La Villa de los Sueños Capítulo 10 1918 - Vuelta a casa #3
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Capítulo 10 1918 - Vuelta a casa #3

Unos días más tarde, el Mediterráneo brillaba oscuro bajo la luna llena mientras el vapor británico avanzaba hacia Malta.

Edmund permanecía frente al camarote de Thomas, con la mano levantada sobre la puerta de metal, reuniendo coraje.

Arthur dormía en otro camarote con oficiales de su rango, ajeno a la batalla interna que libraba su hermano mayor.

Llamó con los nudillos. Thomas abrió en mangas de camisa, con el cuello desabrochado.

—¿Edmund? ¿Ocurre algo?

—Necesito hablar contigo.

Thomas se apartó, dejándolo entrar. El camarote era estrecho, con dos literas pegadas a las paredes y un pequeño ojo de buey que dejaba entrar la luz plateada del mar.

El compañero de camarote de Thomas estaba bebiendo con otros en la cubierta del barco.

Edmund cerró la puerta tras de sí, apoyándose contra ella como si necesitara el soporte físico.

—Llevo mucho tiempo intentando hablar contigo sobre eso. Aquella noche en la tienda de campaña —comenzó sin preámbulos, con voz tensa—. Cuando llovía y habíamos bebido ese whisky horrible que conseguiste del sargento.

Thomas se quedó inmóvil junto a su litera, observándolo con expresión inescrutable.

—¿Qué pasa con esa noche?

—Yo… te besé. Me acuerdo perfectamente.

El silencio se extendió entre ellos, roto solo por el leve crujido del casco contra las olas. Entonces Thomas soltó una carcajada suave que tomó a Edmund por sorpresa.

—Dios mío, Edmund. Pensaba que nunca ibas a sacar el tema.

Edmund parpadeó, confundido.

—¿Qué?

—Creí que no te acordabas de nada. —Thomas se sentó en su litera, y algo en su expresión se relajó por primera vez en días—. Estabas bastante borracho. Y cuando al día siguiente actuaste como si no hubiera pasado nada, asumí que lo habías olvidado o que preferías fingir que nunca ocurrió.

—¿Que lo había olvidado? —Edmund dio un paso adelante, con incredulidad tiñendo su voz—. Debo ser un idiota, pero he soñado con ese momento cada noche desde entonces. Cada maldita noche, Thomas. Por eso estoy tan contento de que vengas con nosotros.

Se interrumpió, tragando con dificultad. Thomas se puso de pie lentamente, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a apenas centímetros.

—¿Por qué no dijiste nada antes?

—Porque tenía miedo —admitió Edmund, con vulnerabilidad desnuda en su rostro—. Miedo de que tú no sintieras lo mismo y todo fueran solo imaginaciones mías. Miedo a ser algo raro…

—¿Qué? ¿Valiente? —Thomas alzó la mano, rozando suavemente la mejilla de Edmund con los nudillos—. Porque hace falta mucho valor para sentir lo que sientes y seguir adelante cada día fingiendo que no existe.

Edmund cerró los ojos ante el contacto, inclinándose involuntariamente hacia la mano de Thomas.

—A mí me gustó —murmuró Thomas—. Me gustó mucho. Y si quieres saber la verdad, también he estado soñando con ello. Esperando que algún día tuvieras el coraje de volver a hacerlo. Ya que yo tampoco me he atrevido.

Los ojos de Edmund se abrieron de golpe, encontrando los de Thomas a escasos centímetros. La respiración de ambos se había acelerado, llenando el espacio reducido del camarote.

—¿De verdad?

—De verdad.

Edmund no supo quién cerró la distancia primero.

De repente sus labios se encontraron con los de Thomas, con hambre acumulada de meses de anhelo contenido.

El beso fue torpe al principio, desesperado, pero Thomas guio a Edmund con paciencia hasta que encontraron un ritmo que encajaba perfectamente entre ellos.

Las manos de Edmund se aferraron a los hombros de Thomas mientras el mundo se reducía a ese punto de contacto, a la sensación de los labios de Thomas moviéndose contra los suyos, al sabor salado del mar y algo más profundo que no sabía nombrar.

Thomas lo atrajo más cerca, con una mano enredada en el cabello oscuro de Edmund.

Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad. Edmund apoyó su frente contra la de Thomas, temblando ligeramente.

—No sé qué nos deparará el destino —susurró Edmund—. No sé qué pasará cuando lleguemos a Malta, cuando mi padre descubra que…

—Ahora nada de eso importa —interrumpió Thomas suavemente, besando la esquina de su boca—. Estamos aquí. Estamos juntos. El resto… ya lo resolveremos.

