La Villa de los Sueños Capítulo 11 1920 - El fin de la inocencia
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Capítulo 11 1920 - El fin de la inocencia

La cala escondida en Malta se extendía como un abrazo dorado bajo el sol mediterráneo de la tarde.

Protegida por acantilados de piedra caliza que la ocultaban de miradas curiosas, había sido su refugio secreto desde que regresaran de Palestina hacía casi dos años.

Edmund reposaba contra una roca lisa, con Thomas acurrucado entre sus brazos, ambos con las camisas desabrochadas y los pantalones remangados después de un baño improvisado.

—¿Te acuerdas de la primera vez que me seguiste hasta esa playa en Palestina? —murmuró Thomas, trazando círculos perezosos sobre el pecho de Edmund—. Fue hace mucho tiempo ya. Pensé que habías venido a matarme.

Edmund rio en voz baja, su respiración agitando el cabello rubio de Thomas.

—No estaba muy lejos de esa idea. Durante semanas no conseguía quitarme de la cabeza lo que había pasado en Jerusalén.

—Aquella noche en el hospital de campaña —Thomas alzó la cabeza para mirarlo—. Cuando me encontraste llorando por Williams.

—Te abracé sin pensar. Solo quería consolarte, pero cuando me miraste… —Edmund trazó la línea de la mandíbula de Thomas con el pulgar—. Supe que estaba perdido.

Thomas se incorporó ligeramente, apoyándose en un codo.

—¿Perdido? Entonces huiste durante días. Me evitabas como si tuviera la peste.

—Porque me aterrorizaba lo que sentía —Edmund capturó la mano de Thomas entre las suyas—. Había sido educado para ser heredero de los Barrington. Los hombres como yo no… no sienten estas cosas.

—Pero las sentías.

—Las sentía con una intensidad que me destrozaba. Cada vez que te veía hablando con otros soldados, compartiendo bromas o cigarrillos, me invadían unos celos tan feroces que temía hacer alguna locura.

Thomas sonrió con melancolía.

—Por eso me gritaste aquel día en las trincheras. Delante de todo el pelotón.

—Te había visto demasiado cerca de Harrison. La forma en que te reías con él… —Edmund cerró los ojos—. Me volví loco. Te grité que eras un irresponsable, que tu actitud ponía en peligro a todos.

—Y yo te dije que eras un bastardo estirado que se creía mejor que todos nosotros.

—Merecía cada palabra.

Thomas se inclinó para besar suavemente los labios de Edmund.

—Pero luego viniste a buscarme esa misma noche. A mi tienda, empapado por la lluvia, tartamudeando disculpas. Totalmente borracho.

—Y tú me dijiste que, si no era capaz de admitir lo que realmente sentía, debería dejar de atormentarnos a los dos.

—Estaba tan harto de tus miradas ardientes seguidas de frialdad glacial. Decidí que o me besabas de una vez o dejaba de hablarte para siempre.

Edmund rio, apretando a Thomas contra su pecho.

—Así que te besé. Aunque sin todo ese whisky que llevaba dentro no me habría atrevido.

—Y yo te devolví el beso como si me fuera la vida en ello. Porque así era.

Escucharon el susurro de las olas contra las rocas.

—Edmund —la voz de Thomas se volvió seria—. He estado pensando en nuestro futuro.

—¿Qué quieres decir?

—No puedo quedarme aquí para siempre. Tu familia ha sido increíblemente generosa acogiéndome estos dos años, pero es hora de seguir adelante.

Edmund se quedó inmóvil, las palabras de Thomas resonando en su mente como campanas de alarma. El sol seguía calentando sus hombros desnudos, pero una frialdad extraña se extendía por su pecho.

—¿Volver a Inglaterra?

—Tengo algo de dinero ahorrado de mi sueldo militar.

Tú también debes tener —Thomas se incorporó completamente, su mirada azul brillando con una esperanza que partía el corazón de Edmund—.

Podríamos alquilar una casa pequeña en algún pueblo tranquilo, lejos de Londres.

Yo podría trabajar como mecánico, tú podrías…

—¿Qué podría hacer? —Edmund se pasó las manos por el cabello—. Soy el heredero de los Barrington. No sé hacer nada más que dar órdenes y firmar papeles.

—Aprenderías. Los dos aprenderíamos —Thomas le tomó las manos—. Trabajaríamos con nuestras propias manos, viviríamos de lo nuestro. Sin criados, sin protocolos, sin mentiras.

Edmund sintió cómo su mundo se tambaleaba. Los Barrington eran una de las familias más conocidas de Londres. Sir Reginald tenía contactos en todas partes, influencia que se extendía como una red invisible por toda Inglaterra.

—Mi familia jamás lo aceptaría.

—Tu familia no tiene por qué saberlo —Thomas apretó sus manos—. Les dirías que necesitas tiempo, que la guerra te dejó… diferente. Nadie sospecharía.

—¿Y si nos descubren?

—Entonces nos marchamos a América. O a Australia —la voz de Thomas se volvió más urgente—. Edmund, el mundo es enorme. Hay lugares donde podríamos ser libres.

Edmund cerró los ojos, imaginando una vida donde no tuviera que esconderse, donde pudiera despertar cada mañana junto al hombre que amaba sin miedo al escándalo o la ruina. Pero la realidad se imponía como un muro de piedra.

