La Villa de los Sueños Capítulo 8 1930 - El peso de los secretos #3
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Capítulo 8 1930 - El peso de los secretos #3

—Quizás. Pero está sucediendo de todas formas.

Arthur deslizó la mano hasta la nuca de Violet, sus dedos perdiéndose entre los mechones dorados que habían escapado de las horquillas. Ella tembló bajo su toque, alzando finalmente los ojos para encontrarse con la mirada azul que la contemplaba con una intensidad que la desarmaba por completo.

—Arthur…

Sin embargo, ya no importaban las palabras.

Arthur se inclinó lentamente, dándole tiempo para apartarse si lo deseaba; no obstante, Violet no se movió.

No podía moverse. Necesitaba saber qué se sentiría besar esos labios que sonreían con tanta facilidad, que pronunciaban su nombre como si fuera algo sagrado.

Cuando sus bocas se encontraron, el mundo se detuvo.

El beso comenzó suave, casi reverente, pero pronto se transformó en algo más urgente cuando Violet respondió con una pasión que la sorprendió a ella misma.

Sus manos se aferraron a la camisa de Arthur mientras él la atraía más cerca, como si quisiera fundirse con ella.

Violet sintió que se ahogaba en sensaciones nuevas: el sabor ligeramente salado de los labios de Arthur, la manera en que sus manos temblaban contra su espalda, el sonido ahogado que escapó de su garganta cuando él mordisqueó suavemente su labio inferior.

El tiempo se suspendió bajo la glorieta perfumada de jazmín, donde dos almas encontraron en un beso prohibido lo que habían estado buscando sin saberlo.

* * *

Unos días más tarde, el salón de té estaba bañado por los rayos dorados de la tarde maltesa, creando un ambiente de aparente tranquilidad que contrastaba con la tensión palpable entre los hermanos ese día.

Beatrice sirvió el té con movimientos precisos, pero sus ojos azules brillaban con una determinación que Arthur reconoció inmediatamente.

Era la misma expresión que tenía cuando niña antes de enfrentarse a alguna travesura particularmente arriesgada.

—¿Azúcar? —preguntó con una dulzura peligrosa, extendiendo las pinzas plateadas.

Arthur aceptó la taza sin apartar la mirada de su hermana. Solo se oía el tintineo de la porcelana y los ronquidos distantes de Edmund, que se filtraban desde el estudio.

—Florence vino a verme hace una hora —dijo Beatrice, removiendo su té con más fuerza de la necesaria—. Parecía bastante… preocupada.

—Florence siempre se preocupa por algo. Es su naturaleza.

—Esta vez parece que tenía motivos. —Beatrice dejó la cucharilla con un clic decidido—. Al parecer, Albert y Roberts te vieron en la glorieta a solas el otro día con Violet. En una situación bastante… inusual.

Arthur sintió que la sangre se le subía al rostro, pero mantuvo la compostura. Tomó un sorbo de té, ganando tiempo antes de responder.

—No sabía que los jardines de nuestra propia casa estuvieran bajo vigilancia constante.

—Arthur, por favor. —Beatrice se inclinó hacia delante, bajando la voz—. No finjas que no sabes de qué estoy hablando. Los criados tienen ojos y lenguas. Y por mucho que los respete, no son estatuas mudas.

El joven apretó la mandíbula, un músculo temblándole en la mejilla. La manera en que Beatrice lo miraba, como si fuera un niño pillado robando mermelada, lo irritaba profundamente.

—Que hablen lo que quieran —replicó con más brusquedad de la que pretendía—. Esta es mi casa. O lo será algún día.

—¿Tu casa? —Beatrice arqueó una ceja con elegancia letal—. Que yo sepa, Edmund sigue siendo el hermano mayor. Y mientras respire, esta casa será suya.

—Edmund. —Arthur pronunció el nombre con un desdén que sorprendió incluso a Beatrice—. Edmund, que se pasa los días borracho perdido en ese estudio, huyendo de fantasmas pasados. Edmund, que trata a su esposa como si fuera un mueble molesto. Edmund, que…

—Edmund es nuestro hermano mayor —interrumpió Beatrice firmemente—. Y es el marido de Violet. Marido, Arthur. No sé qué te ha pasado últimamente, pero estás jugando con fuego.

