Capítulo 12 2025 - Despertar de memorias
Las obras en la Villa Barrington avanzaban con un ritmo que incluso había sorprendido a Chris.
El martilleo constante y el rugido de las máquinas se habían convertido en la banda sonora de los últimos días, pero era música esperanzadora.
Si mantenían ese paso, en dos semanas más todas las reparaciones estructurales acordadas con Chiara estarían completadas.
Chris se secó el sudor de la frente con el antebrazo mientras observaba el trabajo de su equipo desde el andamio del salón principal.
La semana había traído sus desafíos. El martes, una tubería vieja había cedido durante la instalación del nuevo sistema de fontanería, convirtiendo el elegante salón en un lago improvisado que casi arruina los suelos de mármol originales.
—Madonna mía —había murmurado Giuseppe, su fontanero siciliano, contemplando el desastre con las manos en la cadera—. Questa villa ha una maledizione con l’acqua.
Habían trabajado toda la noche para drenar el agua y salvar lo que pudieran.
Chris había permanecido allí hasta las cuatro de la madrugada, dirigiendo la operación con la determinación férrea que lo caracterizaba.
Lily había aparecido en pijama y botas de goma, con café para todo el equipo y una eficiencia sorprendente para coordinar la retirada de los pocos muebles, que no habían sido trasladados al almacén en su momento.
Esa colaboración forzada había cambiado algo entre ellos. Ya no se lanzaban pullas constantemente, aunque las miradas cargadas de tensión persistían.
Ahora, viernes por la tarde, Chris recogía sus herramientas con la satisfacción del trabajo bien hecho. Los muros principales estaban reforzados, la nueva instalación eléctrica funcionaba perfectamente, y el sistema de fontanería —después del percance— corría sin problemas por toda la villa.
—Nos vemos el lunes, jefe —se despidió Giuseppe, cargando sus herramientas en la furgoneta—. Este fin de semana mi esposa me tiene amenazado si no arreglo la ducha de casa.
Chris sonrió mientras veía partir a su equipo. Lily apareció en la puerta del salón principal, con varios planos de papel enrollados bajo el brazo y una expresión más relajada de lo habitual.
—Por fin os marcháis —comentó ella, aunque sin malicia—. Pensé que nunca tendría silencio para concentrarme.
—Te va a resultar extraño sin el ruido —Chris cerró su caja de herramientas con un clic metálico—. ¿Planes emocionantes para el fin de semana?
—Los más emocionantes que puedas imaginar. Diseñar en serio, por fin.
Lily extendió uno de los planos sobre una mesa improvisada.
Chris se acercó, incapaz de resistir la curiosidad profesional.
Los bocetos mostraban el salón principal transformado: colores cálidos que respetaban la arquitectura original, mobiliario que combinaba elegancia clásica con comodidad moderna, detalles que capturaban la esencia mediterránea sin caer en clichés.
—No está mal —dijo Chris, genuinamente impresionado—. Aunque supongo que ahora viene lo caro.
—He estado explorando la isla. Hay talleres artesanos increíbles en Mdina, y encontré un anticuario en Birgu que tiene piezas perfectas. También contacté con un ceramista local que puede hacer azulejos personalizados.
La pasión en su voz era evidente. Chris observó cómo sus ojos se iluminaban mientras describía sus planes, cómo gesticulaba con las manos manchadas de carboncillo. Era una versión de Lily distinta a la mujer defensiva que había conocido días atrás.
—Chiara estará contenta —Chris recogió su chaqueta—. Ha llamado tres veces esta semana preguntando por los avances.
—Está emocionada. Dice que es el proyecto más personal que ha emprendido nunca.
—¿Y para ti? ¿También es personal?
La pregunta surgió espontáneamente, cargada de una curiosidad que Chris no había pretendido revelar. Lily lo miró durante un momento, como si evaluara qué responder.
—Más de lo que esperaba.
Chris no respondió. La villa tenía ese efecto. Incluso él, pragmático y centrado en lo tangible, había sentido la extraña atracción del lugar.
Chris debería haberse marchado ya, pero sus pies parecían pegados al suelo de mármol recién limpio.
—¿Qué tal con tu familia? —preguntó Lily de pronto, enrollando los planos—. ¿Les has contado que trabajas en un proyecto tan importante?
La pregunta lo pilló desprevenido. Chris se tensó automáticamente, pero algo en la expresión de Lily —genuina curiosidad sin segundas intenciones— lo desarmó.
—Mi madre murió hace unos años —las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—. Ella habría estado orgullosa, supongo.
—Lo siento.
—Fue duro.
Lily bajó la vista, y Chris vio comprensión real en su expresión. Chiara le había mencionado algo sobre la madre de Lily, información que había captado a medias durante una conversación con los obreros en la terraza.
—Lo peor no fue eso —continuó, sorprendiéndose a sí mismo—. Sino lo que mi padre me contó después. Un mes después del funeral, cuando todavía estaba procesándolo todo.
