Capítulo 16 2025 - Ecos de culpa #2
Se detuvo frente al ventanal del salón principal, observando cómo el sol teñía de dorado los jardines.
Quizás la muerte de su madre Elsie la había afectado más profundamente de lo que quería admitir.
Quizás necesitaba ayuda profesional. O quizás debían encerrarla directamente en un hospital psiquiátrico antes de que perdiera completamente la cordura.
Con manos temblorosas, marcó el número de Chiara. Los tonos sonaron una, dos, tres veces antes de que una voz adormilada respondiera.
—¿Lily? Dios mío, son las siete y media de la mañana. ¿Estás bien?
—Chiara, perdona que te despierte, pero necesito preguntarte algo sobre la villa. Sobre la gente que trabajó aquí hace… digamos, cien años.
Un suspiro somnoliento llegó desde el otro lado de la línea, seguido del murmullo de otra voz femenina preguntando qué pasaba.
—Lily, cariño, no tengo ni idea de quién trabajó ahí hace un siglo. No conozco ningún registro de personal de hace décadas, y mi abuelo Arthur nunca habló mucho del servicio. ¿Por qué me preguntas esto tan temprano?
—Es que… encontré algunas cosas y… da igual. Siento haberte despertado.
—¿Estás segura de que estás bien? Suenas alterada.
—Estoy bien. Vuelve a dormir.
Colgó antes de que Chiara pudiera insistir.
Sus dedos vacilaron sobre la pantalla del móvil antes de buscar otro número, uno que había guardado años atrás cuando Elsie aún vivía.
Margaret Whitmore. La amiga de toda la vida de su madre, una mujer que conocía mejor que nadie la historia familiar de los Carter.
—¿Lily? Querida, qué sorpresa escucharte, aunque sea tan temprano.
—Hola, Margaret. Siento la hora, pero necesito preguntarte algo sobre nuestra familia. Sobre mi abuela.
—¿Eliza? Ay, cariño, hace años que no pienso en la pobre Eliza Jennings.
El corazón de Lily se detuvo. Margaret había dicho el nombre completo sin que ella lo mencionara.
—¿Jennings? ¿Ese era su apellido de soltera?
—Por supuesto, querida. Tu madre te contó mil veces la historia cuando eras pequeña.
Eliza Jennings era una muchacha que trabajó de criada en Malta antes de volver a Londres y conocer a tu abuelo George Carter.
Una historia romántica, aunque algo trágica como todo en aquellos tiempos.
La pobre había tenido una vida muy dura antes de encontrar el amor.
Las palabras de Margaret resonaban en su cabeza como campanas funerarias. Lily se dejó caer en una silla, las piernas de repente incapaces de sostenerla.
—¿En Malta? ¿Estás segura?
—Completamente. Yo la conocí cuando era joven, aunque la pobre ya estaba muy mayor.
Por aquel entonces tu madre y yo aún éramos inseparables.
Solía contarnos historias que nos fascinaban a las dos.
Decía que había trabajado para una familia muy importante, gente con títulos y dinero.
Solo recuerdo que había sido muy infeliz hasta que conoció a George.
Lily cerró los ojos, sintiendo cómo el mundo se tambaleaba bajo sus pies. Demasiadas coincidencias. Demasiados detalles que encajaban perfectamente con los sueños, con las apariciones, con esa sensación de familiaridad que había sentido desde el primer momento en la villa.
—Margaret, ¿sabes el nombre de esa familia?
—No, querida. Esos detalles se perdieron con el tiempo. Pero recuerdo que tu abuela siempre decía que Malta la había cambiado para siempre, tanto para bien como para mal.
Después de colgar, Lily permaneció inmóvil en la silla, procesando la información. Ya no podía negarlo. Ya no podía convencerse de que todo era producto de su imaginación traumatizada.
La idea de llamar a Selene ya no le parecía tan descabellada. Era desesperado, sí, pero necesitaba respuestas. Necesitaba entender qué estaba pasando antes de que la locura la consumiera.
* * *
Lily caminaba de un lado a otro del salón principal como un animal enjaulado, sus pasos resonando contra los suelos de mármol recién pulidos.
La tarde maltesa se desvanecía tras los ventanales, pintando las paredes de tonos dorados que en cualquier otro momento habría encontrado hermosos.
Ahora solo le recordaban que el tiempo se agotaba.
Chris apareció en el umbral por tercera vez en una hora, el martillo aún en la mano y una expresión cada vez más desconcertada.
—Lily, ¿seguro que estás bien? Pareces…
—Estoy perfectamente.
Las palabras salieron más cortantes de lo que pretendía. Chris se detuvo, estudiándola con esos ojos grises que parecían ver demasiado.
—Vale, pero llevamos aquí desde las ocho de la mañana y apenas has dicho tres palabras. Ayer estabas normal y hoy actúas como si tuviéramos la peste.
Normal. Qué concepto más extraño. ¿Qué era normal cuando tu vida se había convertido en una pesadilla donde los fantasmas te hablaban y descubrías conexiones familiares imposibles?
—Solo tengo cosas en la cabeza. ¿Habéis terminado ya?
Chris intercambió una mirada con Tony, su capataz, que estaba recogiendo las herramientas en el rincón.
—Casi. Nos quedan unos retoques en la moldura de la ventana y…
—¿Cuánto tiempo?
