Capítulo 8 1930 - El peso de los secretos #2
Se detuvo abruptamente, dándose cuenta de lo que había estado a punto de confesar. Arthur lo miraba con una mezcla de comprensión y terror crecientes.
—Edmund…
—No. No puedo. No puedo seguir fingiendo que era solo amistad —sollozó Edmund—. Era mucho más que eso, y ahora está muerto, y yo estoy atrapado en esta farsa matrimonial, en esta villa que huele a su recuerdo en cada rincón.
Con un gesto violento, arrojó el diario contra la estantería. Las páginas se esparcieron por el suelo como mariposas heridas.
—¡Edmund, espera!
Pero ya había desaparecido, corriendo escaleras arriba con la desesperación de un alma atormentada, rumbo a su despacho donde las botellas lo esperaban con su falso consuelo.
Violet subía lentamente las escaleras cuando notó que la puerta del estudio de Edmund permanecía entreabierta. La ausencia de cualquier sonido la desconcertó; normalmente se escuchaban murmullos ebrios o el tintineo de cristal contra cristal.
Se acercó con cautela, asomando la cabeza por la abertura.
La habitación parecía vacía, envuelta en la penumbra habitual que Edmund cultivaba como un santuario personal.
Los mapas militares colgaban torcidos de las paredes, y botellas vacías se amontonaban de nuevo sobre el escritorio como soldados caídos.
“Quizás haya salido”, pensó, empujando la puerta.
El aire olía a whisky rancio y algo más… desesperación, si tal cosa pudiera tener aroma. Violet se aventuró un paso más, curiosa por primera vez de estudiar a solas el refugio donde su esposo se ocultaba del mundo.
Sobre el escritorio yacían esparcidas un montón de páginas manuscritas, algunas con tinta corrida por las lágrimas o el alcohol. Su mirada se detuvo en una fotografía borrosa de tres hombres uniformados, sonriendo bajo un sol extranjero.
—¿Qué diablos haces aquí?
La voz de Edmund la golpeó como un latigazo. Se había materializado en el umbral, con el rostro desencajado por la ira y los ojos inyectados en sangre.
—Yo… la puerta estaba abierta y pensé que…
—¡Pensaste que podrías hurgar entre mis cosas como una vulgar ladrona!
Edmund se abalanzó hacia ella, agarrándola por los hombros con una fuerza brutal que la hizo tambalear.
—¡Todo esto es culpa tuya! —le gritó, zarandeándola como a una muñeca de trapo—. Tu presencia, tu existencia misma, todo me recuerda lo que he perdido. ¡Debería estar muerto en lugar de atado a ti!
—Edmund, por favor, solo quería…
—¡No quiero tus explicaciones! —rugió, empujándola contra la estantería—. ¡No quiero tu compasión ni tu matrimonio de mentira!
Una botella de cristal rodó y se estrelló contra el suelo. Edmund se agachó, recogiendo un fragmento afilado que brillaba amenazadoramente bajo la luz del atardecer.
—Quizás debería terminar con esto de una vez por todas…
Violet retrocedió, horrorizada, mientras Edmund alzaba el fragmento de cristal con mano temblorosa. Algo en su expresión se había roto: ya no quedaba en él ningún rastro del hombre que ella creía conocer.
—¡Edmund!
Arthur irrumpió como una tormenta, evaluando la situación en una fracción de segundo. Su puño se estrelló contra la mandíbula de Edmund con un sonido seco y definitivo.
Edmund se desplomó contra la pared, el cristal volando de su mano para hacerse pedazos en el suelo. Violet aprovechó el momento para escapar, corriendo escaleras abajo con el corazón desbocado.
—¡Basta ya! —rugió Arthur, plantándose sobre su hermano caído—. ¡Diez años, Edmund! ¡Diez malditos años arrastrando este dolor como si fueras el único que ha perdido algo en esta vida!
Edmund se tocó la mejilla hinchada, con sangre goteando de su labio partido. Las lágrimas comenzaron a brotar sin control, transformando al hombre violento en algo quebrado y patético.
—Arthur… yo no quería… ella estaba aquí y yo…
—¡Si no eres capaz de recomponer tu vida después de tantos años, por mí también puedes saltar por el acantilado como él! —gritó Arthur, la voz cargada de una furia que jamás había mostrado—. ¡Pero no destruyas a todos los demás en tu camino hacia el abismo!
Edmund se acurrucó contra la pared, sollozando como un niño perdido, con la sangre manchando su camisa blanca. Su llanto era un sonido primitivo, desgarrador, el lamento de un alma rota.
Arthur lo contempló un momento más antes de darse la vuelta, dejándolo solo con sus demonios y el eco de sus propias lágrimas.
* * *
Los talones de Violet golpearon la escalera de mármol como piedras cayendo por un precipicio. Su respiración entrecortada resonaba en el vestíbulo mientras Roberts emergía del salón con una bandeja de plata entre las manos.
—Lady Violet, ¿se encuentra usted…?
Pero ella ya había atravesado las puertas francesas que daban al jardín, con las faldas ondeando tras de sí como las alas de un pájaro herido.
Albert alzó la vista desde los rosales que podaba, sus tijeras suspendidas en el aire al ver la figura femenina corriendo entre los senderos de grava.
