La Villa de los Sueños Capítulo 13 1930 - Corazones divididos (I) #4
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Capítulo 13 1930 - Corazones divididos (I) #4

En el interior de la villa, Violet se alisaba el vestido color marfil con manos temblorosas.

Cada fibra de su ser le gritaba que lo que estaba a punto de hacer desafiaba todas las convenciones, pero la necesidad de escapar, de sentirse viva, aunque fuera por unas horas, superaba cualquier otra consideración.

Edmund apareció en el pasillo, tambaleándose ligeramente. Sus ojos grises la recorrieron con indiferencia glacial, como si fuera parte del mobiliario.

—Voy a dar un paseo por el jardín —balbuceó Violet, intentando que su voz sonara natural—. Bajaré hasta el embarcadero.

—Haz lo que te dé la gana —gruñó Edmund, sin detenerse—. Por mí puedes tirarte al mar.

Las palabras la atravesaron como dagas, pero también la liberaron del último vestigio de culpa hacia su marido. Con el corazón martilleándole contra las costillas, Violet esperó hasta que Edmund desapareciera por el pasillo antes de dirigirse hacia la entrada principal.

Cruzó el vestíbulo a hurtadillas, cada pisada resonando como un tambor en sus oídos.

Roberts estaba ocupado en la biblioteca y Florence con Eliza y las otras criadas, atendían el piso superior.

La puerta principal se abrió sin resistencia, y el aire del atardecer en Malta la recibió con su mezcla de salitre y buganvillas.

El Bentley la esperaba como una promesa de libertad. Arthur le tendió la mano para ayudarla a subir, y cuando sus dedos se tocaron, Violet sintió una descarga que la hizo estremecer.

—¿Estás segura? —susurró Arthur.

—Completamente —mintió ella, aunque el remordimiento ya empezaba a asentarse en su estómago como plomo fundido.

Albert arrancó hacia las Tres Ciudades, y Arthur no pudo contener una sonrisa que iluminó todo su rostro.

Violet también sonrió, pero sus manos entrelazadas traicionaban la tormenta de emociones que la sacudía: alegría, culpa, miedo y una terrible certeza de que estaba cruzando una línea de la que no habría vuelta atrás.

* * *

Las Tres Ciudades se extendían ante ellos como un tapiz dorado bajo la luz del atardecer.

Vittoriosa, Senglea y Cospicua formaban un anfiteatro de piedra caliza que descendía hacia el Gran Puerto, donde los barcos de vapor dejaban estelas plateadas en el agua cristalina.

Arthur y Violet caminaban por los muelles de Vittoriosa, donde pescadores recogían sus redes mientras gaviotas danzaban sobre las barcas pintadas de azul y rojo.

El aire transportaba el perfume de jazmín que trepaba por las fachadas ocres de las casas, mezclándose con el salitre y el aroma a pan recién horneado que emanaba de alguna panadería.

Mujeres vestidas de negro conversaban desde balcones adornados con macetas de geranios, mientras niños descalzos perseguían gatos entre callejones empedrados que bajaban serpenteando hacia el mar.

Violet mantenía los ojos fijos en el suelo, pero cuando Arthur deslizó su mano sobre la suya, un estremecimiento eléctrico la recorrió desde los dedos hasta el hombro, expandiéndose como ondas de calor por todo su cuerpo. No retiró la mano. No pudo.

—No recuerdo la última vez que me sentí tan feliz —murmuró Arthur, deteniéndose frente a una balaustrada que dominaba el puerto—. Violet, yo… te amo.

Las palabras cayeron entre ellos como piedras al agua. Violet abrió la boca, pero no salió sonido alguno. Sus mejillas se tiñeron de carmesí.

—Arthur, no puedo… soy una mujer casada.

—Con un hombre que no te ama —replicó él, girándose para mirarla de frente—. Edmund nunca ha amado a ninguna mujer, Violet. Nunca lo hará.

