La Villa de los Sueños Capítulo 11 1920 - El fin de la inocencia #2
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Capítulo 11 1920 - El fin de la inocencia #2

—No me mientas, Edmund. Conozco a mis hijos mejor de lo que pensáis —los ojos grises de Sir Reginald se clavaron en Edmund como dagas—. Arthur está enfadado por algo. Y tú… tú tienes cara de culpable.

Thomas carraspeó desde su asiento, pero Sir Reginald apenas le prestó atención. Para él, Thomas seguía siendo poco más que un invitado temporal, un compañero de guerra que Edmund había traído consigo por sentimentalismo.

—Hablaré con Arthur —anunció Sir Reginald—. Esta situación es inaceptable. Una familia debe mantenerse unida.

Edmund sintió cómo el pánico le subía por la garganta como bilis.

—No es necesario, padre. Las cosas se solucionarán solas.

—¿Solas? —Sir Reginald se levantó de la mesa—. Hijo mío, los problemas familiares nunca se solucionan solos. Requieren mano firme y autoridad.

* * *

Las siguientes semanas se arrastraron como heridas abiertas. Edmund intentó acercarse a Arthur en múltiples ocasiones, buscando momentos en que estuvieran solos, pero su hermano menor siempre encontraba excusas para escapar.

Una tarde en que Sir Reginald había salido a La Valeta, Edmund acorraló a Arthur en los establos.

—Tenemos que hablar.

Arthur siguió cepillando al caballo con movimientos mecánicos, sin levantar la vista.

—No hay nada de qué hablar.

—Arthur, por favor —Edmund se acercó despacio, como si se aproximara a un animal herido—. Sé que lo que viste te perturbó, pero necesito que entiendas…

—¡No quiero entender! —Arthur se volvió bruscamente, con el cepillo aún en la mano—. No quiero saber nada más. Lo que vi… lo que hacíais… es antinatural.

Edmund sintió como si le clavaran una espada en el pecho.

—Lo que siento por Thomas no es una enfermedad, Arthur. Es amor. Tan real como cualquier amor entre un hombre y una mujer.

—¡No compares esa… aberración con el amor verdadero! —Arthur arrojó el cepillo al suelo—. ¡Sois dos hombres, por el amor de Dios!

—¿Y eso nos convierte en monstruos?

Arthur no respondió durante largos minutos, luchando consigo mismo. Sus hombros se hundieron en derrota.

—No lo entiendo, Edmund. Nunca lo entenderé. Pero… —Respiró profundamente—. Eres mi hermano. Y por el bien de esta familia, haré como que nunca vi nada. Nadie sabrá jamás lo que pasa entre vosotros.

Edmund sintió una oleada de alivio tan intensa que le mareó.

—Arthur, gracias. No sabes lo que significa…

—No me las des —Arthur lo cortó con dureza—. Lo hago por padre, por Beatrice, por el honor de los Barrington. No por ti.

—Lo acepto. Cualquier cosa con tal de que podamos seguir siendo hermanos.

Arthur tensó la mandíbula.

—Pero mantenéos alejados de mí. No quiero veros juntos nunca más si puedo evitarlo.

Edmund tragó saliva e inclinó la cabeza.

—¿Podrías… podrías ir a hablar con Thomas? Está sufriendo mucho. Piensa que le odias.

—No lo odio —dijo Arthur—. Es que no puedo… no puedo fingir que me parece normal.

—Por favor. Solo dile que no habrá problemas. Se alegrará de saber que podemos llevarnos bien otra vez.

Arthur lo miró durante un momento interminable.

—¿Dónde está?

—Ha ido solo a la cala. Dice que necesita pensar.

Esa tarde, Arthur caminó hacia los acantilados con pasos pesados.

El viento mediterráneo le revolvía el cabello mientras bajaba por el sendero serpenteante que llevaba a la cala privada de la familia.

A medio camino, vislumbró una figura solitaria en lo alto del acantilado, recortada contra el cielo dorado del atardecer.

Thomas no había bajado a la playa. Permanecía inmóvil en el borde más alto de las rocas, contemplando el mar infinito con esa expresión melancólica que Arthur había aprendido a reconocer en los últimos meses.

Arthur cambió de dirección y trepó por las rocas hacia donde se encontraba Thomas. El viento era más fuerte allí arriba, cargado de sal y de la promesa de tormenta.

Thomas estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no oyó los pasos que se acercaban. Cuando por fin percibió el sonido de pisadas sobre la roca, se volvió sorprendido.

