La Villa de los Sueños Capítulo 6 1930 - Una aparición del pasado
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Capítulo 6 1930 - Una aparición del pasado

—Cada vez que se marcha a Londres, esta casa se convierte en un gallinero —dijo Florence entre dientes, sacudiendo una alfombra persa con movimientos enérgicos—. Los señoritos se comportan como niños sin vigilancia.

Roberts asomó la cabeza por la ventana del despacho, las gafas resbalándole por la nariz sudorosa.

—La difunta señora nunca habría permitido que la casa funcionara de esta manera —suspiró—. Ella tenía mano firme para todo, desde las comidas hasta los horarios. Ahora…

Un golpeteo decidido en la puerta principal interrumpió sus lamentaciones. Roberts frunció el ceño, consultando el reloj de bolsillo. No esperaban visitas, y el cartero ya había pasado esa mañana.

Abrió la puerta para encontrarse con una joven de aspecto desaliñado, con el cabello castaño escapándose de un recogido improvisado y el vestido arrugado como si hubiera dormido con él puesto.

Sus ojos grises, sin embargo, brillaban con una determinación que contrastaba con su apariencia descuidada.

—¿Qué desea? —preguntó Roberts con la frialdad protocolaria que reservaba para los desconocidos.

—Estoy buscando trabajo —respondió la joven, enderezando los hombros—. Cualquier cosa que tengan disponible.

Roberts ya abría la boca para despedirla cuando los pasos alegres de Beatrice resonaron en el sendero de grava. La señorita Barrington regresaba de un paseo matutino con las mejillas sonrosadas y un ramo de flores silvestres en las manos.

—Roberts, no debería perder el tiempo hablando con esta señorita cuando dentro le espera una montaña de tareas pendientes —bromeó acercándose—. No vaya a ser que mi padre regrese antes de tiempo y encuentre todo patas arriba.

El mayordomo se irguió, claramente incómodo.

—Señorita Beatrice, esta joven…

—¡Que entre y dele un poco de agua! —exclamó Beatrice, observando a la desconocida con curiosidad genuina—. Parece agotada.

La joven miró a Beatrice con una mezcla de gratitud y sorpresa, como si no esperara encontrar amabilidad en esa casa imponente.

—¿Qué hace una chica tan joven como usted recorriendo puertas en busca de trabajo? —preguntó Beatrice mientras Florence aparecía con un vaso de agua—. No es habitual, y sin recomendaciones apropiadas no la aceptarán en ninguna casa respetable.

La joven aceptó el agua con manos temblorosas, bebiendo con avidez antes de responder.

—Me llamo Eliza Jennings —dijo finalmente, su voz apenas un susurro—. Y creo… creo que mi madre, Martha Jennings, trabajó hace años en esta casa.

El nombre de Martha Jennings flotó en el aire del vestíbulo como una piedra arrojada a un estanque en calma. Beatrice frunció el ceño, buscando en su memoria algún rastro de esa mujer.

—Martha Jennings… —repitió, mordisqueándose el labio inferior—. No consigo recordarla, pero yo seguro que era muy pequeña cuando… Roberts, ¿usted la conoció?

El mayordomo intercambió una mirada significativa con Florence, quien había palidecido visiblemente al escuchar el nombre. Sus manos se crisparon sobre el delantal almidonado.

—Sí, señorita Beatrice —respondió Roberts tras aclararse la garganta—. Martha trabajó aquí durante varios años. Era una criada ejemplar, muy trabajadora y discreta. Creo que fue hace unos trece años.

—¿Y qué pasó con ella? —preguntó Beatrice, notando la tensión que se había instalado entre los dos sirvientes.

Florence miró nerviosamente hacia las escaleras, como si temiera que alguien pudiera escucharlas.

—Su padre decidió… prescindir de sus servicios —explicó Roberts con cuidado—. Fue muy repentino, de un día para otro. No nos dio explicaciones.

—Nada de explicaciones —confirmó Florence en voz baja—. Una mañana nos dijo que Martha ya no trabajaría más aquí. Nunca supimos por qué.

Beatrice observó a Eliza, quien había palidecido durante el intercambio. Llevaba en el rostro una tristeza que parecía demasiado profunda para alguien tan joven.

—Roberts, prepare té en el saloncito azul —ordenó Beatrice con decisión—. Quiero hablar con la señorita Jennings en privado.

—Señorita Beatrice, no creo que sea apropiado…

—Roberts —lo interrumpió con una sonrisa que no admitía discusión—. El té, por favor.

Mientras se dirigían al saloncito, Beatrice buscó una excusa creíble para justificar su curiosidad.

—Verá, Eliza, siempre me ha interesado conocer a las personas que trabajaron con mi madre cuando yo era pequeña —mintió con naturalidad—. Ella murió cuando yo tenía apenas ocho años, y cualquier recuerdo de esa época me resulta precioso.

Una vez instaladas en las butacas de terciopelo azul, Eliza se llevó la mano al cuello y extrajo un pequeño medallón que brilló tenuemente bajo la luz que se filtraba por las ventanas.

—Mi madre murió hace tres semanas —susurró, abriendo el medallón para revelar una diminuta fotografía—. Esta es la única imagen que conservo de ella.

Beatrice se inclinó para observar el retrato borroso de una mujer joven con rasgos delicados y ojos bondadosos.

