Capítulo 10 1918 - Vuelta a casa #2
—¿Quién dice que estoy bromeando?
El aire entre ambos se espesó. A lo lejos, los soldados comenzaban a desmontar las tiendas de campaña con eficiencia mecánica, levantando nubes de arena dorada bajo el sol de mediodía. El sonido metálico de las estacas arrancadas del suelo resonaba como campanadas funerarias.
—Siempre usas el sarcasmo cuando tienes miedo —dijo Arthur en voz baja, con una madurez que no le correspondía a sus años.
Edmund se giró bruscamente hacia su hermano menor.
Por un momento, la máscara de desdén cuidadosamente construida amenazó con resquebrajarse.
Arthur lo miraba con esos ojos tan parecidos a los de su madre, con esa combinación desconcertante de compasión e insistencia que Lady Constance había dominado antes de que la tuberculosis la consumiera.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí. —Arthur dio un paso hacia él, bajando la voz para que los soldados cercanos no pudieran escuchar—.
Lo haces desde que éramos niños. Cuando madre murió, cuando padre te gritaba por tus calificaciones, cuando te obligaron a presentarte ante el comité militar.
Siempre la misma sonrisa torcida, siempre las palabras afiladas.
Edmund apretó la mandíbula, desviando la mirada hacia las colinas áridas que habían sido su hogar durante once meses interminables.
—No tengo miedo de volver a casa, Arthur.
—Entonces, ¿de qué tienes miedo?
La pregunta flotó entre ellos como el polvo que el viento levantaba en espirales perezosas.
Edmund no respondió. No podía. Porque la verdad era que tenía miedo de muchas cosas: de enfrentar a su padre, de regresar a una vida sin propósito, de perder la única cosa que había encontrado de valor en este desierto olvidado por Dios.
Thomas apareció cuando el sol comenzaba a hundirse tras las dunas distantes. Edmund estaba solo junto a los restos de lo que había sido su tienda de campaña, ahora siendo desmontada por soldados rasos que preparaban el equipaje.
—Arthur me dijo que recibiste noticias.
Edmund no se giró.
—Partimos en una semana. Primero a Haifa, luego en barco a Malta.
Thomas tardó varios segundos antes de acercarse más.
—Deberías alegrarte.
—¿Debería?
La pregunta salió más áspera de lo que Edmund pretendía. Thomas rodeó su posición hasta quedar frente a él, estudiando su rostro con esa capacidad desconcertante que tenía para leer lo que Edmund intentaba ocultar.
—Tu padre —no fue pregunta, sino afirmación suave.
Edmund soltó una risa sin humor.
—Mi padre esperará al hijo perfecto que nunca fui. Esperará que ocupe el lugar que me corresponde. Como si eso fuera posible.
Las palabras brotaron contra su voluntad, años de frustración condensados en frases entrecortadas. Thomas no interrumpió. Escuchaba con esa quietud absoluta que invitaba a confesiones imprudentes.
—Y mi madre ya no estará allí para… —Edmund se detuvo, apretando la mandíbula—. No sé cómo enfrentarlo sin ella.
Thomas dio un paso más cerca. Estaban solos. Los demás soldados trabajaban al otro lado del campamento, demasiado ocupados desmontando estructuras para prestar atención a dos figuras junto a las dunas.
—No estarás solo.
La simple declaración cayó entre ellos como promesa sagrada. Edmund levantó la vista bruscamente y encontró los ojos azules de Thomas fijos en los suyos con una intensidad que le robó el aliento.
—Thomas…
—Iré contigo —interrumpió Thomas, con voz más baja—. Me asignaron como el asistente de campo de tu hermano. Esa orden sigue vigente hasta nueva instrucción. Donde vaya él, iré yo.
Algo caliente y peligroso floreció en el pecho de Edmund. No tenía nombre para aquello, pero lo reconocía en la forma en que su corazón golpeaba contra sus costillas, en el temblor involuntario de sus manos, en el deseo absurdo de acortar la distancia entre ellos.
—No puedo pedirte eso.
—No lo pides. Lo ofrezco.
Thomas extendió la mano lentamente, dándole tiempo suficiente para apartarse si quería. Sus dedos rozaron el hombro de Edmund con presión firme y cálida a través de la tela del uniforme.
Edmund se quedó paralizado. El contacto era inocente, fraternal incluso, pero su cuerpo reaccionaba como si Thomas hubiera puesto fuego a cada terminación nerviosa bajo su piel.
—Has sido más valiente de lo que crees —dijo Thomas—. Sobreviviste esto. Sobrevivirás a tu padre también.
La mano se deslizó desde su hombro hasta su brazo en un gesto reconfortante. Edmund cerró los ojos, permitiéndose por un instante peligroso inclinarse hacia aquel calor humano, hacia la promesa de no estar completamente solo.
Cuando abrió los ojos, el rostro de Thomas estaba más cerca. Podía contar las motas doradas en sus iris azules, ver la línea de sudor que corría por su sien, sentir el aliento tibio contra su mejilla.
Ninguno se movió.
El momento se estiró como cristal fino a punto de quebrarse. Edmund quería… algo. Quería alargar la mano y sostener a Thomas con la misma firmeza con que este lo sostenía a él. Quería nombrar aquella emoción que latía salvaje bajo su piel.
