Capítulo 6 1930 - Una aparición del pasado #3
La puerta del dormitorio de Violet se abrió de golpe sin previo aviso. Beatrice entró como una ráfaga de aire fresco, sosteniendo una pila de revistas francesas.
—Violet, mira lo que conseguí en La Valeta. La última edición de Vogue París y…
Se detuvo en seco. Violet estaba sentada en la cama con dos cartas sobre el edredón. Una llevaba el nombre de sus padres escrito en caligrafía cuidadosa. La otra, más breve, decía simplemente: Edmund.
Beatrice cerró la puerta con suavidad. Las revistas resbalaron de sus manos al suelo.
—¿Violet? ¿Qué es esto?
Violet no intentó ocultarlas. Su rostro palideció, pero su voz sonó firme.
—Son posibilidades.
El silencio se extendió entre ellas como un abismo. Beatrice se acercó despacio, observando las cartas como si fueran artefactos peligrosos. Luego giró el pestillo de la puerta.
—Cuéntame todo.
Violet respiró hondo. Sus dedos acariciaron el papel con una ternura extraña, casi maternal.
—Llevo semanas escribiéndolas —confesó—. Descartando versiones, reescribiendo cada palabra. Todavía no sé si tendré el valor de enviarlas.
—¿Qué dicen?
—La carta a Edmund… —Violet tomó el sobre más pequeño—. Le explico mi dolor. Pero también mi resolución. No es una súplica, Beatrice. Es una declaración.
Beatrice se sentó en el borde de la cama, fascinada por la calma de Violet.
—¿Y tus padres?
—Les pido que me recojan en La Valeta. Dentro de tres semanas exactamente.
—Tres semanas —repitió Beatrice—. Has calculado el tiempo.
—Necesito estar segura. Necesito saber que no es un impulso emocional, sino una decisión meditada.
Beatrice tomó la carta dirigida a los Wyndham, sintiendo su peso entre las manos. En ese gesto había algo revolucionario, algo que desafiaba todo lo que les habían enseñado sobre matrimonio y deber.
—¿Y qué pasa conmigo si te marchas?
La pregunta flotó en el aire como una acusación suave. Violet desvió la mirada hacia la ventana donde el sol mediterráneo pintaba sombras.
—No lo tomes a mal, lo he pensado mil veces —admitió—. Pero comprende que mi deber es primero conmigo misma.
Beatrice parpadeó sorprendida. Había esperado una confesión de amor prohibido, lágrimas de culpa, justificaciones desesperadas. Pero Violet no ofrecía nada de eso. Solo una verdad desnuda y valiente.
—Eres más fuerte de lo que creía —dijo Beatrice.
—O más cobarde. No lo sé todavía.
—No —Beatrice apretó su mano—. Esto no es cobardía. Esto es… libertad.
Violet la miró con ojos húmedos.
—Beatrice, si alguien se entera de que estoy planeando esto…
—Nadie se enterará.
—Edmund podría…
—Guardaré las cartas en mi habitación, hasta que decidas enviarlas —interrumpió Beatrice con determinación—. Tengo un libro de poesía de Byron que Edmund nunca tocaría. Estarán seguras allí hasta que decidas qué hacer.
—No puedo pedirte eso.
—No me lo estás pidiendo. Te lo estoy ofreciendo.
Beatrice se levantó y caminó hacia la ventana, mirando hacia los jardines donde Albert arrancaba malas hierbas.
—Porque yo seré la única que sabe, y yo nunca traicionaría a una mujer que elige su propia vida —continuó—. Dios sabe que yo también quiero elegir la mía.
Violet se acercó. Ambas permanecieron junto a la ventana, dos mujeres jóvenes atrapadas en un mundo que no les pertenecía pero que intentaban redefinir.
—¿Qué es lo que quieres elegir tú? —preguntó Violet suavemente.
Beatrice sonrió con melancolía.
—Todavía no lo sé. Pero cuando lo descubra, espero tener tu mismo coraje.
Violet tomó las cartas y se las entregó. Beatrice las guardó contra su pecho como si fueran documentos sagrados.
—Así que tres semanas —repitió Beatrice—. Te ayudaré a contactar con tus padres cuando estés lista.
—Gracias.
