Capítulo 16 2025 - Ecos de culpa #5
Pero mientras recogía los cristales con manos temblorosas, no pudo evitar preguntarse si los trabajadores tenían razón. Y lo que era peor, no sabía si la idea la molestaba o la emocionaba.
Lo único que sabía con certeza era que cada día estaba más loca.
* * *
Unas horas más tarde, la tensión en la villa se había vuelto espesa como el alquitrán maltés bajo el sol del mediodía. Mario y Giuseppe trabajaban con martillos neumáticos en el vestíbulo, pero incluso su estruendo no conseguía ocultar la tensión que flotaba entre Lily y Chris como un gas tóxico.
Lily extendía muestras de tela sobre la mesa improvisada del salón, fingiendo concentración absoluta en los tonos crema y dorado.
Pero sus ojos se desviaban constantemente hacia las esquinas, esperando que Edmund se materializara de la nada como había hecho esa mañana.
Cada sombra la sobresaltaba, cada crujido de la madera antigua la ponía en alerta.
Chris, por su parte, revisaba planos estructurales con una intensidad feroz, trazando líneas con tanta fuerza que la punta del lápiz se partió dos veces.
No había dirigido ni una mirada hacia Lily desde su explosión matutina, pero Giuseppe notó que se las arreglaba para trabajar siempre en zonas desde donde podía observarla de reojo.
—¿Jefe? —Mario se acercó con cautela—. ¿Paramos para comer?
Chris gruñó algo que sonó como asentimiento. Los trabajadores recogieron sus herramientas con alivio, ansiosos por escapar de la atmósfera cargada que llenaba la villa.
—Nos vemos a las dos, jefe —dijo Giuseppe, dando palmaditas comprensivas en el hombro de Chris antes de salir.
Lily esperó hasta escuchar el motor de la furgoneta alejándose por el sendero.
Recogió sus muestras de tapicería con movimientos mecánicos, decidida a seguir trabajando en las habitaciones del primer piso donde podría evitar cualquier encuentro incómodo con Chris, que parecía no tener plan de ir a comer a ningún sitio.
Subió las escaleras gastadas, sus pasos resonando en la penumbra del pasillo. El pasillo superior conservaba un aire de abandono que los trabajos de restauración aún no habían tocado, con puertas entornadas que se abrían a habitaciones llenas de sombras y polvo.
Se dirigió hacia lo que había sido el despacho privado de Edmund, una habitación que habían designado para convertir en un estudio de lectura. Al empujar la puerta, las bisagras protestaron con un gemido metálico.
Edmund estaba allí, de pie junto a la ventana, gesticulando violentamente mientras hablaba con alguien invisible. Su voz se alzaba y bajaba en una discusión acalorada, las palabras entrecortadas por la furia.
—¡No tenías derecho! ¡Era mi decisión! ¡Mi vida!
Lily se quedó paralizada en el umbral, observando cómo Edmund se volvía hacia un espacio vacío junto a la chimenea apagada.
—¡Tu decisión nos llevó al abismo! —gritó al aire—. ¡A todos nos arrastraste contigo!
—Edmund —susurró Lily, y él se giró hacia ella con ojos que brillaban de rabia.
—¡Lily Cárter! —señaló con un dedo acusador—. ¡Siempre juzgando, siempre creyendo que sabe lo que es mejor!
—¿De qué hablas? ¿Con quién discutías?
—¡Con mi padre! —escupió las palabras como veneno—. No me deja en paz ni muerto.
Lily miró alrededor de la habitación vacía, sintiendo un frío que no tenía nada que ver con la brisa marina.
—No hay nadie aquí, Edmund.
—¡Claro que está aquí! —Edmund se acercó a ella con pasos furiosos—. ¡Igual que está usted aquí metiéndose donde no la llaman! ¡Esta sigue siendo mi casa!
Tomó una botella de whisky que había aparecido de la nada sobre el escritorio polvoriento y la arrojó contra la pared. El cristal estalló en mil pedazos, y el alcohol se derramó sobre la madera seca como gasolina.
Una vela que Lily no recordaba haber visto antes ardía sobre la repisa de la chimenea, su llama danzando con violencia sobrenatural. De pronto, como empujada por una mano invisible, se precipitó al suelo.
El fuego se extendió por el alcohol derramado con la velocidad de una serpiente, lamiendo las cortinas descoloridas y trepando por las paredes con hambre voraz. El humo negro llenó la habitación en segundos.
—¡Edmund!
Pero él había desaparecido, dejándola sola con las llamas que se alzaban como demonios naranjas.
Lily corrió hacia la escalera, tosiendo mientras el humo le quemaba los pulmones. Sus pies resbalaron en el primer escalón, el pánico nublando su coordinación. Perdió el equilibrio y rodó por la escalera. Su tobillo derecho chocando contra los escalones con cracs secos que resonaron como disparos.
