Capítulo 6 1930 - Una aparición del pasado #2
Roberts suspiró con resignación, comprendiendo que cualquier protesta sería inútil ante la determinación de los hermanos.
—Muy bien, señorita Beatrice. Procederé según sus instrucciones.
Florence sonrió cálidamente a Eliza, haciéndole un gesto para que la siguiera.
—Ven conmigo, querida. Te mostraremos tu habitación y conseguiremos uniforme apropiado. Mañana temprano podrás comenzar con tus tareas.
Mientras ambas se dirigían hacia la puerta, Arthur se aclaró la garganta.
—Yo me encargaré de explicarle la situación a padre cuando regrese de Londres —prometió—. No habrá problemas.
Edmund soltó una carcajada amarga, tomando un largo trago de coñac.
—A nuestro querido padre no le importa nada de lo que pase en esta casa —masculló—. Seguramente no conoce ni los nombres de la mitad del servicio que tenemos. Una criada más o menos, ¿qué diferencia puede hacer?
Violet intercambió una mirada preocupada con Beatrice mientras Edmund se dejaba caer pesadamente en su butaca favorita, la copa balanceándose peligrosamente en su mano.
* * *
Una claridad oblicua, tamizada por los cristales emplomados, teñía la biblioteca de reflejos cambiantes sobre las estanterías de caoba cuando Arthur empujó la puerta entreabierta.
La estancia parecía vacía. Esperaba encontrar la soledad que necesitaba para sumergirse en las memorias de Wellington, pero se detuvo al descubrir a Violet sentada junto a la ventana con un libro abierto en el regazo.
—Disculpa —dijo, dando un paso atrás—. No sabía que estabas aquí.
—No te vayas —se apresuró a decir ella, cerrando su libro—. Hay espacio de sobra para los dos.
Arthur titubeó un momento antes de dirigirse hacia las estanterías del fondo, manteniendo una distancia prudente. El espacio entre ellos se cargó de esa incomodidad particular que surge cuando dos personas se sienten obligadas a ser corteses.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó Arthur, por romper el hielo.
Violet levantó el volumen con una sonrisa tímida.
— “Sentido y sensibilidad”. Lo encontré perdido en el estante de poesía. Alguien debió colocarlo mal.
—Beatrice, seguramente —rio Arthur—. Tiene la costumbre de dejar los libros donde se le antojan. Una vez encontré “El origen de las especies” entre los libros de cocina.
La risa espontánea de Violet llenó la habitación, transformando toda la atmósfera.
—¿Y tú? —señaló hacia el libro que Arthur sostenía.
—Wellington en Waterloo. Supongo que sigo siendo soldado incluso en tiempos de paz.
—Arthur, ¿te molesta si te pregunto algo sobre la guerra?
Él se acercó y tomó asiento en la butaca frente a ella.
—Depende de la pregunta.
—¿Echas de menos la vida militar? Beatrice dice que eras muy feliz en el regimiento.
Arthur reflexionó un momento, girando el libro entre sus manos.
—Echo de menos la claridad —confesó—. En el ejército sabías quién eras y qué se esperaba de ti. Aquí todo parece… más complicado.
—Entiendo esa sensación —dijo Violet—. Antes de casarme, mi vida tenía cierto orden. Ahora me siento como navegando sin brújula.
—¿Te arrepientes? —preguntó Arthur con suavidad, sorprendiéndose de su propia audacia.
Violet tocó su colgante nerviosamente.
—No me arrepiento de haber ayudado a mi familia. Pero a veces me pregunto si el sacrificio valió la pena.
Arthur inclinó la cabeza.
—El deber familiar puede ser tanto una bendición como una carga.
—Exactamente —exclamó Violet—. Nadie más parece entenderlo.
—Porque nadie más vive con el peso de las expectativas como nosotros.
La conversación fluyó entonces con naturalidad sorprendente, como si hubieran encontrado a alguien que comprendía sus luchas internas.
* * *
El estruendo de cristales rotos resonó de nuevo por toda la villa, seguido de un grito desgarrador que heló la sangre de quienes lo escucharon. Violet, que bordaba en el salón junto a Beatrice, dejó caer la labor sobre su regazo.
—¿Qué ha sido eso?
—Edmund —suspiró Beatrice, sin levantar la vista de su revista—. Otra de sus crisis, seguro.
Un segundo estrépito, esta vez acompañado de maldiciones ahogadas, hizo que Violet se levantara instintivamente hacia la puerta.
—No vayas —la detuvo Beatrice con firmeza—. Cuando está así es mejor dejarlo solo. Roberts se encargará.
—Pero es mi marido…
—Y por eso mismo debes quedarte aquí.
Violet se dejó caer en el sofá, desconcertada por la naturalidad con que Beatrice trataba la situación.
—¿Siempre ha sido así?
—No. —Beatrice cerró la revista y la dejó sobre la mesa auxiliar—. Antes de la guerra era diferente. Más… luminoso, supongo. Pero al poco de regresar del frente, algo en él cambió.
El sonido de pasos apresurados en el pasillo confirmó que Roberts había leído la situación antes de que nadie lo llamara.
—¿Qué le pasó exactamente?
Beatrice vaciló, jugando con los pliegues de su falda.
—Perdió a alguien muy importante. Su compañero de batallas, Thomas. Arthur me ha contado algunas veces historias. Edmund también lo menciona cuando bebe demasiado.
