Capítulo 16 2025 - Ecos de culpa #3
—Espíritus de esta casa, mostraros. Hablad a través de quienes pueden escucharos.
El aire se espesó. Las velas parpadearon violentamente y una de ellas se apagó con un siseo. Mattew apretó la mano de Lily con fuerza, temblando.
—Está… está viniendo.
La respiración de Caterina se volvió pesada, laboriosa. Cuando habló, su voz infantil había desaparecido, reemplazada por un acento inglés aristocrático que helaba la sangre.
—¿Dónde… dónde están todos? ¿Roberts? ¿Florence?
Lily sintió que el mundo se tambaleaba. Era la misma voz de sus sueños, pero ahora salía de los labios de una niña maltesa.
—¿Cómo te llamas?
—Edmund, ¿quién… quién habla? No reconozco esa voz.
—Soy Selene. Estás en tu casa, pero han pasado muchos años.
—Imposible. Acabo de… de hablar con Arthur esta mañana. ¿Dónde está mi hermano? ¿Y Beatrice? ¿Por qué está todo tan silencioso?
Los ojos de Caterina se movían erráticamente, como si buscara algo que no podía encontrar. Lily sentía que su corazón latía tan fuerte que pensó que todos podrían escucharlo.
—Bienvenido Edmund, ¿ves a la joven que está frente a ti?
La mirada vidriosa de Caterina se fijó en Lily con una intensidad que la hizo encogerse.
—¿Eliza? ¿Qué haces aquí tan tarde? Padre se enfadará si te encuentra vagando por la casa a estas horas.
—No soy Eliza. Soy… soy Lily.
—No, no. Tienes sus mismos ojos, su misma… ¿Pero por qué vistes esas ropas extrañas? ¿Qué le has hecho a tu cabello?
Selene se inclinó hacia delante, su voz suave pero penetrante.
—Edmund, ¿esta joven se parece a alguien de tu familia?
—Es nuestra hermanastra. La hija bastarda de padre. Pobrecilla Eliza, siempre tan sola, siempre buscando un lugar donde pertenecer.
Las palabras cayeron como piedras. Lily sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Tu hermanastra?
—Sí, la hija de Martha Jennings. Padre la trató terriblemente, pero nosotros… nosotros la acogimos como familia. ¿Verdad, Eliza? ¿Recuerdas cómo te protegimos?
Selene estudió el rostro pálido de Lily con la intensidad de alguien que descifraba un enigma ancestral.
—Edmund, esta joven no es Eliza. Podría ser su descendiente.
La postura de Caterina se irguió bruscamente, como si una corriente eléctrica hubiera atravesado su pequeño cuerpo. A través de sus labios, la voz de Edmund se volvió áspera, cargada de una emoción que parecía desgarrar el aire.
—Ahora lo veo, es su nieta. Pero…
¿Cómo
Se detuvo abruptamente, las palabras muriendo en la garganta de Caterina. Sus ojos vidriosos se llenaron de confusión.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Qué año es?
—2025, Edmund. Han pasado casi cien años desde lo que cuentas.
Un gemido ronco escapó de los labios infantiles, un sonido tan desgarrador que Lily se encogió. Mattew apretaba su mano con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos.
—¿Cien años? No, eso es imposible. Solo estoy esperando. Esperando que Thomas regrese de su paseo por los acantilados.
Selene intercambió una mirada significativa con Lily antes de continuar.
—Edmund, Thomas no va a regresar. ¿Recuerdas qué le pasó?
El cuerpo de Caterina comenzó a temblar violentamente. Su respiración se volvió errática, como si luchara contra algo invisible.
—No… no quiero recordar. Thomas fue al acantilado y luego… luego gritaron. Arthur gritó. Había sangre en las rocas, y Thomas… Thomas no respiraba.
La voz se quebró en un sollozo que sonaba extraño viniendo de una niña.
—Pero no fue un accidente, ¿verdad? Él… él lo mató. Quería que desapareciera porque nosotros… porque él y yo…
—¿Quién lo mató, Edmund?
—¡No! ¡No puedo! Si lo recuerdo completamente, entonces será real. Y no puede ser real porque Thomas prometió que volveríamos a Londres juntos. Prometió que encontraríamos una manera de estar juntos.
Caterina comenzó a convulsionar, sus pequeñas manos aferrándose al aire como si buscara algo que no podía alcanzar. Su rostro se contorsionó en una expresión de agonía que no pertenecía a sus años.
—Edmund, tienes que recordar la verdad para poder descansar.
—¡No quiero descansar! ¡Quiero que Thomas regrese! ¡Quiero que todo vuelva a ser como antes!
Mattew saltó hacia delante con una agilidad inesperada, rompiendo el círculo al agarrar a su hermana por los hombros.
—¡Caterina! ¡Déjala… en paz!
El movimiento fracturó la energía concentrada como un cristal al estrellarse contra el suelo. Caterina se desplomó contra su hermano, jadeando y temblando, mientras sus ojos recuperaban lentamente su inocencia habitual.
En ese preciso instante, Selene entró en trance, su cabeza cayendo hacia atrás mientras sus ojos se ponían en blanco. Un gemido gutural escapó de su garganta, como si algo antiguo y doloroso hubiera tomado posesión de ella.