Arthur se levantó de un salto y comenzó a caminar de un lado al otro del salón como un animal enjaulado. Su agitación era palpable, cargando el aire de electricidad.

—Sabes perfectamente que ese matrimonio es una farsa. Una transacción comercial orquestada por padre con los Wyndham.

—Una farsa o no, es real a los ojos de Dios y de la ley. —Beatrice se levantó también, plantándose frente a él con toda su determinación de un metro sesenta—. Y Violet es mi cuñada, no tu… lo que sea que pretendas que sea.

—No pretendo nada. —Arthur se detuvo, girándose para enfrentar a su hermana—. Simplemente… sucede. No puedo controlarlo.

—Arthur. —La voz de Beatrice se suavizó ligeramente—. Comprendo que sientes algo por ella. Violet es encantadora, inteligente, hermosa. Pero esto no puede continuar.

—¿Por qué no? ¿Por qué las apariencias sociales lo prohíben? ¿Por qué padre así lo decidió?

—Porque destruirás a tres personas en el proceso. A ti, a ella y sí, incluso a Edmund.

Arthur soltó una risa amarga que resonó por todo el salón.

—Edmund se está destruyendo solo perfectamente bien.

Los ojos de Beatrice se endurecieron.

—Entonces no le facilites el trabajo.

—Edmund es como una sombra —espetó Arthur, el dolor y la frustración tiñendo cada palabra—. Un alma en pena que deambula por esta casa, aferrándose a recuerdos que lo están matando. ¿Qué vida puede ofrecerle a Violet? ¿Qué futuro?

Beatrice cruzó los brazos, su expresión endureciéndose como mármol.

—Es su marido, Arthur. Su marido. No importa lo que pienses de él o de su estado. Violet es una mujer casada, y tú estás jugando con fuego que nos quemará a todos.

—¿Juego? —Arthur se acercó un paso, su voz cargada de una intensidad que hizo retroceder ligeramente a Beatrice—. ¿Crees que esto es un juego para mí?

—Entonces deja de comportarte como si lo fuera.

El sonido de pasos arrastrándose por el pasillo interrumpió la confrontación.

Ambos hermanos se giraron hacia la puerta justo cuando Edmund apareció en el umbral, apoyándose contra el marco con una mano mientras con la otra sostenía una botella medio vacía.

Su cabello oscuro estaba revuelto, y sus ojos grises brillaban con el resplandor vítreo del alcohol.

—Vaya, vaya —dijo Edmund, arrastrando las palabras—. Una reunión familiar tan… intensa.

—Edmund, deberías volver a tu estudio —dijo Beatrice con voz controlada, pero Arthur pudo notar el nerviosismo que se filtraba en su tono.

—¿Para qué? —Edmund soltó una risa ronca y desagradable—. Aquí parece estar toda la diversión. ¿De qué discutían tan apasionadamente, mis queridos hermanos?

Arthur y Beatrice intercambiaron una mirada cargada de advertencia, pero Edmund no necesitaba respuesta. Sus ojos entrecerrados se clavaron en Arthur con una perspicacia sorprendente para alguien en su estado.

—Ah, ya veo. —Edmund se enderezó ligeramente, tambaleándose—. Se trata de mi querida esposa, ¿verdad? De la encantadora Violet.

—Edmund…

—¡No, no! —Edmund levantó la botella como si brindara—. Déjame adivinar. Mi hermano pequeño está preocupado por el bienestar de mi esposa. Qué noble de tu parte, Arthur.

El sarcasmo goteaba de cada palabra, venenoso y cruel.

—Si estás compartiendo cama con mi mujer, me da completamente igual —continuó Edmund, su voz subiendo de volumen—. Puedes usarla las veces que quieras. A mí no me interesa en absoluto.

—¡Edmund! —Beatrice se llevó las manos a la boca, horrorizada.

—¿Sabes por qué? —Edmund avanzó hacia el centro del salón, gesticulando exageradamente—. Porque yo solo he querido a Thomas. ¡Siempre! ¡Solo a Thomas!

Arthur sintió que la sangre se le helaba en las venas.