Aterrizó en el vestíbulo, jadeando de dolor y terror, incapaz de levantarse mientras el humo comenzaba a descender como una cortina gris.
—¡Ayuda! —gritó con toda la fuerza que le quedaba—. ¡Ayuda, por favor!
El estruendo de pasos corriendo resonó por el vestíbulo de mármol.
Chris había estado en la furgoneta buscando unas herramientas antes de dirigirse a un lugar apartado en los jardines para disfrutar de su bocadillo.
Escuchó los gritos desesperados que atravesaban las paredes centenarias como cuchillos y entró de inmediato en la villa.
—¡Lily! ¿Dónde estás?
La encontró tendida al pie de la escalera, el cabello castaño revuelto y una expresión de terror absoluto grabada en el rostro. Su tobillo derecho formaba un ángulo antinatural que hizo que Chris maldijera entre dientes.
—¿Qué cojones ha pasado? —se arrodilló junto a ella, las manos grandes y callosas evaluando los daños con sorprendente delicadeza.
—El fuego… —Lily intentó incorporarse, pero el dolor la hizo gemir—. Edmund… la habitación de arriba está ardiendo…
Chris alzó la vista hacia el primer piso. No había humo, no había llamas, no había nada excepto el ambiente polvoriento de siempre.
—No hay ningún fuego, Lily.
—¡Sí que lo hay! —gritó, aferrándose a su camiseta con dedos desesperados—. ¡En el despacho! ¡Edmund tiró la botella y…!
Chris la levantó del suelo sin esfuerzo, ignorando sus protestas. El cuerpo de Lily se amoldó contra su pecho como si hubiera nacido para estar allí, pero él se concentró en caminar sin sacudir su tobillo herido.
—Tranquila. Te llevo al hospital.
La depositó en el asiento del copiloto de la furgoneta con cuidado, ajustando el cinturón de seguridad alrededor de su cintura temblorosa. Durante el trayecto hacia Mater Dei, marcó el número de Giuseppe con el manos libres.
—Giuseppe, necesito que subas al primer piso y revises el despacho. Lily dice que había un incendio.
La voz confundida de su capataz llenó el habitáculo.
—¿Un incendio? Jefe, acabamos de llegar. No hay rastro de fuego en ninguna parte. Todo está igual que esta mañana.
Lily se hundió en el asiento, las lágrimas rodando por sus mejillas como ríos salados.
—No entiendo qué me está pasando —susurró—. Créeme, Chris, había fuego. Edmund estaba allí, discutiendo con alguien invisible, y después todo ardía…
Chris aparcó en el área de urgencias y volvió a tomarla en brazos, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía contra el suyo.
—Vamos a conseguir que te vean ese tobillo primero. Después hablamos.
* * *
El doctor confirmó que era una torcedura limpia que sanaría en unas semanas con una bota ortopédica. Pero Lily apenas registró las palabras del médico. Estaba sentada en la camilla, las manos tapándose el rostro mientras sollozaba sin control.
—Debo estar volviéndome loca —dijo entre lágrimas—.
Ya me lo decía mi madre… que era demasiado imaginativa, que veía cosas que no existían…
Ay, Dios, Chris, lo siento tanto. Siento haberte causado problemas, siento haber sido una idiota contigo esta mañana.
Bueno, en realidad toda la semana. No sé qué me pasa, no sé por qué…
Chris la observó desmoronarse, toda su coraza profesional desintegrándose hasta dejar al descubierto a una mujer frágil y aterrorizada. Algo se removió en su pecho, una ternura que no había sentido nunca.
—Eh, para. —Se acercó hasta quedar entre sus piernas, las manos grandes enmarcando su rostro húmedo—. No eres una idiota.
—Sí que lo soy. Veo fantasmas, imagino incendios, y te trato como si fueras mi enemigo cuando…
—¿Cuándo qué?
Lily alzó los ojos grises hacia él, brillantes de lágrimas y vulnerabilidad.
—Cuando no puedo dejar de pensar en ti.
Chris no pudo resistirse más. Sus labios encontraron los de ella con una intensidad que había estado conteniendo durante días, semanas. El beso fue hambriento, desesperado, cargado de toda la tensión que había crepitado entre ellos desde el primer día.
Lily se derritió contra él, sus brazos rodeando su cuello mientras el mundo se desvanecía. El hospital, Edmund, el tobillo roto, todo desapareció excepto el calor masculino que la envolvía y el sabor de los labios de Chris.
Por primera vez en meses, tenía la mente en blanco. En solo unos segundos se habían desvanecido de repente meses de preocupaciones. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía completamente feliz.