Capítulo 14 1930 - Corazones divididos (II)
Arthur cerró la biblioteca tras apagar las últimas brasas de su pipa, dejando que el humo se disipara entre las estanterías como los fantasmas de sus pensamientos.
El pasillo se extendía ante él, iluminado apenas por las lámparas de gas que proyectaban sombras sobre los retratos familiares.
Cada rostro pintado parecía observarlo con reproche, como si conocieran los secretos que ahora carcomían los cimientos de la respetable fachada Barrington.
La conversación con Roberts y Florence había sido devastadora.
Sus rostros demacrados, la forma en que evitaron su mirada al principio, hasta que cedieron ante la presión de la verdad.
Sí, confirmaron; todo el servicio sabía de la relación entre Sir Reginald y Martha.
Una relación que había durado meses, mientras la joven criada se desvanecía visiblemente bajo el peso de un secreto que crecía en su vientre.
Florence había llorado al recordar cómo Martha intentaba ocultar sus lágrimas mientras trabajaba, cómo se llevaba la mano al estómago cuando creía que nadie miraba.
Roberts admitió, con voz quebrada, que había presenciado el momento en que Sir Reginald ordenó a Martha abandonar la villa, sin explicaciones, sin compensación, sin siquiera la posibilidad de despedirse de quienes habían sido su familia durante años.
—Era una muchacha buena —había susurrado Florence—. Trabajadora, dulce. No merecía ese destino.
—¿Y por qué ninguno de vosotros dijo nada? —había preguntado Arthur, luchando contra la rabia que amenazaba con consumirlo.
¿Qué podían hacer los criados contra el señor de la casa? Su posición dependía de su discreción, de su capacidad para ver sin observar, para saber sin recordar.
Arthur se detuvo frente al retrato de su padre en uniforme militar, con esa expresión severa que había dominado su infancia.
El hombre que le había enseñado sobre honor, deber y respetabilidad resultaba ser un hipócrita de la peor calaña.
Un hombre que predicaba moral mientras destruía vidas, que exigía rectitud mientras se aprovechaba de quienes dependían de él.
Los pasos de Arthur resonaron sobre el mármol mientras se dirigía hacia el ala este de la villa.
La decisión había cristalizado en su mente como hielo sobre un estanque invernal.
Si su padre podía romper todas las reglas que predicaba, si podía mancharse las manos con tal hipocresía, entonces él también tenía derecho a forjar su propio camino.
Violet. Su nombre pulsaba en sus venas como sangre caliente.
Durante semanas había luchado contra sus sentimientos, había intentado respetar los códigos que su educación le había inculcado.
Pero esas mismas reglas habían permitido que Martha muriera en la miseria, que Eliza creciera sin padre, que Edmund se casara con una mujer a la que no amaba mientras su corazón pertenecía a otro.
El pasillo que conducía a los aposentos de Violet se extendía ante él como un desafío.
Arthur aflojó el cuello de su camisa, sintiendo cómo el aire nocturno se filtraba por las ventanas abiertas, llevando consigo el aroma de los jardines.
Sus manos temblaron ligeramente al alisarse el cabello, consciente de que cada paso lo alejaba más de la vida que había conocido hasta ese momento.
La puerta de Violet se alzaba ante él como una frontera entre el pasado y el futuro. Arthur alzó la mano, dudó un instante, y golpeó con suavidad la madera pulida. Su corazón latía con tal fuerza que temió que todo el pasillo pudiera escucharlo.
—¿Violet? —susurró—. Soy Arthur.
Unos segundos eternos antes de que escuchara movimiento al otro lado de la puerta. Los pasos descalzos se acercaron con vacilación, como si ella también estuviera luchando contra sus propias dudas.
—Arthur… —Su voz sonó sorprendida, vulnerable—. Es muy tarde.
—Lo sé —respondió él, apoyando la frente contra la puerta—. Pero necesito verte. Por favor.
La puerta se abrió con un susurro, revelando a Violet envuelta en un camisón de seda marfil que la luz de la luna convertía en oro pálido. Sus ojos verdes brillaron con una mezcla de sorpresa y preocupación, el cabello castaño cayendo en ondas sobre sus hombros desnudos.
—Arthur, ¿qué ha pasado? ¿Es Edmund? ¿Está…?
Sus palabras se perdieron cuando él cruzó el umbral y la tomó entre sus brazos, sus manos enredándose en su cabello mientras capturaba sus labios con una desesperación que había estado conteniendo durante semanas.
El beso fue profundo, hambriento, cargado de toda la pasión reprimida que había crecido entre ellos como una tormenta silenciosa.
Violet se tensó inicialmente, sus manos presionando contra el pecho de Arthur en un débil intento de resistencia.
—No podemos… —murmuró contra sus labios—. Aquí no, en la villa…
Pero Arthur ya no respondía a la lógica, solo al fuego que corría por sus venas. Sus labios se movieron hacia su cuello, dejando un rastro de besos que hicieron que Violet se estremeciera. El aroma de jazmín de su piel se mezclaba con el calor que emanaba de ambos cuerpos.
