Capítulo 13 1930 - Corazones divididos (I) #3
—He tenido el placer de visitarlos en varias ocasiones oficiales —respondió Raj—. La variedad botánica refleja perfectamente la posición geográfica privilegiada de Malta.
Violet se adelantó hacia un pequeño puesto de flores silvestres que una anciana maltesa había instalado cerca de los cañones históricos, fingiendo interés en los ramilletes de jazmín y buganvillas.
Sus pasos se alejaron lo suficiente para otorgar cierta intimidad a la conversación que claramente había estado esperando desarrollarse.
Beatrice aprovechó el momento, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador.
—Nuestra villa se encuentra en los acantilados, a unas tres millas de aquí hacia el oeste —dijo, tocando discretamente su collar de perlas—. Villa Barrington. Los jardines ofrecen vistas espectaculares al atardecer, y Sir Reginald, mi padre, siempre recibe con mucho gusto a visitantes distinguidos.
Raj sintió el pulso acelerársele, pero mantuvo su compostura diplomática.
—Su hospitalidad es muy generosa, señorita Barrington. Los Barrington tienen una reputación excelente en los círculos oficiales de La Valeta. Aunque aún no he tenido el placer de conocer a su padre.
—Entonces quizás algún día podamos mostrarle esos jardines que tanto admiramos —murmuró ella, con una mirada que prometía mucho más que una simple visita social.
Raj sostuvo la mirada de Beatrice un instante más largo de lo socialmente apropiado, permitiendo que sus ojos transmitieran lo que sus palabras no podían expresar abiertamente. El mensaje había sido recibido con absoluta claridad.
—Será un honor para mí solicitar una audiencia con Sir Reginald —murmuró, con una inclinación apenas perceptible de la cabeza—. Los jardines que describe suenan verdaderamente extraordinarios.
El aire entre ellos se espesó con significados no pronunciados. Beatrice sintió el calor subir por su cuello, y por un momento, el protocolo social pareció disolverse bajo el sol.
Pero la voz de Violet, cada vez más cercana, los arrancó de aquel instante.
—Beatrice, querida, estas flores son preciosas. Deberíamos llevar algunas a la villa —anunció, regresando con un pequeño ramillete de jazmín entre las manos—. El aroma llenará el salón durante días.
Albert apareció tras ella, caminando con pasos largos y decididos que delataban su impaciencia creciente. Su expresión reflejaba la preocupación de quien había estado buscando a sus protegidas sin éxito durante los últimos minutos.
—Señoritas, he estado recorriendo todo el perímetro de los jardines —declaró, con el sudor perlando su frente—. Las busqué por todos los senderos pensando que se habían perdido o que algo había ocurrido.
Su mirada se posó en Raj con curiosidad mal disimulada, evaluando al desconocido que acompañaba a las jóvenes en un rincón apartado de los jardines. Ya era la segunda vez que lo veía hablando con la señorita Beatrice.
—Albert, permíteme presentarte al señor Raj Rathore —intervino Beatrice, recuperando rápidamente su compostura social—.
Es agregado cultural del gobierno británico.
Es el caballero que salvó mi sombrero ayer y nos volvimos a encontrar por casualidad y nos ha estado contando eventos fascinantes sobre la historia de Malta.
Albert hizo una inclinación breve, aunque su postura seguía tensa.
—Mucho gusto, señor. Pero me temo que debemos partir. Se espera a las señoritas para el almuerzo, y aún tenemos que comprar los lazos y las postales, y el trayecto de regreso requerirá al menos cuarenta minutos con el tráfico del mediodía.
Raj comprendió inmediatamente que el momento había llegado a su fin. Se irguió con elegancia diplomática, dirigiéndose primero a Violet con una reverencia formal.
—Lady Barrington, ha sido un placer conocerla. Espero que disfrute de las flores que ha adquirido.
Luego se volvió hacia Beatrice, y sus ojos se encontraron una vez más con esa intensidad contenida que los había conectado desde el primer instante.
—Señorita Barrington, nuestro encuentro ha sido verdaderamente enriquecedor. Enviaré una nota a Sir Reginald en los próximos días para solicitar el honor de una visita oficial a la Villa Barrington. Los jardines que describe despiertan mi curiosidad académica más profunda.
Beatrice sonrió, captando perfectamente cada matiz de sus palabras.
—Estoy segura de que padre recibirá su solicitud con el mayor agrado. Siempre aprecia conocer a representantes tan distinguidos del gobierno.
El grupo se dirigió hacia el Bentley, Albert manteniendo un paso ligeramente más rápido que delataba su urgencia por partir. Mientras las jóvenes subían al automóvil, Raj permaneció inmóvil entre las arcadas de piedra, observando cada detalle de la despedida.
El motor rugió, y Albert maniobró el vehículo hacia la salida de los jardines.
Beatrice se asomó discretamente por la ventanilla trasera, encontrando a Raj en el mismo sitio de donde lo habían dejado: de pie bajo los arcos históricos, con la luz filtrada creando halos dorados alrededor de su figura.
Mientras el Bentley se perdía por calles repletas de diferentes establecimientos en La Valeta, Violet se volvió hacia su cuñada con expresión severa.