Edmund lo apretó contra su pecho mientras el barco los llevaba hacia Malta, hacia un futuro incierto, pero que por primera vez en años no le parecía completamente oscuro.

* * *

La Villa Barrington recibió a los tres jóvenes militares una mañana de septiembre con el sol mediterráneo resplandeciendo sobre la piedra caliza.

Florence y Roberts esperaban en la entrada principal junto a Sir Reginald, cuya postura rígida contrastaba con la expresión de orgullo contenido al ver a sus hijos descender del automóvil.

—Edmund. Arthur —saludó Sir Reginald con un gesto seco de cabeza antes de volverse hacia el tercer ocupante—. Y usted debe ser el soldado Ashcombe.

Thomas se cuadró instintivamente, con uniforme impecable bajo el sol maltés.

—Sí, señor. Es un honor conocerlo.

—Mi hijo Arthur me ha escrito sobre su dedicación —Sir Reginald lo evaluó con mirada penetrante—. Entiendo que tiene formación de ingeniero.

—Royal Engineers, señor. Tercera generación de mi familia.

Sir Reginald asintió con aprobación apenas perceptible.

Durante el almuerzo en el comedor principal, Thomas respondió a las preguntas del patriarca con precisión militar: su padre supervisaba la construcción de puentes ferroviarios en Yorkshire, su madre provenía de una familia de comerciantes respetables de Manchester, había estudiado en una academia técnica antes de alistarse.

—Disciplina y oficio honrado —concluyó Sir Reginald, limpiándose la boca con la servilleta—. Cualidades que escasean en estos tiempos. Considérese invitado a permanecer con nosotros el tiempo que sea necesario, soldado Ashcombe. Arthur podría beneficiarse de su influencia, y Edmund también.

Edmund mantuvo la expresión neutra mientras su corazón se aceleraba. Thomas aceptó la invitación con cortesía formal, pero bajo la mesa su rodilla rozó brevemente la de Edmund.

La pequeña Beatrice irrumpió en el salón aquella misma tarde como un torbellino de encaje blanco y rizos dorados. A sus siete años, la muerte de Constance la había convertido en una niña más seria, pero la presencia de los soldados despertó su curiosidad natural.

—¿Es verdad que tocas el violín? —preguntó directamente a Thomas, ignorando las protestas de Florence sobre modales apropiados.

Thomas sonrió con genuina calidez.

—Es verdad. ¿Te gustaría escucharlo?

Los ojos de Beatrice se iluminaron con un entusiasmo que no mostraba desde hacía meses.

Aquella noche, Thomas tocó para ella en la terraza mientras el sol se hundía en el mar.

La niña se sentó a sus pies, embelesada, y Edmund observó desde la sombra del arco de entrada cómo algo en su hermana pequeña revivía.

—Nunca la había visto así desde que mamá… —Arthur apareció junto a Edmund, con voz suave—. Es bueno tenerlo aquí.

—Sí —Edmund tragó con dificultad—. Lo es.

Por primera vez desde que Constance había cerrado los ojos para siempre, la villa no se sentía como un mausoleo.

Los pasillos resonaban con conversaciones y pasos, la risa de Beatrice llenaba los jardines, y Thomas…

Thomas iluminaba cada espacio que ocupaba con esa serenidad que Edmund había aprendido a amar en las trincheras.

Tres noches después, Edmund encontró a Thomas en la biblioteca pasada la medianoche. La casa dormía, incluido Sir Reginald en su ala separada. Thomas levantó la vista del libro que leía, con una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro.

—Empezaba a pensar que no vendrías.

—Tuve que esperar a que Roberts terminara su ronda —Edmund cerró la puerta con cuidado, girando la llave—. Mi padre lo tiene vigilando todo.

Thomas dejó el libro a un lado, poniéndose de pie. La luz de la lámpara de aceite tallaba sombras en su rostro mientras acortaba la distancia entre ambos.

—¿Tienes miedo?

—Aterrado —admitió Edmund—. Pero más aterrado estoy de desperdiciar esto. De desperdiciar lo que tenemos.

Thomas lo besó entonces, despacio y profundo, con manos ahuecando el rostro de Edmund como si fuera algo precioso y frágil.

Edmund se derritió contra él, aferrándose a los hombros de Thomas mientras el mundo se reducía a ese punto de contacto, a la sensación de estar finalmente, gloriosamente en casa.

—No es desperdiciar nada —murmuró Thomas contra sus labios—. Es vivir.