La Villa de los Sueños Capítulo 14 1930 - Corazones divididos (II) #2
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Capítulo 14 1930 - Corazones divididos (II) #2

—¿Martha Jennings? —dijo Edmund, frunciendo el ceño—. La recuerdo perfectamente. Ahora que lo dices, ya por aquel entonces había una relación extraña entre padre y ella cuando madre estaba enferma. Pero jamás le di la más mínima importancia. Padre era siempre así con todas las mujeres guapas.

—Roberts y Florence confirmaron la historia —añadió Arthur—. Padre la despidió cuando descubrió su embarazo, sin proporcionarle ningún tipo de sustento.

Violet dejó escapar un suspiro ahogado, llevándose la mano al pecho.

—Pobre muchacha. Debe haber sufrido terriblemente. Con lo joven que es. ¿Y qué pretende ahora?

—Reconocimiento, justicia… No lo sé exactamente —admitió Beatrice—. No parecía vengativa, pero sí muy dolida. Ha vivido en la pobreza muchos años.

Edmund soltó una risa amarga, la primera expresión genuina que mostraba en días.

—Vaya, vaya. Parece que nuestro respetable patriarca no es tan perfecto como siempre se ha esforzado en aparentar —sus ojos grises brillaron con una satisfacción oscura—. Me pregunto cuántos otros secretos guardará el honorable Sir Reginald.

—Cuando regrese esta tarde, debemos confrontarlo —declaró Arthur con firmeza—. Eliza merece una explicación, y nosotros también.

—Sí —dijo Violet, con una firmeza que sorprendió a todos.

—Estoy completamente de acuerdo. Si realmente es vuestra hermana, tiene derecho a ser tratada como tal —su voz adquirió una fuerza inusual—. Ha sufrido bastante por los errores de otros.

Edmund la miró con algo parecido al respeto, quizás por primera vez desde su matrimonio concertado.

—Me alegra ver que tienes principios, Violet. Apoyo tu posición completamente.

Beatrice observó el intercambio con sorpresa. Era la primera vez que veía a Edmund y Violet coincidir en algo, y la primera vez que él la trataba con algo más que fría cortesía.

—¿Y después qué? —preguntó Beatrice—. Si todo resulta ser cierto, ¿qué haremos con Eliza?

Arthur intercambió una mirada fugaz con Violet, recordando su conversación de la noche anterior sobre la hipocresía familiar.

—Le ofreceremos lo que debería haber tenido desde el principio: un hogar, educación, una posición digna. Si ella lo desea, por supuesto.

Cada uno se perdió en sus propios pensamientos sobre lo que se avecinaba.

* * *

El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del vestíbulo cuando Albert detuvo el Bentley negro frente a la entrada principal de la Villa Barrington. Sir Reginald descendió del vehículo con su habitual porte autoritario, aunque parecía ligeramente fatigado por el viaje en barco desde Londres.

Roberts apareció inmediatamente para recibir el equipaje, mientras Florence emergía de las profundidades de la casa con esa expresión de orden y hospitalidad que llevaba décadas perfeccionando.

—Bienvenido de vuelta, Sir Reginald —saludó Roberts con una reverencia—. Espero que el viaje haya sido satisfactorio.

—Productivo, diría yo —respondió Sir Reginald, entregando su bastón y sombrero—. Londres está lleno de oportunidades para quien sabe buscarlas.

La familia se reunió en el salón principal para el ritual de bienvenida.

Arthur y Beatrice se mostraron cordiales, pero algo tensos, mientras Edmund permanecía inusualmente erguido, sin el aroma habitual de whisky emanando de su persona.

Violet saludó con la cortesía apropiada, aunque sus pensamientos vagaban hacia la conversación que se avecinaba.

Florence se acercó discretamente.

—Sir Reginald, tenemos una nueva empleada que nos gustaría presentarle. Eliza Jennings, ha resultado muy útil durante su ausencia. Los señoritos Edmund y Arthur lo pondrán al día detalladamente en breve.

Eliza apareció en el umbral, vestida con su uniforme de doncella impecablemente planchado.

