La Villa de los Sueños Capítulo 16 2025 - Ecos de culpa #4
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Capítulo 16 2025 - Ecos de culpa #4

Había descubierto las cápsulas del café y las examinaba con fascinación científica, sosteniéndolas contra la luz matutina que se filtraba por la ventana.

—Ah, aquí está el café. Encerrado en estas… ¿Latas minúsculas de metal? ¿Qué clase de invento es este?

Con la determinación de un arqueólogo, Edmund tomó un destornillador cercano y comenzó a atacar una cápsula, intentando extraer el café molido. El contenido se desparramó por toda la superficie mientras él gruñía de satisfacción.

—¡Por fin! Ahora solo necesito agua caliente y…

Se detuvo al notar la presencia de Lily en el umbral. Sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo con esa mirada aristocrática que había perfeccionado en vida, como si evaluara a una nueva criada.

—¿Se va a quedar ahí plantada toda la mañana, señorita Carter, o va a ayudarme con este maldito artilugio del demonio a preparar el desayuno?

Lily abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua. Su cerebro se negaba a procesar la situación.

—Tú… tú no puedes estar aquí. Estás…

—¿Muerto? —Edmund dejó el destornillador y se cruzó de brazos—. Sí, bueno, ese es un detalle menor. Lo importante ahora es que necesito un café decente y la villa hoy día parece estar gestionada por lunáticos. ¿Dónde está el servicio competente aparte de usted?

—¿El servicio? —Lily encontró su voz, aunque salió como un chillido—. ¡No hay servicio! ¡Esto es una obra! ¡Y tú eres un fantasma, no eres real!

Edmund la miró con el desdén reservado para empleados particularmente obtusos.

—Fantasma es una palabra muy dramática, señorita. Prefiero ‘temporalmente desplazado’. Y francamente, después de casi un siglo esperando un café decente, creo que merezco un poco de consideración.

Señaló la cafetera con aire imperioso.

Lily se quedó plantada en el umbral, dividida entre la incredulidad absoluta y una irritación creciente que no sabía si dirigir contra Edmund o contra su propia cordura.

Esto tenía que ser un sueño, el más vívido y frustrante de todos.

Pero el frío del mármol bajo sus pies descalzos se sentía demasiado real, y el aroma del café derramado llenaba sus fosas nasales con una intensidad que ningún sueño podía replicar.

—Está bien —dijo entre dientes, acercándose a la máquina—. Si esto es una pesadilla, mejor que termine pronto.

Tomó una cápsula nueva, la insertó en la máquina y pulsó el botón para hacer un café expreso. El rugido familiar de la máquina rompió la calma de la mañana.

Edmund retrocedió como si hubiera presenciado un milagro, sus ojos grises abiertos de par en par.

—¡Por todos los santos! ¿Cómo funciona esto? —Se agachó para examinar la base del aparato, buscando desesperadamente alguna fuente de calor—. ¿Dónde están las llamas? ¿El carbón? ¿De dónde sale el vapor?

—Electricidad —dijo Lily, observando cómo el café negro goteaba en la taza—. Se llama electricidad.

—¿Electricidad para calentar un café? —Edmund siguió inspeccionando la máquina como si fuera un artefacto de otro planeta—. Esto es brujería pura.

El café terminó de gotear y Lily le entregó la taza. Edmund la tomó con reverencia, inhaló el aroma y dio un sorbo cauteloso. Su expresión se transformó en algo parecido a la adoración.

—Dios mío, esto es… esto es excelente. Casi compensa el ruido infernal que ha plagado mi villa durante semanas.

—No es tu villa —replicó Lily automáticamente.

—Por supuesto que es mi villa. Y hablando de ruidos, ese capataz conocido suyo, el grosero, es particularmente ofensivo. ¿Cuándo planean casarse?

—¿Casarnos? —La voz de Lily subió una octava—. ¡No vamos a casarnos! ¡Ni siquiera somos pareja!

Edmund la miró con el ceño fruncido, como si hubiera admitido algo escandaloso.

—¿Cómo que no son pareja? ¿Entonces cómo permite que ese hombre pase tanto tiempo a solas con usted? Sin dama de compañía… —Dejó la taza con un golpe que resonó por toda la habitación—. ¡Van a pensar que es usted una mujer de mala vida!

—¡¿Una qué?! —Lily sintió que su temperatura corporal se elevaba peligrosamente—. ¡No necesito alcahueta! ¡Estamos en 2025, no en 1930!

Edmund ignoró su protesta y comenzó a hojear una revista de decoración que Lily había dejado sobre la superficie de trabajo. Sus comentarios se volvieron progresivamente más despectivos mientras pasaba las páginas.

—Qué horror. Mire este sofá, parece un saco de dormir gigante. ¿Y esta mesa? —¿De qué madera de color rosa está hecha? —Señaló una imagen de un diseño minimalista escandinavo—. En mis tiempos, los muebles tenían clase, personalidad. Esto parece el interior de un hospital para locos.

Un pitido agudo interrumpió su crítica. El móvil de Lily se había iluminado con un mensaje entrante. Edmund se quedó petrificado, observando la pantalla brillante como si se acabara de materializar el mismísimo demonio.

—¿Qué es eso? —Su voz bajó a un susurro reverencial—. ¿Es una máquina de telegramas? Pero… ¿Dónde están los cables? ¿Cómo llegan los mensajes?

