La Villa de los Sueños Capítulo 7 2025 - Sombras en las paredes #2
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Capítulo 7 2025 - Sombras en las paredes #2

—Bueno, ahora que estoy viviendo aquí temporalmente, podéis pasar cuando queráis —ofreció Lily espontáneamente—. Quizás Caterina pueda ayudarme con algunos detalles de pintura decorativa.

Clara la miró como si hubiera perdido el juicio.

—Señorita, mejor no ofrezca algo de lo que se va a arrepentir. Estos dos son como niños grandes. Si les da permiso, aparecerán aquí a todas horas.

—No me importaría la compañía…

—El señor serio dice… que pareces muy amable —interrumpió Caterina, mirando hacia una de las ventanas de la villa—. Dice que… hacía mucho tiempo que nadie era amable en su casa.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lily.

—¿Quién es exactamente ese señor serio?

—Vive… en villa como tú —respondió Mattew—. Siempre… triste. Caterina… puede verlo. Yo… no.

—Imaginaciones, ya se lo he dicho —cortó Clara firmemente—. Vamos, que se enfría la cena y sabéis cómo os ponéis cuando tenéis hambre.

Empezó a conducir a los hermanos hacia la salida de los jardines.

—¡Hasta mañana! —gritó Caterina por encima del hombro—. ¡Mañana volveremos otra vez!

Sus voces se perdieron colina arriba, mezclándose con los regaños de Clara y las risitas espontáneas de Caterina. Lily se quedó sola en el jardín, con la brisa marina levantando mechones de su cabello.

Miró hacia donde Caterina había dirigido su conversación con el invisible “señor serio”. Nada más que una ventana rota y madera podrida.

* * *

El viento nocturno susurraba entre los limoneros del jardín cuando Lily logró conciliar el sueño.

El saco de dormir, ahora extendido sobre una alfombra deteriorada de la habitación contigua al estudio, proporcionaba escasa comodidad contra la dureza del suelo de piedra.

Sus músculos protestaban por la posición incómoda, pero el cansancio acumulado de los últimos días podía más que la incomodidad.

Mañana buscaré una cama plegable, pensó mientras se acomodaba de lado, algo que no estorbe demasiado a Chris y sus orangutanes.

Los grillos cantaban su sinfonía nocturna desde los jardines salvajes, mezclando sus voces con el rumor lejano del mar contra las rocas.

La brisa mediterránea se colaba por las rendijas de las ventanas rotas de ese cuarto, refrescando el aire cargado de polvo y memorias.

Era una noche perfecta para dormir, serena y tibia como solo las noches maltesas sabían serlo.

Pero el descanso de Lily no tardó en transformarse en algo inquietante.

En el sueño, se encontraba de pie en el estudio contiguo a donde dormía, pero todo lucía diferente.

Las paredes brillaban con barniz fresco, los muebles relucían pulidos y una lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes sobre mapas militares desplegados en el escritorio.

El aire olía a whisky y tabaco, a cuero envejecido y desesperación.

Un hombre joven se hallaba desplomado en un sillón de cuero junto a la ventana, con el uniforme militar desabrochado y arrugado.

Su cabello oscuro caía sobre la frente sudorosa, y en sus manos temblorosas sostenía una botella de cristal medio vacía.

Sus ojos grises, vidriosos por el alcohol, miraban fijamente un reloj de bolsillo plateado.

—Thomas… —murmuró con voz quebrada—. ¿Por qué tú? ¿Por qué tuvo que ocurrir algo así?

El hombre llevó la botella a los labios, y las lágrimas surcaron sus mejillas sin que hiciera esfuerzo alguno por detenerlas. Su dolor era tan tangible que Lily sintió cómo se le oprimía el pecho con una angustia que no era suya.

—Debería haber sido yo quien muriera —continuó, dirigiéndose al reloj como si fuera una persona—. Tú tenías toda la vida por delante. Tenías música en las manos, esperanza en el corazón…

De pronto, una voz autoritaria resonó desde el pasillo:

—¡Edmund! ¡Baja inmediatamente a cenar!

El hombre del uniforme —Edmund— levantó la cabeza y su mirada se clavó directamente en la de Lily. Por un momento que pareció eterno, se miraron fijamente a través del tiempo y el espacio, como si una membrana invisible se hubiera rasgado entre sus realidades.

—¿Quién eres tú? —preguntó Edmund con voz ronca, entornando los ojos—. Tu rostro… me resulta familiar.

Lily intentó responder, pero descubrió que no tenía voz en aquel lugar extraño.

—¿Eres la nueva ama de llaves? —Edmund se incorporó ligeramente, estudiándola con curiosidad borracha—. ¿Dónde está Florence? ¿La ha despedido mi padre también a ella? Ese viejo miserable…

El grito volvió a resonar desde el pasillo, más furioso esta vez, y Edmund maldijo entre dientes.

—¡Ya voy, maldita sea!

Se puso en pie tambaleándose, sin apartar la vista de Lily.

—¿Cómo has entrado aquí? Este lugar está cerrado…

Un golpe seco la despertó de golpe.

Lily se incorporó jadeando, con el corazón desbocado y el cuerpo empapado en sudor frío.

