La Villa de los Sueños Capítulo 15 1918 - El pecado original
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Capítulo 15 1918 - El pecado original

Martha podía sentir las miradas hostiles de las otras criadas cuando pasaba por los pasillos, sus susurros venenosos que se silenciaban abruptamente cuando ella aparecía.

Le importaba poco. Por primera vez en su vida, se sentía importante, deseada, especial.

El señor Reginald, desde que había perdido a su esposa, la miraba de una manera que ningún hombre había hecho antes, como si fuera algo más que una simple empleada.

Roberts apareció al final del pasillo, cargando una bandeja de plata. Su rostro, siempre serio pero bondadoso, se suavizó al verla.

—Martha, querida, ¿has terminado ya con el salón principal?

—Sí, señor Roberts. Ahora me dirijo a la biblioteca.

Florence emergió de la cocina, secándose las manos en el delantal. A diferencia de las otras criadas, nunca había mostrado malicia hacia Martha, solo una preocupación maternal que a veces la incomodaba.

—¿Estás segura de que quieres limpiar la biblioteca ahora? Podría esperar hasta mañana.

—No, señora Florence. Es mi trabajo.

Florence intercambió una mirada significativa con Roberts, pero no insistió. Martha recogió sus útiles de limpieza y se dirigió hacia la biblioteca, ignorando deliberadamente las expresiones preocupadas que había dejado atrás.

Se detuvo frente a la puerta de roble tallado y golpeó suavemente con los nudillos.

—¿Hay alguien? ¿Puedo entrar para la limpieza?

La voz de Sir Reginald resonó desde el interior, ronca y cargada de algo que hizo que el pulso de Martha se acelerara.

—Adelante, Martha.

Giró el picaporte y entró, cerrando la puerta tras ella.

Sir Reginald estaba sentado en su sillón de cuero favorito, un vaso de whisky en una mano y el periódico en la otra.

A los cuarenta años, era un hombre imponente, con el cabello apenas salpicado de gris y unos ojos azules que parecían desnudarla con la mirada.

Al verla, algo se encendió en su mirada, un brillo que no tenía nada de paternal ni apropiado.

—Mi querida Martha. Justo la persona que esperaba ver.

Se puso de pie con movimientos lentos y deliberados, dirigiéndose hacia la puerta. El sonido del pestillo al cerrarse resonó en la habitación como una promesa.

—Señor Reginald, yo solo venía a…

—Lo sé perfectamente para qué viniste —murmuró, acercándose hasta que pudo oler su sudor mezclado con el whisky—. Siempre tan obediente, tan… dispuesta.

Martha bajó la mirada, adoptando la pose tímida que sabía que él disfrutaba, aunque su corazón latía con una mezcla de nervios y anticipación. No era la primera vez que se encontraban así, a solas, con la puerta cerrada y el resto del mundo excluido.

—No debería… no es apropiado, los otros podrían sospechar…

—Deja que sospechen —gruñó, tomándola por la cintura—. Tú me perteneces, ¿verdad, Martha?

Ella asintió, perdida en la intensidad de su mirada, en la sensación de ser el centro del universo de alguien tan poderoso. Cuando él la besó, fue con una pasión voraz que la hizo olvidar todo lo demás: las miradas hostiles, las advertencias de Florence, la voz de su propia conciencia.

La arrastró bruscamente hacia el sofá, pero no llegaron tan lejos. Cayeron sobre la alfombra persa.

Las manos de Sir Reginald recorrieron el cuerpo de Martha con una posesividad que la estremeció hasta la médula.

Cada caricia era una orden silenciosa, cada susurro una demanda que ella acataba sin resistencia.

Se encontró perdida en la intensidad de su mirada azul, que la devoraba con una hambre que confundía con devoción.

—Eres mía —murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel delicada mientras sus manos la despojaban de las capas de tela que la separaban de él—. Solo mía.

Martha se arqueó bajo su toque, entregándose completamente a la experiencia.

No había ternura en sus caricias, sino una urgencia dominante que la hacía sentir deseada de una manera que jamás había experimentado.

Cuando él la empujó contra la alfombra, ella no protestó; cuando sus dedos se enredaron en su cabello tirando de él hasta hacerla gemir, lo interpretó como pasión desenfrenada.

Sir Reginald la tomó con una fiereza que rayaba en la brutalidad, pero Martha no veía crueldad en sus movimientos. Cada embestida la convencía más de que aquello era amor verdadero, puro y arrebatador. Sus gemidos llenaron la biblioteca mientras él gruñía su nombre como una plegaria oscura.

Cuando finalmente se derramó dentro de ella con un rugido gutural, Martha sintió que el mundo se tambaleaba. Respiraba agitadamente contra su pecho, sintiendo cómo él se relajaba encima de ella, su peso una promesa de pertenencia.

Pero la magia se rompió abruptamente cuando Sir Reginald se incorporó, apartándose de ella con movimientos bruscos. Se ajustó la ropa con eficiencia mecánica, como si estuviera revisando correspondencia rutinaria.

