La Villa de los Sueños Capítulo 7 2025 - Sombras en las paredes
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Capítulo 7 2025 - Sombras en las paredes

Una semana entera había perdido explorando Mdina, fotografiando las aguas cristalinas de Comino y degustando pastizzi en cafeterías locales mientras esperaba que su majestad el arquitecto le concediera audiencia.

Pero esa mañana había despertado con una claridad meridiana: se acabó el turismo forzoso.

—Buenos días, Chris —anunció desde la entrada, cargando la primera tanda de equipaje.

El ruido de taladros cesó abruptamente. Chris apareció entre los andamios, casco amarillo ladeado, camiseta gris pegada al torso por el sudor. La recorrió de arriba abajo, deteniéndose en el saco de dormir.

—¿Vas a acampar?

—Algo así.

Lily dejó caer las bolsas en el suelo de mármol agrietado con un golpe seco que resonó por toda la estancia.

—He decidido instalarme aquí. Para trabajar, obvio. No puedo diseñar un espacio desde la distancia.

—¿Estás loca? —Chris bajó de los andamios de dos saltos—. Esto es una obra, no un campamento.

—Es mi proyecto tanto como el tuyo —replicó, dirigiéndose hacia la escalera con el hornillo bajo el brazo—. Chiara está encantada con la idea.

—¿Has hablado con Chiara?

—Esta mañana. Se rio durante cinco minutos y después me dijo que era la primera vez en años que alguien plantaba cara a un australiano cabezota.

Los operarios habían dejado de trabajar, observando el intercambio con curiosidad apenas disimulada. Chris se acercó a ella, invadiendo su espacio personal con esa forma suya de ocupar el aire.

—Escúchame bien, princesa. Esto no es un hotel. Hay cables pelados, agujeros en el suelo, y mis muchachos y yo empezamos a las siete de la mañana.

—Perfecto —Lily le sostuvo la mirada sin retroceder—. Soy madrugadora.

—No hay agua caliente.

—Tengo toallitas húmedas.

—Las paredes están llenas de humedad.

—Para eso está el saco de dormir.

Chris soltó una carcajada que sonó más a rugido.

—Joder, eres más terca que una mula.

—Y tú más machista que un dinosaurio, pero aquí estamos.

La tensión se espesó entre ellos como el polvo flotando en los rayos de sol. Lily pudo percibir el aroma a sudor masculino mezclado con cemento y algo indefiniblemente salvaje que la hacía sentir mareada.

—Vale —Chris se cruzó de brazos—. Pero hay reglas. Nada de quejas sobre el ruido, nada de estorbar a mis operarios, y si te pasa algo, yo no me hago responsable.

—Perfecto.

—¿Y dónde piensas acampar exactamente?

Lily echó un vistazo a la obra, evaluando las posibilidades. Se acordó de uno de los estudios de la planta superior.

—Arriba —señaló hacia la escalera—. Hay un estudio pequeño arriba que da al pasillo.

Chris siguió su mirada y frunció el ceño.

—Esa habitación da escalofríos.

—No seas supersticioso.

—No lo soy. Pero hay algo raro en ese cuarto. Los muchachos evitan trabajar allí solos.

Lily sintió un pequeño escalofrío, pero se obligó a mantener el tipo.

—Mejor. Así tendré privacidad.

Mientras subía las escaleras con su equipaje, pudo sentir la mirada de Chris clavada en su espalda. Al llegar al rellano se giró.

—Una cosa más, Chris.

—¿Qué?

—Ya puedes dejar de llamarme princesa. Mi nombre es Lily.

—Como quieras… Lily.

La forma en que pronunció su nombre, grave y con ese acento australiano que hacía que sonara diferente, le provocó una sensación extraña en el estómago. Se apresuró a atravesar el pasillo y dirigirse al estudio antes de que él pudiera ver cómo se sonrojaba.

El cuarto permanecía igual que el día de su primera visita: botellas vacías, mapas militares amarillentos por los años, muebles cubiertos de polvo.

Lily extendió su saco de dormir cerca de una de las paredes, decidida a no dejarse intimidar por arquitectos arrogantes.

La guerra había comenzado.

* * *

El rugido de los motores se desvaneció por el sendero de grava, arrastrando consigo las voces ásperas de los operarios y el eco de las herramientas al chocar en la furgoneta.

Chris fue el último en salir, deteniéndose en el umbral del estudio con esa sonrisa ladeada que ya empezaba a reconocer como peligrosa.

—Que duermas bien, princesa. Espero que no te dé frío en tu primera noche de acampada.

Lily agarró un vaso vacío de plástico del escritorio.

—¡He dicho que no me llames princesa!

El vaso voló por el aire y se estrelló contra el marco de la puerta justo cuando Chris se apartaba, riéndose.

—¡Tienes una puntería horrible!

—¡Vete al infierno, Chris Bennett!

El sonido de sus carcajadas se perdió escaleras abajo, seguido del portazo que resonó por toda la villa como un trueno lejano.

Lily se dejó caer en una silla de plástico que usaban los trabajadores, respirando entrecortadamente.

La quietud la envolvió como una manta demasiado pesada.

Sin el caos de la obra, la Villa Barrington revelaba su verdadera naturaleza: un mausoleo de piedra donde cada crujido de la madera y cada susurro del viento a través de las persianas rotas en las habitaciones contiguas parecían cargados de intención.

