Capítulo 13 1930 - Corazones divididos (I)
El sol maltés descendía sobre La Valeta, pintando los muros de piedra caliza con tonos que recordaban demasiado a Rajastán. Raj Kumar Arjun Singh Rathore contempló el sobre que descansaba sobre su escritorio de caoba como si fuera una serpiente enroscada.
El lacre rojo sangre exhibía el emblema familiar: un león rampante sobre una luna creciente. El mismo símbolo que llevaba grabado en el anillo de su mano derecha, el mismo que había visto toda su vida en palacios, banderas y documentos de estado. El mismo que ahora se sentía como un grillete.
Rompió el sello con un movimiento preciso, casi quirúrgico. La caligrafía perfecta de su padre se desplegó ante él en papel vitela de la mejor calidad, cada trazo una demostración de poder y control:
“ Mi querido hijo,
Confío en que tus responsabilidades en Malta te mantengan ocupado y que tu estancia como agregado cultural esté cumpliendo los propósitos diplomáticos que acordamos.
Sin embargo, ha llegado el momento de que regreses a casa y asumas las obligaciones que tu posición y tu linaje exigen.
Su Alteza el Maharajá de Jodhpur y yo hemos finalizado las negociaciones para tu Enlace matrimonial con su hija, la princesa Priya.
La alianza consolidará nuestras casas y fortalecerá nuestra posición en tiempos de incertidumbre política.
Espero tu regreso en tres semanas. Los preparativos para la ceremonia de compromiso ya han comenzado. No me decepciones cumpliendo con tu deber, como siempre has hecho.
Tu padre,
Maharajá Vikram Singh Rathore de Marawar ”
Raj dejó caer la carta sobre el escritorio. Afuera, las campanas de alguna iglesia cercana marcaban las cuatro de la tarde, cada tañido resonando en su pecho como un recordatorio del tiempo que se agotaba.
Tres semanas.
Veintiún días para terminar una vida que apenas comenzaba a sentir como propia.
Se levantó y cruzó la habitación hacia el rincón donde descansaba su sitar, el único objeto puramente personal que había traído consigo desde la India. Lo tomó con manos que temblaban apenas perceptiblemente y se sentó junto a la ventana que daba al Gran Puerto.
Los primeros acordes brotaron suaves, melancólicos. Una raga vespertina que su maestro le había enseñado cuando era niño, cuando el mundo parecía más simple y el futuro aún no se había convertido en una jaula dorada.
Sus dedos se movían sobre las cuerdas con memoria muscular, pero su mente vagaba por territorios peligrosos. Priya era bella, educada, perfecta en todos los sentidos que importaban a su padre y al Consejo de Estado. Probablemente sería una esposa apropiada, una maharaní digna.
Y él la haría infeliz, porque jamás podría amarla.
La música se volvió más intensa, más desesperada.
Raj cerró los ojos, viendo tras sus párpados el palacio de Marawar con sus jardines perfectos y sus salones llenos de retratos de antepasados que lo miraban con reproche silencioso.
Veía los templos donde se celebraría la boda, las caras expectantes de miles de súbditos que esperaban continuidad, estabilidad, tradición.
Todo menos la verdad de lo que realmente era: un hombre de veintiséis años que había pasado la vida cumpliendo expectativas ajenas, interpretando un papel escrito antes de su nacimiento.
La última nota del sitar vibró en el aire quieto del despacho antes de desvanecerse como humo.
Raj dejó el instrumento con cuidado reverente y se puso de pie, alisándose la chaqueta con un gesto automático de años de entrenamiento en comportamiento apropiado. El anillo familiar pesaba en su dedo como plomo.
Tomó su sombrero del perchero junto a la puerta. En el exterior la Valeta lo esperaba con sus calles estrechas y sus secretos mediterráneos, tan diferentes de los palacios del desierto donde había crecido.
Necesitaba aire. Necesitaba olvidar, aunque fuera por una tarde, que no era libre.
* * *
El Bentley negro se deslizó por las calles empedradas de La Valeta mientras Albert maniobraba hábilmente entre carretas de pescadores y transeúntes matutinos.
Beatrice observaba por la ventanilla la actividad del puerto, donde los barcos pesqueros regresaban con sus redes plateadas bajo el sol mediterráneo.
Esa mañana de 1930 se aburría en la villa y había decidido acompañar a Florence y Albert para realizar unos encargos.
Beatrice sonrió, tocando inconscientemente el sombrero cloche azul adornado con plumas de avestruz que había pertenecido a su madre.
Se lo había puesto para la ocasión sintiendo nostalgia, necesitando algo que la conectara con recuerdos felices.
El sombrero hacía juego perfectamente con su vestido de día color lavanda, de corte moderno que llegaba justo debajo de las rodillas, escandalizando a la servidumbre más tradicional.
Albert detuvo el automóvil frente a la farmacia Sammut, donde Florence tenía primero que recoger medicamentos para la despensa doméstica. La mujer se apeó con su bolsa de mimbre y su lista meticulosamente escrita.
