Capítulo 12 2025 - Despertar de memorias #2
Su tono era diferente esta vez. No la ira embriagada de encuentros anteriores, sino una confusión genuina, como si acabara de despertar de un largo sueño y no comprendiera dónde se encontraba.
—No… no eres real —murmuró Lily, pero las palabras salieron débiles, sin convicción.
—¿Real? —Edmund se acercó, y Lily pudo ver las venas rojas en sus ojos, oler el whisky rancio en su ropa—. ¿Qué es real? ¿Esta casa que no para de cambiar? ¿Esas máquinas diabólicas que hacen ruido sin cesar? ¿Tú, con esas ropas extrañas y esa manera de hablar?
La desesperación en su voz era palpable. Edmund volvió a mirar el reloj, como si buscara respuestas en su esfera dorada.
—Thomas… —susurró—. Thomas debería estar ya aquí. Solo ha salido a dar un paseo por la playa para aclarar sus pensamientos.
Lily sintió una opresión en el pecho. La soledad que emanaba de Edmund era tan intensa que la ahogaba, como si absorbiera todo el oxígeno de la habitación.
—¿Quién es Thomas? —preguntó, sin saber por qué.
Edmund levantó la cabeza bruscamente, con ojos que ardían de esperanza y dolor.
—¿Lo has visto? ¿Ha venido?
El reloj de bolsillo se le resbaló de las manos, cayendo al suelo con un sonido metálico que resonó como un gong. Edmund se lanzó a recogerlo con desesperación, pero sus manos parecían atravesar el objeto.
—No puedo… no puedo tocarlo —murmuró, y su voz se quebró en un sollozo—. No puedo tocar nada.
Lily despertó con un grito ahogado, su corazón martilleando contra las costillas. El sudor empapaba su camiseta, y sus manos temblaban mientras buscaba a tientas el interruptor de la luz.
La habitación estaba vacía, pero la sensación de presencia persistía. Como si Edmund siguiera allí, observándola desde las sombras que la luz no alcanzaba a disipar.
Lily nunca había creído en fantasmas, en energías sobrenaturales o en casas embrujadas. Pero algo en la Villa Barrington desafiaba sus convicciones racionales, algo que no quería dejarla descansar en paz.
* * *
La mañana mediterránea envolvió a Lily con una brisa suave que contrastaba con la pesadez que cargaba en el pecho.
Había vuelto a dormir mal, fragmentada entre sueños inquietantes donde Edmund aparecía con una claridad perturbadora.
Necesitaba aire fresco, caminar, alejar de su mente esas imágenes que no conseguía explicar.
Se dirigió hacia La Valeta, recordando haber visto un pequeño café no muy lejos de la villa. El paseo le haría bien, y un desayuno decente quizás la ayudaría a recuperar el equilibrio.
Al pasar por la entrada de la Villa Camilleri, divisó una figura familiar entre los rosales silvestres. Caterina se encontraba arrodillada junto a un macizo de flores, hablando en voz baja mientras recogía pétalos marchitos con la delicadeza de quien acaricia a un niño dormido.
—Buenos días, Caterina —la saludó Lily, acercándose a la verja de hierro forjado.
La joven levantó la cabeza, y todo su rostro se abrió como si acabara de ver algo que llevaba tiempo esperando.
—¡Lily! ¡Lily ha venido! —exclamó, poniéndose en pie con movimientos torpes pero entusiastas—. Las flores… las flores estaban tristes. Pero ahora… ahora están contentas.
Su manera peculiar de hablar, mezclando la inocencia infantil con una sabiduría extraña, seguía desconcertando a Lily. Caterina se acercó a la verja, limpiándose las manos en el delantal manchado de tierra.
—Tienes que… tienes que entrar. Mattew…, Mattew quiere conocerte mejor.
—No quiero molestar —comenzó Lily, pero Caterina ya había abierto la puerta del jardín con la determinación de una niña que no acepta un no por respuesta.