La realidad la golpeó como una bofetada: estaba sola en una habitación polvorienta, envuelta en su saco de dormir, y una de las ventanas golpeaba rítmicamente contra el marco debido al viento que había arreciado.

Clac, clac, clac.

Con manos temblorosas, buscó a tientas la botella de agua que había dejado junto a su improvisada cama. El líquido fresco calmó su garganta seca, pero no logró aplacar el temblor que se había apoderado de sus extremidades.

Solo ha sido un sueño, se repitió mientras intentaba controlar su respiración. Un sueño muy vívido, pero solo un sueño.

Pero la sensación de haber estado realmente allí, de haber mirado a los ojos de aquel hombre atormentado, persistía con una intensidad que la inquietaba.

* * *

El amanecer del Mediterráneo se filtraba entre las ventanas rotas cuando los pasos firmes de Chiara resonaron en el pasillo de la villa. Lily despertó sobresaltada al escuchar una voz femenina en el vestíbulo, seguida del tintineo de llaves y el crujir de bolsas de papel.

—¿Lily? ¿Estás despierta? —la voz de Chiara llegó desde la planta baja, cálida y enérgica como siempre.

—Sí, ya voy —respondió Lily, desenredándose del saco de dormir. Sus músculos protestaron por la noche en el suelo, y las ojeras delataban el sueño inquieto.

Encontró a Chiara en la improvisada cocina, despejando espacio entre unos tablones y caballetes para extender unos pasteles y dos cafés humeantes.

—Dios mío, pareces un alma en pena —observó Chiara, estudiando el rostro demacrado de Lily—. ¿No has pegado ojo?

—Digamos que esta casa tiene mucha personalidad nocturna —dijo Lily, aceptando el café con gratitud—. Ventanas que golpean, maderas que crujen… y sueños extraños.

—¿Sueños sobre qué?

Lily vaciló, removiendo el café con más fuerza de la necesaria.

—Nada importante. Por cierto, te quería preguntar por un tal Edmund, creo que se llamaba. ¿Conoces a alguien con ese nombre en tu historia familiar?

El rostro de Chiara se iluminó con reconocimiento.

—¡Edmund! Sí, era el hermano mayor de mi abuelo Arthur. No sé mucho de él, la verdad. Murió siendo muy joven, y mi padre Henry siempre decía que Arthur se ponía reservado cuando se mencionaba su nombre o las historias antiguas de esta casa.

—¿Sabes cómo murió?

—Ni idea. Arthur nunca quiso hablar del tema, y cuando mi padre intentaba preguntar, cambiaba de conversación —Chiara masticó pensativa un pastel—. ¿Por qué te interesa?

—Curiosidad, encontré su nombre en un trozo de papel antiguo —mintió Lily, sin estar preparada para explicar la intensidad de su sueño.

—Bueno, hablando de historia familiar —continuó Chiara, animándose—, he venido temprano porque quiero que veas algo conmigo.

Antes de que tú llegaras a Malta, Chris trasladó gran parte del mobiliario original a un almacén en las afueras para protegerlo de la humedad.

Mucho está en mal estado, pero tal vez quieras salvar alguna pieza o darle una segunda vida con una buena restauración.

Puedes empezar trayéndote al menos alguna de las camas antiguas para no dormir en el suelo.

—¿Aún conserváis entonces todo el mobiliario original? —los ojos de Lily se iluminaron por primera vez esa mañana—. No tenía ni idea. Pensaba que solo quedaban las cuatro cosas que se ven tapadas con sábanas.

—No, mi familia nunca tuvo corazón para deshacerse de nada. —Somos acumuladores sentimentales —rio Chiara—. Podríamos ir en un rato a echar un vistazo.

—Es una idea excelente. Mi espalda te lo agradecerá eternamente.

El rugido de una motocicleta interrumpió su conversación, seguido del estrépito de puertas de furgonetas y voces masculinas. Chris había llegado con su equipo.

—¡Buenos días! —la voz grave de Chris resonó desde la entrada—. ¿La fierecilla no podía dormir y ya está invadiendo mi territorio?

Lily cerró los ojos, respiró profundo y contó hasta cinco antes de responder.

—Buenos días, Chris. Solo evaluando el progreso de ayer.

—El progreso de ayer fue evitar que te cayera un trozo de cornisa en la cabeza —replicó él, apareciendo en el umbral de la cocina con su camiseta ajustada y ese gesto burlón en la comisura del labio que tanto la irritaba—. Pero veo que sobreviviste a tu primera noche en el campin de lujo.

—Sobreviví, gracias.

—¿Ningún problema con los mosquitos o los murciélagos? —preguntó Chris con una sonrisa burlona—. Los chicos dicen que entran continuamente desde el jardín.

Lily mantuvo la compostura.

—El único chupa sangre aquí eres tú, que no paras de retrasar el trabajo con estúpidos comentarios.

Chiara soltó una carcajada, dirigiéndose hacia Chris.

—Vamos, machote, enséñame cómo van las obras. Y tú, Lily, termina de desayunar en paz antes de que os matéis mutuamente.

Chris guiñó un ojo a Lily antes de seguir a Chiara hacia la escalera.

—Como quieras, princesa.