La Villa de los Sueños Capítulo 16 2025 - Ecos de culpa
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Capítulo 16 2025 - Ecos de culpa

El aroma a chocolate caliente llenaba el rincón improvisado que Lily había convertido en cocina provisional.

Sobre el poyete de obra descansaba el pequeño horno portátil que había comprado en La Valeta, junto a una cafetera de cápsulas y algunos utensilios básicos.

La mesa que Chris había rescatado del desastre de la tubería se alzaba en el centro, flanqueada por dos sillas desparejadas que ella misma había limpiado hasta dejarlas relucientes.

—¡Muffins! —exclamó Caterina con su sonrisa radiante, aplaudiendo con esas manos mullidas que parecían almohadas—. ¡Como en las películas inglesas!

Mattew recorrió la transformación de la villa con los ojos muy abiertos, balanceándose sobre los talones. Los andamios habían desaparecido del salón principal, dejando al descubierto los frescos restaurados que brillaban como si acabaran de pintarse.

—La casa… está despertando —dijo Mattew, tocando con reverencia el marco de una ventana recién reparada—. Como si… hubiera estado durmiendo.

Lily sonrió mientras abría el pequeño horno microondas, aunque su expresión se desplomó al ver los bultos marrones que habían emergido de la masa. Los muffins parecían meteoritos carbonizados, duros como adoquines y con la consistencia de ladrillos secos.

—Bueno… he usado harina sin gluten —intentó justificarse, golpeando uno contra la mesa—. Pensé que quizás…

El sonido que produjo el muffin al impactar resonó como una piedra contra el mármol. Los tres se quedaron mirando el proyectil comestible, boquiabiertos.

Caterina fue la primera en romper a reír, una carcajada cristalina que rebotó por las paredes recién pintadas. Mattew la siguió con sus risitas entrecortadas, y Lily no pudo resistirse a unirse al coro de hilaridad.

—¡Podríamos… usarlos para… los cimientos! —jadeó Mattew entre risas, señalando los muffins con un dedo tembloroso.

—O como martillos para Chris —añadió Lily, secándose las lágrimas—. Definitivamente, son más duros que sus herramientas.

Caterina cogió uno y lo sostuvo como si fuera una pelota de cricket.

Se echaron a reír de nuevo mientras Lily servía el chocolate caliente en tres tazas desparejas. El líquido humeante compensaba con creces el desastre culinario, creando una atmósfera acogedora en medio del caos de la renovación.

—La villa está… mucho mejor —comentó Mattew, bebiendo a sorbitos pequeños—. Antes daba… miedo. Ahora parece… viva.

—¿Venías antes a menudo? —preguntó Lily, curiosa por las exploraciones que la asistenta Clara había mencionado.

Mattew bajó la vista, removiendo el chocolate con nerviosismo.

—A veces… encuentro cosas… que otros olvidan.

Se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta raída y sacó algo envuelto en un pañuelo desgastado. Lo desenvolvió con cuidado reverencial, revelando un medallón de metal empañado.

—Para usted —dijo, tendiéndoselo a Lily—. Por… la invitación. Por ser… amable.

Lily tomó el medallón entre sus dedos, sintiendo el peso de los años en el metal frío.

Al abrirlo, una pequeña fotografía en sepia la miró desde el interior: una mujer joven de cabello castaño claro recogido en un moño sencillo, ojos grises que parecían mirar directamente al alma, y una expresión de dulce vulnerabilidad.

—Es… precioso —dijo Lily, estudiando el rostro—. ¿Dónde lo encontraste?

—En el… despacho viejo —respondió Mattew—. Detrás de… un libro. Llevaba… mucho tiempo allí.

Lily no podía apartar los ojos de la fotografía. Algo en esos rasgos le resultaba perturbadoramente familiar, como un eco lejano en su memoria. La mujer tenía una belleza sencilla pero luminosa, el tipo de rostro que uno no olvida fácilmente.

—¿Sabes quién es?

Mattew negó con la cabeza, pero Caterina se inclinó hacia delante, entornando los ojos como si pudiera ver algo que los demás no percibían.

—Una señora… triste —dijo—. El señor serio… la menciona a veces. Martha… creo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lily al escuchar el nombre. Había visto a esa mujer en alguna parte, pero la memoria se le escurría como arena entre los dedos.

—¿Martha? ¿Estás segura?

Caterina lo sabía. Lo llevaba escrito en esa expresión suya, extrañamente sabia para su edad.

—Dice que… ella se fue… pero que su corazón… se quedó aquí.

* * *

Las horas pasaron entre risas y chocolate caliente, hasta que la tarde se rindió ante el anochecer y los hermanos Camilleri se despidieron con sus sonrisas características. La villa se quedó vacía, solo el crepitar ocasional de las vigas antiguas rompiendo la calma de la noche.

Lily se había refugiado en su dormitorio provisional, aunque el descanso que la aguardaba no ofrecía la tranquilidad esperada.

El sueño llegó envuelto en las sombras familiares de la culpa.