—No molestas nunca. Nunca, nunca —insistió, tomándola del brazo con una familiaridad cariñosa—. Ven, ven a ver nuestra casa.
Lily se dejó guiar a través del jardín salvaje, donde estatuas cubiertas de musgo vigilaban senderos serpenteantes. La Villa Camilleri desprendía un encanto desordenado, como si el tiempo hubiera decidido detenerse en un momento de felicidad imperfecta.
El interior confirmó esa primera impresión.
Los muebles se amontonaban sin orden aparente, creando rincones acogedores donde convivían relojes antiguos, jarrones con flores silvestres y juguetes que parecían haber sido abandonados recientemente.
En el salón principal, Mattew clasificaba meticulosamente una colección de objetos sobre una mesa cubierta por un mantel descolorido.
—Mattew… Mattew, mira quién…, quién ha venido —anunció Caterina con la excitación de quien presenta un regalo esperado.
El hermano levantó la vista, y Lily reparó en el parecido de sus ojos azules enormes, aunque los de Mattew brillaban con una intensidad diferente, más analítica.
—Lily… Carter —pronunció, saboreando cada sílaba—. Lily… vive ahora en… en la villa.
—Solo temporalmente, mientras trabajo en la restauración —aclaró ella, pero Caterina la interrumpió con urgencia.
—El señor serio… el señor serio está perdido, Lily. Muy, muy perdido —sus mejillas redondas se arrugaron con preocupación—. No sabe… no sabe quién es. Camina y camina… pero no encuentra… no encuentra el camino.
Un escalofrío recorrió la espalda de Lily. Sus sueños con Edmund volvieron a la superficie como olas inevitables.
—Se llama Edmund —dijo, sin saber por qué lo decía.
Los ojos de Caterina se agrandaron hasta volverse perfectos círculos de asombro.
—¡Edmund! ¡Sí, Edmund! —aplaudió con las manos manchadas de tierra—. Ahora… ahora puede recordar. Los nombres… los nombres son importantes.
Mattew se acercó a una vitrina polvorienta con pasos medidos y ceremoniosos. Sacó un cuaderno de cuero gastado, manipulándolo con el cuidado de quien maneja una reliquia sagrada.
—Encontré… encontré esto en… en la villa. Hace años… cuando estaba vacía —explicó, ofreciéndoselo a Lily—. Edmund… escribía. Escribía sobre… sobre Palestina.
Lily tomó el diario con manos temblorosas.
Las páginas amarillentas se abrieron, revelando una caligrafía elegante en tinta desvaída.
Leyó al azar: “Thomas ríe mientras afina el violín bajo las estrellas de Jerusalén. Su voz hace que esta guerra parezca menos real, menos terrible. Si pudiera detener el tiempo…”
La realidad se tambaleó a su alrededor. Era imposible. Tenía que serlo.
—A veces… a veces habla conmigo —continuó Caterina, sentándose en el brazo de un sillón desgastado—. Pero está enfadado… muy enfadado. No me… no me cae bien cuando está enfadado.
—¿Habla contigo? —la voz de Lily sonó extraña, como si viniera de muy lejos.
—Mattew no… no puede verlo. Solo yo… solo yo puedo.
Mattew frunció el ceño con la seriedad de quien lleva mucho tiempo pensando en eso, como si aquella diferencia entre hermanos fuera tan natural como el color de pelo.
—Caterina ve… ve cosas que otros… que otros no ven.
* * *
Una hora más tarde, Lily ya había abandonado a los hermanos, tras aparecer Clara de nuevo para hacerse cargo de ellos.
Ahora estaba en un barco que se balanceaba suavemente mientras cortaba las aguas cristalinas entre La Valeta y Sliema.
Lily se aferró a la barandilla, sintiendo la brisa mediterránea acariciar su rostro, pero ni la belleza del paisaje ni la calidez del sol lograban calmar el torbellino de pensamientos que se agitaba en su mente.