—No esperaba…

No tuvo tiempo de terminar la frase. Unas manos lo empujaron con fuerza brutal hacia el vacío. Thomas cayó gritando, su voz perdiéndose en el rugido del viento y las olas que se estrellaban contra las rocas, treinta metros más abajo.

* * *

Arthur irrumpió en la villa con el rostro desencajado, jadeando como si hubiera corrido kilómetros. Sus gritos resonaron por los pasillos de mármol, desgarrando la tranquilidad vespertina.

—¡Thomas ha caído! ¡Se ha caído por el acantilado!

Edmund levantó la vista del libro que fingía leer en el salón, con el corazón deteniéndose por completo.

—¿Qué has dicho?

—¡El acantilado! ¡Thomas! —Arthur se tambaleaba, con las manos temblorosas— ¡Tenemos que ir, ahora!

Edmund se levantó tan bruscamente que volcó la mesita del té. Las tazas se estrellaron contra el suelo mientras corría hacia la puerta.

—¡Edmund, espera! —Sir Reginald se cruzó con él en la puerta de entrada a la villa, pero su hijo mayor ya había desaparecido por el camino.

Beatrice bajó corriendo las escaleras al escuchar el estruendo, con Florence pisándole los talones.

—¿Qué sucede? ¿Por qué grita Arthur?

Nadie le respondió. Todos corrían ya hacia afuera.

Los acantilados se llenaron de voces desesperadas que cortaban la creciente oscuridad. Edmund se asomó al borde de las rocas con una temeridad que hizo que Albert tuviera que sujetarlo por la cintura.

—¡Thomas! ¡Thomas, respóndeme!

Solo el eco de su propia voz. Las olas se estrellaban contra las rocas con violencia hipnótica, como si el mar hubiera despertado hambriento.

Sir Reginald organizó el rescate con eficiencia militar. Roberts corrió a buscar cuerdas y algunos farolillos para alumbrar, mientras Albert y otros empleados preparaban una de las barcas pequeñas. El patrón del puerto, alertado por un mensajero, llegó con dos pescadores experimentados.

—La corriente es traicionera a esta hora —advirtió el patrón—. Si cayó aquí, el mar lo habrá arrastrado hacia las cuevas.

Edmund insistió en bajar con la primera barca, ignorando las protestas de su padre. Beatrice se quedó en lo alto del acantilado, abrazada a sí misma, observando las luces que se movían sobre las aguas oscuras como luciérnagas perdidas.

Encontraron el cuerpo tres horas después, flotando entre las rocas dentadas de una cala cercana. Thomas yacía inmóvil, con los brazos extendidos y el rostro sereno, como si simplemente durmiera bajo las estrellas.

Edmund se arrojó al agua sin pensarlo, nadando hacia él con brazadas desesperadas. Cuando llegó hasta Thomas y tocó su piel fría, algo se quebró definitivamente en su interior. Un gemido animal brotó de su garganta mientras lo abrazaba, negándose a aceptar lo evidente.

Tuvieron que arrastrarlo de vuelta a la barca.

De regreso en la villa, Edmund subió a su estudio y comenzó a beber. Whisky, brandy, cualquier alcohol que encontrara. Beatrice intentó entrar varias veces, pero él había cerrado la puerta con llave.

Los días siguientes transcurrieron en una neblina de dolor y formalidades. Sir Reginald se encargó de todos los preparativos del funeral, contactó con la familia de Thomas en Inglaterra y redactó los informes oficiales sobre el accidente.

Edmund no bajó a comer ni una sola vez. Florence le llevaba bandejas que encontraba intactas horas después. Solo las botellas desaparecían.

El día del entierro, Arthur tuvo que subir físicamente a buscarlo. Lo encontró sentado en el suelo de su estudio, aún vestido con la misma ropa de hacía días, con los ojos vidriosos y el rostro demacrado.

—Tienes que venir, Edmund. Es lo mínimo que puedes hacer por él.

Edmund levantó la vista como si no reconociera a su hermano. Se dejó guiar hacia abajo sin resistencia.

En el cementerio de Addolorata, Edmund permaneció inmóvil junto a la tumba. No lloró, no habló, apenas respiraba. Los asistentes lo observaban con una mezcla de lástima e incomodidad, porque ya no parecía pertenecer al mundo de los vivos.

Cuando el último puñado de tierra cubrió el ataúd, Edmund se volvió y caminó de regreso a la villa sin mirar atrás. Desde ese día, se había convertido en una sombra que vagaba por los pasillos, bebiendo hasta perder el conocimiento y susurrando el nombre de Thomas en sueños.