Capítulo 8 1930 - El peso de los secretos
El atardecer pintaba los jardines de la Villa Barrington con tonos dorados y rosados.
Violet caminaba entre los rosales, ajena a la hermosura del crepúsculo mediterráneo.
Su vestido de lino claro se movía con la brisa marina, rozando los pétalos que bordeaban el sendero de grava.
Llevaba tres días evitando los espacios comunes, tomando sus comidas en la habitación y saliendo únicamente cuando sabía que Edmund permanecía encerrado en su estudio.
Desde la terraza, Arthur la observaba. Llevaba allí diez minutos, fingiendo revisar unos documentos que había olvidado sobre la mesa de hierro forjado. Pero las palabras en el papel se difuminaban mientras sus ojos seguían la figura esbelta que se perdía entre las flores.
No pudo resistirse.
Dejó los papeles y bajó los escalones de piedra, sus pasos crujiendo sobre la grava. Violet no lo escuchó aproximarse hasta que estuvo a pocos metros.
—¿Te gustan los rosales? —preguntó Arthur, intentando sonar casual mientras su corazón latía desbocado.
Violet giró bruscamente, llevándose una mano al pecho.
—Arthur, me has asustado.
—Perdóname, solo buscaba un poco de aire fresco.
—Yo también —respondió ella, mirando hacia los pétalos carmesí—. Son hermosos, pero algunos tienen espinas terribles.
Arthur se acercó, señalando una variedad particularmente delicada de color rosa pálido.
—Esos eran los preferidos de mi madre. Los trajo de Inglaterra hace años. Decía que las cosas más bellas siempre vienen con su propio mecanismo de defensa.
Comenzaron a caminar juntos, separados por una distancia apropiada pero conscientes de cada respiración del otro.
—¿La echas de menos? —preguntó Violet suavemente.
—Cada día —admitió Arthur, tocando distraídamente una hoja—. Murió cuando yo tenía quince años. Tuberculosis. Fue una enfermedad larga. Tenía meses mejores y otros peores, pero al final pudo con ella.
—Lo siento.
—Le hubiera gustado conocerte —dijo Arthur, sorprendiéndose a sí mismo con la sinceridad—. Le gustaban las personas con espíritu. Las que no se conformaban con ser meros adornos.
Violet rio amargamente.
—No estoy segura de ser tan valiente como crees.
—¿Valiente? No, Violet. Eres extraordinaria. Cualquiera puede ver eso.
Ella se detuvo junto a un rosal blanco, sus dedos acariciando los pétalos sin arrancarlos.
—Nunca me imaginé que mi matrimonio sería… así.
Las palabras flotaron entre ellos, cargadas de significado. Arthur sintió algo apretarse en su pecho.
—Edmund está… perdido ahora.
—No hablo solo de Edmund —susurró Violet—. Hablo de mí. De quién creí que sería. De las decisiones que tomé pensando que era lo correcto.
Arthur se acercó un paso, embriagado por su cercanía, por el aroma a jazmín que emanaba de su piel.
—Violet, mereces más que esto. Mereces ser feliz de verdad.
Ella levantó la vista. En su rostro había lágrimas contenidas y algo más. Sorpresa. Tal vez esperanza.
—Arthur…
Él se dio cuenta demasiado tarde de que había cruzado una línea invisible pero innegable. Abrió la boca para disculparse, pero en ese instante Violet tropezó ligeramente con una raíz que sobresalía del sendero.
El instinto actuó más rápido que el pensamiento. Arthur la sostuvo del codo, sus dedos cerrándose firmes alrededor de la tela de lino y la piel cálida debajo. Ella se estabilizó contra él, su otra mano apoyándose brevemente en su pecho masculino.
El contacto duró tres segundos. Tal vez cuatro.
Pero en esos segundos, Violet sintió el calor de su mano, la fuerza contenida en sus dedos, la protección incondicional que irradiaba de cada uno de sus poros. El corazón de Arthur latía fuerte bajo su palma, descontrolado.
Cuando se recuperó, Arthur retiró la mano con una lentitud deliberada, como si cada milímetro le costara un esfuerzo físico tremendo.
—Arthur, no debería…
Pero las palabras murieron en sus labios. No pudo terminar la frase porque ambos sabían qué hubiera continuado. No debería sentir esto. No debería desearte. No debería imaginar cómo sería si las cosas fueran diferentes.
—Lo sé —respondió Arthur con voz ronca.
Se dio la vuelta, permitiéndole partir primero, porque quedarse un segundo más habría sido su perdición.
Violet caminó hacia la villa sin mirar atrás, pero sus manos temblaban.
* * *
Esa mañana, Edmund bajó las escaleras con una determinación inusual. Florence, que pulía con esmero los marcos de plata del vestíbulo, alzó la vista sorprendida al verlo completamente vestido antes del mediodía.
—Buenos días, Florence —dijo Edmund, deteniéndose junto a ella—. Ese arreglo floral está particularmente hermoso hoy.
Florence dejó caer el paño de pulir, mirándolo como si hubiera aparecido un fantasma benévolo.
—Buenos días, señorito Barrington —balbuceó, recuperando la compostura—. ¿Desea que informe para que se le prepare el desayuno?
—No es necesario. Solo busco algo de lectura.
