La Villa de los Sueños Capítulo 10 1918 - Vuelta a casa
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Capítulo 10 1918 - Vuelta a casa

No era lo que quería. Nunca lo había sido.

Pero la Villa Barrington se había convertido en un mausoleo insoportable tras la muerte de Lady Constance, y la presencia opresiva de Sir Reginald lo asfixiaba más cada día. El ejército era una forma de escape, aunque significara cambiar una prisión por otra.

—Mayor Barrington, el convoy de suministros acaba de llegar —informó un soldado con acento cockney marcado, saludando brevemente.

Edmund mantuvo la vista en el horizonte.

A sus diecinueve años, el peso de la autoridad militar se sentía tan artificial como el uniforme que llevaba puesto.

Los hombres bajo su mando lo respetaban porque la jerarquía así lo exigía, pero él sabía que no poseía el instinto natural para el liderazgo que su padre había intentado inculcarle a golpes verbales durante toda su infancia.

—Capitán, permiso para acompañar a su hermano al puesto médico. —Una voz familiar rompió sus pensamientos.

Edmund se giró para encontrar a Thomas Ashcombe acercándose desde las trincheras de comunicación.

El joven soldado de veintiún años caminaba con esa confianza tranquila que Edmund había llegado a admirar profundamente desde su primer encuentro hacía meses.

Cabello rubio ceniza cubierto de polvo, ojos azules que mantenían la calma incluso cuando los proyectiles otomanos silbaban sobre sus cabezas; Thomas era todo lo que Edmund no lograba ser: sereno, eficiente, imperturbable.

—¿Arthur ha vuelto a lesionarse? —preguntó Edmund con un suspiro cansado.

—Corte profundo en la mano mientras descargaba camillas. Nada grave, pero necesita sutura.

Edmund frunció el ceño. Su hermano menor había aparecido en el campamento tres meses atrás, voluntario del Royal Army Medical Corps a sus apenas dieciséis años.

Las excepciones se hacían constantemente para familias aristocráticas importantes, y Sir Reginald había movido los hilos necesarios para que Arthur demostrara su valía como hombre.

O para alejarlo de Malta antes de que se volviera demasiado blando, como solía decir su padre.

—Ve con él —ordenó Edmund—. Y Thomas… gracias por vigilarlo.

Una media sonrisa cruzó el rostro severo de Thomas.

—Es un buen chico. Demasiado joven para estar aquí, pero tiene agallas.

Mientras Thomas se alejaba entre las trincheras serpenteantes, Edmund recordó cómo había comenzado su amistad.

Thomas había sido asignado originalmente para supervisar a Arthur cuando el muchacho llegó con los ojos brillantes de idealismo patriótico.

Pero su cercanía en edad con Edmund y su educación técnica habían llamado la atención del oficial, y pronto se encontraron compartiendo conversaciones nocturnas bajo las estrellas del desierto.

Thomas le enseñaba cosas prácticas que ninguna academia militar había cubierto: cómo leer las dunas para anticipar tormentas de arena, cómo reparar equipos de comunicación con alambre y creatividad, cómo mantener la calma cuando el mundo estallaba en fuego y metralla.

Pero más importante aún, Thomas ofrecía algo que Edmund nunca había experimentado: una presencia paternal sin crueldad, una guía sin juicios, una compañía que no exigía nada excepto honestidad.

En las noches más oscuras, cuando los recuerdos de su madre Constance lo ahogaban con su peso, Thomas se sentaba a su lado y no decía nada.

No intentaba consolarlo con palabras vacías ni le ordenaba ser fuerte como habría hecho Sir Reginald.

Simplemente estaba allí, sólido y constante como las rocas antiguas del desierto.

Edmund había descubierto que Thomas tocaba el violín con una delicadeza sorprendente para manos acostumbradas a manejar herramientas y armas.

En ocasiones especiales, cuando el frente se calmaba temporalmente, Thomas sacaba el instrumento y tocaba melodías que hacían llorar a hombres curtidos por la batalla.

—Es el hermano que nunca tuve —dijo Edmund al viento cálido—. El padre que merecía tener.

* * *

La noche cayó sobre el campamento como una bendición después del calor sofocante del día. Las estrellas parpadeaban con una claridad imposible en el cielo del desierto, tan numerosas que parecían formar un manto blanco continuo sobre las cabezas de los soldados exhaustos.

Thomas sacó el violín de su estuche maltratado, acariciando las cuerdas con dedos cuidadosos antes de comenzar. La primera nota flotó sobre las trincheras como un pájaro solitario buscando hogar.

Arthur se sentó en el suelo pedregoso junto a otros tres soldados, con la mano vendada descansando sobre su regazo.

Sus ojos brillaban con admiración mientras Thomas ejecutaba una melodía irlandesa que uno de los hombres había tarareado días atrás.

El muchacho había rogado a Edmund que lo dejara quedarse escuchando en lugar de retirarse al área médica, prometiendo descansar la mano herida.

—Joder, toca como un ángel —dijo uno de los soldados, limpiando una lágrima disimuladamente.