Sus ojos grises se fijaron en Sir Reginald con una intensidad que habría inquietado a cualquier observador atento.

Por primera vez contemplaba a su progenitor, al mismo hombre que había abandonado a su madre, cuyo semblante había recreado con rabia y dolor en tantas noches de escasez y miseria.

—Eliza Jennings, señor —dijo con una reverencia perfecta, su voz firme pero desprovista de cualquier calidez.

Sir Reginald la examinó brevemente, notando algo familiar en sus rasgos, pero sin detenerse a analizarlo profundamente.

—Muy bien. Espero que cumpla con sus obligaciones de manera satisfactoria.

—Por supuesto, señor —respondió Eliza, manteniendo la mirada baja, aunque sus puños se cerraran ligeramente.

Después de la cena, Edmund siguió a su padre hasta el despacho. Por primera vez en semanas, su mente estaba clara, libre de la neblina del alcohol que habitualmente la envolvía.

—Padre, necesito hablar con usted sobre un asunto importante.

Sir Reginald se acomodó detrás de su escritorio, encendiendo un puro con movimientos pausados.

—¿De qué se trata, Edmund?

—De Martha Jennings —las palabras salieron con una precisión que sorprendió a ambos—. La criada que despediste hace años cuando descubriste su embarazo.

La expresión de Sir Reginald se endureció inmediatamente. Ahora ya sabía por qué el apellido de esa nueva criada le resultaba tan familiar.

—Eso es agua pasada, Edmund. No veo qué relevancia puede tener ahora.

—La relevancia —continuó Edmund, acercándose al escritorio con una energía que no había mostrado en meses— es que su hija está ahora bajo nuestro techo. Eliza es su hija, padre. Nuestra hermanastra.

El puro se detuvo a medio camino hacia los labios de Sir Reginald.

—¿Cómo te atreves a…?

—¿Cómo me atrevo? —la voz de Edmund se alzó, cargada de una ira que había estado fermentando durante años—.

¿Cómo se atreve usted a predicar moralidad y honor familiar mientras abandona a sus propios hijos?

¿Cómo se atreve a casarme a la fuerza mientras usted mismo rompe todos los códigos que predica?

Sir Reginald se levantó de un golpe, pero Edmund no retrocedió.

—Ya basta, Edmund. No toleraré…

—Estoy harto de lo que tolere o no tolere —Edmund golpeó el escritorio con el puño—. Soy el primogénito de esta familia, y por primera vez en mi vida voy a ejercer ese derecho. Eliza se queda. Se le dará una posición digna y el reconocimiento que merece.

Sir Reginald estudió a su hijo con una mezcla de sorpresa y algo parecido al respeto.

—Veo que mi ausencia te ha cambiado —dijo al fin—. O quizás sea la responsabilidad de tu reciente matrimonio.

—Quizás sea simplemente que he dejado de fingir que respeto su hipocresía.

Sir Reginald se dejó caer en su silla, pareciendo súbitamente más viejo.

—Muy bien. La muchacha puede quedarse. Pero esto no sale de estas paredes, ¿entendido? Ni una palabra fuera de la familia.

Edmund apretó la quijada, saboreando esa victoria agria pero necesaria.

—He estado considerando trasladarme permanentemente a Londres en unas semanas —añadió Sir Reginald tras una pausa—. Como me habéis demostrado de nuevo en estos días, tú y tu hermano sois ya lo suficientemente mayores para manejar la villa. Aparte, aquí ya no tengo tantos… conocidos útiles.

Edmund levantó la vista por primera vez en semanas con algo parecido a la esperanza, aunque sin llegar a sus ojos.

* * *

La medianoche había pasado cuando Sir Reginald se incorporó en su cama, incapaz de conciliar el sueño.

Las palabras de Edmund resonaban en su mente como campanadas obstinadas.

“He dejado de fingir que respeto su hipocresía.” La insolencia de su hijo mayor lo irritaba, pero también despertaba en él una extraña satisfacción.

Finalmente, Edmund mostraba la columna vertebral que un Barrington debía poseer.

Pero perder el control sobre la familia era otro asunto completamente distinto.

