consecuencias, con esa valentía absoluta que solo poseen quienes aún no conocen completamente el precio del amor—. Mil veces sí.

Se abrazaron bajo las estrellas, conscientes de que habían sellado su destino con ese compromiso.

La felicidad que los inundaba era real, tangible, brillante como la luna sobre el mar.

Pero ambos sabían, en algún rincón silencioso de sus corazones, que esa luz tendría sombras.

Que el precio de elegir su propio camino sería más alto de lo que aún podían medir.

Por ahora, sin embargo, solo existía el momento: el Mediterráneo cantando contra los pilares del embarcadero, la brisa cargada de sal y promesas, y dos corazones latiendo al unísono contra todas las fuerzas que intentaban separarlos.