—Violet —susurró su nombre como una oración—. No puedo más. Te necesito.
La resistencia de ella se desmoronó como castillos de arena ante la marea.
Sus brazos se deslizaron alrededor del cuello de Arthur, atrayéndolo más cerca, mientras un calor desconocido se extendía por todo su cuerpo como miel derretida.
Nunca había experimentado nada semejante, nunca había sentido cómo cada célula de su ser cobraba vida bajo el toque de otro.
Con movimientos lentos y reverentes, Arthur deslizó los tirantes del camisón por sus hombros, pendiente de cada gesto de ella, buscando cualquier signo de rechazo. Pero Violet dejó caer los hombros, temblando no de frío, sino de una anticipación que no comprendía completamente.
La seda susurró al caer al suelo, dejándola expuesta bajo la luz plateada que se filtraba por las ventanas. Arthur se quedó inmóvil, admirando la perfección de su forma, la delicadeza de su piel que parecía porcelana iluminada desde dentro.
—Eres tan hermosa —murmuró, su voz ronca de emoción.
Con manos torpes pero decididas, Violet comenzó a desabrochar la camisa de Arthur, sus dedos temblando contra los botones.
Él la ayudó, despojándose de la prenda antes de que sus pantalones siguieran el mismo destino.
Cuando por fin se encontraron piel contra piel, ella lo atrajo hacia sí con una fuerza que la sorprendió, sintiendo cómo los músculos de su espalda se tensaban bajo sus palmas.
Arthur la guio hacia la cama, sus labios sin abandonar los de ella, sus manos explorando la suavidad de su piel con una reverencia que la hacía sentir como algo precioso y sagrado.
Cuando sus dedos encontraron la dureza de sus pezones, Violet arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios que la hizo sonrojarse.
—No sé qué hacer —confesó en un susurro, vulnerable y honesta.
—Déjame enseñarte —respondió él, sus ojos brillando con ternura—. Solo sígueme.
Sus cuerpos se entrelazaron en una danza antigua como el tiempo, Arthur guiándola con paciencia infinita mientras ella se perdía en sensaciones que jamás había imaginado.
Cuando finalmente se unieron, ella se aferró a él como si fuera su salvación, sintiendo cómo algo fundamental cambiaba en lo más profundo de su ser.
El mundo exterior desapareció, dejando solo el susurro de sus respiraciones entrelazadas y el latido acelerado de dos corazones que habían encontrado su ritmo perfecto.
* * *
La mañana siguiente, el comedor de la Villa Barrington estaba mucho más concurrido que de costumbre. Arthur servía té de una tetera de porcelana mientras Violet untaba mermelada en una tostada con movimientos más lentos de lo habitual, como si cada gesto requiriera una concentración especial.
Beatrice observó a su cuñada por encima de su taza de café, notando algo diferente en ella.
Había un brillo particular en sus ojos verdes, una luminosidad que no había visto antes, como si algo hubiera despertado en su interior durante la noche.
La piel de Violet parecía más rosada, más viva, y sus labios tenían un color más intenso que de costumbre.
—¿Has dormido bien, Violet? —preguntó Beatrice con curiosidad—. Te ves… diferente esta mañana.
Arthur carraspeó, concentrándose intensamente en añadir azúcar a su té, aunque ya había puesto dos cucharadas.
Su mente vagaba constantemente hacia las horas anteriores: la suavidad de la piel de Violet bajo sus manos, la forma en que había suspirado su nombre en la oscuridad, cómo la había hecho suya una y otra vez hasta que el amanecer los separó.
Apenas habían dormido dos horas, pero se sentía más despierto que nunca.
—Sí, muy bien —respondió Violet, evitando la mirada de Arthur mientras sus mejillas se teñían de rosa—. Creo que el aire marino me sienta bien.
Edmund bajó al comedor arrastrando los pies, con el cabello revuelto y ojeras pronunciadas. Se sirvió café negro y se dejó caer en su silla habitual, observando vagamente a los demás.
Arthur se aclaró la garganta, decidiendo que era momento de abordar el tema que había mantenido despierto su cerebro tanto como los brazos de Violet.
—Necesito contaros algo importante que descubrimos ayer —comenzó, dejando su taza en el platillo con un tintineo y mirando a Edmund y Violet—. Beatrice y yo hablamos con Eliza… y con Roberts y Florence.
La atención de Edmund se agudizó ligeramente, mientras Violet levantó la mirada con curiosidad.
—Eliza nos confesó algo un tanto extraordinario —continuó Arthur, midiendo sus palabras, pero dispuesto a no andarse con muchos preámbulos—.
Afirma ser nuestra hermanastra. Hija ilegítima de nuestro padre y Martha Jennings, la criada que trabajó aquí hace años.
Y que ya no estaba más en la villa cuando en 1918 volvimos de Palestina.
El tenedor de Violet se detuvo a medio camino hacia su boca, sus ojos abriéndose con sorpresa.