Edmund permanecía de pie junto a la entrada de su tienda, con los brazos cruzados y la espalda apoyada contra el poste de madera. No se había unido al círculo de hombres sentados alrededor de Thomas. Desde su posición podía observar sin ser observado, o eso creía.

La luz temblorosa de las lámparas de aceite bañaba el rostro de Thomas con un resplandor dorado.

Sus ojos permanecían cerrados mientras tocaba, absorto en la música.

El arco se deslizaba sobre las cuerdas con movimientos fluidos que parecían demasiado delicados para manos acostumbradas a desarmar equipos de comunicación y tender cables bajo fuego enemigo.

Edmund estudió cada detalle: la forma en que Thomas inclinaba ligeramente la cabeza hacia el instrumento, como si le susurrara secretos; el mechón de cabello rubio que caía sobre su frente sudorosa; la concentración absoluta que suavizaba las líneas de tensión que usualmente marcaban su expresión.

Algo se removió dentro del pecho de Edmund, algo incómodo y urgente que no sabía nombrar. No era simple admiración ni gratitud fraternal. Era diferente a cualquier emoción que hubiera experimentado antes.

Thomas abrió los ojos súbitamente, como si hubiera sentido el peso de aquella mirada. Sus pupilas encontraron las de Edmund a través del espacio iluminado irregularmente. El arco vaciló sobre las cuerdas por una fracción de segundo, produciendo una nota discordante que nadie más pareció notar.

Edmund no apartó la vista. No podía.

Los ojos azules de Thomas lo sostuvieron con una intensidad que le aceleró el pulso. El momento se estiró como melaza, denso y dulce, cargado de algo innombrable que pulsaba entre ellos como electricidad estática antes de una tormenta.

Arthur aplaudió cuando terminó la melodía, rompiendo el hechizo.

—¡Otra! ¡Toca la que nos enseñaste la semana pasada!

Thomas pestañeó y desvió la mirada hacia el muchacho, sonriendo con afecto genuino.

—Tu hermano me despellejará si no te mando a descansar esa mano.

—Edmund no se atreverá —Arthur miró desafiante hacia donde su hermano mayor seguía inmóvil—. ¿Verdad, Ed?

Edmund tragó saliva, intentando recuperar la compostura.

—Ya basta por hoy. A dormir o le escribo a padre sobre tu temeridad el otro día.

La amenaza era vacía y todos lo sabían, pero Arthur se rio de todas formas. Los demás soldados comenzaron a dispersarse hacia sus respectivas tiendas, agradeciendo a Thomas con palmadas en el hombro.

Thomas guardó el violín con cuidado ritual, cerrando el estuche con el mismo respeto que dedicaría a un objeto sagrado. Cuando levantó la vista nuevamente, Edmund seguía allí, observándolo.

—¿No duermes? —preguntó Thomas, acercándose con pasos medidos.

—Demasiado calor.

—Es mentira. Hace frío desde que cayó el sol.

Edmund no respondió. Thomas se detuvo a medio metro de distancia, lo suficientemente cerca para que Edmund percibiera el olor a polvo y sudor masculino que emanaba de él, mezclado con algo más limpio, casi metálico.

—Gracias por cuidar de Arthur —dijo Edmund.

—No es carga. Es buen chico.

Las palabras flotaron entre ellos, inadecuadas para llenar el espacio cargado de tensión. Los ojos de Thomas recorrieron el rostro de Edmund con una expresión indescifrable antes de asentir brevemente.

—Descansa, Edmund.

Se alejó hacia su propia tienda, dejando a Edmund temblando ligeramente bajo las estrellas indiferentes del desierto.

* * *

La noticia llegó tres días después de que Thomas guardara su violín por última vez en el campamento. El General Allenby había completado la toma de Damasco. Los otomanos firmaban el armisticio en Mudros. La campaña de Palestina había terminado.

Edmund leyó el telegrama oficial dos veces. Casi un año de arena, sangre y sed llegaba a su fin. Los batallones comenzarían el repliegue progresivo hacia la costa. Primero los heridos graves a Malta, luego las unidades de apoyo, finalmente la infantería y caballería.

—Volvemos a casa —dijo Arthur, asomándose por encima de su hombro con los ojos brillantes de emoción juvenil—. ¡Padre se pondrá orgulloso!

Edmund dobló el papel con manos que temblaban imperceptiblemente.

—Sí. A casa.

La palabra sabía amarga en su boca. Casa significaba la Villa Barrington sin su madre.

Significaba enfrentar nuevamente a Sir Reginald con su mirada de decepción perpetua, sus expectativas imposibles, su frialdad calculada.

Significaba regresar a ser el heredero inadecuado en lugar del oficial que había encontrado cierto propósito entre el caos de la guerra.

—¿Crees que organizarán algún tipo de recepción? —Arthur se ajustó el pañuelo del cuello, todavía manchado de polvo palestino—. Ya sabes, algo con la prensa. Padre conoce a medio Westminster.

—Oh, seguramente. —Edmund dobló el telegrama y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta con calma estudiada—. Con banda militar, discursos patrióticos y toda la pompa que el dinero puede comprar. Quizás hasta contraten actores para que finjan estar orgullosos de nosotros.

Arthur frunció el ceño.

—No tiene gracia, Edmund.