—He estado enamorado de Thomas desde el primer día que lo conocí en Palestina —gritó Edmund, las palabras saliendo como una cascada imparable—. ¡Ya es hora de decir la verdad a gritos! ¡Thomas era todo para mí! ¡Todo!

—¡Calla! —rugió Arthur, lanzándose hacia su hermano—. ¡Deja de decir esas cosas! ¿Qué pensará padre si te escucha decir esas barbaridades?

Edmund retrocedió tambaleándose, pero su sonrisa se volvió feroz.

—¿Barbaridades? ¿Es una barbaridad amar?

—¡Los hombres no se enamoran de hombres! —Arthur estaba fuera de sí—. ¡Eso es antinatural! ¡Enfermo!

—¿Antinatural? —Edmund soltó una carcajada histérica—. ¿Sabes qué es antinatural? ¡Vivir esta mentira! ¡Este matrimonio!

Arthur se abalanzó sobre Edmund, pero su hermano mayor, debilitado por el alcohol y el dolor, apenas pudo mantenerse en pie. El golpe lo envió al suelo con facilidad; la botella no llegó a romperse contra las baldosas de milagro.

Edmund permaneció caído unos instantes, respirando pesadamente. Cuando se incorporó, había lágrimas en su rostro.

—Thomas está muerto —susurró, su voz quebrada—. Y yo debería olvidarlo, pero es imposible.

Sin decir una palabra más, Edmund se las arregló para ponerse en pie y salió del salón tambaleándose, dejando tras de sí solo el eco de sus confesiones.

Beatrice miró hacia el techo con expresión angustiada, como si pudiera atravesar la madera y el yeso para asegurarse de que nadie más había presenciado el espectáculo.

—Espero que Violet no haya escuchado esos gritos desde su habitación —dijo, llevándose una mano temblorosa a la frente—. O peor aún, que el servicio haya oído todo esto.

Arthur se dirigió al mueble bar con pasos decididos, abriendo las puertas de caoba con más fuerza de la necesaria. El tintineo de las botellas de cristal resonó en el salón mientras buscaba el whisky.

—El servicio ya está acostumbrado a esta casa de locos desde hace años —respondió con amargura, sirviendo una generosa porción del líquido ámbar—. Roberts y Florence han visto cosas peores.

—No todos —replicó Beatrice, arrugando el ceño—. Eliza, la nueva, solo lleva varios días aquí. No conoce nuestras… particularidades familiares.

Arthur se llevó el vaso a los labios, saboreando el ardor del alcohol que le calmaba los nervios alterados. Observó a su hermana, que parecía perdida en sus pensamientos.

—¿Una copa? —le ofreció, alzando la botella.

—Las señoritas no beben —respondió Beatrice automáticamente, pero tras una pausa añadió—: Aunque… quizás podrías añadir solo un poco a mi taza de té.

Arthur sonrió levemente por primera vez en toda la tarde y vertió una pequeña cantidad del licor en la porcelana delicada. Beatrice tomó un sorbo cauteloso e hizo una mueca ante el sabor.

—Hablando de Eliza —continuó, su voz adquiriendo un tono preocupado—, Violet me comentó el otro día algo extraño. La vio rebuscando entre los papeles del despacho de padre cuando creía que nadie la observaba.

Arthur frunció el ceño, dejando su vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—¿En el despacho de padre? Eso está terminantemente prohibido, al menos si no está él presente.

—Exactamente. Me pregunto si nos precipitamos contratándola. Quizás quiere robar u oculta algo raro, algo que no nos ha contado sobre sus verdaderas intenciones.

La expresión de Arthur se endureció, y por un momento, el parecido con su padre se hizo evidente en la línea tensa de su mandíbula.

—La observaré de cerca —prometió, su voz adquiriendo un tono autoritario—. Y, de todas maneras, cuando padre regrese en unos días, lo mismo decide echarla. Aún no sabe nada del tema de su contratación.

Beatrice hizo un gesto breve con la cabeza, pero la preocupación no abandonó su rostro. Entre los gritos de Edmund y ahora este nuevo misterio con Eliza, la Villa Barrington parecía acumular secretos como las nubes acumulan tormenta.