—¿Murió en batalla?
—No lo sé. Arthur no me dio detalles. Solo que fue una pérdida terrible y que Edmund quedó muy afectado. Decía que Thomas había sido como un hermano para él.
Violet frunció el ceño; algo en el tono de Beatrice sugería más de lo que estaba diciendo.
—Debió ser una amistad muy profunda.
—Sí —dijo Beatrice—. Supongo.
El eco lejano de la voz de Roberts intentando tranquilizar a Edmund era lo único que rompía la tensión entre ellas.
—¿Crees que algún día superará su dolor?
Beatrice la miró con ojos tristes.
—Hay heridas que nunca sanan completamente, Violet. Solo aprendemos a vivir con ellas.
Lo que quedó en el aire fue más ensordecedor que los gritos anteriores, cargado de una verdad que ninguna de las dos se atrevía a pronunciar.
* * *
Los primeros rayos del sol mediterráneo se filtraban por las ventanas de la villa cuando Eliza terminó de hacer la cama en su pequeña habitación del servicio.
Llevaba ya cinco días instalada en la rutina doméstica, y poco a poco había logrado ganarse un lugar entre el personal.
Florence la había tomado bajo su ala con cierta cautela maternal, mientras que Roberts mantenía su distancia profesional habitual.
—Buenos días, Eliza —la saludó una de las doncellas mientras bajaba las escaleras hacia la cocina.
—Buenos días, Mary.
La jornada transcurrió con normalidad hasta que Florence reunió al personal femenino para distribuir las tareas de limpieza profunda de la tarde.
—Hoy tocan los salones principales —anunció Florence consultando su lista—. Mary, tú te encargas del comedor. Sarah, la biblioteca necesita una limpieza a fondo de los estantes.
Eliza esperó su momento, fingiendo revisar el trapo de su delantal.
—¿Y el pasillo del primer piso, señora Norris? Vi que acumula bastante polvo cerca de las ventanas.
—Cierto —Florence frunció el ceño—. Puedes encargarte de esa zona, pero recuerda: el despacho de Sir Reginald está terminantemente prohibido en su ausencia. Órdenes suyas.
—Por supuesto, señora Norris. Solo limpiaré el pasillo y las habitaciones adyacentes.
Una hora después, Eliza subió al primer piso con su balde y trapos. Se aseguró de que el pasillo estuviera vacío antes de acercarse sigilosamente a la puerta del despacho. Sus manos temblaron ligeramente al girar el pomo.
La habitación olía a tabaco rancio y cuero viejo. Pesados cortinajes bloqueaban la luz natural, sumiendo el espacio en penumbras. Eliza se dirigió directamente al escritorio de roble macizo.
—Madre, espero que estés muy satisfecha por lo que he hecho —dijo mientras abría el primer cajón—. He conseguido entrar a trabajar aquí y ahora estoy más cerca que nunca de dar a conocer la verdad sobre lo que pasó contigo aquí.
Sus dedos exploraron entre documentos y correspondencia comercial. Nada revelador.
—¿Dónde puede haber algo comprometedor? ¿Dónde hay algo sucio e importante que pueda emplear en nuestra venganza? —siguió susurrando mientras rebuscaba en el segundo cajón.
Al fondo encontró un sobre que no correspondía a documentos oficiales. Lo tomó con cuidado.
—Tiene que haber algo, madre. Alguna cosa que ponga en aprieto a Sir Reginald…
El crujido de las tablas del suelo en el pasillo la hizo congelarse. Rápidamente devolvió el sobre a su lugar y cerró el cajón.
Violet caminaba despacio por el pasillo, disfrutando de la tranquilidad vespertina, cuando percibió una voz ahogada proveniente del despacho. Se detuvo extrañada. La puerta estaba entreabierta y pudo distinguir la silueta de Eliza inclinada sobre el escritorio.
—…necesito encontrar respuestas…
¿Con quién hablaba? Violet se acercó un paso más, intrigada.
Deliberadamente dejó caer su libro al suelo. El golpe seco resonó por toda la habitación.
Eliza apareció en la puerta segundos después, trapo en mano y expresión inocente.
—Lady Violet, disculpe. Estaba limpiando el pasillo y noté que había mucho polvo acumulado cerca de la puerta. Creí conveniente sacudirlo.
—Claro. —Violet recogió su libro, observándola detenidamente—. ¿Todo en orden?
—Sí, mi lady. Perdone si la interrumpí.
—No te preocupes.
Violet siguió su camino, pero la extraña sensación no la abandonó. Una hora después encontró a Florence en la cocina supervisando la preparación de la cena.
—Florence, ¿habéis limpiado hoy el despacho de Sir Reginald?
—¿El despacho? —Florence la miró sorprendida—. Por supuesto que no, mi señora. Sir Reginald fue muy específico antes de partir: nadie debe tocar esa habitación durante su ausencia. Siempre doy instrucciones precisas a las muchachas al respecto.
—Ya veo —dijo Violet—. Solo curiosidad.
Pero mientras subía las escaleras hacia sus aposentos, su mente no podía dejar de repasar la escena. La voz de Eliza hablando sola, su presencia en una habitación prohibida, esa extraña forma de mostrarse vulnerable, pero ocultando cosas…
Algo no encajaba en la historia de la nueva doncella, y Violet tenía la intención de descubrir qué era.
* * *