Lily miró la pantalla y su corazón se detuvo. El mensaje era de Chris: “Llegamos en 10 minutos. Espero que ya estés despierta.”

Diez minutos. Chris y todo su equipo llegarían en diez minutos y Edmund seguía allí, sólido como cualquier persona viva, preparado para crear el caos más monumental de la historia de las obras.

—Tienes que irte —susurró Lily, sintiendo pánico genuino—. Ahora mismo. Chris viene con sus hombres y…

—¿Irme? —Edmund se irguió con toda su arrogancia aristocrática—. Esta es mi casa, señorita Carter. Si alguien debe irse, es ese capataz impertinente y sus ruidos molestos.

Un sonido de un motor diésel resonó desde el camino de acceso. Demasiado tarde. Los obreros habían llegado antes de tiempo.

Lily miraba desesperadamente a su alrededor. Edmund había desaparecido de repente como si nunca hubiera estado allí, pero las pruebas de su presencia permanecían: la taza de café humeante, el café derramado sobre la superficie de trabajo, las cápsulas destrozadas esparcidas por todas partes.

Los pasos pesados de Chris resonaron en el vestíbulo, seguidos por las voces de sus trabajadores. Lily corrió hacia el salón, recogió la toalla que cubría el murciélago muerto y la lanzó detrás de un sofá cubierto con una sábana.

—¡Lily! —La voz de Chris atravesó la villa como un trueno—. ¿Qué coño ha pasado aquí?

Se quedó plantado en el umbral del salón, con las manos en las caderas y una expresión que mezclaba incredulidad con algo parecido a la furia.

Sus ojos recorrieron los cristales esparcidos, el agujero perfecto en la ventana recién instalada, los restos de la bombilla que colgaba del techo como un esqueleto de vidrio.

—Ha sido… una noche larga —dijo Lily, intentando sonar casual mientras apartaba algunos fragmentos con el pie.

—¿Una noche larga? —Chris avanzó hacia el centro del salón, esquivando los cristales—. ¿Qué clase de noche larga incluye reventar bombillas y romper ventanas? ¿Has montado aquí una fiesta ilegal?

Detrás de él, Mario y Giuseppe intercambiaron miradas significativas. Nunca habían visto a su jefe tan alterado por los desperfectos de una obra.

—No es lo que parece. Hubo un… accidente. Un murciélago entró por la ventana y…

—¿Un murciélago? —Chris se rio con amargura—. ¿Un murciélago que maneja explosivos?

Se dirigió hacia la cocina improvisada, donde el desastre era aún más evidente. Al ver las dos tazas de café, una vacía y otra aún humeante, se detuvo en seco.

—Ah, claro. Ya entiendo la situación.

Su voz había bajado a un tono peligrosamente tranquilo mientras tomaba la taza caliente entre sus manos.

—Has estado de fiesta con tu amiguito Edmund toda la noche, ¿verdad?

Lily sintió que la sangre se le subía a la cabeza.

—¿Mi amiguito Edmund? ¿De qué hablas?

—El tipo que mencionó el crío ayer. El que ahora vive aquí contigo, aparentemente. —Chris comenzó a revisar los armarios improvisados, abriendo puertas con golpes secos—. ¿Dónde se ha metido? ¿En el baño? ¿Escondido detrás de las cortinas?

—¡Estás completamente loco!

—¿Loco? —Chris se volvió hacia ella con los ojos brillando de una forma que Lily no había visto antes—. Dos tazas de café recién hecho, cristales por todas partes, tú con esa cara de resaca… ¿Qué conclusión quieres que saque?

Mario y Giuseppe habían dejado de trabajar, observando el espectáculo con fascinación. El gran Chris Bennett, que nunca perdía los nervios con nadie, estaba comportándose como un adolescente celoso.

—¡Para tu información, machirulo de mierda! —Lily se plantó las manos en las caderas—. Si yo quisiera liarme con Edmund o con quien me diera la gana, a ti no te importaría nada. ¡No tenemos nada juntos!

—¿Machirulo? —La voz de Chris subió una octava—. ¿Por preocuparme porque mi compañera de trabajo está destrozando la obra que compartimos?

—¡Tu compañera de trabajo no te debe explicaciones sobre su vida privada!

—¡Cuando afecta al proyecto, sí!

Los trabajadores se habían quedado inmóviles, boquiabiertos ante el intercambio. Giuseppe le susurró algo a Mario en italiano sin apartar los ojos del espectáculo, en la discusión, como si estuvieran viendo una telenovela.

—¡Sabes qué! —Chris arrojó la taza a un cubo que hacía de fregadero improvisado, donde se estrelló con un ruido seco—. Haz lo que te dé la gana. Pero cuando tu noviete rompa más cristales borracho, tú te haces cargo de los gastos y le das las explicaciones pertinentes a Chiara.

Salió del salón con pasos que retumbaron por toda la villa. La puerta principal se cerró con un portazo que hizo temblar las ventanas restantes.

Lily se quedó en medio del desastre, con las mejillas ardiendo y el corazón latiendo como un tambor de guerra. Los trabajadores la miraban con una mezcla de compasión y curiosidad mal disimulada.

—Bueno —dijo Mario en su inglés fracturado—. El jefe está… ¿Cómo se dice? ¿Jealous?

—Celoso —corrigió Giuseppe, asintiendo sabiamente—. Muy celoso.

—¡No está celoso! —protestó Lily—. ¡Está siendo un idiota!