No se atrevió.
Thomas retrocedió primero, dejando caer la mano con expresión indescifrable.
—Será mejor que ayude a los demás —su voz sonaba ligeramente ronca.
Edmund apretó los labios, sin confiar en su voz. Thomas se alejó hacia las tiendas distantes, pero miró hacia atrás una vez más antes de desaparecer entre las sombras del crepúsculo.
Edmund permaneció inmóvil bajo el cielo que oscurecía, con el fantasma de aquel toque ardiendo sobre su piel como una marca invisible.
Arthur llegó al amanecer con una taza de café aguado en una mano y un trozo de pan duro en la otra. Encontró a Edmund y Thomas junto a los caballos árabes que pronto serían devueltos al ejército británico para redistribución.
—Necesito hablar contigo —dijo Edmund sin preámbulos.
Arthur masticó su pan, esperando.
—Thomas… —Edmund vaciló, buscando las palabras correctas—. Thomas necesita tiempo para decidir qué hacer ahora que la campaña ha terminado. Ha propuesto venir con nosotros a Malta durante unos meses.
—Me parece bien —interrumpió Arthur con su pragmatismo característico—. A padre le encantará tener a tres héroes de guerra en casa.
Edmund parpadeó, sorprendido por la respuesta.
—¿Estás seguro?
—Thomas, me salvó de perder un brazo cuando aquella granada explotó cerca de mi puesto —Arthur señaló su mano izquierda con la cicatriz visible—.
Y me enseñó a mantener la calma cuando veía llegar heridos con…
—Se detuvo, su rostro juvenil oscureciéndose brevemente—.
Cuando veía cosas que me daban ganas de huir.
Es un buen amigo. Nos vendrá bien tenerle cerca una temporada más.
Thomas, que había esperado apartado junto a los caballos, se acercó e inclinó la cabeza en agradecimiento.
—Además —continuó Arthur, recuperando su entusiasmo natural—, padre estará muy orgulloso de mí. Thomas le puede hablar en primera mano de todas nuestras batallas. Tres veteranos volviendo juntos a casa. Imagina la cena de bienvenida que organizará. Invitará a medio Malta para presumir.
La mención de Sir Reginald hizo que los hombros de Edmund se tensaran visiblemente, pero Arthur no pareció notarlo. Ya estaba pensando en voz alta sobre los preparativos del viaje, sobre qué uniforme llevaría para impresionar a su padre, sobre las historias que podría contar.
—Entonces está decidido —dijo Arthur, dando una palmada satisfecha—. Thomas viene con nosotros. Ahora debo ir a ayudar con los últimos heridos que embarcan hoy. ¿Vienes, Thomas?
—En un momento —respondió Thomas—. Debo revisar primero el equipaje médico que dejaste en mi tienda.
Arthur respondió con un gesto y se alejó silbando una melodía desafinada, ajeno a la corriente subterránea que fluía entre los dos hombres que dejaba atrás.
Cuando Arthur desapareció, Edmund acarició el cuello del caballo árabe, incapaz de mirar directamente a Thomas.
—Gracias.
—No hay nada que agradecer. Voy encantado con vosotros.
Edmund sacudió la cabeza con fuerza.
—Sí lo hay. Lo sabes. Yo… —Las palabras se atascaban en su garganta como cristales rotos—. No quiero que te vayas. Nunca. Necesito que estés…
Se interrumpió, horrorizado por lo que casi confesaba. Thomas se acercó hasta quedar junto a él, sus brazos rozándose mientras ambos fingían observar al caballo.
—Siento algo por ti —dijo Edmund con voz apenas audible—. No sé qué es. No sé cómo nombrarlo. Pero cuando pienso en volver a Malta sin ti, cuando imagino enfrentar a mi padre solo… —apretó los puños—. Estoy muy confundido.
Thomas esperó varios segundos antes de responder, con tono suave pero firme.
—No hay que dar nombre a todo.
Edmund lo miró de lado, encontrando el perfil sereno de Thomas bañado por la luz dorada del amanecer.
—¿Qué quieres decir?
—Que hay cosas que simplemente existen —Thomas se giró hacia él, sosteniéndole la mirada con intensidad tranquila—. Sentimientos que no necesitan etiquetas ni explicaciones. Solo necesitan… vivirse.
La mano de Thomas rozó brevemente la de Edmund entre los cuerpos de ambos, invisible para cualquiera que pudiera observarlos desde la distancia. Fue un toque fugaz, casi accidental, pero intencionado.
—Estaré contigo el tiempo que me necesites —prometió Thomas—. En Malta o donde sea. No te abandonaré.
Edmund cerró los ojos, absorbiendo aquellas palabras como si fueran agua en el desierto. Algo dentro de su pecho se aflojó ligeramente, permitiéndole respirar más profundo.
—Hay que vivir —repitió en voz baja, probando las palabras en su lengua.
Thomas sonrió levemente.
—Exactamente.
Permanecieron allí mientras el campamento despertaba a su alrededor, dos siluetas junto a los caballos que pronto dejarían atrás, unidas por algo sin nombre que ninguno se atrevía a definir, pero ambos sentían latir entre ellos como pulso compartido.
* * *