Capítulo 13 1930 - Corazones divididos (I) #2
—Raj Kumar Arjun Singh Rathore, agregado cultural del Raj británico en Malta. Seguro que mañana ha olvidado ya mi complicado nombre —respondió él con una segunda reverencia—. Es un honor, señorita Barrington.
—Espero que no señor Rathore. ¿Es usted príncipe? —preguntó ella con curiosidad genuina, señalando el anillo distintivo.
—Heredero de un estado que parece cada día más lejano —confesó Raj, sorprendiéndose por su propia honestidad—. Actualmente, prefiero los títulos diplomáticos a los reales.
Beatrice se colocó el sombrero, asegurándolo con una horquilla mientras lo observaba con fascinación.
—¿Y qué le parece Malta comparada con la India?
—Curiosamente familiar. No son islas, pero ambas se sienten un poco aisladas del mundo en cierto sentido —Raj contempló el horizonte—. Rodeadas de agua, pero también de expectativas que a veces resultan… restrictivas.
Sus ojos se encontraron, y Beatrice percibió una melancolía que reconoció en sí misma. Este hombre comprendía la sensación de estar atrapado entre mundos, entre deberes y deseos.
—¿Lee usted poesía en los jardines habitualmente? —preguntó ella, notando el libro que él había dejado sobre el banco.
—Hafez. Sus versos sobre el amor y la libertad resultan reconfortantes cuando uno se siente… lejos de casa.
—¿Conoce a Shelley? “Music, when soft voices die, vibrates in the memory” —recitó Beatrice con voz suave.
La expresión de Raj se transformó, iluminándose con una comprensión profunda.
—“Rose leaves, when the rose is dead, are heaped for the beloved’s be” —completó él—. No esperaba encontrar una amante de la poesía romántica en los jardines malteses.
—Ni yo esperaba encontrar a alguien que la citara en perfecto inglés —replicó ella, sonrojándose ligeramente.
El momento se extendió entre ellos, cargado de una comprensión mutua que trascendía las convenciones sociales. Raj sintió que por primera vez en meses respiraba libremente, mientras Beatrice experimentaba una curiosidad que iba más allá de la cortesía.
—¡Señorita Beatrice!
La voz de Albert cortó el aire como un cuchillo. El chófer se aproximaba con paso decidido, claramente preocupado por la prolongada conversación con un desconocido.
Beatrice suspiró, la realidad regresando como una ola fría.
—Debo marcharme —murmuró, sin poder evitar una última mirada a aquellos ojos color miel—. Gracias por rescatar mi sombrero, señor Rathore.
—El placer ha sido enteramente mío, señorita Barrington.
Mientras ella se alejaba junto a Albert, Raj permaneció inmóvil, grabando en su memoria la imagen de aquella joven que, por un instante, había hecho que Malta se sintiera como libertad en lugar de exilio.
* * *
Al día siguiente, Beatrice irrumpió en la habitación de Violet con una energía contagiosa que contrastaba marcadamente con el ambiente melancólico que había dominado la villa durante semanas.
—¡Violet, prepárate! Nos vamos a La Valeta inmediatamente —anunció, sentándose en el borde de la cama con los ojos brillando de entusiasmo.
Violet apartó la vista del libro que tenía entre manos, parpadeando confundida.
—¿La Valeta? Pero si ya fuiste ayer con Florence…
—Sí, pero se me olvidaron cosas —Beatrice se inclinó hacia delante, bajando la voz conspirativamente—. Necesito comprar cintas para mi vestido azul marino y algunas postales para enviar a Londres.
La excusa sonaba plausible, aunque Violet percibió algo extraño en el brillo de los ojos de su cuñada. Beatrice jamás olvidaba los detalles de la moda, y sus cartas a Londres siempre estaban meticulosamente planificadas.
—¿No puede esperar hasta la próxima semana? Arthur mencionó que…
—¡No! —interrumpió Beatrice con una urgencia que sorprendió a ambas—. Es decir, necesito las cintas para el vestido de esta noche. Ya sabes cómo se pone Edmund cuando no estamos presentables en la cena.
La mención de Edmund bastó para convencer a Violet. Cualquier excusa para alejarse de la villa y de las miradas hostigantes de su esposo era bienvenida.
Media hora después, Albert esperaba junto al Bentley con expresión resignada mientras las dos jóvenes subían al automóvil. Sus vestidos de muselina blanca y azul pálido ondeaban suavemente con la brisa mediterránea.
—No entiendo por qué no se acordó ayer de las cintas, señorita Beatrice —rezongó Albert, arrancando el motor—. Florence no tenía nada de eso ayer en la lista y estuvieron horas en diferentes tiendas.
Beatrice se sonrojó ligeramente, fingiendo absorción en el paisaje que desfilaba por la ventanilla.
—A veces la mente se distrae con tantas cosas, Albert. Seguramente usted lo comprende.
—Comprendo que voy a pasar dos días seguidos esperando en La Valeta en lugar de atender los jardines que necesitan poda urgente —replicó él, aunque sin malicia real.
Violet observó el intercambio con curiosidad creciente. Conocía a Beatrice lo suficiente para detectar cuando ocultaba algo, y su comportamiento nervioso confirmaba sus sospechas.