—Era muy hermosa —comentó con sinceridad—. Y usted se le parece mucho.

—Cuando se puso enferma, hablaba constantemente de esta villa —continuó Eliza, cerrando el medallón con cuidado—.

Decía que había sido el lugar más feliz de su vida, hasta que…

hasta que todo cambió. No tengo a nadie más en el mundo, señorita.

Ninguna familia, ningún conocido. Cuando recordé sus historias sobre la Villa Barrington, pensé que tal vez…

Su voz se quebró y bajó la mirada.

—Desde que llegué de Londres estoy durmiendo en un establo a dos kilómetros de aquí. El granjero me deja quedarme por unas monedas, pero no podré pagárselo mucho más tiempo. Todas mis pertenencias caben en una maleta pequeña.

Roberts apareció con la bandeja del té, moviéndose con más cautela que de costumbre. Al servir las tazas, sus manos temblaron imperceptiblemente.

—Roberts, haga el favor de llamar a Florence —pidió Beatrice mientras añadía azúcar a su té—. Quiero consultarle algo.

Cuando Florence llegó, secándose las manos en el delantal, Beatrice fue directa al grano.

—Eliza puede hacer cualquier tarea doméstica. Limpiar, fregar, ayudar en la cocina, lo que sea necesario. Florence, ¿cree que podríamos encontrarle trabajo aquí?

Florence miró a la joven con expresión maternal, claramente conmovida por su situación.

—Bueno, señorita Beatrice, siempre hay trabajo de sobra en una casa de este tamaño, pero…

—Sin la autorización de Sir Reginald no podemos tomar decisiones sobre el personal —interrumpió Roberts con firmeza—. Es imprescindible su aprobación.

—Roberts, por favor —lo silenció Beatrice con una mirada severa.

Florence se retorció las manos, indecisa.

—Algo se le podría buscar, supongo, pero… al final quien debe decidir es su padre cuando regrese.

—Ya escucharemos su opinión cuando vuelva —replicó Beatrice—. Pero mi hermano también tiene autoridad para tomar decisiones en su ausencia.

Todos sabían que Edmund no estaba en condiciones de decidir sobre nada que no fuera su próxima botella de whisky.

Unos minutos después, el salón azul se había transformado en un campo de batalla de voluntades cuando Arthur entró con el ceño fruncido, claramente molesto por haber sido interrumpido en su lectura.

—¿Qué es todo este alboroto? —preguntó, aflojándose la corbata mientras observaba el pequeño corro que formaban ahora Beatrice, Violet y una desconocida junto a la ventana.

—Arthur, esta es Eliza Jennings —explicó Beatrice con entusiasmo—. Su madre, Martha, trabajó aquí hace años y ahora ella necesita…

—Me acuerdo de su madre. ¿Trabajo? —la interrumpió Arthur, dirigiendo una mirada evaluadora a la joven—. Supongo que no importa tener un empleado más o menos en esta casa. Florence siempre se queja de que falta personal para las limpiezas profundas.

Violet se acercó al grupo, una mano extendida hacia Eliza.

—La pobre no tiene a nadie en el mundo, Arthur —intervino suavemente—. Y Beatrice tiene razón, siempre hay trabajo en una casa como esta. No podemos dejarla en la calle con tan solo doce años.

—Es lo más sensato que he escuchado en semanas —añadió Beatrice, tomando la mano de Eliza en un gesto protector—. No podemos dejarte durmiendo en un establo cuando tenemos habitaciones vacías en el ala de servicio.

Arthur se encogió de hombros con indiferencia característica.

—Como gustes, Beatrice, pero recuerda que Edmund es quien debe…

Los pasos pesados y descompasados en la escalera interrumpieron la conversación. Edmund apareció en el umbral del salón, el cabello revuelto y la camisa arrugada, con el inconfundible aroma a whisky flotando a su alrededor como una nube tóxica.

—¿Por qué hay siempre tanto escándalo últimamente en esta casa? —gruñó, pasándose una mano por el rostro sin afeitar—. Una persona no puede descansar en paz sin que armen un circo en el piso de abajo.

—Edmund, en ausencia de padre necesitamos tu autorización para contratar a Eliza como criada —explicó Beatrice, acercándose a su hermano mayor con cautela—. Su madre, Martha, que trabajó aquí, ha muerto y…

—¡Contratadla! —exclamó Edmund con un gesto brusco de la mano—. Haced lo que queráis. A mí me trae sin cuidado. Su madre me caía bien. Nunca entendí por aquel entonces por qué se marchó.

Se dirigió al mueble bar con pasos vacilantes, rebuscando entre las botellas hasta encontrar el coñac. Sus movimientos eran torpes, claramente afectados por el alcohol que ya había consumido.

—Donde una boca come, comen dos más —dijo mientras se servía una copa generosa—. ¿No es así, mujercita?

Se volvió hacia Violet con una sonrisa forzada y sarcástica, intentando acercarse a ella con la copa en alto. Al dar el primer paso, tropezó con la esquina del sofá, tambaleándose peligrosamente hasta casi caer.

Violet retrocedió instintivamente, el disgusto claramente visible en su rostro.

—Edmund, por favor…

—¡Perfecto! —declaró Beatrice, aplaudiendo para zanjar la discusión antes de que la situación empeorara—. Eliza, bienvenida a la familia Barrington. Florence se encargará de instalarte adecuadamente.