Lily se encontró de nuevo en el hospital de Londres, los pasillos blancos extendiéndose infinitamente mientras el pitido monótono de las máquinas marcaba los últimos latidos del corazón de Elsie.

Pero esta vez, la cara de su madre se difuminaba y transformaba en la de la mujer del medallón, Martha, con esos mismos ojos grises que la acusaban desde la fotografía sepia.

—Debiste haber estado aquí —susurraba la voz de Elsie, pero los labios que se movían eran los de Martha—. Las hijas no abandonan a sus madres.

Lily intentaba correr hacia la cama del hospital, pero sus piernas se hundían en un suelo que se volvía arena, arena que se escurría bajo sus pies como el tiempo que nunca podría recuperar.

El peso de la ausencia la aplastaba: todas esas llamadas sin responder, esas visitas canceladas por el trabajo, esas mentiras piadosas sobre “la próxima semana” que nunca llegó.

La habitación del hospital se transformó de repente en un despacho polvoriento de la Villa Barrington en otra época.

Edmund estaba allí, sentado tras el escritorio con su uniforme arrugado y una botella de whisky medio vacía entre las manos.

Sus ojos grises—tan parecidos a los de Martha—la observaban con una mezcla de desprecio y comprensión.

—Su abuela volvió a esta villa hecha una mujercita —dijo Edmund, dando un trago largo—. Años después de que mi padre dejara preñada y echara de la casa a su madre, Martha.

Edmund se puso en pie, tambaleándose ligeramente, y se acercó a la ventana que daba al jardín, borrado por una niebla espesa.

—No fue una buena idea contratarla, por supuesto. Pero Beatrice y Violet fueron muy pesadas con el asunto, y yo no tenía ganas de escuchar sus súplicas humanitarias.

Se volvió hacia Lily, y por un momento su expresión se suavizó.

—Eliza Jennings… así se llamaba la chica. La hija bastarda de mi padre, Sir Reginald. Su abuela, señorita Carter.

Lily intentaba procesar la información, pero las palabras se difuminaban como humo mientras el despacho comenzaba a desmoronarse a su alrededor.

Edmund siguió hablando, pero su voz se volvía cada vez más lejana, mezclándose con el pitido de las máquinas del hospital que regresaba como un eco persistente.

Despertó con un grito ahogado, el corazón martilleando contra las costillas como un pájaro desesperado por escapar de su jaula.

La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luna que se filtraba a través de las cortinas nuevas.

El sudor le empapaba el camisón y las sábanas se habían enredado alrededor de sus piernas como enredaderas caprichosas trepando por un muro antiguo.

Se sentó en el borde de la cama, respirando entrecortadamente mientras los fragmentos del sueño se reorganizaban en su mente como piezas de un rompecabezas macabro. Eliza Jennings. Su abuela.

De repente, la memoria se iluminó como un relámpago en la oscuridad.

La caja. La maldita caja de cosas antiguas que había encontrado mientras buscaba las cremas de Elsie en el armario.

Había estado tan sumida en sus problemas y pensamientos, que apenas había prestado atención a esos objetos polvorientos, limitándose a hacer algunas fotografías rápidas con el móvil antes de guardarlo todo de nuevo.

Con manos temblorosas, buscó su teléfono que había dejado cargando. La pantalla se iluminó, proyectando un resplandor azulado en su cara pálida mientras navegaba por la galería de fotos hasta encontrar la carpeta marcada como “Cosas de mamá - papeles”.

Allí estaban. Fotografías borrosas de documentos amarillentos, cartas atadas con cintas descoloridas, y… ahí. Una fotografía en sepia de una mujer joven con cabello castaño recogido en un moño sencillo, ojos grises que parecían mirar directamente al alma.

El mismo rostro. Los mismos ojos. La misma expresión de dulce vulnerabilidad.

Eliza Jennings. Su abuela. La niña bastarda que había regresado a la Villa Barrington después de que Sir Reginald destruyera la vida de su madre Martha.

Lily dejó caer el teléfono sobre la cama, las manos temblando incontrolablemente.

No era casualidad que estuviera ahí. No era una simple coincidencia que hubiera aceptado ese trabajo, que se sintiera extrañamente conectada con esta villa llena de secretos y fantasmas o que se le apareciera siempre en sueños ese pesado de Edmund.

Había vuelto a casa.

* * *

Los pasillos de la Villa Barrington resonaban con el eco de los pasos descalzos de Lily, que llevaba casi dos horas recorriendo las estancias como un alma en pena. Sus pensamientos se arremolinaban en círculos viciosos, cada vez más frenéticos.

Es imposible, se repetía mientras subía las escaleras por tercera vez. Los fantasmas no existen. Los sueños premonitorios son cuentos de viejas. Y las coincidencias son solo eso… coincidencias.

Pero el parecido entre Martha y Eliza era demasiado evidente para ignorarlo.

Los mismos ojos grises, la misma expresión vulnerable, la misma forma de inclinar la cabeza.

Y Edmund… Edmund sabía demasiado para ser producto de su imaginación.

Detalles específicos, nombres, fechas. Información que ella nunca había conocido.