El diario de Palestina de Edmund descansaba en su bolso como una bomba sin explotar.
Necesitaba distancia. Perspectiva. Cordura.
Al llegar al embarcadero de Sliema, sus pasos la llevaron instintivamente hacia un pequeño café con terraza que daba al mar. Se acomodó en una mesa bajo una sombrilla y pidió un cortado, sus manos temblando ligeramente mientras abría el cuaderno de cuero gastado.
La caligrafía de Edmund se desplegó ante ella como un mapa hacia el pasado:
“ Arthur me mira con esa mezcla de admiración y reproche que conozco tan bien. No comprende que algunos hombres no están hechos para la guerra, aunque la libremos con honor. Thomas dice que la valentía no se mide por la ausencia de miedo, sino por actuar a pesar de él. Cada día entiendo más por qué lo amo. ”
Lily cerró los ojos, sintiendo el café amargo en su lengua. Imposible. Todo esto era imposiblemente específico, imposiblemente detallado para ser una coincidencia. Las fechas, los nombres, la ubicación… cada pieza encajaba con una precisión que helaba la sangre.
Pasó varias páginas hasta encontrar una entrada que la dejó sin aliento:
“ Beatrice ha enviado una carta desde Malta, llena de noticias sobre fiestas y pretendientes. Su alegría contrasta dolorosamente con la melancolía que se ha apoderado de mí. Papá habla de casamientos convenientes y nuestro deber en Palestina está llegando a su fin. Thomas bromea diciéndome que nunca podré ser el hermano casado y responsable que esperan. Si supiera cuánta razón tiene… ”
Sus manos buscaron el teléfono casi por instinto propio. Marcó el número de Chiara con dedos que parecían moverse solos.
—¿Lily? —la voz cálida de Chiara resonó al otro lado de la línea—. ¿Cómo va todo en la villa?
—Chiara, necesito preguntarte algo sobre tu familia. Sobre Edmund Barrington.
Una pausa, apenas perceptible.
—Edmund… sí, mi padre Henry hablaba a veces de él. ¿Por qué?
—¿Tenía hermanos? ¿Arthur y Beatrice?
—Sí, exactamente. Arthur era su hermano menor y mi abuelo, y Beatrice la hermana pequeña. Lily, ¿estás bien? Tu voz suena extraña.
El café se enfrió mientras Lily procesaba la confirmación. No era una coincidencia. No era su imaginación. Era real, jodidamente real.
—¿Y… hubo alguien llamado Thomas?
Esta vez nadie habló durante demasiado tiempo.
—¿Cómo sabes sobre Thomas? —la pregunta de Chiara sonó cautelosa—. Ese nombre… Mi abuelo Arthur lo mencionó hace años, pero cuando preguntaba para obtener más detalles, cambiaba de tema. Dijo que había sido una pérdida terrible para su hermano Edmund.
Lily cerró el diario, su decisión cristalizándose como agua en hielo.
—Chiara, ¿podrías darme el número de Selene?
—¿Selene? Pensé que no creías en esas cosas.
—Es para… para preguntarle sobre la historia local. Ya sabes, para la restauración. Quiero que todo sea auténtico.
La mentira salió tan fácil que la asustó.
—Claro, te lo envío por mensaje. Pero Lily, ¿estás segura de que estás bien? Suenas muy extraña hoy.
—Estoy perfectamente. Solo curiosidad profesional.
Colgó antes de que Chiara pudiera insistir. Segundos después, el número de Selene apareció en su pantalla como una invitación al abismo.
Lily contempló los dígitos, consciente de que marcarlos significaría cruzar una línea que no podría deshacer.
Significaría aceptar que algo imposible estaba ocurriendo, que los muertos podían hablar y que ella, la racional e incrédula Lily Carter, estaba a punto de pedir ayuda a una pitonisa para comunicarse con un fantasma.
Decidió no darle más vueltas y marcó el número.