La confesión se escapó de sus labios como si hubiera estado esperando años para liberarse. Le habló de Thomas, del amor prohibido que había consumido a su hermano, de la caída desde el acantilado que había destrozado por completo al heredero Barrington.

—Edmund amaba a Thomas con una pasión que jamás podrá sentir por ti o por cualquier otra mujer. Su matrimonio contigo fue una imposición del dolor, no del corazón.

Violet se aferró a la balaustrada, las piernas temblándole. Todo encajaba de repente: la frialdad, el desprecio, la manera en que Edmund la miraba como si fuera una extraña.

—Dios mío… —susurró.

Arthur la guio hacia un café en la plaza principal, donde familias aristocráticas disfrutaban del fresco vespertino bajo toldos de rayas blancas y azules.

Mesas de hierro forjado se desperdigaban entre palmeras enanas, y un violinista tocaba melodías italianas que flotaban sobre el murmullo de conversaciones en maltés e inglés.

—¿Y si nos reconocen? —musitó Violet, nerviosa.

—No somos tan conocidos aquí —la tranquilizó Arthur, escudriñando los rostros presentes—. Además, ¿qué hay de malo en que dos cuñados tomen el té juntos?

Pidieron Earl Grey y cannoli rellenos de ricotta. Cuando Violet mordió uno de los dulces, las migajas se adhirieron a la comisura de sus labios. Arthur extendió el pulgar y las limpió con una caricia que duró un segundo más de lo necesario.

El rubor volvió a encender las mejillas de Violet, pero esta vez no apartó la mirada.

Los ojos azules de Arthur la envolvían con una ternura que jamás había experimentado, una promesa silenciosa de felicidad que parecía imposible, pero se extendía ante ella como el mar dorado que besaba los muelles.

Por primera vez en meses, sonrió sin esfuerzo. Por un momento mágico, no era la esposa infeliz de Edmund Barrington. Era simplemente Violet, una mujer enamorándose bajo el cielo mediterráneo.

* * *

El Bentley negro se deslizó por la carretera serpenteante que regresaba a la Villa Barrington, sus faros cortando la oscuridad mediterránea como cuchillos de plata.

La noche había caído con esa rapidez característica del clima maltés, transformando el paisaje dorado del atardecer en un tapiz de sombras que bailaban bajo la luna creciente.

Violet guardó las manos entrelazadas sobre el regazo durante todo el trayecto, la mirada perdida en las luces distantes de La Valeta que titilaban como estrellas caídas.

Arthur, sentado a su lado, tampoco habló, pero una sonrisa persistente curvaba sus labios mientras observaba el perfil delicado de su cuñada recortado contra la ventanilla.

Al llegar a la villa, Violet descendió del automóvil sin esperar que Arthur la ayudara. Roberts apareció en el vestíbulo principal, impecable como siempre pese a la hora tardía.

—Lady Violet —la saludó con una leve inclinación—. ¿Desea que ordene preparar la cena?

—Bajaré en un momento, Roberts —respondió ella sin detener su paso hacia la escalinata—. Necesito refrescarme primero.

Sus zapatos de tacón repiquetearon sobre el mármol hasta desvanecerse en el primer piso, dejando tras de sí un eco que parecía llevar consigo todos los secretos de la tarde.

Arthur fue al salón principal, donde el mueble bar de roble tallado aguardaba como un altar dedicado al olvido.

Edmund ya estaba allí, hundido en una butaca de cuero con un coñac entre las manos, contemplando las llamas que crepitaban en la chimenea con ojos vidriosos, pero más lúcidos que de costumbre.

—Hermano —dijo Arthur, sirviéndose una copa de whisky escocés.

Edmund levantó la vista, sorprendido de encontrar compañía. Arthur se instaló en la butaca opuesta y extrajo del bolsillo una pipa de brezo que brilló a la luz del fuego.

—¿Desde cuándo fumas en pipa? —preguntó Edmund, arqueando una ceja—. Creí que eso era patrimonio exclusivo del viejo.

Arthur encendió la pipa con gestos deliberadamente pausados, aspirando hasta que el tabaco se avivó con un resplandor dorado.