Florence lo observó dirigirse hacia la biblioteca con una mezcla de esperanza cautelosa y desconcierto. Hacía meses que Edmund no mostraba tal cordialidad, y mucho menos interés por actividades que no involucraran una botella.
En la biblioteca, Edmund recorrió los estantes con los dedos, buscando algo que pudiera distraer su mente de los fantasmas habituales. Se detuvo ante un volumen de cuero gastado, medio oculto entre tratados de agricultura. Su diario de campaña de Palestina.
Lo extrajo con cuidado, sintiendo el peso familiar del cuero desgastado entre sus manos. Las páginas amarillentas se abrieron en una entrada de diciembre de 1917, escrita con su letra joven y esperanzada.
—¿Encontraste algo interesante?
Edmund se sobresaltó al escuchar la voz de Arthur en el umbral.
—Solo recuerdos polvorientos —respondió, cerrando el diario con suavidad.
Arthur se acercó, notando el título grabado en el lomo.
—Palestina, 1917. Menudos tiempos aquellos —sonrió Arthur, sentándose en el sofá de terciopelo verde—. ¿Recuerdas cuando llegamos a Jerusalén por primera vez? Jamás había visto tus ojos brillar tanto.
Edmund vaciló un momento antes de acomodarse junto a su hermano, abriendo de nuevo el diario.
—Thomas dijo que la ciudad parecía hecha de luz dorada —dijo, pasando las páginas hasta encontrar una entrada específica—. Mira, aquí está. “Thomas ha conseguido que los heridos sonrían esta noche con su violín. Hay algo mágico en cómo transforma el dolor en música.”
—Era extraordinario con ese violín —asintió Arthur—. ¿Te acuerdas de aquella noche en el campamento cerca de Belén? Los turcos habían sido repelidos, la luna estaba llena, y Thomas tocó esa melodía melancólica.
Los ojos de Edmund se suavizaron, una sonrisa genuina asomando por primera vez en meses.
—Greensleeves. Dijo que le recordaba a los campos ingleses en primavera —pasó otra página—. Aquí escribí sobre eso. “Esta noche hemos sido inmortales bajo las estrellas. Thomas, con su música, me ha hecho recordar que existe la belleza incluso en este infierno.”
—Y luego llegó ese telegrama con la noticia de que habíamos tomado Gaza definitivamente —continuó Arthur—. Thomas te abrazó tan fuerte que pensé que te rompería las costillas.
Edmund rio, un sonido extraño en la biblioteca que llevaba semanas sin escuchar voces humanas.
—Estaba tan emocionado que casi se cae encima de la tienda de campaña. Decía que por fin podríamos regresar a casa victoriosos —su voz se volvió más suave—. Cuando llegamos a Malta después de la campaña, los tres juntos… fue como si hubiéramos conquistado el mundo entero.
—Thomas estaba fascinado con los jardines de la villa —recordó Arthur—. Decía que nunca había visto jazmines tan blancos, y que el aroma le recordaba a un poema que había leído sobre el Paraíso.
—Pasábamos horas en el embarcadero —Edmund cerró los ojos, sumido en el recuerdo—. Él tocaba, yo escribía en este diario, y tú intentabas pescar sin éxito alguno. Era… perfecto.
Arthur observó a su hermano con cuidado, notando cómo la tensión habitual había abandonado sus hombros.
—Eran días buenos, Edmund. Días en los que sabíamos quiénes éramos y qué habíamos logrado juntos.
—Sí —suspiró Edmund, acariciando la página del diario—. Los mejores días de mi vida.
De pronto, la sonrisa se desvaneció del rostro de Edmund como una vela apagada por el viento.
—Pero luego todo cambió —dijo, su voz quebrándose—. Todo se torció de la peor manera posible.
Arthur se inclinó hacia delante, alarmado por el cambio súbito en el semblante de su hermano.
—Edmund, no. Concéntrate en lo bueno que vivisteis. En la música, en la amistad, en esos momentos perfectos bajo las estrellas maltesas.
—¿Los momentos perfectos? —Edmund apretó el diario contra su pecho, sus nudillos blancos—. ¿Sabes lo que es despertar cada mañana recordando su risa? ¿Saber que jamás volverá a tocar esa maldita melodía?
—Hermano, por favor…
—Estaba vivo, Arthur. Vivo y sonriendo esa última mañana.
Me dijo que había soñado con construir una casa junto al mar cuando regresáramos a Inglaterra —las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas—.
Una casa con jardín donde pudiéramos estar juntos los dos para siempre, sin tener que dar explicaciones a nadie.
Arthur extendió la mano, pero Edmund se apartó bruscamente.
—Y de repente, sin explicación, sin razón alguna… un accidente. Un maldito accidente que no tenía que haber ocurrido nunca —su respiración se volvió errática—. Thomas no era descuidado. Conocía cada rincón de esos acantilados malteses. Jamás se habría caído por…
—Edmund, detente. Estás torturándote otra vez.
—¡No fue un accidente! —gritó Edmund, poniéndose en pie de un salto—. Yo lo sé, Arthur. En mis entrañas lo sé. Alguien… alguien quería que desapareciera.
—Eso son imaginaciones del dolor. Thomas murió trágicamente, pero…
—¿Imaginaciones? —Edmund se río con amargura—. Thomas era todo lo que me mantenía cuerdo en este mundo podrido. Era mi luz, mi esperanza, mi…