La Villa de los Sueños Capítulo 15 1918 - El pecado original #2
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Capítulo 15 1918 - El pecado original #2

Pero Martha había comenzado a notar cambios en su cuerpo que no podía ignorar.

Su delantal se ajustaba de manera extraña alrededor de la cintura, y la parte superior de su sencillo vestido, le apretaba los senos hinchados.

Las náuseas matutinas la asaltaban mientras preparaba el desayuno, y ya no podía soportar el olor del tocino frito.

Lo que más la alarmaba era la ausencia. Tres lunas habían pasado sin su visita mensual, y cada mañana se despertaba esperando encontrar las manchas familiares en su muda interior. Nada llegaba.

Debe ser el nerviosismo, se decía mientras se miraba de perfil en el pequeño espejo agrietado de su habitación. El amor verdadero a veces altera el cuerpo de una mujer.

El retortijón le llegó como una puñalada mientras Martha fregaba los suelos del vestíbulo principal. Dejó caer el trapo y corrió hacia el pequeño lavabo de la servidumbre, una mano presionada contra la boca y la otra sujetándose el estómago convulso.

Las arcadas la sacudieron con violencia, vaciando el escaso desayuno que había logrado ingerir esa mañana. Se aferró al borde del lavabo de porcelana agrietada mientras su cuerpo se rebelaba contra ella una vez más.

—¿Martha? —La voz de Agnes, una de las criadas de cocina, resonó desde la puerta—. ¿Te encuentras bien?

—Solo… solo un poco mareada —dijo Martha, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Debe ser algo que comí anoche.

Agnes entró sin pedir permiso y cerró la puerta tras ella. Sus ojos experimentados recorrieron el rostro pálido de Martha, su postura encorvada, la manera en que se sujetaba el vientre.

—Déjame verte —dijo Agnes con voz firme, extendiendo las manos hacia el delantal de Martha.

—No hace falta, de verdad que estoy…

—¡Quieta! —Agnes desató las cintas del delantal y lo apartó, revelando cómo el vestido se tensaba ligeramente sobre el vientre de Martha—. Dios santo, muchacha.

Martha se miró hacia abajo, viendo por primera vez lo que Agnes había detectado inmediatamente: la curva sutil pero inconfundible que comenzaba a formarse bajo la tela.

—No es nada, solo he comido más últimamente, eso es todo —balbuceó Martha, intentando cubrirse con las manos.

Agnes la agarró por los hombros y la obligó a mirarla a los ojos.

—¿Cuándo fue tu última sangre mensual?

Martha abrió la boca, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Los números bailaron en su mente: marzo, abril, mayo… junio ya casi terminando.

—Yo… no recuerdo bien…

—¡Tres meses! —Agnes soltó una carcajada amarga—. Tres malditos meses, y me vienes con que no sabes qué te pasa.

—No puede ser… eso no puede ser cierto…

—¿Cierto? —Agnes se cruzó de brazos—. Mírate, niña tonta. Las náuseas, el vientre hinchado, los pechos que ya no te caben en el corpiño. Media casa sabía que esto iba a pasar con todos tus jueguecitos con el señor.

El mundo de Martha se tambaleó. Se apoyó contra la pared fría, sintiendo cómo la realidad se filtraba a través de sus fantasías románticas como agua helada.

—Él… él me cuidará —susurró, más para convencerse a sí misma que para responder a Agnes—. Sir Reginald no permitirá que…

—¿Cuidarte? —Agnes rio con desprecio—. Muchacha, eres más ingenua de lo que pensaba. Los hombres como él no cuidan a las criadas preñadas; las descartan como perros hartos de sus juguetes rotos.

—¡Eso no es verdad! —Martha se enderezó, con las mejillas encendidas—. Lo que tenemos es especial; él me ha dado regalos, me trata con ternura…

—Te trata como lo que eres para él: un agujero caliente donde derramarse cuando se le antoja —escupió Agnes—. Y ahora que vas a hincharte como un globo y perder toda tu utilidad, ¿qué crees que va a hacer contigo?

Las palabras crudas de Agnes golpearon a Martha como bofetadas, pero una parte obstinada de su corazón se aferró a la esperanza.

—No quiero escuchar más —dijo, dirigiéndose hacia la puerta—. Esto no es asunto tuyo.

Agnes la detuvo con una mano en el brazo.

—Escúchame bien, Martha Jennings. Yo no sé nada de esto, ¿me oyes? No he visto nada, no he dicho nada. Pero cuando todo se vaya al infierno, no vengas llorando a mi puerta.

Martha se liberó del agarre y salió del lavabo con paso tembloroso. En el pasillo vacío, se detuvo y se llevó una mano al vientre, donde ahora podía sentir una presencia extraña y nueva.

Quizás, pensó con desesperación, quizás esto sea lo que necesitábamos. Un hijo suyo… Él tendrá que hacer lo correcto. Tendrá que casarse conmigo.

Pero incluso mientras se aferraba a esa fantasía, una voz pequeña y cruel en el fondo de su mente susurraba las palabras de Agnes como una profecía siniestra.

* * *

Martha pasó la noche entera despierta en su estrecho catre, las manos entrelazadas sobre el vientre mientras las horas se arrastraban como siglos. Cada crujido de la casa le parecía un susurro burlón, cada sombra que se movía con la luna una confirmación de sus peores temores.

Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol se filtraron por la pequeña ventana de su cuarto, se incorporó con determinación férrea. Se alisó el cabello con manos temblorosas y se ciñó el delantal con más fuerza de la habitual, como si esa tela pudiera darle el valor que necesitaba.