Se pasó la mano por el cabello, un gesto nervioso que raramente mostraba.
—Me soltó algo que… joder. Algo que cambió todo lo que creía saber sobre mi familia, sobre ellos. Como si los años anteriores hubieran sido una mentira, ¿entiendes?
—Sí —la voz de Lily sonó más suave de lo habitual—. Me lo puedo imaginar.
Chris la miró entonces, realmente la miró. Vio el cansancio en sus ojeras, la tensión en sus hombros que nunca desaparecía del todo, la forma en que sus dedos jugaban constantemente con esa pulsera vintage.
—Chiara mencionó que tu madre… —Dejó la frase sin terminar.
—Cáncer. —Lily se cruzó de brazos, pero fue un gesto protector más que defensivo—. También complicado.
—Parece que tenemos más en común de lo que pensaba.
Las palabras flotaron entre ellos, cargadas de significado. La luz del atardecer maltés entraba por las ventanas, bañando el salón en tonos dorados que suavizaban los ángulos duros de la realidad.
—Por eso estás aquí, ¿verdad? —Chris dio un paso hacia ella—. Huyendo del pasado.
—No estoy huyendo —protestó Lily, aunque sin convicción—. Estoy… trabajando.
—Claro. Y yo soy el puto arquitecto del año.
Lily sintió algo aflojarse en el pecho.
—Que tengas buen fin de semana, Chris.
—Tú también, Lily.
Cuando el rugido de su Ford Ranger se desvaneció por el camino de acceso, Lily permaneció en el vestíbulo, escuchando la quietud que se extendía por la villa como una presencia viva. Por primera vez en días, tenía tiempo y espacio para trabajar de verdad.
Extendió sus bocetos sobre la mesa del salón y sonrió. Las ideas fluían con una claridad que había perdido en Londres, como si la villa misma estuviera susurrándole secretos de diseño al oído.
La villa dormía alrededor de Lily mientras trabajaba en sus bocetos. Las horas pasaron sin que se diera cuenta, perdida en el flujo creativo que había recuperado desde su llegada a Malta.
Por primera vez en meses, Lily se permitió sonreír sin reservas.
Llevaba días —quizás una semana entera— sin pensar en su madre.
Sin sentir el peso aplastante de la culpa que la había perseguido desde Londres, sin escuchar la voz acusadora de Elsie resonando en su cabeza.
La Villa Barrington había conseguido algo que ningún terapeuta o cambio de rutina había logrado: liberarla del pasado que la atormentaba.
La sensación la reconfortaba de una manera profunda y sanadora. Ahí, entre esas paredes de piedra caliza dorada, podía ser simplemente Lily Carter, la interiorista talentosa que transformaba espacios. No la hija, que no estuvo presente cuando su madre más la necesitaba.
Cuando las sombras se alargaron y el cansancio reclamó su atención, Lily recogió sus materiales con una satisfacción genuina.
Había sido el día más productivo que recordaba en mucho tiempo.
Su cama improvisada en una de las habitaciones la esperaba, y por primera vez desde su llegada, se acostó sin temor a los sueños inquietos.
El sueño la envolvió suavemente al principio, pero pronto las imágenes comenzaron a fragmentarse como cristales rotos en su mente.
Una chica caminaba por el pasillo principal, su vestido de los años treinta ondeando mientras hablaba con una de las criadas sobre arreglos florales. Sus voces llegaban como ecos distorsionados, palabras que se entrelazaban con el sonido del viento marino.
—Señorita Beatrice, su padre ha vuelto a preguntar por Edmund otra vez —murmuraba la mujer del servicio, sus manos nerviosas alisando el delantal—. No ha bajado a desayunar en tres días.
—Déjalo —respondía la chica con una dureza inusual en su voz habitualmente alegre—. Que se torture en su estudio con sus botellas.
Las imágenes se desdibujaron, transformándose en flashes violentos y desconectados.
Gritos que se perdían en el viento. Una figura masculina corriendo hacia los acantilados.
Brazos que se agitaban desesperadamente antes de desaparecer entre las rocas.
El eco de un grito que se cortaba abruptamente, sustituido por el rugido constante del mar.
Lily intentó enfocar las imágenes, comprenderlas, pero se fragmentaban como arena entre sus dedos. Solo quedaba la sensación de tragedia, de algo terrible que había sucedido en esos acantilados.
Entonces lo vio.
Edmund apareció en el cuarto con la misma claridad como si estuviera realmente allí.
Ya no era la figura borrosa de sus pesadillas anteriores.
Cada detalle de su rostro demacrado era nítido: las ojeras violáceas, la barba descuidada, los ojos grises inyectados en sangre.
Llevaba un uniforme militar arrugado y manchado.
En su mano derecha sostenía de nuevo ese reloj de bolsillo dorado que no dejaba de mirar.
—¿Quién eres tú? —preguntó Edmund, su voz tan clara que Lily sintió el aliento alcohólico—. ¿Qué haces en mi casa?