—Un hombre puede cambiar sus hábitos —replicó, expulsando una bocanada aromática—. Además, me ayuda a reflexionar.

—¿Reflexionar sobre qué? —Edmund tomó un sorbo de coñac, estudiando a su hermano menor con curiosidad—. Vienes radiante, como si hubieras conquistado el mundo.

—Estuve en el club con Pemberton y los muchachos —mintió Arthur sin pestañear—. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una conversación civilizada.

—Ah, el club —Edmund sonrió con amargura—. Seguro que ya les has contado que su querido Mayor Barrington está demasiado ocupado ahogándose en alcohol para honrar su compañía.

—Tonterías. Te echan de menos, Edmund. Deberías acompañarme la próxima vez.

Edmund soltó una carcajada hueca que resonó contra las paredes forradas de libros.

—¿Yo? No creo que mi presencia resulte muy… inspiradora en estos días.

Arthur aspiró de nuevo de su pipa, observando cómo el humo se elevaba en espirales perezosas hacia el techo abovedado.

Su hermano tenía razón: estaba radiante, pero no por las razones que podía confesarle.

La tarde con Violet había encendido en su pecho una llama que amenazaba con consumirlo por completo.

La conversación se vio interrumpida por el repiqueteo decidido de tacones sobre el mármol. Beatrice irrumpió en el salón como una tormenta vestida de seda azul, con los ojos brillando de determinación y algo parecido a la indignación.

—Arthur, tenemos que hablar —anunció sin preámbulos.

—¿Ahora? —Arthur dio otra calada a su pipa—. Estoy conversando con Edmund.

—Ahora —insistió ella, agarrándolo del brazo con fuerza suficiente para dejar marcas—. Es importante.

Arthur suspiró y se levantó, siguiendo a su hermana hacia el salón de música contiguo. Una vez solos, Beatrice cerró las puertas correderas con un golpe seco.

—¡Por el amor de Dios, Arthur! —estalló—. ¿En qué estabas pensando?

—Cálmate, Beatrice. No sé de qué me hablas.

—¡Oh, no lo sabes! —Sus ojos azules chispearon—. Te vi marchar con Violet en el Bentley esta tarde. Solos. Durante horas. Soy una mujer moderna, hermano, pero no soy ciega.

Arthur dejó la pipa contra un cenicero de cristal, manteniendo la compostura.

—Violet necesitaba aire fresco. Le mostré las Tres Ciudades. No veo el escándalo.

—¿No ves el escándalo? —Beatrice se acercó hasta quedar a centímetros de él—. Arthur, está casada. Con nuestro hermano. Esto no puede acabar bien.

Arthur la miró fijamente, su sonrisa desvaneciéndose por primera vez en toda la tarde.

—Roberts —llamó hacia el vestíbulo—. Dígale a Eliza que queremos hablar con ella. Ahora.

Beatrice parpadeó, desconcertada por el cambio súbito de tema.

—Primero resolvamos el asunto de la señorita Jennings —dijo Arthur—. Después podremos discutir sobre… otros asuntos.

* * *

El sonido de pasos apresurados por el pasillo anunció la llegada de Eliza. Roberts la escoltó hasta el salón de música con expresión grave, como si condujera a una acusada ante el tribunal.

—Señores Barrington —dijo antes de retirarse, cerrando las puertas tras de sí.

Eliza permaneció de pie junto a la entrada, con las manos entrelazadas sobre el delantal blanco y la cabeza ligeramente inclinada.

Sus ojos grises recorrieron la habitación decorada con instrumentos musicales y partituras, antes de posarse en Arthur y Beatrice con una mezcla de desafío y nerviosismo.

—Has estado revisando objetos de valor por toda la casa —comenzó Beatrice sin preámbulos—. Violet te ha visto en el escritorio de padre cuando se suponía que limpiabas el pasillo.

Eliza levantó la barbilla con una dignidad que contrastaba con su posición servil.

—Solo cumplía con mis labores, señorita Beatrice.