La bombilla de la habitación, apagada hasta ese momento, empezó a brillar con una luz cada vez más intensa, hasta que explotó con un estruendo.
Lily dio un salto mientras las chispas de cristal se dispersaban, brillando un instante como estrellas fugaces.
Inmediatamente después, el sonido de cristales haciéndose añicos resonó desde detrás de los presentes.
Un murciélago negro atravesó la ventana recién reparada en una cascada de fragmentos brillantes, sus alas desplegadas en un vuelo errático y desesperado.
El animal se estrelló contra el suelo de mármol en el centro exacto donde habían estado las cartas del tarot, sus pequeñas extremidades retorciéndose una vez antes de quedar inmóvil.
Las velas restantes parpadearon y se apagaron una por una, como si la villa entera hubiera contenido la respiración, dejando únicamente la luz de la luna filtrándose a través del agujero irregular en el cristal.
Selene levantó la cabeza, sus ojos volviendo a enfocar con dificultad. Cuando habló, su voz temblaba con una preocupación profunda.
—Esto no debería haber pasado. Romper el círculo de esa manera… deja las cosas a medias. Cabos sueltos. Energías sin resolver.
Miró el murciélago muerto con expresión sombría.
—Los espíritus no pueden regresar a donde pertenecen cuando se interrumpe bruscamente la comunicación. Edmund sigue aquí, pero ahora está más confundido que antes, más presente.
Lily observó los cristales esparcidos por el suelo, el animal muerto, la ventana rota que dejaba entrar la brisa nocturna de Malta. Su cuerpo temblaba incontrolablemente.
* * *
A la mañana siguiente, los fragmentos de cristal aún brillaban como diamantes dispersos sobre el mármol del salón principal.
Todos se habían marchado hacía horas y Lily permanecía inmóvil en su cama provisional del cuarto del piso superior, observando cómo los rayos del sol creaban pequeños arcoíris al entrar en contacto con las partículas de polvo.
Había conseguido dormir unas pocas horas sin pesadillas, sin Edmund susurrándole secretos desde las sombras, sin voces del pasado reclamando su atención.
Un milagro, considerando la intensidad de la sesión con Selene.
Cuando todos se habían marchado la noche anterior, ella había barrido los cristales más grandes y cubierto el murciélago con una toalla, pero el resto del desastre seguía ahí, esperando una explicación que no existía.
¿Cómo iba a justificar ante Chris que una bombilla había explotado sola?
¿Que la ventana recién instalada tenía ahora un agujero perfectamente redondo?
¿Y que había un murciélago muerto en el centro del salón, formando una mancha oscura de sangre que parecía una firma en el recién pulido mármol blanco?
El sol ascendía rápidamente, calentando su rostro y devolviendo cierta normalidad al mundo. Los sucesos de la noche anterior se difuminaban con la luz del día, volviéndose menos reales, más distantes. Casi podía convencerse de que había sido un sueño particularmente vívido.
Estaba considerando levantarse para preparar café y enfrentar las explicaciones inevitables cuando un ruido la detuvo. Algo se movía en una habitación del piso inferior, el espacio que Chris y ella habían improvisado como cocina provisional para los trabajadores.
Se incorporó, aguzando el oído. El sonido llegaba otra vez: pasos suaves pero deliberados, como si alguien se moviera con cuidado entre los suministros abajo. Lily frunció el ceño. Chris y su equipo no llegaban hasta las ocho, y apenas eran las siete y media.
Un tintineo metálico siguió a los pasos, como si alguien manipulara herramientas o utensilios. Después, el inconfundible sonido de agua corriendo y el golpe sordo de algo pesado contra la superficie de trabajo.
Lily se puso en pie con cautela, descalza sobre el mármol frío. Su corazón comenzó a latir más rápido mientras bajaba la escalera y se acercaba a la habitación.
—Maldita sea esta invención del demonio…
La voz de Edmund flotaba desde la cocina improvisada, cargada de frustración aristocrática. Lily se asomó por el marco de la puerta y casi se desmayó.
Allí estaba él, tan sólido y real como cualquier persona viva, vestido con una camisa blanca arrugada y chaleco oscuro, manipulando torpemente la cafetera de cápsulas como si fuera un artefacto alienígena.
Su cabello oscuro caía sobre la frente mientras examinaba el aparato con el ceño fruncido, girándolo en todas las direcciones posibles.
—¿Dónde diablos está la tetera? ¿Y el fogón?
Edmund había logrado abrir varios armarios improvisados, dejando un rastro de destrucción entre latas de pintura y herramientas.
Sobre la superficie de trabajo se amontonaban objetos que claramente lo desconcertaban: una lata de capuchino instantáneo que sostenía como si contuviera explosivos, otra verde de té matcha que había alejado con evidente desconfianza.
—Esto debe ser veneno para ratas —dijo, empujando el matcha hacia un rincón—. ¿Qué clase de almacén es este?
Lily se pellizcó el brazo con fuerza. El dolor fue real, inmediato. No estaba soñando. Edmund Barrington, muerto desde hace décadas, estaba intentando prepararse un café en su cocina provisional del siglo XXI a pie de obra.