—Esperaré allí enfrente —anunció Beatrice un minuto después, señalando hacia los exuberantes jardines de Upper Barrakka que se extendían al otro lado de la calle.
—Señorita Beatrice, su padre no aprobaría que camine sola por La Valeta —protestó Albert, girándose desde el asiento del conductor—. Debería permanecer en el automóvil.
—Tonterías, Albert. Puedes verme perfectamente desde aquí.
Beatrice se apeó antes de que él pudiera objetar nuevamente, ajustándose los guantes de seda mientras cruzaba la calle con paso decidido. Su vestido color lavanda ondeaba suavemente con la brisa marina.
Albert suspiró, reposicionando el Bentley para mantener una vista clara de los jardines. Desde su ventanilla observó cómo Beatrice se dirigía hacia las arcadas de piedra caliza, donde las buganvillas púrpuras trepaban por las columnas barrocas.
La joven se detuvo junto a la balaustrada que dominaba el Grand Harbour, respirando profundamente el aire salado. Contempló los veleros que navegaban entre las aguas azul cobalto, sus manos apoyadas en la piedra tibia por el sol matutino.
Albert mantuvo la vista fija en ella, consciente de que Sir Reginald le haría responsable de cualquier impropiedad.
Florence tardaría al menos veinte minutos más.
El lugar estaba tranquilo a esa hora, con solo algunos caballeros leyendo periódicos en los bancos de piedra y niñas maltesas jugando entre las palmeras.
Albert optó por abandonar el vehículo y entablar conversación con otro conductor conocido que acababa de estacionar en las proximidades y aguardaba igualmente a que sus patrones quisieran volver a casa.
En la balaustrada que dominaba el Gran Puerto, los cañones Saluting Battery montaban guardia silenciosa. Desde allí Beatrice también podía contemplar las Tres Ciudades al otro lado del agua azul cobalto, con sus fortificaciones doradas brillando bajo la luz matinal.
Una brisa marina ascendió desde el puerto, trayendo consigo el graznido de las gaviotas y el tintineo de las jarcias.
Beatrice cerró los ojos, permitiendo que el viento le acariciara el rostro.
Por primera vez en semanas se sentía libre de la tensión que últimamente envolvía la Villa Barrington como una manta asfixiante.
El viento arreció súbitamente, más fuerte y caprichoso. Beatrice sintió cómo sus cabellos se agitaban bajo el sombrero cuando una ráfaga especialmente violenta se lo arrebató de la cabeza.
—¡No!
El sombrero azul voló como un pájaro herido, las plumas de avestruz ondulando en el aire. Beatrice corrió tras él, pero el viento lo elevó por encima de la balaustrada hacia los cañones históricos que apuntaban al mar.
El sombrero aterrizó sobre el cañón central, las plumas meciéndose precariamente en el metal oxidado. Beatrice se asomó por encima de la baranda de piedra, calculando la distancia. El sombrero estaba a solo dos metros, pero el cañón se alzaba sobre una plataforma elevada.
—Disculpe, señorita. ¿Necesita ayuda?
Beatrice se volvió hacia la voz y se encontró con un hombre alto de piel dorada que se incorporaba elegantemente desde un banco cercano.
Vestía un traje de lino color crema impecablemente cortado, con un chaleco de seda que reflejaba su educación europea, pero sus rasgos delataban un origen oriental que la intrigó inmediatamente.
Sus ojos color miel la observaron con una mezcla de cortesía y diversión contenida. El cabello negro, peinado hacia atrás con pomada, brillaba bajo el sol mediterráneo. En su mano derecha, un anillo de oro con el emblema de un león sobre una luna captó la atención de Beatrice.
—Permítame, señorita.
Su voz llevaba el acento refinado de Oxford, pero con una cadencia musical que sugería orígenes más exóticos. Sin esperar respuesta, se dirigió hacia los cañones con movimientos fluidos y atléticos.
Raj Kumar había estado leyendo un volumen de poesía persa cuando el viento caprichoso había interrumpido su concentración matinal. Ahora, mientras trepaba ágilmente sobre la plataforma de piedra, no podía apartar la vista de aquella joven inglesa cuya sonrisa espontánea había iluminado la mañana.
Con un movimiento preciso, rescató el sombrero de las plumas de avestruz antes de que otra ráfaga lo arrastrara hacia el agua. Las telas azules ondearon en sus manos como algo precioso y frágil.
—Su sombrero, señorita —dijo, aproximándose con una reverencia formal que no ocultaba del todo su sonrisa—. Aunque debo confesar que por un momento pensé que era un ave exótica intentando escapar.
Beatrice rio, un sonido cristalino que resonó entre las arcadas de piedra.
—¡No exagere! Aunque supongo que las plumas pueden resultar confusas desde la distancia.
Tomó el sombrero, sus dedos rozando brevemente los de él. Una electricidad inesperada le recorrió la mano.
—Beatrice Barrington —se presentó, olvidando por un momento las reglas estrictas de protocolo social.