—¿Incluyen tus labores inspeccionar el contenido de los cajones? —Arthur se acercó, con la autoridad natural que había heredado de su linaje—. Roberts y Florence también te han visto examinando otros lugares donde guardamos documentos o cosas de valor, cuando creías que nadie te observaba.

—Admiro las cosas hermosas —replicó Eliza, pero su voz tembló ligeramente—. No hay crimen en ello. Jamás he tomado nada sin permiso.

Beatrice cruzó los brazos, estudiando a la joven con creciente suspicacia.

—¿Admiras o evalúas? Porque, según los rumores del servicio, pareces más interesada en catalogar que en limpiar.

Eliza apretó los puños, luchando contra algo que pugnaba por escapar de su pecho. Su respiración se aceleró y una lágrima solitaria rodó por su mejilla antes de que pudiera detenerla.

—¿Qué pretendes exactamente, robarnos? —insistió Arthur, con un tono aún más duro al percibir la angustia de la muchacha.

—¡Pretendo justicia! —estalló Eliza, con una voz que resonó contra las paredes—. Pretendo que ese hombre haga frente a su obligación por lo que le hizo a mi madre.

Beatrice y Arthur intercambiaron una mirada de sorpresa.

—¿De qué hombre hablas? ¿Qué obligación? —preguntó Arthur—.

—Tu madre era Martha, ¿verdad? —Beatrice frunció el ceño—. Florence y Roberts nos dijeron que se marchó de la casa sin más explicaciones.

La risa amarga de Eliza cortó el aire como un cristal roto.

—¿Se marchó? —Sus ojos grises brillaron con una mezcla de dolor y furia—. No se marchó por su propia decisión. Eso lo han entendido mal, y estoy segura de que lo pueden confirmar con Roberts o Florence si les preguntan la verdad.

Arthur sintió un frío extraño recorriéndole la espalda.

—Entonces, ¿qué pasó realmente?

—La echó Sir Reginald —la voz de Eliza se quebró, pero mantuvo la barbilla alta—. La echó después de haberla dejado embarazada de mí.

Arthur dio un paso atrás como si las palabras de Eliza fueran balas disparadas a quemarropa. Beatrice se tambaleó ligeramente, buscando apoyo en el respaldo del sofá. Arthur palideció hasta que sus labios se volvieron una línea blanca.

—¿Qué estás insinuando? —preguntó Beatrice.

—Que soy su hermanastra —completó Eliza—. Y que he venido a reclamar lo que me corresponde por derecho.

Las palabras cayeron como piedras en un estanque, creando ondas de choque que se extendieron por toda la habitación. Arthur no sabía qué decir, mientras Beatrice se llevó una mano al pecho.

—Eso es… eso es una acusación muy grave —balbuceó Arthur.

—No es una acusación —Eliza se irguió con orgullo feroz—. Es la verdad. Martha Jennings trabajó aquí durante años. Años limpiando, cocinando, satisfaciendo todos los caprichos de esta familia. Hasta que Sir Reginald decidió que también podía satisfacer los suyos.

Beatrice palideció hasta adquirir el color de la cera.

—Estás diciendo que…

—Estoy diciendo que soy su hija —declaró Eliza, con cada palabra pronunciada como una sentencia—. Soy Eliza Barrington, aunque jamás haya tenido derecho a llevar ese apellido. Soy vuestra hermanastra.

El gramófono en el rincón permanecía mudo, mientras el eco de la confesión reverberaba entre las partituras dispersas.

Arthur se dejó caer en uno de los sillones, con el rostro contraído por la sorpresa.

Beatrice permaneció inmóvil junto a él, como si las palabras de Eliza la hubieran convertido en estatua.

—Mi madre murió en Londres, en una habitación miserable, sin un penique —continuó Eliza, con lágrimas fluyendo libremente—. Murió recordando esta villa, recordando al hombre que la había usado y desechado. Y yo… yo vine a reclamar lo que me corresponde.

—Dios mío —susurró Beatrice, recuperando la voz—. Dios santo, Eliza…