—¿Estás segura de que solo necesitas cintas? —preguntó en voz baja mientras Albert navegaba las calles empedradas hacia el centro de la ciudad.
—Por supuesto. ¿Qué más podría necesitar?
Pero la respuesta llegó demasiado rápido, demasiado defensiva. Violet decidió esperar y observar.
Una vez en La Valeta, Albert, por insistencia de Beatrice, estacionó el Bentley cerca de los jardines de Upper Barrakka, exactamente donde habían estado el día anterior.
Las jóvenes descendieron del automóvil con movimientos gráciles, sus sombrillas creando círculos de sombra sobre el pavimento caliente.
—Albert, ¿sería demasiado pedir que primero nos permitas caminar solas por los jardines un rato? —preguntó Beatrice con su sonrisa más persuasiva—. Hace tanto calor, y usted necesita también una pausa con tanta conducción…
El chófer frunció el ceño, claramente reacio.
—No sé si es apropiado, señorita. Su padre fue muy claro sobre mantenerlas acompañadas en lugares públicos.
—Solo serán veinte minutos —insistió Violet, sorprendiéndose por su propio apoyo a la misteriosa misión de Beatrice—. Podemos verlo desde los jardines, y usted puede vernos a nosotras.
Albert miró alternativamente a las dos jóvenes, notando la determinación inusual en sus rostros. La combinación del calor sofocante y su genuino cariño por ambas venció su resistencia.
—Muy bien. Pero no se alejen de mi vista, y regresen en quince minutos exactos.
Beatrice tomó del brazo a Violet y la dirigió hacia los jardines con paso decidido. Sus corazones latían con la emoción de la aventura, aunque solo una de ellas sabía verdaderamente qué esperaba encontrar entre las arcadas de piedra y los cañones históricos.
Mientras caminaban por los senderos de piedra caliza de Upper Barrakka, Violet notó cómo la respiración de Beatrice se aceleraba. Sus ojos escaneaban cada banco, cada arco, cada rincón sombreado con una intensidad que nada tenía que ver con admirar el paisaje mediterráneo.
—¿Buscas algo específico? —preguntó Violet, ajustando su sombrilla para protegerse del sol matutino.
—Solo… disfruto observar a la gente —dijo Beatrice, aunque su voz sonaba tensa—. Malta tiene visitantes tan interesantes…
Entonces lo vio. Sentado en el mismo banco donde había rescatado su sombrero el día anterior, Raj leía un libro encuadernado en cuero.
La luz dorada se filtraba entre las hojas de los árboles, creando un patrón de sombras danzantes sobre su perfil concentrado.
Llevaba un traje de lino color crema que contrastaba elegantemente con su piel dorada, y el anillo con el emblema del león brillaba discretamente en su mano.
Beatrice se detuvo abruptamente, fingiendo sorpresa con una actuación que habría sido convincente para cualquiera excepto para Violet, que poco a poco ya iba conociendo mejor a su cuñada.
—¡Qué casualidad extraordinaria! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. Es el caballero que rescató mi sombrero ayer.
Raj alzó la vista del libro, y por un instante, su máscara diplomática se resquebrajó lo suficiente para revelar la satisfacción genuina que sintió al verla. Se puso en pie con movimientos fluidos, guardando el libro en su chaqueta.
—Señorita Barrington, qué sorpresa inesperada —dijo, con una inclinación formal de cabeza—. Confiaba en que pudiera volver a verla pronto, aunque no hubiera imaginado que fuera justamente al día siguiente de haber rescatado su sombrero.
—Una completa casualidad —respondió Beatrice, extendiendo su mano enguantada—. Permítame presentarle a mi cuñada, Lady Violet Barrington.
Violet observó el intercambio con curiosidad creciente. El protocolo era impecable, pero había algo en la manera en que se miraban que sugería una familiaridad que iba más allá de un encuentro casual del día anterior.
—¿Señor…? —inquirió Violet educadamente.
—Raj Kumar Arjun Singh Rathore, a su servicio —respondió él, besando brevemente el dorso de la mano de Violet—. Agregado cultural del Raj británico en Malta.
—¡Es diplomático! —Corroboró Beatrice—. ¡Qué fascinante debe ser su trabajo aquí!
—Malta ofrece una perspectiva única sobre las confluencias culturales del Mediterráneo —respondió Raj, manteniendo su tono profesional, aunque sus ojos se suavizaron al hablar con ella—. La isla ha sido un crisol de civilizaciones durante milenios.
Decidieron pasear un rato por los senderos; Raj mantuvo una conversación culta sobre la historia maltesa, pero Violet notó cómo su atención se dirigía constantemente hacia Beatrice.
Habló de los templos megalíticos, de los Caballeros de San Juan, de la arquitectura barroca, pero sus pausas coincidían perfectamente con las preguntas entusiastas de su cuñada.
—¿Conoce los jardines de Argotti? —preguntó Beatrice cuando se alejaron gradualmente hacia una zona más apartada, donde las arcadas de piedra los ocultaban de la vista de Albert—. Son espectaculares en esta época del año.