No hubo más palabras. El pacto estaba sellado en ese silencio cómplice, en esa alianza femenina que desafiaba al patriarcado, a Edmund, a Sir Reginald, a todas las convenciones que las aprisionaban.
* * *
La villa dormía sumida en el silencio de la medianoche cuando Violet abandonó sus aposentos descalza, la bata de seda rozando apenas el suelo de mármol.
El insomnio la había derrotado tras horas de dar vueltas entre sábanas que se sentían como mortajas.
Las imágenes del día —Edmund bebiendo hasta perder el sentido, Eliza husmeando en el despacho prohibido, aquella sensación constante de vivir entre secretos— se repetían sin tregua.
Decidió bajar a buscar la cocina. Quizás un poco de leche tibia o algún dulce la ayudarían a sosegar los nervios.
Descendió por la escalera de servicio, guiándose por el débil resplandor de la luna que se filtraba por las ventanas. El corredor estrecho que conducía al ala del servicio parecía más angosto en la oscuridad.
De pronto, una figura emergió de las sombras.
Violet ahogó un grito. Arthur extendió las manos instintivamente para evitar la colisión, atrapándola por los codos. Sus rostros quedaron a centímetros de distancia.
—Violet —exhaló él, sorprendido.
El contacto los atravesó como corriente eléctrica. Arthur la soltó de inmediato, retrocediendo un paso.
—Perdona, yo… no esperaba encontrar a nadie despierto.
—Yo tampoco —susurró ella, ajustándose el cinturón de la bata con manos temblorosas—. No podía dormir.
La luz de la luna trazaba líneas plateadas sobre el rostro de Violet, revelando el brillo de lágrimas recientes en sus mejillas. Arthur sintió algo contraerse en su pecho.
—Has estado llorando.
No fue una pregunta.
Violet desvió la mirada, avergonzada.
—Es solo… —tragó saliva—. Nada importante.
—Mentirosa terrible —dijo Arthur, con una suavidad que ella no esperaba—. ¿Ibas sola a la cocina del servicio?
Violet bajó la vista, confirmando.
—Déjame acompañarte. Conozco ese lugar mejor que nadie.
Caminaron por el pasillo estrecho, sus cuerpos demasiado conscientes de la cercanía forzosa. Arthur empujó la puerta de la cocina y encendió una lámpara de aceite. La luz dorada reveló el dominio inmaculado de Florence.
—Florence guarda los mejores dulces aquí —Arthur abrió un armario alto, alcanzando una lata de hojalata decorada—. Bizcochos de limón. Lleva escondiéndolos en el mismo sitio desde que yo tenía ocho años.
A Violet se le escapó una sonrisa genuina. Era la primera que Arthur le veía desde su llegada a Malta.
—¿Solías robarle dulces a Florence?
—Edmund y yo éramos expertos saqueadores nocturnos —Arthur depositó la lata sobre la mesa—. Beatrice nos delataba siempre, pero Florence fingía no saber nada.
Violet tomó un bizcocho. Sus dedos rozaron los de Arthur al retirar la mano. El contacto duró apenas un segundo, pero ambos lo sintieron como descarga.
Ella apartó la mano de golpe, consciente del peligro que representaba ese roce inocente.
Arthur apretó la mandíbula, luchando contra el impulso de alcanzarla de nuevo.
—Algunos encuentros lo cambian todo —dijo, sin apartar la mirada de esos ojos verdes que lo perseguían incluso despierto.
Violet mordió el bizcocho, nerviosa, dejando una migaja diminuta en la comisura de sus labios. Arthur extendió la mano antes de pensarlo, rozando con el pulgar la piel suave de su boca para retirar la migaja.
El gesto fue demasiado íntimo. Demasiado deliberado.
Violet retrocedió como si la hubieran quemado, el bizcocho cayendo olvidado sobre la mesa.
—No… no debería estar aquí —su voz sonó quebrada—. Esto no está bien.
Huyó de la cocina antes de que Arthur pudiera responder, dejando tras de sí el aroma tenue de su perfume y el eco de su respiración agitada.
Arthur permaneció inmóvil, mirando la migaja que todavía descansaba en su pulgar. La aplastó despacio mientras el odio hacia sí mismo crecía como veneno.
Era la mujer de su hermano.
La esposa de Edmund.
Intocable. Prohibida. Imposible.
Y, sin embargo, cada fibra de su ser gritaba ahora lo contrario.