Se levantó, ciñéndose la bata de seda, y caminó hasta la ventana que daba a los jardines sumidos en sombras.

Los recuerdos de Martha Jennings comenzaron a filtrarse sin invitación.

La joven criada de ojos grises y sonrisa tímida que había trabajado en la villa años atrás.

Tan dispuesta a complacer, tan ansiosa por ganarse su favor.

Recordó sus manos delicadas sirviendo el té, la forma en que se ruborizaba cuando él la elogiaba.

Los pequeños favores que comenzó a pedirle, excusas para tenerla cerca.

La habitación del servicio donde solía llamarla después de que todos se hubieran retirado.

Los juegos que inventaba para su diversión privada.

—Haz esto por mí, Martha —susurraba entonces, y ella obedecía con esa mezcla de nerviosismo y devoción que lo excitaba profundamente.

El calor se extendió por su cuerpo mientras revivía aquellas noches. Martha haciendo lo que él deseaba, sin cuestionar, sin resistirse. Hasta que se volvió complicada, hasta que su vientre comenzó a crecer y amenazó con convertirse en un escándalo.

Un ruido en el pasillo interrumpió sus pensamientos. Pasos ligeros, probablemente alguna criada terminando sus tareas nocturnas. Se dirigió hacia la puerta con renovada energía, ajustándose la bata.

Eliza recorría el corredor con pasos agotados después de ayudar a Florence con la limpieza final de la cocina. El medallón de su madre brillaba tenuemente sobre su uniforme cuando una figura emergió de las sombras.

—Eliza.

Se detuvo en seco, el corazón acelerándose al reconocer la voz de Sir Reginald.

—Señor —dijo, haciendo una reverencia rápida.

—Quiero hablar contigo —dijo, bloqueando su camino hacia las habitaciones del servicio—. Sobre tu madre.

Eliza sintió que se le erizaba la piel.

—No hay nada que discutir, señor.

—Oh, pero sí lo hay —dijo, y había algo depredador en su expresión—. Martha era muy… complaciente. Le gustaban nuestros pequeños juegos. ¿Te contó alguna vez sobre ellos?

El horror se apoderó de Eliza mientras comprendía las implicaciones.

—Mi madre era una mujer decente…

—Tu madre era exactamente lo que yo quería que fuera —se acercó más, arrinconándola contra la pared—. Y tú tienes sus mismos ojos, su misma boca dulce.

Sus manos se alzaron hacia ella y Eliza retrocedió violentamente.

—¡No me toque!

—Vamos, no seas tímida. Tu madre nunca lo era cuando…

Eliza lo empujó con todas sus fuerzas y corrió hacia su habitación. Sir Reginald la siguió algunos pasos, pero sus piernas jóvenes la llevaron más rápido por el pasillo. El medallón de Martha se desprendió durante la huida, cayendo al suelo con un tintineo metálico.

Llegó a su cuarto y cerró la puerta de golpe, echando el pestillo con manos temblorosas. Se dejó caer contra la madera, respirando entrecortadamente mientras las lágrimas comenzaban a brotar.

—Dios mío —susurró al vacío—. ¿En qué me he metido?

Los sollozos la sacudieron mientras comprendía la horrible verdad. Su madre no había sido simplemente una criada despedida por un embarazo inconveniente. Había sido víctima de los juegos perversos de este hombre. Y ahora él pretendía repetir la historia con ella.

La Villa Barrington, que había imaginado como la respuesta a sus plegarias, se revelaba como la boca del lobo. Todos estaban locos en esta casa. Edmund, borracho y violento; Arthur y Violet con sus miradas cómplices, Beatrice fingiendo bondad.

Y en el centro de todo, Sir Reginald, el hombre que había destruido a su madre y ahora la acechaba a ella.

¿Qué podía hacer? ¿Adónde podía ir? No tenía dinero, no tenía familia, no tenía refugio fuera de estos muros que ahora se sentían como una prisión.

Se acurrucó sobre el pequeño catre, tapándose con la manta fina, y lloró hasta quedarse dormida con el sabor salado de la desesperación en los labios.