—No sé… no sé si podría.

—¿No puedes o no quieres?

—¡Te amo como a nada en el mundo! —la confesión salió de Edmund como un grito ahogado—. Daría todo por ti, Thomas. Todo. Pero…

Las palabras murieron en sus labios cuando Thomas lo besó con desesperación, vertiendo toda su esperanza y miedo en ese contacto. Edmund respondió con la misma intensidad, sus manos enredándose en el cabello húmedo de Thomas, saboreando la sal del mar en sus labios.

—Entonces ven conmigo —murmuró Thomas contra su boca—. Olvidemos todo lo demás.

Edmund lo besó otra vez, y otra, como si pudiera detener el tiempo con sus labios, como si pudiera borrar las complicaciones del mundo exterior. Se perdió en la calidez de Thomas, en la promesa imposible de una vida diferente.

Un grito ahogado los separó de golpe.

Arthur se había quedado petrificado en el sendero que bajaba a la cala, con una toalla en las manos y la boca abierta por la impresión. Durante dos segundos que parecieron eternos, los tres se miraron en el estupor de los descubiertos.

—¡Por el amor de Dios! —Arthur dejó caer la toalla—. ¿Qué diablos…?

Edmund se apartó de Thomas como si hubiera recibido una descarga eléctrica, alcanzando su camisa con manos temblorosas.

—Arthur, puedo explicarte…

—¿Explicarme qué? —Arthur bajó el sendero con pasos vacilantes—. ¿Que mi hermano mayor está…? ¿Que los dos estáis…?

Thomas se puso en pie con dignidad, abrochándose la camisa sin prisa.

—Estamos enamorados.

—¡Eso es imposible! —Arthur los miró alternativamente—. Los hombres no se… ¡Edmund, por Dios santo! ¿Cuánto tiempo lleváis con esto?

Nadie respondió. Ninguna respuesta era necesaria.

Arthur permaneció inmóvil en el sendero rocoso, mientras las imágenes que acababa de presenciar se grababan en su mente como hierro candente. De repente, fragmentos dispersos de los últimos años cobraron un significado terrible y cristalino.

Las noches en Palestina cuando Edmund desaparecía de su tienda durante horas.

Thomas siempre cerca, demasiado cerca, con esas miradas que Arthur había interpretado como simple camaradería militar.

Los susurros que cesaban abruptamente cuando él se acercaba.

La forma obsesiva en que Edmund había insistido en que Thomas los acompañara a Malta, como si su vida dependiera de ello.

Thomas, que parecía haberse instalado definitivamente en la villa.

—Dios mío —dijo, y las palabras salieron como una oración desesperada—. Todo este tiempo…

Edmund se había puesto en pie, con la camisa mal abrochada y el rostro desencajado por el pánico.

—Arthur, por favor, escúchame…

—¡No digas nada! —Arthur retrocedió como si las palabras fueran puñales—. Ni una palabra más.

Thomas observaba la escena con una calma extraña, como si hubiera estado esperando este momento desde hacía meses. Sus ojos azules se fijaron en Arthur con una mezcla de desafío y resignación.

—Sabías que esto acabaría pasando —le dijo a Edmund en voz baja—. No podíamos escondernos para siempre.

Arthur sintió como si el suelo se desplomara bajo sus pies. No era solo la revelación, sino la naturalidad con que Thomas lo había dicho, como si aquello fuera… normal. Como si los hombres pudieran amarse de esa manera sin que el mundo se viniera abajo.

—Estáis enfermos —las palabras salieron de Arthur como un gemido—. Los dos. Esto es… esto es una abominación.

Edmund se acercó un paso, con las manos extendidas en súplica.

—Arthur, sé que es difícil de entender, pero…

—¡¿Difícil de entender?! —Arthur gritó, y su voz rebotó contra los acantilados—. ¡Eres mi hermano! ¡Te admiro más que a nadie en el mundo y… esto!

Se dio la vuelta, incapaz de seguir mirándolos. Sus piernas temblaron y tuvo que apoyarse contra una roca para no caer. Todo lo que creía saber sobre Edmund, sobre Thomas, sobre la amistad y el honor y la decencia, se desintegraba como arena entre sus dedos.

El viaje de regreso a la villa transcurrió con Arthur varios metros por delante, los hombros rígidos y la mirada fija en el sendero. Edmund y Thomas lo seguían a cierta distancia, sin atreverse a hablar.

Los siguientes días se convirtieron en una tortura para los tres. Arthur evitaba cualquier habitación donde estuvieran Edmund y Thomas juntos. Durante las comidas, apenas levantaba la vista del plato, respondía con monosílabos y desaparecía en cuanto terminaba de comer.

Sir Reginald no tardó en notar el cambio.

—¿Qué le pasa a Arthur? —preguntó una mañana, observando cómo su hijo menor se marchaba del comedor sin haber tocado apenas el desayuno—. Cuando volvisteis de Palestina, los tres erais inseparables. Risas, juegos, esas interminables partidas de cartas y ahora de repente…

Edmund se tensó sobre su taza de café.

—Está pasando una mala fase. Adaptándose a la vida civil. Todos lo estamos.

—Tonterías, ya han pasado varios años —Sir Reginald golpeó la mesa con el puño—. Ese muchacho huye de vosotros como si tuviera la peste. ¿Habéis discutido por algo?

—Nada importante, padre.