—Vístete y márchate —ordenó sin mirarla, dirigiéndose hacia su escritorio—. Quiero estar solo. Ya limpiarás la biblioteca en otro momento.

Martha parpadeó, aturdida por el cambio súbito, pero se las arregló para recoger su ropa desperdigada. Sus dedos temblaron mientras se vestía, interpretando la frialdad repentina como el regreso necesario a las apariencias sociales.

—Por supuesto, señor Reginald —susurró, alisándose el cabello—. Lo que usted diga.

Salió de la biblioteca con las mejillas encendidas y el corazón palpitando de emoción. En el pasillo, Roberts y Florence se volvieron a cruzar con ella con expresiones preocupadas que ella malinterpretó como curiosidad servil.

—¿Todo está bien, querida? —preguntó Florence, observando su estado desaliñado y el brillo extraño en sus ojos.

—Mejor que nunca —respondió Martha con una sonrisa radiante—. Pero Sir Reginald prefiere no ser molestado ahora. Volveré a limpiar más tarde.

Roberts frunció el ceño, intercambiando otra mirada significativa con Florence, pero Martha ya se alejaba por el pasillo, flotando en una nube de dicha imaginaria.

Mientras caminaba hacia la zona de la servidumbre, su mente se llenó de fantasías doradas.

Se veía a sí misma vestida de seda y terciopelo, presidiendo cenas elegantes del brazo de Sir Reginald.

Los hijos de él la llamarían madre, y ella sería respetada en sociedad como la nueva señora Barrington.

Las otras criadas la mirarían con envidia, pero una envidia justificada porque ella habría ascendido donde ninguna otra había logrado llegar.

No percibía la calculada frialdad en los toques de su amante, ni la satisfacción depredadora que había brillado en sus ojos cuando la había visto suspirar su nombre. Para Martha, cada encuentro era una confirmación más de que el destino les había unido contra todas las convenciones.

En su mente ingenua, aquello era el principio de un cuento de hadas donde Cenicienta por fin encontraba a su príncipe.

Para Sir Reginald, encerrado en su biblioteca ajustándose los puños de la camisa, simplemente había sido otra tarde de entretenimiento conveniente. Ya pensaba en la correspondencia que debía revisar.

* * *

Los meses siguieron su curso como páginas arrancadas de un calendario, y los encuentros entre Sir Reginald y Martha se volvieron más frecuentes, más salvajes, más temerarios.

Para él, cada encuentro furtivo era una nueva conquista de territorio prohibido que alimentaba su apetito voraz por lo clandestino.

La llevaba a los establos entre el heno dorado, donde el olor a caballo y cuero se mezclaba con sus gemidos ahogados.

Sus manos la empujaban contra las paredes de piedra del embarcadero, mientras las olas se estrellaban contra las rocas como testigos mudos de su desenfreno.

Los jardines se convirtieron en su territorio de caza nocturna, donde la hacía suya contra los troncos de los limoneros o sobre la hierba húmeda del rocío matutino.

—Eres insaciable —jadeaba Martha después de cada encuentro, interpretando su hambre como prueba de amor eterno.

Sir Reginald la observaba recomponerse la ropa con una sonrisa que ella confundía con ternura, pero que en realidad era pura satisfacción depredadora.

Mi pequeña puta privada, pensaba mientras la veía alisarse el cabello despeinado.

Siempre disponible, siempre ansiosa, siempre mía para tomar cuando se me antoje.

Martha intentaba a veces llevar la conversación hacia terrenos más íntimos, más emocionales.

—¿Piensa usted en mí cuando está en La Valeta, señor Reginald? —preguntaba con voz temblorosa de esperanza.

—Tengo asuntos más importantes que atender —respondía él secamente, abrochándose la camisa—. No perdamos el tiempo en tonterías sentimentales.

Pero luego le regalaba pequeños detalles que a él no le costaban nada: un pañuelo de seda olvidado, una flor arrancada al pasar, una cinta que había sobrado de algún paquete.

Martha guardaba estos tesoros como reliquias sagradas en una pequeña caja bajo su cama, acariciándolos por las noches mientras susurraba su nombre como una oración.

Debe amarme, se convencía mientras se acurrucaba con el pañuelo contra el pecho. Los hombres de su clase no regalan nada sin sentimiento verdadero. Solo está esperando el momento adecuado para declararse oficialmente.

Sir Reginald, por su parte, había encontrado en Martha la perfecta válvula de escape para sus impulsos más primitivos.

No tenía que cortejar, ni fingir respeto, ni preocuparse por las consecuencias sociales.

Era carne fresca y dispuesta, un juguete que respondía a cada uno de sus caprichos sin exigir nada a cambio, excepto migajas de atención que él podía dispensar a su antojo.

La criatura perfecta, reflexionaba mientras la observaba desde la ventana de su despacho, cargando cubos de agua con más dificultad de la habitual. Obediente, silenciosa, y lo suficientemente estúpida como para no hacer preguntas incómodas.