El irlandés siguió con la mirada el rastro de desesperación que dejaba Lady Violet hasta que desapareció tras el seto de lavanda que bordeaba la glorieta más alejada de la casa.
Frunció el ceño, limpiándose las manos callosas en el delantal de cuero. Los gritos desde la casa habían llegado hasta sus oídos mientras trabajaba, y ahora esto.
Roberts apareció en el umbral, escudriñando el jardín con expresión preocupada.
—¿Has visto a Lady Violet?
—Hacia la glorieta, como alma que lleva el diablo —respondió Albert, señalando con el mentón—. ¿Problemas en la casa?
Antes de que Roberts pudiera responder, Arthur emergió de la villa con el rostro ensombrecido y los nudillos aún manchados de sangre.
—¿Dónde está Violet?
—La glorieta del fondo, señor Arthur —indicó Albert, observando las marcas rojizas en los puños del joven—. No parecía… en condiciones de conversar con alguien.
Arthur hizo un gesto seco con la cabeza y se dirigió hacia los jardines con pasos largos y decididos.
La encontró acurrucada en el banco de piedra de la glorieta, parcialmente oculta por las enredaderas de jazmín que creaban una cortina natural. Sus hombros temblaban con sollozos silenciosos, y mechones de cabello dorado se habían escapado de su peinado, enmarcando su rostro como hebras de luz.
—Violet…
Ella levantó la vista, los ojos verdes anegados en lágrimas.
—Por favor, Arthur. No ahora. No puedo… no quiero que nadie me vea así.
Él se detuvo a unos pasos, con las manos colgando impotentes a los costados.
—¿Te ha lastimado? Si Edmund te ha puesto una mano encima, yo…
—No ha sido nada —dijo ella, secándose las mejillas con el dorso de la mano—. Al menos, no físicamente.
Arthur se acercó midiendo cada paso, como quien se aproxima a un animal herido.
—¿Puedo sentarme?
Violet se apartó ligeramente hacia un lado del banco sin mirarlo.
—No sé cuánto tiempo más podré vivir esta farsa sin volverme loca —susurró, con la voz quebrada—. Dormimos en habitaciones separadas desde la boda, como extraños bajo el mismo techo. Siento que estoy enjaulada. A veces pienso en escapar como un pajarito… si pudiera volar, si pudiera…
—Pero estás completamente atada —completó Arthur en voz baja.
—Sí. —La palabra salió como un suspiro—. A veces sueño que tengo alas y que vuelo sobre el mar, lejos de todo esto.
Arthur se demoró un momento, contemplando las manos entrelazadas de Violet sobre su regazo.
—Si te marcharas —dijo finalmente, con una voz tan queda que apenas se distinguía del susurro del viento—, me quedaría muy dolido.
Violet alzó la vista, sorprendida por la intensidad que percibió en sus palabras.
—Arthur…
—No porque Edmund se quedara solo. Sino porque… porque yo me quedaría sin ti.
El aire entre ambos se espesó, cargado de algo que ninguno se atrevía a nombrar. Violet sintió que el corazón le galopaba en el pecho de una manera completamente nueva.
—No deberías decir esas cosas —dijo, pero no apartó la mirada.
—Quizás no. Pero son verdad. No sé qué me pasa contigo en los últimos días.
Arthur extendió la mano lentamente, rozando apenas los dedos temblorosos de Violet. Ella se estremeció como si la hubiera tocado una chispa eléctrica, pero no retiró la mano.
—Nunca he sentido algo así antes por nadie —continuó Arthur, con la voz ronca de emoción—. Pensaba que el amor no era para mí. Que quizás no estaba hecho para… para esto.
Sus dedos se entrelazaron más firmemente con los de Violet, como si temiera que fuera a desvanecerse.
—Lo he notado cuando hablábamos de libros en la biblioteca. La manera en que tus ojos se iluminan cuando describes una historia que te ha emocionado. O cuando paseamos con Beatrice y compartes esas risas espontáneas que hacen que todo parezca más luminoso.
Violet sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La intensidad en la voz de Arthur, la manera en que la miraba como si fuera algo precioso y frágil, despertaba sensaciones que había creído muertas desde su matrimonio.
—Arthur, yo… no puedo. Estoy casada.
—Casada con un hombre que no te quiere —replicó él, acercándose más en el banco hasta que sus rodillas se rozaron—. Casada con alguien que no ve lo extraordinaria que eres. Que no te da lo que necesita una mujer como tú.
Las mejillas de Violet se encendieron con un calor que nada tenía que ver con el sol mediterráneo que se filtraba entre las hojas del jazmín. Su respiración se volvió irregular.
—No sabes lo que dices…
—Sé exactamente lo que digo. —Arthur alzó la mano libre para rozar con los nudillos la mejilla sonrojada de Violet—. Mi padre te tiene aprisionada en una vida que no elegiste, con un hombre que te trata como un objeto decorativo. Pero yo… yo veo quién eres realmente.
Violet cerró los ojos ante la caricia, sintiendo que todo su mundo se tambaleaba. El contacto de Arthur era tan diferente al de Edmund. Donde su esposo había mostrado frialdad o violencia, Arthur ofrecía ternura y fuego contenido.
—Es imposible —susurró, pero no se apartó cuando él se acercó más, hasta que pudo sentir su aliento cálido contra la frente.