Sacó su libreta de bocetos del bolso, decidida a concentrarse en algo productivo y dio un paseo por la casa.

Aún se veía el sol en el horizonte. Los trazos fluyeron sin esfuerzo: líneas limpias que transformaban el caos de los salones en espacios luminosos, esquemas de color que devolvían vida a las paredes manchadas.

Una mesa de lectura junto a la ventana de la antigua biblioteca, estanterías que aprovecharan la altura del techo, quizás un rincón con sillones tapizados en lino claro en otro de los salones.

Mañana iría a La Valeta. Las tiendas locales siempre guardaban tesoros inesperados: textiles malteses, cerámicas artesanales, antigüedades que podrían conectar el presente con el pasado de la casa.

Un movimiento en el jardín captó su atención periférica mientras pasaba cerca de una ventana.

Lily alzó la vista de la libreta, el lápiz suspendido en el aire. Una sombra había cruzado frente a la ventana, demasiado grande para ser un gato, demasiado definida para ser el viento moviendo las ramas.

El corazón se le aceleró. Se acercó a la ventana y escrutó los jardines salvajes. Nada. Solo limoneros y rosales que se balanceaban con la brisa marina de la tarde.

Pero allí, cerca del embarcadero en ruinas, dos figuras emergieron de entre los arbustos.

Lily bajó corriendo las escaleras, cruzó el salón principal y salió al jardín. Sus zapatillas se hundían en la hierba húmeda mientras se acercaba a los extraños.

Un joven extremadamente delgado, vestido con un traje demasiado grande, sostenía de la mano a una jovencita regordeta con un vestido amarillo chillón que le quedaba ajustado en lugares equivocados. Ambos se giraron hacia ella con ojos enormes y expresiones de sorpresa infantil.

—¿Quiénes sois? —preguntó Lily, intentando sonar firme pese al temblor en su voz.

El chico tartamudeó algo ininteligible. La joven soltó una risita y se escondió detrás de él como una niña tímida.

—Yo… yo Mattew —logró articular el chico—. Ella… Caterina. Vivimos… allí.

Señaló hacia una villa vecina apenas visible entre los árboles.

—¿Qué hacéis aquí?

—Caterina… gustan… flores —Mattew habló despacio, como si cada palabra requiriera esfuerzo—. Siempre… venimos aquí.

La chica asomó la cabeza desde detrás de su hermano y sonrió con una dulzura que desarmaría a cualquiera.

—Las flores… bonitas —dijo con voz cantarina—. Tú… también bonita.

—Ah, sois vecinos —Lily se relajó ligeramente—. Me habéis asustado.

—¡Caterina! ¡Mattew!

Una voz autoritaria resonó desde la colina. Una mujer corpulenta con uniforme de enfermera se acercaba a grandes zancadas, obviamente molesta.

—¿Cuántas veces os he dicho que no salgáis sin avisar?

Se dirigió a Lily con expresión de disculpa.

—Perdone las molestias, señorita. Soy Clara, la cuidadora. Estos dos tienen costumbre de escaparse cuando menos atención les presto.

—No ha pasado nada…

—El señor serio se alegra —interrumpió Caterina de repente, mirando directamente a Lily con esos ojos verdes enormes—. Se alegra… porque has venido a casa.

Lily no entendía nada.

—¿El señor serio?

—Caterina tiene… amigo invisible —explicó Mattew en voz baja—. Siempre… habla con él.

Clara puso los ojos en blanco.

—Imaginaciones. Vamos, que se hace tarde para la cena.

Lily observó a los hermanos con nueva comprensión. Sus movimientos desiguales, la forma en que Mattew luchaba con las palabras, la mirada inocente de Caterina que parecía ver el mundo a través de ojos infantiles.

—Clara, ¿puedo preguntarte… ellos…?

—Discapacidad congénita —respondió Clara sin rodeos—. Ambos nacieron así. El padre hizo lo que pudo hasta que murió hace cinco años.

—¿Y viven solos en esa mansión vecina?

Clara respondió con un gesto de cansancio.

—Me pagan por horas para venir tres veces por semana. El viejo Camilleri era viudo y muy adinerado; se encargó de dejar una fundación que cubre todos sus gastos. Pero el resto de la familia…

Hizo un gesto despectivo.

—Se niegan a saber nada de ellos. Dicen que es una vergüenza social. Han intentado convencerlos de mudarse a algún centro especializado, pero estos dos son más tercos que mulas. No se van de aquí ni a tiros y, como ya son mayores de edad.

Lily sintió una punzada de indignación. La villa Camilleri era tan imponente como la Barrington, demasiado grande para dos personas que necesitaban cuidados especiales.

—Trabajo para Chiara Barrington Moretti —explicó—. Estoy aquí para la renovación interior de la villa.

Los ojos de Caterina se iluminaron como faros.

—¡Yo también sé pintar! —exclamó, aplaudiendo—. Pinto flores… y soles… y caras sonrientes en las paredes de mi cuarto.

—Yo… busco tesoros —añadió Mattew con orgullo tímido—. En jardines… Villa Barrington. Encuentro… cosas preciosas. Botellas… llaves… papeles viejos.

—¿Has estado explorando la villa?

—Sí —dijo Mattew, animándose al instante—. Años… muchos años. Conozco… escondites secretos.