—Beatrice Barrington, me has tendido la trampa más elaborada que he presenciado en meses —susurró, manteniendo la voz lo suficientemente baja para que Albert no pudiera escucharlas—. Y cuando lleguemos a casa, quiero conocer cada detalle de lo que realmente ocurrió ayer con ese caballero.
* * *
Esa tarde de 1930, Arthur ajustaba los gemelos de su camisa blanca frente al espejo del tocador cuando la puerta de su habitación se abrió sin previo aviso.
Se volvió sobresaltado, los tirantes colgando de sus hombros —hacía una década, Thomas o Edmund se habrían encargado de ayudarle a vestirse—, y frunció el ceño al ver a Beatrice irrumpir en su espacio privado.
—¡Por todos los santos, Beatrice! —exclamó, cruzándose de brazos sobre el pecho parcialmente desnudo—. ¿No te enseñaron a llamar a la puerta?
—Arthur, necesito hablar contigo ahora mismo —replicó Beatrice, cerrando la puerta tras ella con un chasquido decidido.
Él se giró hacia el armario, tomando una chaqueta de tweed gris.
—Pues tendrá que esperar. He quedado con Pemberton y Ashworth en el club dentro de una hora, y no pienso llegar tarde por una de tus crisis dramáticas.
—¡No es una crisis dramática! —Beatrice se plantó frente a él, sus ojos azules brillando con una mezcla de preocupación y determinación—. Es sobre Eliza.
Arthur se detuvo, la chaqueta a medio abrochar.
—¿Qué pasa con ella ahora?
—Florence vino a verme esta mañana. Y Roberts también. —Beatrice se retorció las manos—. Han vuelto a verla husmeando donde no debe.
—¿Husmeando? —Arthur terminó de abrocharse la chaqueta, su expresión endureciéndose—. Explícate.
—La encontraron rebuscando en los armarios del salón azul, donde guardamos algunas cosas de valor. Y ayer Roberts la vio revisando los cajones del escritorio de la biblioteca cuando pensaba que no había nadie.
Arthur se acercó al espejo para ajustarse la camisa, pero sus movimientos se volvieron más bruscos.
—¿Le preguntaron qué diablos estaba haciendo?
—Florence lo intentó, pero Eliza dijo que solo estaba limpiando a fondo. —Beatrice se mordió el labio inferior—. Pero Arthur, no limpiaba. Estaba buscando seguro algo específico.
Él se volvió hacia su hermana, los gemelos tintineando mientras se los colocaba.
—Maldita sea. Sabía que esto era una estupidez desde el principio.
—¡Tú apoyaste mi decisión de contratarla!
—¡Porque Edmund estaba borracho como una cuba para variar y a ti se te metió en la cabeza ser la dama caritativa! —Arthur se pasó una mano por el cabello—. Y porque papá no estaba aquí para impedirlo.
Beatrice se hundió en la butaca de cuero junto a la ventana.
—Florence y Roberts están nerviosos. Quieren esperar a que regrese papá mañana, pero…
—Pero si resulta que es una ladrona y papá se entera de que la metimos en casa durante su ausencia, seré yo quien pague las consecuencias.
—Arthur completó la frase, su voz cargada de amargura—.
Edmund estaba bebido, tú eres una niña que actuó por impulso, pero yo soy el que debería haber usado el sentido común.
—No eres justo con Edmund. Está…
—Edmund está perdido en su propio mundo de whisky y autocompasión. —Arthur tomó su reloj de bolsillo del tocador—. No puede liderar esta familia, Beatrice. Y cuando papá se dé cuenta de eso completamente, todas las responsabilidades caerán sobre mí.
Beatrice se levantó, acercándose a su hermano.
—Entonces, ¿qué hacemos con Eliza?
Arthur suspiró, guardando el reloj en el chaleco.
—Tenemos que enfrentarla. Esta noche. Antes de que papá regrese mañana.
—¿Esta noche? ¿No puedes cancelar tus planes con Pemberton?
—No. —Arthur tomó su sombrero del perchero—. Pero cuando regrese del club, hablaremos con ella. A solas. Si está robando o tramando algo, es mejor que lo sepamos y tomemos medidas antes de que se convierta en un escándalo.
Beatrice apretó los labios y no discutió, aunque la preocupación no desapareció de su rostro.
Salió de la habitación dejando a Beatrice sola con sus temores, mientras las sombras del atardecer se alargaban por los pasillos de la Villa Barrington como presagios de las verdades que estaban a punto de emerger.
* * *
Arthur se ajustó los tirantes mientras bajaba por las escaleras, el corazón acelerándosele con cada peldaño. La mentira a Beatrice le pesaba en el pecho, pero la perspectiva de ver a Violet lejos de las miradas inquisidoras de la villa lo llenaba de una electricidad que no había sentido jamás.
Albert esperaba junto al Bentley negro, el motor ya en marcha, con la discreción que caracterizaba al irlandés. Sus ojos verdes encontraron los de Arthur con una comprensión silenciosa.
—Ni una palabra de esto a nadie —dijo Arthur mientras se subía al asiento trasero.
—Por supuesto, señor Arthur —respondió Albert, ajustando el espejo retrovisor—. Mi boca está sellada.