La villa dormía cuando descendió las escaleras de servicio. Sus pasos resonaron contra el mármol frío mientras se dirigía hacia el despacho de Sir Reginald, donde una luz dorada ya se filtraba por debajo de la puerta maciza.

Alzó la mano para golpear, pero la detuvo en el aire. Su corazón galopaba contra las costillas como un caballo desbocado.

Él me ama, se repitió como un mantra. Cuando sepa lo del bebé, todo cambiará. Tendrá que hacer lo correcto.

Golpeó tres veces, suave pero firme.

—Adelante.

Sir Reginald levantó la vista de sus papeles, la pluma dorada suspendida entre sus dedos. Su expresión no cambió al verla, como si su presencia fuera tan irrelevante como la de una mosca.

—Señor —comenzó Martha, cerrando la puerta tras ella—. Necesito hablar con usted de algo… importante.

—Habla rápido. Tengo correspondencia que atender.

Las palabras que había ensayado toda la noche se le atascaron en la garganta. Se acercó al escritorio, las piernas como gelatina.

—Estoy… estoy esperando un hijo suyo, señor.

Sir Reginald dejó la pluma sobre el papel secante con deliberada lentitud. Sus ojos azules la estudiaron como si fuera un insecto bajo una lupa.

—¿Y qué quieres de mí?

La pregunta la golpeó como un puñetazo en el estómago. Había esperado sorpresa, preocupación, incluso alegría. No esa frialdad glacial.

—Yo… pensaba que… que usted me quería —balbuceó, sintiendo cómo se desmoronaba todo su mundo—. Pensaba que esto significaría algo para usted.

Sir Reginald se recostó en su silla de cuero, la crueldad instalada abiertamente en su rostro.

—Eres una ilusa, Martha. Una criada estúpida que confundió lujuria con amor.

—¡Pero me daba regalos! ¡Me trataba con ternura!

—Te trataba como a lo que eres: un entretenimiento. Deberías haber tenido más cuidado, hacer algo para evitar esto.

Martha se aferró al borde del escritorio, las piernas a punto de fallarle.

—¿Qué está diciendo?

—Deshacerte de esa cosa. Ahora. No es mi problema lo que hagas con tu cuerpo, pero no voy a cargar con las consecuencias de tu estupidez.

—¡No! —gritó Martha, toda compostura desaparecida—. ¡Es su hijo! ¡Tiene que…!

—¡SILENCIO! —rugió Sir Reginald, poniéndose en pie de un salto—. No quiero saber nada de ese bastardo que llevas dentro. Te deshaces de él y abandonas esta casa inmediatamente. Mañana no quiero verte aquí. Ya no me sirves para nada.

Martha se tambaleó hacia atrás como si la hubiera abofeteado. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras todo su castillo de sueños se desplomaba piedra a piedra.

—Por favor… no puede hacerme esto… no tengo a dónde ir…

—Eso debiste pensarlo antes de abrir las piernas tan fácilmente.

Martha salió del despacho dando tumbos, los sollozos desgarrándole la garganta. Se arrastró hasta su cuarto, donde se derrumbó sobre el catre, llorando hasta que no le quedaron lágrimas.

Con manos temblorosas, comenzó a meter sus escasas pertenencias en la maleta de cartón que había traído de Londres. El pañuelo bordado que él le había regalado cayó al suelo, y lo contempló como si fuera una serpiente venenosa antes de arrojarlo a la basura.

El abismo se abría bajo sus pies, negro e infinito.

Esa misma tarde, Martha se dirigió al puerto de La Valeta arrastrando su maleta de cartón por los adoquines irregulares.

El sol mediterráneo se burlaba de su miseria, dorado y despiadado sobre sus hombros encorvados.

No había mirado atrás ni una sola vez al abandonar la Villa Barrington, porque sabía que de todas formas a nadie le caía bien y seguro que encima le echarían en cara que todo era culpa suya y que se lo tenía merecido.

Los muelles bullían de actividad: estibadores gritando órdenes, mercaderes regateando precios, gaviotas graznando sobre montañas de pescado. Martha se sintió invisible entre esa multitud que vivía sin conocer su dolor.

Con dedos temblorosos, sacó las pocas monedas que había logrado ahorrar durante meses de trabajo. El dinero que una vez había imaginado usar para un vestido de novia ahora se convertiría en su salvación. Se acercó al mostrador de la naviera con paso vacilante.

—El siguiente vapor para Londres —dijo al empleado, un hombre calvo que ni siquiera alzó la vista de sus papeles.

—Sale mañana a las ocho. Tercera clase, dos libras y seis chelines.

Martha contó las monedas con manos que apenas podían sostenerse firmes. El empleado le entregó un billete arrugado sin ceremonia alguna.

Ya no le quedaba nada en esta isla extraña tan alejada de todo lo que conocía. Malta había sido su perdición disfrazada de oportunidad, un espejismo cruel que la había engañado con promesas de amor y futuro. Ahora solo eran rocas doradas que guardaban su humillación.

Encontró refugio en una pensión mugrosa cerca del puerto, donde el olor a pescado podrido se mezclaba con el sudor de marineros borrachos. Se acurrucó en el catre de hierro, las manos protegiendo instintivamente su vientre.

Londres la esperaba como una madre fría pero familiar. Allí podría perderse entre los millones de almas anónimas, trabajar en alguna fábrica, criar a su bebé lejos de los juicios y las miradas despectivas.