—Media hora, quizás menos si…
—Perfecto. Necesito que os vayáis pronto.
La expresión de Chris se endureció. Se acercó a ella, bajando la voz para que los demás no pudieran escuchar.
—¿Qué cojones te pasa hoy? Tengo la impresión de que me evitas desde hace días, luego actúas como si fuera invisible y ahora me echas de mi propio trabajo.
Lily sintió una punzada de culpa, pero la enterró bajo capas de ansiedad. No podía explicarle que había quedado con una mujer que leía cartas del tarot para intentar comunicarse con el fantasma de un hombre muerto hacía casi un siglo. Sonaría como una lunática.
—No te estoy echando. Solo… tengo una reunión importante esta tarde.
—¿Una reunión? ¿Aquí?
Los pasos infantiles de Mattew resonaron desde el vestíbulo, seguidos por la risa musical de Caterina. Lily los había invitado porque necesitaba testigos, alguien que pudiera confirmar que no se estaba volviendo loca. Y ellos parecían tener una conexión especial con lo sobrenatural de la villa.
—¡Lily! ¡Hemos traído… galletas de Clara!
Caterina apareció primero, con sus mejillas sonrosadas y una sonrisa radiante. Mattew la seguía con una cesta de mimbre, sus movimientos torpes pero determinados.
Chris miró a los hermanos, luego a Lily, y su expresión se volvió aún más suspicaz.
—¿Ellos son tu reunión importante?
—Es… es complicado.
—¿Vendrá Edmund también?
La pregunta inocente de Caterina hizo que Lily se pusiera rígida. Chris frunció el ceño.
—¿Quién es Edmund? ¿De qué habla?
—Caterina siempre inventa amigos imaginarios.
Mattew dejó la cesta en el suelo y miró directamente a Chris con esos ojos grandes e inocentes.
—No es… imaginario. Seguro que está enfadado… hoy. Caterina puede… hablar con él… Chris no entiende.
Chris miró alternativamente a los hermanos y a Lily, como si intentara descifrar un acertijo imposible.
—Vale, esto se está poniendo muy raro. ¿Hay algo que no me estáis contando?
—No hay nada que contar. Mattew y Caterina tienen imaginación.
—Funciona mejor… cuando hay menos… ruido.
—¿Qué funciona mejor?
—Nada importante.
—Lily…
—¿Chris, podéis terminar de una vez y marcharos? Por favor.
Su voz sonó desesperada incluso para sus propios oídos. Chris la estudió durante un momento más; luego se giró hacia el plano sin decir nada.
—Tony, recoge las herramientas. Nos vamos.
Chris se dirigió hacia la salida, pero se detuvo en el umbral y se volvió hacia ella.
—No sé qué está pasando aquí, pero cada día te entiendo menos, Lily.
Cuando se fueron, Lily se dejó caer en una silla, temblando. Solo quedaban veinte minutos hasta que llegara Selene, y ya no sabía si estaba preparada para las respuestas que pudiera obtener.
* * *
El Peugeot blanco de Selene apareció entre las sombras del atardecer como una aparición fantasmal. Lily sintió que su estómago se contraía cuando la figura envuelta en chales coloridos emergió del vehículo, cargando una bolsa de cuero gastada y varias velas gruesas.
—Buenas tardes, querida. Esta casa… respira dolor.
Selene no había cruzado siquiera el umbral y ya sus ojos oscuros recorrían las paredes con una intensidad que hizo que Lily se estremeciera.
—Quizás esto sea una mala idea. Deberíamos…
—¡No! Alguien está aquí… esperando.
Caterina saltó de su silla, sus mejillas redondas brillando de emoción. Mattew dio un paso adelante, entusiasmado.
—Ha estado… inquieto… todo el día. Como si… supiera.
Selene avanzó por el vestíbulo, sus pasos resonando contra el mármol mientras sus manos extendidas parecían tocar energías invisibles. Sus múltiples anillos tintinearon como campanillas funerarias.
—Hay espíritus aquí. Uno muy fuerte al menos, muy confundido. Quizás dos más débiles. Y algo más… algo violento que se oculta.
—Esto es una locura. Tengo que llamar a Chiara, decirle que…
—Lily.
La voz de Selene se había vuelto grave, autoritaria. Sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad hipnótica.
—Hiciste bien en llamarme. Alguien te trajo aquí por una razón. No huyas ahora.
La noche había caído como un manto pesado sobre la villa cuando Selene terminó de disponer sus elementos en el salón principal.
Las velas gruesas formaban un círculo perfecto en el suelo de mármol, sus llamas danzando inquietamente pese a la ausencia de corrientes de aire.
En el centro había colocado cartas del tarot gastadas, cristales que parecían absorber la luz, el medallón de Martha y el diario de Edmund de Palestina.
—Sentaos en círculo. Daos las manos.
Caterina se acurrucó junto a Selene con una confianza que resultaba perturbadora en una niña. Mattew tomó la mano sudorosa de Lily, quien se sentía como si fuera a vomitar.
—No sé si puedo hacer esto.
—Ya está aquí. Siento… su tristeza.
Los ojos de Caterina se habían vuelto vidriosos, perdidos. Selene comenzó a murmurar palabras en un idioma que Lily no reconocía, mientras los cristales parecían vibrar con energía propia.